martes, 29 de diciembre de 2020

FRIDA KAHLO. LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN.


FRIDA KAHLO. LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN. 


Nuestra protagonista de hoy seguramente necesite pocas presentaciones. La figura de Frida Kahlo se ha acabado convirtiendo en un producto de marketing, la podemos encontrar en bolsos, monederos, estuches… Pero, ¿Cuál es la razón de la sinrazón?...




Frida Kahlo es la pintora mexicana más reconocida en el extranjero, gracias a que sus obras entraron en el gusto del público a nivel mundial sus exposiciones rompen récords de asistencia y la Fridamanía es visible en toda clase de objetos con el rostro de la pintora…pero, ¿Cuál es la razón, o las razones?. Ciertamente, su vida fue un drama, y con casi total seguridad, es por esa razón por la que ha sido encumbrada.Sufrió un grave accidente cuando el autobús en el que ella viajaba fue arrollado por un tranvía, quedando aplastado contra un muro y completamente destruido. Regresaba de la escuela a casa junto a Alejandro Gómez Arias, su novio de entonces. Su columna vertebral quedó fracturada en tres partes, sufriendo además fracturas en dos costillas, en la clavícula y tres en el hueso pélvico. Su pierna derecha se fracturó en once partes, su pie derecho se dislocó, su hombro izquierdo se descoyuntó y un pasamanos la atravesó desde la cadera izquierda hasta salir por la vagina. Al respecto, Kahlo comentaba que habría sido esta la forma brutal en la que había perdido su virginidad. 




Gozó de la admiración de destacados pintores e intelectuales de su época como Pablo Picasso, Vasili Kandinski, André Breton, Marcel Duchamp, Tina Modotti y Concha Michel, todos ellos activistas reconocidos en el mundo radical de aquel entonces, que promulgaban el comunismo, como ideología política, pero para los demás, no para ellos. Fue autora de 150 obras, principalmente autorretratos, en los que proyectó sus dificultades por sobrevivir, según manifestaba, ella no pintaba sueños sino su propia vida. A pesar de las aventuras de Diego con otras mujeres, que llegaron a incluir a la propia hermana de la pintora, Cristina y de las propias infidelidades de Frida, la cual se declaraba abiertamente bisexual en una época en donde estaba mal visto la homosexualidad, y no tenía problema en defender su libertad sexual sin importarle las consecuencias, y aún así, la pareja lograba complementarse en muchos aspectos…¿Quiere entonces esto decir que el feminismo se considera bisexual u homosexual?...Es una pregunta inherente a lo que puede significar el feminismo para cierta capacidad de entendimiento, pero jamás para su realidad, puesto que lo han querido vestir así, por intereses particulares…Pero regresemos al día de su boda.




Ella era de pequeña estatura, tenía apenas veintidós años de edad cuando unió su vida a él, un hombre enorme y gordo de cuarenta y tres años, divorciado y comunista. Contrajo matrimonio con Diego Rivera el 21 de agosto de 1929. Su relación consistió en amor, aventuras con otras personas, vínculo creativo, odio, un divorcio en 1939 y un segundo matrimonio un año después.


La fiesta se llevó a cabo en una casa en Coyoacán propiedad de una gran amiga de los novios: Tina Modotti. Para sorpresa de todos el platillo fuerte del banquete: mole negro de Oaxaca fue preparado por Lupe Marín quien era la ex esposa de Diego, la misma que había protagonizado varios escándalos debido a sus celos.


Además del mole negro hubo una serie de platillos mexicanos para deleite del paladar de los invitados: chiles rellenos, pozole, arroz, capirotada y pastel de bodas, para beber: pulque y tequila, o en su defecto agua de frutas.


La madre de la novia estaba desconsolada, había hecho todo lo posible para evitar esa boda, ella que se había esmerado tanto en la educación de su hija, ella que era tan católica y el novio que era tan ateo y tan comunista ¡Dios bendito! ¡El demonio había entrado a su casa! El papá de la novia consolaba a su esposa haciéndole ver que no era tan malo. Juntos se retiraron temprano de la fiesta.


Entrada la noche, Lupe Marín se acercó a la novia, le levantó la falda y señaló sus piernas mientras gritaba llamando la atención de los invitados:

¡Miren! ¿Ven estos palos? ¡Esto es lo que tiene Diego ahora en lugar de mis piernas! La pobre novia se soltó como pudo y corrió a esconderse de las risitas burlonas y las exclamaciones incómodas de los invitados que habían visto su pierna derecha adelgazada por la poliomielitis.



Así fue la celebración matrimonial de Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón y Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez…¿ Porqué las feministas tienen a Frida Kahlo como símbolo?, realmente es una pregunta complicada de responder. Su obra refleja su vida, sus dolencias, su tormentoso matrimonio con Diego Rivera, sus ideales comunistas y su concepción de la mujer. Cierto es que recorrió en su corta vida un camino lleno de pasiones y también desilusiones, lo que la llevó a ser una mujer controvertida para su tiempo, pero de ahí a ser un icono del feminiasmo hay un largo camino, y un corto y estrecho Frida decidió crear su imagen como si de una obra se tratara, y quiso enfocarla a la lucha hacia la igualdad. Masculinizó su aspecto, permitiendo y aceptando el vello facial, y se olvidó de los estereotipos de género, que eran tan seguidos en la época...se convirtió en un ser andrógino. El término andrógino se aplica a la persona que presenta 'rasgos externos que no se corresponden definidamente con los de su propio sexo', mientras que andrógeno es la 'hormona que induce la aparición de los caracteres sexuales secundarios masculinos'.




La fortaleza de Frida, primero soportando la poliomielitis temprana y después con el terrible accidente en bus que la dejó postrada en una cama, ocasionó que las mujeres la vieran como un ejemplo a seguir y le colocaran esta aura feminista alrededor, recalcó Cristina Kahlo en su día, que fuera además sobrina nieta de la pintora.


Pero esa mujer fuerte, independiente y fiel a unos valores se desdibuja cuando entra en juego su gran amor, Diego Rivera. Pese a las infidelidades y el maltrato psicológico, pues le fue infiel con su hermana, como ya hemos dicho antes, pero ella le perdonaba una y otra vez. Kahlo defendía que mantenían una relación abierta, pero en base a las cartas que ella misma escribía, parecía más una actitud de resignación por miedo a perderle para siempre. Nunca supo decir “basta”, -tal y como recoge el libro de Elena Poniatowska, Querido Diego, te abraza Quiela,- en el que desenmascara la figura de Rivera y lo describe como un auténtico monstruo a partir de la relación con su primera mujer.


Esta incapacidad de alejarse de la persona que le hacía daño quedó plasmada en las cartas privadas que publicó el famoso libro ‘Nunca te olvidaré, Frida Kahlo’. “«No me aterra el dolor y lo sabes, es casi una condición inmanente a mi ser, aunque sí te confieso que sufrí, y sufrí mucho, la vez, todas las veces que me pusiste los cuernos… No sólo con mi hermana sino con otras tantas mujeres… ¿Cómo cayeron en tus enredos? Tú piensas que me encabroné por lo de Cristina pero hoy he de confesarte que no fue por ella, fue por ti y por mí, primero por mí porque nunca he podido entender ¿qué buscabas, qué buscas, qué te dan y qué te dieron ellas qué yo no te di? Porque no nos hagamos pendejos Diego, yo todo lo humanamente posible te lo di y lo sabemos, ahora bien, cómo carajos lo haces para conquistar a tanta mujer si estás tan feo hijo de la chingada».




Si es verdad que el paso del tiempo acaba por difuminar las historias, el marketing se dedica a simplificarlo todo, a hacerlo olvidar, a pasar por encima de la realidad con un magistral surrealismo, a abreviar y confundir, a olvidar o a recordar mal, haciendo un enjuto favor a la mujer, a la que obliga a compararse con un engaño con el que nada tiene que ver, y en cuya estafa, convirtiendo al feminismo en una mera camiseta de Los Ramones que tanta gente lleva sin saber quiénes eran o haberlos escuchado jamás, o la imagen del Che Guevara tatuada, sin haber conocido su criminal historia, o la del emblema comunista con el brazo arriba y puño en alto, sin detenerse a leer los millones de muertes inocentes causadas, o sin tener en cuenta la realidad de aquellos que escriben con plumas envenenadas, declarándose “hippies”, a pesar de su opulento estilo de vida…Una trampa, en la que resulta fácil caer. De ahí que la publicidad y la industria de la moda, y otras industrias más oscuras de las que vivir del cuento del feminismo sin dar palo al agua, hayan exprimido la imagen de Frida una y otra vez, ¿con qué fin?, pues muy sencillo, porque autoproclamarse feminista está en alza, y qué mejor que utilizar a Frida como emblema. Una moda y una costumbre de negocios sumergidos que no han hecho más que confundir y difuminar la verdadera historia de la pintora mexicana en particular, y del feminismo en general…Como ella mismo dijera, "Intenté ahogar mis penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar".

