domingo, 9 de mayo de 2021

PIEDRASANTAS


PIEDRASANTAS


Caminaba despacio bajo el manto oscuro y frío de la noche. El Sena se deslizaba en la sombra tras el flamante viaducto de Auteuil. Una helada ventisca barría las calles desiertas de almas, con el único sonido acompasado que los botines de media caña emitían, apagados a ratos por los aullidos del aire. Avanzaba firme, pese al frío, cauteloso, quizás abstraído, como alguien ensimismado en los pensamientos nocturnos que es conducido por el insomnio de regreso al hogar. Bien vestido como siempre, con pantalón más bien estrecho a su gusto, chaqué, fina camisa blanca, corbatín, bufanda y gabán, todo de lana y algodón, excepto el chaleco de tafetán con bonito estampado, coronado además con sombrero de copa baja, con un estilo y elegancia habitual, el cual sujetaba o se calaba de vez en cuando para que el suspiro helado y furioso a veces de la noche no se lo arrebatara de la cabeza.



La noche anterior, ya había hecho el mismo recorrido, para asegurarse de los pormenores y pequeños detalles del asunto…calles, gentes y, sobre todo, paladear esa sensación, ese gusto a sangre en la boca, a medida que se iba acercando a su destino. Había pasado un buen rato de ocio en el club musical Les Mirlitons, propiedad del famoso actor y cantante Aristide Bruant, que se había hecho famoso actuando en el cabaret Le Chat Noir. Por la mañana, se había impregnado de aquel ambiente de la ciudad, cuyas calles eran un hormiguero de transeúntes y de carros.



Albergaba la esperanza de no encontrarse con ningún sereno a aquellas horas, ya que hubiera dado al traste con la intención, por lo que se dedicó a deambular un rato por la soledad de la calle, hasta adivinar que la presencia del funcionario a lo lejos se perdía en otra dirección a la suya, cosa que le alivió.



Se aseguró de llevar el pequeño frasco de la ponzoña, además de su revólver de bolsillo Colt Pocket Navy del calibre 31, que le regaló aquel indiano forrado de dinero por sus negocios con las armas allá en las Américas, un arma a la que llamaban como Baby Paterson, y que solía llevar de costumbre por si surgían imprevistos, y sobre todo, su vieja navaja toledana, de mango de marfil, de la que nunca se separaba, y a la que había bautizado con el nombre de su primera novia, Piedrasantas, como decía él, por su parecido…bella, segura, fría, fugaz, tajante, afilada y silenciosa. Había sido el regalo de su amigo, Miguel Garayo, mentor y maestro en el arte de la muerte por encargo cuando apenas tenía los 13 años de edad, como postulante a sueldo de cierta sociedad secreta, pero aquello pasó a la historia hacía ya tiempo. Le venía a la mente el recuerdo de cuando Garayo había caído víctima de una encerrona, y de la que Juan Zalacaín, nuestro protagonista en la historia, había salido ileso de milagro, merced a una innata astucia que había aprendido bien.



Recordaba bien aquella tarde turbia de invierno, en la que ambos habían acudido a una oscura cita en el cementerio de la Puerta de Toledo, y Garayo se mostraba algo intranquilo, y así lo advirtió, para que Juan se anduviera con ojo a avizor, y tuviera preparada a mano a una impecable Piedrasantas estrenada un tiempo antes en una noche de abril, en la que le sacó las tripas a la intemperie en dos certeros tajos, uno en vertical, y otro en horizontal, en señal de la cruz, a un cura cebado y barrigón, al que también le había cercenado la lengua por hablar demasiado pasando por encima del secreto de confesión, ya que le había costado un disgusto de dinero a cierta Dama casada, que en un desafortunado encuentro perdió la dignidad con cierto diputado. Al cura le dio por chismorrear indiscretamente y con mala intención en una noche de exceso de vino con cierto individuo chantajista y mala sombra, vividor de todo y sin oficio de nada, y del que ya se había encargado Garayo con un tiro en la misma cara en su momento, en una noche clara, pero en un oscuro rincón, mientras el degenerado soltaba aguas menores a la salida de una taberna a la que solían acudir muchos letraheridos de la capital, y a la que había cogido costumbre el mentado para aplaudir versos en busca del correspondiente convite de vino. La Señora, por cierto, era hermana menor de uno de los capataces del Gran Maestre de cierta Sociedad que acostumbraba a darle trabajo.