Retrataba un tema que en la sociedad todavía sigue siendo tabú: la pérdida de un hijo, la sangre, la vagina, la menstruación.




No, el “feminismo” es otra cosa muy diferente, y no el cuadro surrealista que nos pretenden vender, y esto hay que hacerlo saber sin vergüenza, y con valentía. Frida, en realidad era una persona soberbia, casi petulante y ególatra, enferma de sus propias desgracias en la vida las cuales, había sido incapaz de superar, y así las pintaba en sus cuadros. Desde luego, parece sencillo amar a Frida, es natural sentirla hermana y huérfana al mismo tiempo, porque todos nos reconocemos en el dolor, y ella de eso sabía con ciencia estoica. Uno se admira al pensar en esa mujer flaca y menuda soportando aquella poliomielitis temprana, sobreviviendo al accidente en bus que le arrebató la virginidad, resistiendo a la parálisis en cama, tragando cirugía tras cirugía hasta en más de 30 ocasiones, y desgracia, viéndose postrada en un camastro, y de repente, le dio por mirarse hacia adentro y volcarse en el lienzo en forma de color, flores, sueños, pesadillas las más veces, muertes y abandonos, sentimiento y algo parecido a un humano, pero realmente Kahlo renunció a sus deseos y sus valores para que Diego no se marchase de su lado, por la sencilla razón de que era una mujer totalmente dependiente del maltrato psicológico y de una relación destructiva, enferma y sumisa, y por supuesto, resulta un tópico muy usado y patriarcal, al final, eso de celebrar que una mujer rompa el canon femenino para parecerse más al hombre, y como se ha comentado antes, ¿En qué momento la androginia ha pasado de ser una característica , tan válida como otra, para volverse un valor? . Sin duda, algo está ocurriendo en esta adoctrinada sociedad, donde hace ya años la evolución ha pasado a perder su verdadero sentido, para perderse en el bosque de las sombras, o sumergirse para siempre en el pozo de la entelequia y la desesperación.



Aingeru Daóiz Velarde.- 















lunes, 21 de diciembre de 2020

LA DAMA NEGRA



LA DAMA NEGRA









Había limpiado su última lágrima un tiempo atrás, observando las camelias al final de una tarde de ponzoñosa primavera, acompañada por la soledad de un banco de jardín de un lugar cualquiera. Hoy, se vestía de riguroso encaje negro, adornada de ejecutor encanto con aroma de lilas, mientras que las piezas del juego se pasean engalanadas de plata y oro por el tablero de los desengaños. Una apertura española y la posterior defensa de dos caballos fue el inicio de lo que se aventuraba como algo más que una simple partida de juego de pensamiento en la aventura de escaque, manteniendo el recuerdo de un tiempo pasado, en el que el dolor por la traición, había desembocado en el terrible incendio del alma, de cuyas cenizas, resurgía ahora como esa emblemática criatura consumida por el fuego, capaz de elevarse majestuosamente desde las cenizas de su propia destrucción, simbolizando en su propia esencia también el poder de la resiliencia, esa capacidad inigualable que nos hace superar los traumas más insoportables de nuestra existencia. Una jugada de sostén había detenido un doble ataque con el contraataque de un jaque a la descubierta, y una atracción fatal de mirada negra vestida de escaso rímel atravesaba como una daga la sensación al otro lado del casillero. La Dama Negra, altiva, seductora, casi divina y embriagadora, con suaves movimientos de espacio y captura, obligaba al rey de plata a la transposición con consecuencias funestas en la defensa de un alfil demasiado amigo del descaro.








El recuerdo de una rosa negra y un colgante de corazón, eran testigos mudos de la infamia que había derramado el último suspiro de la desgarrada pasión de una tarde de ensueño, al calor de una copa de vino, y una promesa de amor escrita en un poema de tinta olvidada. El amor verdadero y eterno, que simbolizaba el compromiso de aquella rosa negra iba más allá de lo físico, era algo espiritual, era un para siempre, más allá de la eternidad, y la elegancia y la distinción de su color era más que una cualidad o un simple símbolo, era el mensaje de un sentimiento de confianza y entrega, que había sido descuartizado sin contemplaciones por una desilusión, por una sucia traición que rompió sin consideración ninguna la profundidad del más bello de los sentimientos, dejando un vacío que se llenó de amargura, congoja, pesadumbre y dolor... Embelesada ahora por una jugada de doble filo, afilaba sus garras de mantis religiosa, casi de viuda negra a la espera de que su presa, ofreciera algún sacrificio más, pues no tenía ninguna prisa en terminar. Con un suave movimiento de su siniestra mano, se acaricia los labios vestidos de rojo fuerte carmín, con un movimiento horizontal de un desafiante pulgar, que rompe la postrera estrategia insolente de la torre del rey cándido, con una seria amenaza de doblete del equino negro. Atrás, su oscura majestad observaba abstraído los movimientos flexibles de su Reina Negra, seudónimos de un doble propósito, de un doble sentido que hacían transpirar a las torres de la fortaleza defensiva. Los peones blancos avanzaban a la desesperada en un trajín compulsivo buscando una maniobra de jugada intermedia, convirtiendo en final romántico su sacrificio, por salvar al corcel de la dama blanca, descompuesta ahora de ropa de abrigo, ante el gélido ambiente de la partida.










Un movimiento transversal en dos tiempos, casi divino del alfil oscuro, ofrecía una cobertura bizarra a la Dama Negra en el propósito de socavar las intenciones impúdicas de la torre plateada del lado de la dama blanca, que conmocionada, en un arrebato de desesperada locura, solicitaba a gritos el galope del alazán albino del lado opuesto del rey. Un leve amago de maliciosa sonrisa de desagravio asomaba ahora por la comisura de los labios de la Dama Negra, a quien la tentadora caricia y el suave sabor de un sorbo de Cardhu Gold Reserve, le habían proporcionado una procacidad terrible en un movimiento restrictivo de bloqueo con la torre dorada de la audacia, descomponiendo a mandobles de sable la desordenada vanguardia lateral de un rey nevado que, enrocado en su consecuencia, intentaba reparar su defensa flanca, ante la gélida mirada de la fuliginosa soberana, que le arrebataba ahora la pétrea esperanza de su torre de marfil. El alfil nacarado del rey, resentido, pero sabedor de su heroico final, ofrece un postrero suspiro de esperanza albergada en los confines de la batalla, pero un cautivador colgante de oro, había entretenido la fugaz mirada en la profundidad de un descarado escote que la Dama Negra lucía con el embaucador encanto que la distingue, y con la distinción y la excelencia de una exuberante reina, se carda con la elegancia de su ensortijada mano el cabello oscuro de la perdición, al tiempo que emite la sentencia de un jaque directo al corazón contendiente. El pálido adversario, se va tornando rosado, síntoma febril del acaloramiento interno y en un vano intento por apagar el fuego de sus entrañas, vacía su copa intentando pasar el mal trago que lo descompone por momentos.










A una mirada fija, directa, profunda de unos ojos sombríos de la gótica figura, le escolta un desplazamiento aterrador que propicia una terrible y atroz sacudida en los cimientos ya descompuestos de la albina cohorte, y la dama blanca se entrega fulminada en un póstumo intento por salvaguardar la integridad de su alba majestad, pero éste, conocedor de la insaciable voracidad de la Dama Negra, se clava asimismo el irrevocable puñal de su propia expiración, y en un último estertor, con la mirada fijada de la muerte en sus ojos, observa desconcertado la relamida sonrisa inapelable de la Dama negra, y evocaba el recuerdo de aquella fría y solitaria madrugada, como amanecida del escalofrío de un panteón, cuando la observaba pasear su distinguida presencia por los alrededores de aquel mal recuerdo, pero envenenado por el silencio, jamás se acercó a solicitarle la caricia del perdón, y ahora caía víctima de su propia conciencia, bajo las sombrías garras de la venganza. Un hilo de sangre en la postrimería de la agonía, sentencia el temido final, al tiempo que unas sedosas y esbeltas piernas de mujer fatal, se alejan vestidas de unos tacones de aguja negros y adustos como la mirada de la lóbrega providencia. El reflejo de una fosca contemplación, a la luz de la luna, asoma entre las sombras de la oscuridad.



Aingeru Daóiz Velarde.-




















 




miércoles, 16 de diciembre de 2020

EL OSCURO LADO DE LA VANIDAD

 

EL OSCURO LADO DE LA VANIDAD 



La vanidad, camina engreída por los adustos caminos de la más pura insolencia, vestida de una amplia gama de marrones sacados de los cien tonos de la necedad y la antipatía, resultado de mezclar todos los colores y sensaciones que visten en el otoño de lo mundano y lo fútil, carente de pasión y erotismo, de sensibilidad y luz, alimentada con la misma naturaleza de lo marchito, a la vez que el tiempo que resbala a su alrededor, se torna del mismo color de su esencia. La única pasión que se le conoce, es el amor hacia sí misma, que lleva asociada la incapacidad de amar a los demás. En el espejo siniestro de la vanidad, se refleja la cara del hado de la fatalidad, a cuyos lados, penden las negras cortinas de un escenario cuyos actores, representan la tragedia de un ego insaciable que camina incansable hacia su propia fatalidad. Mirando en perspectiva la imagen, se presenta la tétrica figura que advierte su presencia ante el impulso desbordado de admirar obnubilada, la propia imagen de su reflejo, como si de un retrato de Dorian Gray se tratara. 




Con la cerrada creencia de su propia habilidad, la vanidad desprecia a su paso los pequeños detalles de la humildad, creyéndose sublime al ser jaleada por la soberbia, que a lo lejos la observa de reojo con la altivez de su ego, al tiempo que la avaricia sonríe maliciosa y se relame de gusto haciéndole oscuras muecas a la generosidad. La vanidad se mira asidua al espejo regalado por Narciso, quien, amante de sí mismo había encontrado en la imagen reflejada en la falsa firmeza del agua del arroyo, el objeto de su más ansiado deseo, él mismo, empapado de su propia belleza, temeroso de ver su realidad brillada en el espejo, y víctima de la ira, intentó romperlo contra el suelo, desoyendo el consejo de la paciencia, pero al ver pasar la penetrante áurea de la vanidad, sin mirarla, le tendió el temido objeto del reflejo.




La arrogancia y el engreimiento acompañan postreros a la vanidad, que ahora se ve irradiada del destello y el brillo de su propia envidia, pisando sin compasión a la caridad, creyendo firmemente que el hombre, ya no necesita a Dios…Creyéndose el mejor de los siete pecados capitales, le hace un guiño obsceno a Lucifer, que desde la esquina opuesta a la calle de las lamentaciones, la observa junto a la lujuria frotándose las manos, apartando de un devastador bufido a la castidad. El propio diablo, alimentado de la índole y condición de su propia idolatría, conocedor del instinto de la vanidad, le ofrece el sabor intenso de la gula, al tiempo que la mesura de la temperancia se aleja despacio, con la cabeza gacha, llorando desconsoladamente su más dolorosa derrota.




Retozando en las pardas sábanas de la impura procacidad, la vanidad se alimenta del sustento que el diablo le ha ofrecido, paladeando el áspero y amargo sabor de la pereza, mientras que la diligencia hace asomar el blanco color de un pergamino, en el que caben escritas las pautas de la benevolencia de una bien alimentada vanidad, contra la maldad y el despotismo, hambre de la misma. 


Como si de un mal sueño se tratara, la vanidad se hunde en el abismo funesto al que ha sido sentenciada, víctima de su propia maldición y desprecio a todo lo terrenal, creyéndose incluso por encima de lo divino, cuando el escenario de su propia existencia se enmarca en un lienzo del que emerge el naufragio de los excesos, donde aquellos infectados de su ideología, necios e ignorantes de sí mismos, se debaten entre las desbocadas olas de la tempestad que se desata amenazadora, al ser conscientes de su destino. Como una nueva hoguera de las vanidades, en la que se incita a que se quemen todos aquellos objetos, espejos, vestimentas, libros, pinturas que alimentan las llamas de su inmodestia, sucumben el envanecimiento y la pedantería ante la naturaleza de lo divino.




Abandonada en el sueño del olvido, todavía se resiste a rendirse a la entelequia que la hastía y la acongoja haciéndole ver en sí misma el principio de su acción y su fin, y de que no existe nada más grato, que sentirse amada por los demás, y no seducida y cortejada por sí misma, víctima, de su propia frivolidad. En el despertar de la realidad, aunque tarde, la vanidad se da cuenta de su propio engaño. Ciega y fascinada por su propia seducción, confundida por la argucia del rey del Averno, la vanidad observa sobre la mesa servida por el destino, la crueldad y la miseria de la muerte, que fija su mirada en la descompuesta y malograda idolatría del engreimiento y la petulancia…al final, no sirve de nada la miserable ostentación, pues no resulta más que una fantasía del momento, una innecesaria arrogancia que siempre es vencida por la humildad de la natural sencillez. La naturaleza muerta, resucita de nuevo la composición de los colores vivos de la esperanza, llenando un enorme mosaico de ilusión con el aliento del esfuerzo y la plena confianza de la bondad del hombre, y su sencillez. La negra risa del diablo es acallada por la música con una final composición de una tonalidad en réquiem menor, donde cada cual lleva a sus espaldas la carga de su propia conciencia. 

Aingeru Daóiz Velarde.- 
















sábado, 12 de diciembre de 2020

EL BESO DE LA MUERTE

 

EL BESO DE LA MUERTE





El beso de la muerte, es,  no ya la petrificación fría de la tristeza, sino el llanto escondido de la desolación del destino. Es la desesperación de un lamento cuyas garras se clavan  en el desaliento de la carne. Un esqueleto alado que le da un beso en la frente a una vida que se apaga, en el resuello de un lamento en el silencio del amor,  que se evapora en las tinieblas del ocaso. Buscar en lo lúgubre la belleza, el frío beso en el tétrico concluyente de la vida, en el siniestro y oscuro final, convirtiendo el amargo llanto en la hermosura de un sentimiento alado desprovisto de rencores, es llegar a la culminación de la más pura de las esencias de la vida. La misericordia rompe en súplica de aflicción desesperada ante la crueldad fatal del hado de la humanidad, como una fuerza irresistible a la determinación de la vida, que no es otro que la sinecura irremediable de la muerte. El escalofrío de tu caricia, hace estremecer en mi corazón apagado el pálpito final del último suspiro, sólo tu evocación más allá de las estrellas me consuela, con la esperanza de volver a sentir de nuevo el roce álgido de tu piel, ¿dónde estás muerte amada?, tu ausencia me angustia, me oprime, me acongoja en la inquietud más amarga con todo el dolor del tormento que me mortifica y entristece.  Déjate llevar, me dijiste susurrándome al  oído, y aferrando mi mano para conducirme al oscuro túnel del silencio, cerrando después la fría losa de la soledad.  El perenne recuerdo de la existencia de un abrazo, esculpe en piedra la fatalidad de un encuentro funesto, para apartar el olvido del recuerdo, y fijar la mirada en las cuencas vacías de unos ojos que contemplan insensibles,  la tragedia postrera que camina a la eternidad. El beso de la muerte, aquel que me diste en el brumoso  silencio de un atardecer, condenó para siempre a la perpetua oscuridad,  la luz que alumbraba la grata dulzura de mi sentimiento. Tu recuerdo, se me clava en lo más profundo de mi alma, y no es sino el castigo de mi condena que apaga la última palabra de mi consuelo, ¿dónde estás, muerte ingrata, con tu promesa que solivianta  el denuedo de mi deseo? La fría ternura, acaba por fin con la anhelada espera de una caricia sombría, al albor de la eternidad.


Aingeru Daóiz Velarde.-




 

lunes, 7 de diciembre de 2020

CARLOS DE AUSTRIA. LA TRAGEDIA DE UNA LOCURA.

CARLOS DE AUSTRIA. LA TRAGEDIA DE UNA LOCURA. 


Era la oscura noche del 18 de enero de 1568, la cual recordaría Felipe II con la más grande de las penas hasta su último aliento, asado y consumido del fuego maligno que le tenía ya en los huesos, allí en el Monasterio de El Escorial. Sobre las 11 de la noche, el vencedor de San quintín, el rey prudente, el Monarca más poderoso de su tiempo, vestido con la armadura real, condujo a un grupo de cortesanos y hombres armados y toda una santa compaña de corchetes, alguaciles y ministros en derechura por los oscuros pasillos del Alcázar de Madrid, sin antorchas ni velas, y el mayor de los silencios en compañía de las amargas penas, al aposento del Príncipe Carlos, el hijo del Rey y su único heredero. 


El rey ordenó al duque de Lerma y a Rodrigo de Mendoza que en cuanto vieran abiertas las puertas de su habitación le avisaran, lo que hicieron sobre las once de la noche. Entonces el rey se personó dentro de los aposentos con su privado Ruy Gómez de Silva, que llevaba una vela en un candelero, y don Luis Quixada…Ambos cerraron primero las puertas y luego las bloquearon con ayuda de otros dos gentileshombres y dos ayudantes de cámara, que llevaban martillos y clavos para condenar las ventanas. Entraron por la puerta del retrete, que Ruy Gómez había abierto con una llave maestra, por lo que inicialmente nadie los oyó. El príncipe estaba de espaldas a la puerta por donde entró su padre, hablando con Rodrigo de Mendoza y el duque de Lerma. El rey le quitó la espada que tenía a la cabecera de la cama y el duque de Feria cogió el arcabuz que tenía bajo la almohada…Al hallarse rodeado de hombres armados, Don Carlos exclamó: “¿Qué quiere Vuestra Majestad?, ¿qué hora es?, ¿Quiéreme matar o prender?”... “Ni lo uno ni lo otro, hijo”, contestó Felipe II instantes antes de que el Príncipe se llevara la mano a la pistola cargada de pólvora que guardaba siempre en la cabecera de su cama. En la imagen, Don Carlos de Austria, hijo de Felipe II.