Le costó un poco más de lo esperado el abrir la cerradura, seguramente por el oxido del tiempo, pero consiguió franquear la puerta y volver a cerrar de nuevo, dándose cuenta que estaba sumido en la más absoluta oscuridad. Temía que la policía de Paris, muy presente en aquellos días por turbios asuntos de amenazas y atentados, lo pillara donde no debía estar, pero ni las horas ni el tiempo acompañaban a rondar las calles. Sentía acelerar los golpes secos del corazón, mientras subía las escaleras del interior del viejo edificio abandonado. Con la precaución de prevenir sospechas y la atención de gentes, se felicitó en haber acertado a elegir la hora después de las ánimas y aprovechar la luz que la luna llena que se dejaba filtrar por los sucios ventanales, para inspeccionar la estancia en busca de alguna pista. Mantenía la esperanza de encontrar velas o quinqués habituales para el alumbrado del hogar…por si acaso, llevaba un cirio en el gabán, que procedió a encender para poder ver mejor, y no tropezar.



La escalinata constaba de dos tramos de 25 peldaños cada uno, y dos rellanos, tantos como viviendas tenía el edificio lógicamente, y en cuya pared lateral de la puerta, había un quinqué para el alumbrado. Probó el primero, y no funcionaba, así que siguió subiendo a su destino, que era la segunda altura, con la esperanza de tener más suerte…tampoco fue así.



No habían pasado seis semanas de aquella tarde en la que recibió el recado de un encuentro que le llevaría a esta misión. Un papel de pequeño tamaño, un nombre y la dirección de la cita, así como la hora, una nota muy simple y escueta, que debía destruirse de forma inmediata. Don Arturo Calatrava Lasheras era nieto de uno de los fundadores de la Sociedad del Anillo, y pese a que esta Sociedad ya había desaparecido, todavía contaba con algunos adeptos, hombres de cultura, mecenas de nuevos talentos en el mundo de la pintura, la literatura o la música, benefactores de causas perdidas o, digámoslo así, de temas complicados de solucionar por vías legales que llevarían demasiado tiempo y demasiados quebraderos de cabeza. La Sociedad del Anillo había nacido a principios del siglo, allá por los años 20, y cuyos miembros eran generales, ministros y nobles, personajes poderosos que deseaban promulgar una constitución más progresista, pero con el tiempo, su ideario había cambiado, y sus fines, también, y ahora, vivían en el sueño de tiempos pasados pese a que mantenían ciertas formas de los fines para los que se creó. Sus reuniones, eran tertulias sobre política actual del momento, y don Arturo Calatrava, se daba la circunstancia además de que era primo de Felipe Ducazcal, uno de los mayores partidarios del General Prim, y que tiempo atrás se había batido en duelo con un tal José Paul y Angulo, enemigo acérrimo del General, y se comentaba y aseguraba que había sido uno de los autores materiales del crimen que llevaría a Prim a la tumba, y que ahora se hallaba en paradero desconocido en Francia. Ducazcal acababa de fallecer hacía apenas un par de meses, precisamente a consecuencia de aquel duelo con Paul y Angulo, ya que tenía una bala alojada en el oído tras el duelo a muerte que los enfrentó veinte años antes, y de cuya herida nunca se recuperó totalmente, con lo cual, el resultado fue fatal.