La consternada historia de este Príncipe comienza desde que viera sus primeras luces en este desterrado valle de lágrimas, si es que en realidad llegó a ver alguna vez la luz, puesto que su vida estuvo plagada de sombras como podremos ver más adelante. Fruto del matrimonio entre Felipe II y María Manuela de Portugal, primos hermanos por doble vínculo, nacería un 8 de julio de 1.545, no muy agraciado físicamente, y deforme, aparte de enfermo perenne tanto de cuerpo, como de mente, de desigual humor e iracundo carácter, posiblemente a buen seguro víctima de la costumbre endogámica de aquellas casas reales de la época, tuvo también la mala estampa de que su madre falleciera pocos días después de nacer él, sin llegar siquiera a ser reina de España. A todo esto se le unió la enfermedad padecida a los 11 años que mermó más si cabe su ya degradado desarrollo físico, la malaria, y debido a un accidente en el cual se cayó por las escaleras persiguiendo a una sirvienta, golpeándose en la cabeza. Este episodio marcaría su vida y salud mental, ya que entretenido en una de aficiones, es decir, perseguir a una criada con ánimo levantar sus faldas y masajear sus nalgas, pero la chica salió huyendo por en una angosta escalera y Don Carlos, todo encelado y muy dispuesto por los vapores de su edad, fue tras ella y vino en caer de cabeza haciendo mermar más si cabe maltrecho entendimiento, esto ocurrió en la medianoche del 19 de abril de 1562. Tras intentar con él muchos tratamientos de todo tipo, así como brujerías diversas como último remedio, finalmente se le realizó por medio de un afamado médico de la época una trepanación arriesgada, que sanaron en cierto modo sus males, pero que le trajeron secuelas que acrecentaron su crueldad y sus excentricidades.



Continuando con el relato de la noche a que nos referíamos al principio, y que marcaría un nuevo después en la vida de este Príncipe de la casa de Austria, el joven heredero fue arrestado, sin que nadie llegara a apretar el gatillo, y acusado de conspirar contra la vida de su padre. Días antes, uno de sus mejores amigos, Don Juan de Austria, hermano bastardo del Rey y a la postre héroe de Lepanto, y partidario acérrimo del rey a toda costa, se había visto obligado a desvelar los planes de su sobrino al percatarse de la gravedad de su locura. El caso es que el Rey, después de aguantar estoicamente la efervescencia verbal de su hijo el Príncipe, el cual se encendía cada vez más viendo a los ministros merodear en sus pertenencias con la tonta excusa de buscar papeles comprometedores, decidió dejarlo encerrado en sus aposentos, y con limitada comunicación con el mundo exterior. En la imagen representación del arresto de DonCarlos de Austria.




A la mañana siguiente, conocedora Isabel de Valois, la nueva esposa de Felipe II, de lo acontecido durante la noche, solicitó permiso a su esposo para reconfortar a su hijastro prisionero, pero la audiencia le fue denegada. Tras el desaire que le infligió su esposo la reina lloró amargamente delante de toda la Corte…esto traería sus consecuencias, puesto que esta romántica situación fue aprovechada por los cronistas aprovechados de la época, que no eran si no el cuerpo diplomático caracterizado por su aversión y hostilidad animosa hacia Felipe II y a España, y retorcieron más si cabe el episodio, de forma que absolutamente nada tenía que ver con la realidad, ya que argumentaron que entre el Príncipe Carlos de Austria e Isabel de Valois, su madrastra, existía un amor incestuoso, episodio totalmente quimérico e inexistente, pero que con el tiempo, en el XVIII, en esta página negra de la monarquía española se inspiró un drama extenso en una Ópera de de cinco actos del italiano Giuseppe Verdi, inspirada en un drama del alemán Johann Christoph Friedrich Schiller. 


Entre italianos y alemanes se reparten el rencor de la falacia, cantando y contando los desgraciados amores de Don Carlos de Austria y Portugal con su dulce enemiga, Isabel de Valois, que al albor de la verdad, como ya se ha dicho, es el resultado de una gran mentira, pero como ya dijera Göbbels en su momento, estando al frente de la labor de la propaganda del Partido Nazi, y luego del Tercer Reich, “una mentira repetida mil veces, se convierte en una verdad”… y más si es cantada en una ópera de Verdi, y escrita en un cuento de alta cuna y baja cama alemán. Lo de dulce enemiga que hemos comentado sobre Isabel de Valois, es que Carlos estaba ciego de deseo por ella, pero sólo por la enemistad con su padre, y ciertamente la Reina era de carácter afable, y se da la circunstancia que fue precisamente un francés posiblemente resentido, César Vichard de Saint-Réal, quien escribiera en un afán por los sueños literarios, una novela histórica basada precisamente en eso, sueños, incluyendo esta supuesta relación incestuosa sin fundamento real, pero si con interés oscuro, Don Carlos (1673) es que sirvió de fuente para varios diálogos en la obra de teatro de Friedrich Schiller. En la imagen, óleo de José de Uría representa la reacción de don Carlos, sostenido por el duque de Alba, al saber que no mandaría las tropas de Flandes. Museo del Prado, Madrid.




Sí que resulta cierto, por otro lado, que desde la llegada de Isabel de Valois a España, en 1560, surgió una estrecha amistad entre la nueva reina y su "hijastro". Ella se compadecía de la enfermedad del príncipe y se esforzaba por consolarlo. Impresionado por la reina y las atenciones que le prestaba, don Carlos la agasajaba con costosos regalos como sortijas de rubíes o alfombras de tejidos preciosos, y la ayudó a recuperarse del primer parto. En una ocasión en que ella cayó gravemente enferma, el príncipe mostró gran tristeza y durante varios días visitó iglesias y organizó procesiones para pedir por la salud de Isabel. 


El afecto que sentía la reina por el príncipe no se desmintió cuando Felipe II ordenó arrestarlo. Al día siguiente de la detención confesó al embajador francés Fourquevaux: "Lamento esta desgracia como si se tratara de mi propio hijo". Al parecer, pasó dos días llorando, igual que cuando se anunció la muerte del príncipe. La salud de la reina había quedado muy afectada después del nacimiento de su segunda hija, en octubre de 1567. Tras quedar embarazada de nuevo, su mal se agravó y falleció en octubre de 1568, apenas dos meses después de que muriera el príncipe. Afecto existía, pero de ahí a que hubiera una relación carnal e incestuosa, hay un largo trecho, y más tratándose de la personalidad de don Carlos, como vamos viendo. Digamos que era más digno de la más profunda lastima y compasión, que el dulce, entrañable y afectuoso carácter de Isabel de Valois podía albergar en su corazón. En la imagen, Isabel de Valois.



Volviendo de nuevo al episodio principal, digamos que el cautiverio de seis meses, lejos de calmar a Don Carlos, empeoró su salud mental y terminó costándole la vida en un arranque de demencia a los 23 años de edad. En medio de una huelga de hambre, el heredero de la Monarquía Hispánica se acostumbró a calmar sus calenturas volcando nieve en su cama y bebiendo agua helada, lo cual terminó consumiendo su quebradiza salud. Por supuesto, la propaganda holandesa acusó directamente al Rey de ordenar el asesinato de su hijo y argumentó que lo único que quería Don Carlos era acabar con la tiranía de su padre en los Países Bajos. El melancólico y misterioso carácter del Monarca, a su vez, prestó los ingredientes para que Giuseppe Verdi, recogiendo la leyenda negra, compusiera siglos después una de sus óperas más famosas, de la que ya hemos hablado, “Don Carlo”, y de la que ya conocemos también su realidad…Sin duda, la personalidad del heredero de la Corona nos ha llegado desfigurada por el silencio de los eruditos, la perniciosa influencia de la Leyenda Negra y la mistificación de la ficción literaria, amamantada además por el hecho de que la Reina y el Príncipe se llevaran poca diferencia de edad, y además, ambos murieron con poco tiempo también de diferencia…casualidades del destino, lo que no es casualidad, y sí verdaderamente cierto, es que se han construido en el imaginario diversos arquetipos del mismo Príncipe y sus circunstancias, en primer lugar, el que sin duda cuenta con algunos fundamentos precisos y contundentes, el príncipe enfermo físico y psicológico que generaría múltiples problemas al rey y a su entorno cortesano y que determinaría primero dudas y luego convicciones, de que no estaba en condiciones de reinar; en segundo lugar, el joven ansioso, enamorado apasionadamente de Isabel de Valois, su madrastra, la tercera esposa de Felipe II, con el conflicto sentimental y emocional subsiguiente; y, por último, el rebelde, enfrentado a su padre por el poder y con relaciones con los enemigos, los protestantes flamencos, lo que lo podía aproximar a la herejía protestante. En la imagen, Felipe II.




La propaganda holandesa que alimentaba lo que se conoce como la Leyenda Negra anti española, sin embargo, no podía estar más equivocada en este caso. Felipe II fue excesivamente permisivo con la actitud de Don Carlos, el cual arrastraba problemas mentales desde que era niño. Del Príncipe maldito se ha dicho, sin excesivo rigor, que siendo solo un infante gozaba asando liebres vivas y cegando a los caballos en el establo real. A los once años hizo azotar a una muchacha de la Corte para su sádica diversión: un exceso por el que hubo que pagar compensaciones al padre de la niña. No en vano, junto a su sobrino biznieto Carlos II, conocido como el Hechizado, el primer hijo de Felipe II es el máximo exponente de las consecuencias de la endogamia practicada por la Casa de los Habsburgo, como ya se ha comentado, aunque si bien es cierto que el heredero a la Corona fue un niño relativamente normal, de inteligencia media-baja, que no sufrió graves episodios de demencia hasta la edad madura. Sobre esto, cabría destacar un episodio, y es que sólo por hacer enfadar a su padre, el rey, gustaba de redimir cautivos de las mazmorras reales entalegados por conspiradores y otros motivos políticos, y de su bolsillo, corría de su cuenta la manutención de una legión de niños desarrapados que de ser no ser por él habrían pasado por el mismísimo infierno. Esto último fue utilizado por Felipe II para aturrullar a los fulleros diplomáticos europeos representando a su hijo como una buena alma pese a sus extravagancias. 


El Príncipe heredero, al igual que le ocurrió a su padre Felipe II, se crió lejos de sus padres. Como ya hemos conocido antes, huérfano de madre a los pocos días de nacer, Carlos quedó bajo la custodia de sus tías, las hijas de Carlos V que todavía no tenían compromisos matrimoniales, puesto que su padre estuvo ausente de España en los primeros años de su reinado. 


En los años previos a aquella caída que le provocaron daños irreparables en su comportamiento y de la que también hemos hablado antes, Don Carlos vivió su periodo más feliz en la Universidad de Alcalá de Henares, donde estudió junto a su tío, Don Juan de Austria, y Alejandro Farnesio, que contaban prácticamente su misma edad. Su padre se preocupó que recibiera ya desde niño la más exquisita educación, puesto que el príncipe estaba llamado a sustituirle, asunto nada baladí, desde luego, pero fiel a su forma y talento, enturbió su aprendizaje de las mismas extravagancias que lo hizo con su vida, posiblemente por su falta más de cordura, que por maldad, y lejos de someterse al estudio y al aprendizaje, se dedicó a más atrocidades a las que era muy aficionado, y a las que sacaba más provecho y diversión.


Sin destacar en los estudios, sino todo lo contrario, como hemos anunciado, Don Carlos, al menos, se contagió del ambiente juvenil y saludable del lugar, y ya en 1560, Felipe II, juzgando aceptable su comportamiento, le reconoció como heredero al trono por las Cortes de Castilla, pero ciertamente, después de aquel desgraciado accidente que le provocó la caída, ya nunca más nunca volvió a ser el mismo. Las fiebres que le afectaban periódicamente, y que fueron recuerdo de la malaria que también padeció a los 11 años, empezaron a repetirse con demasiada frecuencia. Con un temperamento impulsivo y violento, además de temerario, perdía los estribos muy a menudo, haciendo y diciendo lo primero que se le pasaba por su debilitada mente, con frecuentes cambios de humor. 


Por el miedo de los embajadores a que se interceptaran sus informes y el Rey pudiera ofenderse, muchas de las actuaciones contra el joven no han podido ser documentadas y se basan en testimonios indirectos. Pero consta, por la correspondencia de embajadores que Don Carlos era muy aficionado y frecuentaba con poca dignidad y mucha arrogancia los burdeles madrileños y trataba con violencia al servicio. En una ocasión, Don Carlos arrojó por una ventana a un paje cuya conducta le molestó, e intentó, en otra jornada, lanzar a su guarda de joyas y ropa. También trascendió por aquellas fechas su intento público de acuchillar al Gran Duque de Alba, al que acusaba de inmiscuirse en los asuntos de Flandes. Los conflictos entre padre e hijo no tardaron en llegar.


Llamado a capítulo a la Corte por su padre, el rey, éste afeó la conducta de su heredero y le llamó al orden pero tuvo el mismo resultado que con sus estudios, es decir, completamente nulo, como que el tema no iba con él. Los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, el príncipe siguió con sus diabluras. Gustaba frecuentar sitios de mala nota y no hubo taberna, tasca o club nocturno madrileño que no cerrara pues se volvió aún más antojadizo, zascandil, enredador y un revoltoso. Esquilmó las arcas reales convidando a sus compinches, apostando ingentes cantidades en carreras de mulas o caballos y, no contento con esto, se aficionó a acicalarse de manera suntuosa con los vestidos y joyas más caros con los que se topaba en toda suerte de escaparates. 


Tras su recuperación, después de la caída que ya conocemos, Felipe II le nombró miembro del Consejo de Estado en 1564, en un último intento por fingir normalidad, y barajó la posibilidad de casarlo con María Estuardo o con Ana de Austria, la cual sería posteriormente la cuarta esposa del Rey. Pero dentro de su mente enferma, sus prioridades eran otras. Obsesionado con los Países Bajos, que en ese momento se encontraban en rebeldía contra Felipe II, contactó con varios de esos líderes rebeldes, como el moderado Conde de Egmont o el Barón de Montigny, para organizar su viaje a Bruselas, donde pretendía proclamarse su soberano. En efecto, el Rey en el pasado había sopesado la posibilidad de que su hijo gobernara allí, pero las actuales circunstancias políticas y la mala salud mental del Príncipe descartaban por completo esta opción.


En una reunión mantenida con Don Juan de Austria, al que pidió ayuda para fugarse a Italia, el Príncipe le comunicó sus planes. El general español le reclamó veinticuatro horas a su sobrino para tomar una decisión, e inmediatamente salió a informar al Rey. Advertido de la traición, según varios informadores, Don Carlos cargó una pistola y pidió a su tío que regresara a sus aposentos. La pistola no pudo efectuar el disparo que habría matado al futuro héroe de Lepanto, puesto que fue descargada previamente por un cortesano, pero Don Carlos se abalanzó daga en mano contra Don Juan de Austria, que, superior en fuerza y habilidad en el combate, redujo a su sobrino. “¡Qué vuestra Majestad no dé un paso más”, gritó, apuntándole con su propia daga. Este arrebato también le vino cuando se enteró de que no iba a mandar las tropas de Flandes. En la imagen, don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II.



Las noticias de esta agresión precipitaron los acontecimientos que ya hemos conocido al principio, cuando Felipe II mandó el 18 de enero de 1568 encerrar a su hijo en sus aposentos, y ya en los días posteriores, licenció a los servidores de su hijo y trasladó a éste a la torre del Alcázar de Madrid que Carlos V usó como alojamiento para otro distinguido cautivo: Francisco I de Francia, capturado tras la batalla de Pavía. La lectura de la correspondencia privada del joven sacó a la luz una conspiración, más bien el amago de una puesto que ningún noble le prestó mucha atención, para acabar con la vida de Felipe II. Y precisamente porque las cartas descubiertas cada vez elevaban más la gravedad de sus crímenes, el Monarca decretó su cautiverio indefinido en el Castillo de Arévalo.




Durante los seis meses que el Príncipe permaneció cautivo, en el mismo régimen que había padecido Juana a la que llamaban la Loca, fue perdiendo los pocos hilos de cordura que quedaban sobre su cabeza. Acorde a los síntomas clásicos de las personas que han padecido malaria, sufría súbitos cambios de temperatura, cuya mente enferma convirtió en peligrosos y mortales hábitos. Cada vez que padecía uno de estos ataques, ordenaba llenar su cama de nieve así como ingerir agua helada en grandes cantidades. En medio de sospechas infundadas sobre su posible envenenamiento, falleció el joven a los 23 años el 28 de julio de 1568, probablemente a causa de inanición, ya que se había declarado en huelga de hambre como protesta, cosa que hacía de forma repetida en sus arrebatos.

Las vagas explicaciones de Felipe II y su empeño por destruir las cartas que incriminaban a su hijo, quizás buscando ocultar las miserias de su heredero, situaron su muerte en el terreno predilecto para alimentar la leyenda negra que los holandeses, franceses e ingleses usaban en perjuicio del Imperio español. La ópera «Don Carlo» escrita por Giuseppe Verdi siglos después y un drama del poeta alemán Schiller tomaron por referencia el ensayo “Apología”, del holandés Guillermo de Orange, el máximo representante de la rebelión contra la corona española, que presenta la vida del Príncipe de forma muy distorsionada. El holandés inventó una relación amorosa entre Don Carlos y la esposa de su padre, Isabel de Valois, y colocó al joven como adalid de la independencia holandesa y al malvado Rey como el asesino de ambos. Más allá de una inocente literatura, este episodio se convirtió en el más importante pilar de la leyenda negra contra los españoles, gracias a la triste y desvencijada historia de este cándido Príncipe de Asturias del siglo XVI cuya andanzas políticas y desgraciada vida amorosa fue aprovechada por mendaces infamadores alemanes e italianos, y por qué no decirlo, también ingleses y franceses a la espera, como aves de rapiña, para desacreditar la memoria de su padre, el llamado Rey prudente, y ya de paso, la de España entera. En la imagen siguiente, Guillermo de Orange, impulsor de la Leyenda Negra.