Juan Zalacaín se había ganado buena fama en aquel mundo siniestro de intrigas y conspiraciones, silencios y quejidos apagados en la oscuridad, traiciones y pagos por encargo, y los que le habían contratado estaban muy satisfechos con su labor, puesto que había despachado tres complicadas misiones para ellos, con excelente limpieza; la primera fue la de un abogado demasiado quisquilloso que de repente le había dado el punto y el pronto por marcharse a las Américas a buscar fortuna después de hacerle una amigable visita de cortesía, la segunda la de cierto hijo de Conde con pretensiones inmoderadamente oscuras hacia cierta niña de sus ojos de un padre de poco arresto, amigo de la familia Calatrava, y que apareció degollado y literalmente cosido a puñaladas a la salida de cierto club, crimen del que culparon a un sinvergüenza borracho y vividor de las mujeres de alterne, y que fue condenado a la vileza del garrote, y el último, de cierto consejero de un banco de importancia, que pretendía quedarse con la propiedad de una pobre mujer viuda, y madre, y al que con sumo gusto y dedicación, le dio la oportunidad de ahorcarse en su despacho, después de haberle invitado a una bebida condimentada con una yerba cuyo secreto le había enseñado también Miguel Garayo, a la que llamaba Aliento del Diablo, una sustancia incolora, inodora e insípida que reduce la voluntad de la persona y, mientras dura su efecto, borra la memoria de quien la ha consumido, mientras tanto, se rinde a la voluntad de quien sabe suministrarla, sin dejar rastro, aunque también en dosis mayores, provoca un colapso y después, finalmente, la muerte. En este especial caso, el final le supuso una cierta tristeza, ya que le hubiera agradado darle el gusto de baile a su fiel, afilada y bella Piedrasantas, vestida de marfil, pero la circunstancia hubiera dado que pensar y sospechar.









Esta vez, algo en su interior le alertaba de que la actual ocasión, guardaba un delicado y expuesto fin, ese sexto sentido que sólo unos pocos poseen, y que le había evitado más de un disgusto, pero ya resultaba demasiado tarde rehusar…su vida, se había convertido en una elegía, en un poema de lamentación con la pérdida de su padre, que había trabajado para don Arturo Calatrava, y éste, se había hecho cargo de la ventura de su madre y sus dos hermanas pequeñas, así como las deudas de la familia, con lo cual, su compromiso era un epitafio lapidario que arrastraría seguramente toda su vida, y eso, por una parte, le angustiaba.



Eran tiempos difíciles, prostitución, trasiego de mercaderías prohibidas, extorsiones, asesinatos, negocios sumergidos y clandestinos, alianzas extrañas e intereses políticos, sangre y violencia a cambio de un precio, justicias proscritas de la Ley bajo el siniestro manto de la noche a la luz de la luna o de un candil, o incluso a la luz del día en un certero encuentro en un lugar determinado. Fuera de estas sociedades, existían los hombres como Miguel Garayo y Juan Zalacaín, que dentro de los límites posibles de las cuestiones justas, se ganaban los cuartos y se jugaban la vida doblando las esquinas vedadas por los decretos del sistema. Donde no llegaba la Ley, llegaba la mano del arreglo por medio del color magenta de la sangre. Rememoraba bien aquella tarde, en el cementerio de la Puerta de Toledo, o Cementerio del Sur, en el Alto de Opañel, ya pasado el Río Manzanares, cuyo lugar sería el último suspiro de los doce años que Garayo y Zalacaín andarían juntos por los arduos caminos de ese complicado oficio que con tanto empeño y buenas maneras le había enseñado el bueno de Miguel…Nunca habían admitido un encargo que no fuera justo, por salvar la distancia a la que no llegaba la propia Justicia del hombre. Sus compromisos no se saldaban por cualquier precio, ni por cualquier motivo, siempre debía prevalecer un hecho significativo de honestidad, moralidad y condena.