Como ya se ha comentado, Don Carlos, en sus arrebatos, gustaba de hacer huelgas de hambre y acto seguido pegarse grandes comilonas, en plan protesta. Una infausta noche en pleno bochorno de calor castellana, a mediados de julio, los sirvientes a su servicio le trajeron para cenar unas sabrosísimas perdices estofadas aderezadas con perejil, nuez moscada, cardamomo, salsa agridulce, ají picante y demás aderezos y otras especias traídas desde el último rincón del interminable imperio español. Don Carlos, de natural curioso en cuestiones gastronómicas y al tener una gula exagerada ya que al parecer acababa de finalizar una de sus interminables huelgas de hambre, dio buena cuenta de la opípara cena, a pesar del peligro del hartazgo y la mezcla, y se pasó toda la noche devolviendo, y se puso enfermo. Atacado por la fiebre y disentería en pocos días entregó su alma al Señor. Murió a la temprana edad de veintitrés años al poco de celebrar su cumpleaños, el 24 de julio de 1568 En la imagen, últimos momentos del Príncipe Don Carlos, por Antonio Gisbert.




Éste es el final de la historia de Don Carlos de Austria. Algunos historiadores, literatos y músicos vulgares, sin mucho argumento, han buscado desde siempre malintencionadamente gustan de achacar su conducta perturbada y desconcertante a un asunto de desamores con una dama con la que su propio padre casó, Isabel de Valois, y se asegura con determinada desvergüenza que con la que de antaño se tenía concertado el matrimonio con el príncipe Carlos, resultando el argumento de una novela de poca estima en una reconstrucción histórica basada en datos hipotéticos sin prueba, ni testimonio alguno, ya que sólo basta tener en cuenta que el príncipe español tenía trece años y la princesa francesa doce cuando diplomáticos reales concretaron la futura boda de Estado. La cuestión era muy diferente, y es que Felipe II no contaba con Don Carlos para discutir asuntos de Estado, por una parte lógica, ya que mentalmente no lo veía asentado, con lo cual Carlos, se obsesionó con intrigar contra su padre el Rey, quien por cierto, podría haber estado más al lado de su hijo, pero es menester conocer también el día a día de una mente poco lúcida, a sabiendas de su forma de ser, presa, en la mayoría de su tiempo, de las más absoluta demencia.

Aingeru Daóiz Velarde.- 


BIBLIOGRAFÍA



Geoffrey Parker:

El rey imprudente, la biografía esencial de Felipe II, Editorial Planeta, 2015, ISBN 9788408141990



La gran estrategia de Felipe II, Alianza Editorial, S.A. 1998 ISBN 84-206-2902-2Felipe II, Alianza Editorial, S.A. 2003 ISBN 84-206-5575-9



Felipe II: La biografía definitiva, Editorial Planeta, S.A. 2010 ISBN 9788408094845



El rey imprudente, la biografía esencial de Felipe II, Editorial Planeta, 2015, ISBN 9788408141990



Artículo Historia National Geografic Fernando Bruquetas de Castro y Manuel Lobo Cabrera.

















 

sábado, 5 de diciembre de 2020

TEMPLARIOS. GUARDIANES DE LA ETERNIDAD.

 

TEMPLARIOS. GUARDIANES DE LA ETERNIDAD. 


Una espesa y ponzoñosa niebla se extiende por el valle, allá donde una batalla acaba de terminar casi al mismo tiempo que la luna empieza a asomar, para escribir una vez más en el libro sagrado del recuerdo, la historia de los templarios, que mueren y dan muerte, e incluso son derrotados. Dueños de un conocimiento y una hermandad deliberada con sufíes y más tarde cabalistas e incluso ashashins, llevan consigo tradiciones esotéricas y llenas de misterio, esencia de su más absoluta tradición. Fueron, sin duda, un núcleo de elegidos entre los elegidos, poéticamente herederos de un fin filosófico ritual cuya idea era el colofón de su identidad, es decir, la gloria, aún a pesar del sacrificio de la propia muerte. Combatientes de primera línea, los templarios son la fuerza de choque por excelencia de todas las batallas, y también en los territorios hispánicos en su lucha contra los reinos moros y sarracenos. Así, se distinguen en numerosas batallas y la pertenencia a la orden resulta un galardón inapreciable en el mundo de la caballería…tenemos ejemplos de órdenes militares templarias en España como la Orden de Santiago, la de Alcántara, la de Calatrava, la de Montesa, la Militia Christi, Santo Sepulcro, la Cofradía de Belchite, la Orden de Monreal, la Cesaraugustana, la Orden de Monte Gaudio entre otras, e incluso Órdenes femeninas vinculadas, como la de las Comendadoras de Santiago. 




Paladines de una magna causa, cabalgaban o caminaban hacia el sacrificio pertrechados de un valor difícil, sino imposible de superar, leales siempre a la cruzada, sólo superados por el poder de la traición. Los caballeros templarios, fueron el baluarte del honor, y víctimas de la codicia y el interés del papado y los príncipes de la política. Su espíritu, estaba alentado por el de Jerusalén, la bienamada, e incluso en los peores momentos, encima ya de la derrota, conservaban el valor y el sacrificio sagrado y abnegado de su propia vida hasta en el último estertor.

No existe parangón que se pueda igualar a la entrega, el arrojo y coraje de estos guerreros, ni a su devoción a la causa cristiana con tan probada integridad moral. La bienamada Jerusalén, es la meta de sus tres credos, a la que muchos llegan desfallecidos, consumiendo sus últimas fuerzas, tras recorrer penosamente miles de kilómetros, para besar el suelo del Santo Sepulcro y luego morir, morir en la Jerusalén terrenal para ascender a la Jerusalén celestial, y aun perdida la terrenal, pero disputada con tanto ahínco, que quedaba grabada a fuego y sangre en sus espíritus, en una lucha a muerte en un paraje cualquiera con la única añoranza de la sagrada eternidad.




Jerusalén, origen de grandes padecimientos y derramamientos de sangre, la ciudad se levanta impasible y observa a sus templarios elevar sus almas. Princesa y reina, Jerusalén se yergue misteriosa y sublime ante la desolación del desierto que la contiene, mostrando el esplendor de sus murallas, que encierran los tesoros más anhelados por la cristiandad. Jerusalén, vestida de negro, hermosa en el Cantar de los cantares, sublime y santificada in aeternum, es testigo silencioso de la tragedia de aquellos hombres que, entregados, saben luchar, y saben morir. Jerusalén, un claro que emerge de la oscuridad, alumbra las tinieblas que amenazan al Santo Sepulcro, como si de una tea perenne se tratara, y desde la lejanía, se observa brillante en el afán de los corazones que la contemplan aun en sus sueños. 

Los ojos de Jerusalén, desbordan lágrimas en un llanto amargo que acongoja los corazones intrépidos de aquellos que con su vida la defienden, como si de una noble dama inocente se tratara. Sabedores de su sacrificio final, no escatiman esfuerzo y entrega, ni grito de aliento ante la terrible adversidad, superados en número, pero crecidos ante el dulce aroma de la bienamada, su recuerdo evoca en sus almas la añoranza de tiempos pasados que jamás regresarán. 




Acontecía el año 1306, a la vez que unas grises nubes se cernían en el sur de Francia sobre una inaccesible fortaleza aparentemente inexpugnable. El gran maestre templario, Jacques de Molay, se negaba reiteradamente a aceptar la idea de una fusión de las órdenes militares bajo el cetro del rey francés del momento y la más que evidente coacción del papa Clemente V so pena de excomunión. Hacia el 6 de junio del mismo año fue llamado a capítulo a Poitiers para hacerle entrar en razón y de paso, ser digerido por la insaciable voracidad de Felipe IV de Francia. Su negativa sellaría el destino de una orden coherente con los más elementales principios cristianos, generando una causa general contra la Orden. En el año 1307, el papa Clemente V y Felipe IV ordenaron la detención de Jacques de Molay junto con la de los demás caballeros templarios bajo la acusación de sacrilegio contra la Santa Cruz. 



Esta, que vamos a aclarar y no otra, fue la razón de aquella salvaje persecución contra unos hombres fieles a un ideal cristiano de solidaridad y compasión, de lucha por los valores propuestos por el profeta con más predicamento de la historia en beneficio de la colectividad, y de lo que es clave, de la acumulación de una inmensa fortuna que no solo permitía a los templarios actuar como prestamistas, sino que también en la economía doméstica y local con pequeños créditos o préstamos sin usura que permitían a muchísimos beneficiarios vivir una vida más digna en aquel calvario de sociedad medieval. Todo esto, creaba recelos y envidias en un sistema que buscaba la más absoluta alienación de los siervos o súbditos bajo el poder real, ésta fue la razón, y la abominable causa de de la más ingrata de las perfidias.




Amanece el alba en la Isla de los Judíos, o Isla de San Luis, pero una espesa neblina, como premonición a lo que va a acontecer, apenas deja asomar las ténues rayos de sol en aquel sombrío lugar que baña el Sena. Al lado del río, rostros curiosos y expectantes pueblan ambas orillas, a la espera del acontecer, y un tenebroso silencio se adueña del sitio, mientras que a los alrededores del gentío, la fiesta aclama a los vicios mundanos de la implacable humanidad desheredada, atrayendo a las meretrices al olor del dinero y los vapores del vino que, desde hace ya rato antes de la amanecida, había empezado a verter la locura de la sinrazón, del triste espectáculo convertido en celebración y feria, a cuyo tétrico banquete presentaba la condición de presa a un despojo hecho girones tanto en la ropa, como en cuerpo y alma a Jacques de Molay...


Unos años antes, en 1306, tras la expulsión de los judíos, el estado de la economía francesa rozaba la ruina. El rey Felipe IV había pedido varios prestamos a la Orden del Temple, que no podía devolver. Por este motivo hizo devaluar la moneda varias veces, ante el disgusto de sus súbditos. El monarca, desesperado, hizo correr la voz de que los templarios tenían un comportamiento poco cristiano, y junto con Guillaume de Nogaret, un personaje sin escrúpulos, y el confesor real, Guillem Imbert, urdieron un plan para destruir a la Orden y quedarse con sus bienes.


Esta fue su condena, y la razón de aquella injuria contra unos hombres fieles hasta más allá de la misma muerte. 




Antes, 113 caballeros templarios habían sido ya asesinados en la hoguera por los hombres de Felipe, en medio de un sinfín de irregularidades y el recelo del pueblo llano. Aquel era el último que quedaba en Francia. 


El Regidor mira a Molay con compasión no exenta de culpabilidad. Sabe que la confesión ha sido arrancada de forma cruel. Tras siete años de prisión, el anciano ha quedado reducido a una sombra de lo que fue. Pese a ello, cuando la sentencia se proclamó en firme, Molay fue tan torpe de no aceptarla con la sumisión esperada, rechazando la falsa misericordia de Felipe IV, proclamándose inocente, retractándose de su confesión de culpabilidad obtenida bajo tormento. Un 18 de marzo de 1314, Jaques de Molay, Gran Maestre de la Orden del Temple, moría quemado en la hoguera, frente a la catedral de la Notre Dame. Antes de expirar volvió a retractarse de forma pública de todas las acusaciones, proclamando la inocencia de la Orden y lanzando una maldición a los culpables de la conspiración, a los que emplazó ante el tribunal de Dios en el plazo de un año. 




Efectivamente, poco después esta supuesta maldición se cumplió, ya que el papa Clemente V falleció el 20 de abril de 1314 y el 29 de noviembre fallecía Felipe IV, víctima de un accidente de caza. Finalmente, ese mismo año también murió envenenado el conspirador Guillaume de Nogaret, Advocatus Diáboli, Abogado del Diablo de la causa contra los templarios. 




A las afueras de Aceldama, el campo que los sacerdotes compraron con las treinta monedas que recibiera Judas Iscariote por vender a Jesús, descansa el guerrero después de la ardua batalla, una más de las que carga a sus espaldas, librada en aquellos parajes regados por tanta sangre. La lluvia, cae ahora con fuerza refrescando el intenso calor del ambiente, y empapando de frescor las heridas sobre los cuerpos sufridos. Un silencio roto únicamente por los lamentos de los heridos de muerte, y algún que otro suspiro de aceros, rompe la paz concluyente de la hostilidad. Miradas llenas de vacío de cuerpos abandonados por la vida observan mudas el resuello del caballero cruzado, hoy vencedor, pero sabedor a su vez del incierto futuro del mañana. Un recuerdo de los momentos más apasionados de la orden, pasa por las mentes de aquellos que hoy se han batido con la fiereza que les simboliza y encarna. Al mismo tiempo, como si los mismos acontecimientos respondieran a una llamada o señal del destino, cuyo hado o fatum se eleva sobre sus cabezas retando a la voluntad de los hombres, el maligno teje el manto de sombras que marcará el destino salpicado por el oscuro y amargo sabor de la apostasía, y el calvario de su último gran Maestre, Jacques de Molay, que sancionaría para siempre en el futuro el terror y la suerte de la orden con el final de una maldición. Las ruinas de Jerusalén, la bienamada, observan en la distancia el acontecer, y en esa misma soledad se cruza la mirada y el aliento de un hombre postrado a lo lejos, oteando los últimos suspiros que resisten la embestida sarracena un día más. 




Como un presagio escrito sobre una lápida yacente en el Sacro Monte de los Olivos, el guerrero cruzado se aleja despacio hacia un rincón apartado del espectáculo de la muerte. Ha cesado ya la lluvia, y la luna asoma de nuevo llena y rebosante de luz, apartando nubes y tinieblas, para alumbrar el anhelo y el camino a la vez. Es un momento sublime en el corazón de un hombre rendido ante el altísimo, que desde las alturas, lo observa derrumbándose de rodillas ante el simbolismo sagrado del sacrificio por la humanidad. Desgarrado su espíritu, ora desolado ante al fatal espectáculo del apartado campo de batalla, y solicita hundido en lo más profundo de su ser, el perdón de Dios, suplicando la fuerza necesaria para combatir de nuevo otra vez, en defensa del madero en el que reposan los restos yacentes de su devoción. El Gólgota, a lo lejos, derrama la última lágrima al albor del anochecer.


Aingeru Daóiz Velarde.- 





















miércoles, 18 de noviembre de 2020

EL CRISTO DE LAS MIELES.

 

EL CRISTO DE LAS MIELES.

Al entrar al cementerio de San Fernando en Sevilla por la puerta principal, vemos justo delante al Cristo de Susillo. El creador de la obra, Antonio Susillo, era uno de los escultores más reconocidos del siglo XIX y contaba con clientes de la talla de la reina Isabel II o el zar Nicolás II. 


Antonio Susillo procedía de una familia de buenos comerciantes. Su padre era tonelero y estaba vinculado al negocio de la aceituna. No en vano vivían muy cerca de la Alameda de Hércules y del cercano mercado de Feria. La familia poseía una posición próspera, por lo que la historia del brillante Antonio no es la del artista paria que florece de la nada. Pese a la voluntad paterna, el chico caminó desde temprano por direcciones distintas a las previstas. Fue artista madrugador e hizo desde niño dibujo y carboncillo y modelado de figuritas de barro en la misma puerta de su casa, imágenes religiosas hechas con tierra de lluvia y secadas al sol del valle del Guadalquivir. Impresionó desde el principio. Siempre según la historiografía asentada, no trufada de cierta leyenda, Susillo era solo un chiquillo cuando la duquesa de Montpensier, María Luisa de Borbón, se cruzó con el puestecito del joven Antonio, quedando tan impresionada por su talento y su precocidad que se ofreció entusiasta a pagar los primeros estudios del chico. Desde entonces lo tuvo bajo su mirada y ambos se brindaron provechosa amistad hasta la muerte del escultor. 


La historia cuenta que Susillo recibió el encargo para el Cementerio de San Fernando, en el que se entregó en cuerpo y alma, ya que la escultura del Cristo supondría el fin de las deudas que había contraído debido a una despilfarradora mujer con la que se había casado tras un primer matrimonio fallido…El amor de su vida fue su primera mujer, Antonia Huerta Zapata. Se casaron en Sevilla cuando él contaba 23 años y ella 19. Fue un matrimonio joven y esperanzador, pero, aquella muchacha de la calle Lumbreras, que tanto bien pudo hacer al joven artista,   falleció al año y medio por una tuberculosis. Quince años después, le sobrevino la desgracia de encontrar a esta segunda mujer. En septiembre de 1895 Antonio Susillo contraería nupcias con una malagueña de nombre María Luisa Huelin Sanz. Son muchos los cronistas que señalan este segundo matrimonio como clave en el desenlace final de la vida de Susillo. María Luisa se reveló pronto como alguien déspota y arribista. Quiso sacar desde el principio el máximo partido posible a la posición ventajosa de su marido, artista muy conocido y mejor pagado. Lo presionaba para que trabajara más y por mejores cantidades, lo menguaba con tremendos gastos y peticiones e incluso menospreciaba su oficio llamándolo albañil despectivamente,  así lo menciona Antonio Castillo Lastrucci, quien presenció el hecho personalmente al ser discípulo del maestro Susillo en aquella época, y al parecer, se encontraba el escultor amasando yeso, y al verle entrar para almorzar manchado de barro y algo de yeso, comentó su esposa que pensaba que se había casado con un artista y no con un albañil. Susillo golpeó la mesa con los puños, y se marchó sin decir palabra.


María Luisa Huelin Sanz parecía una maldición, pues a todas luces ni amaba sinceramente a su esposo ni su vida estaba empeñada a nada que no fuera mejorar su posición social tanto como pudiera. Deliraba queriéndose igualar a gentes de gran nobleza como los de Alba o los Guzmán, incluso con los duques y las infantas de Sevilla, era una obsesión casi enfermiza, que agobiaba diariamente a Antonio Susillo hasta el punto de hundirlo en la más absoluta depresión, agobiado por los gastos, resentido consigo mismo por haber torcido su camino de felicidad. Temeroso de las murmuraciones si abandonaba a esa mujer, sucumbía ante su desdicha con un estoicismo superior a sus fuerzas, que poco a poco, iba minando su alma, hasta llegar a la desesperación más absoluta.





Cuenta una leyenda romántica, que cuando terminó el encargo de su vida, el artista se dio cuenta que lo había esculpido con las piernas al contrario y no pudiendo enmendar el error se pegó un tiro, que era el suicidio romántico por excelencia de la época. Los sevillanos creían que debía ser enterrado bajo los pies de su obra, pero la autoridad eclesiástica se negó, ya que los suicidas no podían descansar en suelo sagrado. No obstante, se acabó alegando que tenía una enfermedad mental y pudo ser enterrado allí.

En un principio, su cuerpo reposaba junto a la del pintor Ricardo Villegas, pero treinta años más tarde debido a la prensa, la sociedad sevillana consideraba que el escultor debía ser reconocido, por lo que en 1940 los restos de Susillo reposaron bajo su obra finalizada gracias a los fondos del Ayuntamiento.

La realidad es bien distinta, ya que la presión a la que estaba sometido por su mujer, la infelicidad de un desdichado matrimonio, y la melancolía, hacen que tome la trágica decisión, y el 22 de diciembre de 1886, con tan solo 39 años de edad, opta entonces por pegarse un tiro, de abajo a arriba a ras de la barba, con la enorme sangre fría de elegir sobre la marcha la opción deseada,  no la opción romántica de Larra por amor y desamor llevado a la cumbre de su malograda realidad en el desengaño, sino a la culminación de la angustia y la zozobra de las ganas de seguir viviendo en el averno de la aflicción, en el oscuro y profundo agujero de su propia tumba en vida. Seguramente, conocedor de que el suicidio era un pecado mortal que lo privaría del perdón y de la esperanza de encontrarse con su amor, Antonia, su primera mujer, albergaban en su corazón el anhelo y la ilusión de su fe, en aquel Cristo en el que había reflejado en su rostro la viva imagen de su propia  desesperación, tormento y desconsuelo, y una súplica casi desesperada, le hizo ver la luz de un final trágico, pero digno, y sabía que aquel Cristo sería benevolente con su acción, porque ningún pecado es imperdonable, excepto resistir al Espíritu Santo y negar el martirio de la Cruz. Pensó en que incluso el propio Judas estuviera salvado no ya por su traición, sino por haber puesto fin a su propia tortura. Tuvo los arrestos de escribir una tarjeta para su esposa, a la que pedía perdón porque su carrera no producía lo suficiente para ganarse la vida, y otra al Juez, con la que aludía que era él quien voluntariamente se quitaba la vida, y legaba todos sus bienes a su mujer, posiblemente en un último intento por obrar las últimas palabras de un Padre Nuestro…Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestro deudores, más líbranos del mal, amén. Era su tarjeta de pago hacia el perdón, y la otra vida.



Las gentes de Sevilla, pensaron que el mejor recuerdo y cumplido que se le podía dar al insigne y malogrado escultor, era ser enterrado a los pies del Cristo que con tanto afán y pasión había esculpido, y una delegación, se lo propuso a la municipalidad, pero la Autoridad de la Iglesia se opuso argumentando que los suicidas no podían ser enterrados en suelo sagrado, por haber incurrido en pecado, aunque debido a las presiones, al final, teniendo en cuenta las manifestaciones de muchos amigos y conocidos, finalmente se consideró que el acto había sucedido como consecuencia de una enfermedad mental y se concedió el permiso oportuno. Ciertamente, la partida de defunción fechada el 23 de diciembre, de 1896, dada la mentalidad de la época, las influyentes amistades y el prestigio social del personaje, sólo hace mención a la hemorragia cerebral previa al fallecimiento, omitiendo la verdadera causa del fallecimiento, puntualizando el domicilio en la calle Alameda de Hércules número 42, y que el óbito tuvo lugar la víspera, en el Kilómetro 125 de la línea férrea de Córdoba.


En un principio fue enterrado en una tumba junto a la del pintor Ricardo Villegas, que pagaba anónima y puntualmente un amigo suyo, en el enterramiento de 1ª clase número 83 de la Calle Virgen María del Camposanto sevillano.  Treinta años más tarde, como consecuencia de un artículo aparecido en el diario “El Noticiero Sevillano”, se despertó entre sus paisanos el convencimiento de que la ciudad le debía un reconocimiento permanente al insigne escultor. El Ayuntamiento concedió permiso y asignó los fondos para la obra, que concluyó el veintidós de abril de 1.940. Los restos de Antonio Susillo reposaron definitivamente cuarenta y cuatro años después de su muerte a los pies de su obra más reconocida, el Cristo de las Mieles. En la imagen, Antonio Susillo Fernández.



Lo más sorprendente ocurrió más tarde cuando el Cristo un día, comenzó a llorar y lo que manaba de los ojos de Cristo era miel. Era tal el milagro, que la Iglesia envió una delegación al Vaticano para esclarecer el suceso.


Dada la enorme talla del Cristo, Susillo lo talló hueco. Así se reduciría el peso. En los ojos, el escultor dejó unas pequeñas grietas, y también en la boca. Unas abejas hicieron el resto, construyendo un panal en el interior de la imagen de la que brotaba la miel. Desmontado el fenómeno, tiempo después, la talla que señala el centro del Cementerio de San Fernando, el que marca la tumba de Antonio Susillo, sigue recibiendo el nombre de Cristo de las Mieles,  que, aparte de otras tantas,  me gustaría resaltar también, por su contenido sentimental, la restauración de las manos de María Santísima de la Amargura, más conocida como la Virgen de la Amargura. Antonio Susillo la restauró y rehízo sus manos en 1893. La totalidad de su obra, que no vamos a mencionar aquí, es impresionante, y digna de un gran maestro. Para quien quiera conocerla, sólo tiene que verla y se convencerá de la más pura realidad. Éste, y no otro, fue el lamentable final de una vida intensamente vivida. De esta forma, Antonio Susillo Fernández, máximo exponente de la escultura sevillana del siglo XIX, pasa a ser el paladín del último romanticismo y del primer realismo, con una aplastante personalidad artística.

 






El Cristo de Susillo ya no llora mieles, llora enojo, porque nadie ya se acuerda en Sevilla de Antonio Susillo...Un Cristo sujeto a la gravedad de su imagen, nos observa bajo un sol de justicia, en una tarde de visita obligada. Talló las manos de María Santísima de la Amargura, más conocida como la Virgen de la Amargura, aferrado al anhelo de su creencia, el mismo anhelo que a muchos les falta para recordar su figura, y la historia detrás de una imagen que guarda una tumba a sus pies. Un Cristo que no mira hacia el cielo apelando al abandono del Padre, ni inerte deja caer la cabeza, no, su mirada al frente señala el destino de aquellos que abandonan esta vida sin la fe, y sin el recuerdo de encontrar el ánimo del consuelo, o de una eterna promesa.


El Cristo de las mieles ya no llora lágrimas de miel, no.... Nos recuerda con esa mirada al vacío la solitaria andadura del corazón de la humanidad, desierto de sentimientos, y erguido por la injusticia. Con las manos de la aflicción que tallaron en su día las de la Amargura, se quitó la vida Antonio Susillo, y estrechamos las nuestras con el sabor no de la miel, si no con el amargo sinsabor de la hipocresía, observando en silencio la imagen del martirio en un desengaño por la Humanidad. La compasión y la misericordia han salido por la puerta pequeña y tenebrosa del olvido, la comprensión y el perdón son acciones que ya no facultan bondad, porque la benevolencia ha muerto a manos de la amoralidad y el deshonor, dejando su sitio a la barbarie de la fiereza desagradecida, y franqueando la entrada a la impiedad, y la traición...Siempre nos queda el aguardo y el recuerdo de un tiempo mejor. El milagro de las lágrimas de miel ha resultado vano, pero nos sustenta en pié, sin caer de rodillas ante la imagen crucificada, el milagro de la Esperanza bajo la caricia protectora de las manos de la Virgen de la Amargura, que consuela el llanto de nuestro extraviado corazón. 

Aingeru Daóiz Velarde.-