Miguel Garayo había sido citado allí, se supone que por un tal Martín Calzas, que al parecer era un comerciante, y víctima de una confabulación de chantaje, a cambio de protección de su vida y sus interesas amenazados por parte de tres individuos, de los que traería señas, para que Miguel se informara y pudiera tomar las medidas oportunas. Este Martín Calzas, venía recomendado precisamente por un miembro destacado de una Sociedad Secreta que ya se creía extinguida, fundada sobre los primeros años 20 también de este siglo XIX, pero que al parecer todavía tenía adeptos y que de alguna manera, seguía funcionando más como carácter político que otra cosa, y cuyo nombre atendía al de El Ángel Exterminador.

 Esta Sociedad había llegado a tener su importancia en aquellos primeros años, y era de ideal ultra católico, partidaria del hermano del Rey y del Carlismo, y favorecedora de la restauración de la Santa Inquisición. Hoy estaba al parecer casi extinguida, y actuaba con cierto carácter simbólico en charlas y coloquios de escasa importancia, y según el informador de Miguel Garayo, los tres individuos que operaban extorsionando al tal Martín Calzas, pertenecían a su vez a otra sociedad secreta, de nombre La Mano Negra, y que al parecer había nacido en Andalucía como un movimiento de agitación dirigido a los trabajadores agrícolas con el fin de inquietar a los terratenientes, y se había extendido por España, pero ahora con la finalidad de hacer lo propio con hombres de negocios de cierta importancia para atesorar capitales para fines oscuros de intriga política. Demasiadas sociedades secretas, pensaba Garayo, así que habría que tener cuidado.



La tarde llamaba ya a la retirada de las gentes a sus moradas, puesto que además de la hora, amenazaba un cielo oscuro poblado de nubes que clamaban tormenta, y los truenos empezaban a sonar como presagio del aguacero. El cementerio, estaba dividido en siete partes que pertenecían a siete parroquias diferentes, y en cuyo centro, había una gran cruz diseñada por el arquitecto Buenaventura Rodríguez Tizón, y a Garayo, el lugar, no le daba buen presagio, y así se lo había comentado a Juan Zalacaín, ya que era conocido como el Cementerio de los Ejecutados, puesto que antiguamente, las personas ajusticiadas en la Plaza de la Cebada eran enterradas en ese mismo Campo Santo, como lo fue el caso del famoso bandido romántico por excelencia, Luis Candelas, que según Garayo, era su abuelo, pues había dejado preñada a una tal Lola la Naranjera, abuela de Miguel Garayo, que había sido en su tiempo favorita del propio rey Fernando VII, aunque el bandido nunca había reconocido al fruto de sus pasiones, que fue la madre de Miguel. El Cementerio tenía una verja muy pequeña por aquel entonces, y aunque se reparó con motivo de que solían entrar perros y escarbar en la tierra para coger huesos de los muertos, no era difícil de salvar.

 El plan era esperar en la misma capilla, a la que deberían acceder una vez sonara el último aviso de cierre, mediante una llave que les proporcionaría el mismo vigilante del Campo Santo, que al parecer estaba pagado por el propio Martín Calzas, el supuesto comerciante con el que deberían cerrar el trato. Esperaron no sin cierta impaciencia en el lugar del encuentro, la Cruz de la que se ha hablado en el centro del Cementerio a la llegada del vigilante, para que éste, les proporcionara las llaves de la capilla en la que deberían entrar, y esperar. El lugar de la cita, resultaba además de inquietante, un tanto extraño e insólito, pero al parecer, según Miguel, el contratante con el que deberían encontrarse era un hombre muy receloso de la seguridad, y temía ser vigilado por los miembros de La Mano Negra.









Sonó un toque repetido de campana, como primer aviso del cierre del Campo Santo, y esa era la hora señalada para el encuentro con el vigilante, un hombre menudo, serio, y que ni siquiera se dignó a mirar a la cara cuando entregó las llaves de la pequeña capilla, no sin antes advertir que esperaría en la verja de entrada a que terminara la reunión con el tal Martín Calzas, que llegaría, según dijo el propio vigilante, tras el segundo toque de campana y de aviso de cierre, y que dejaran las llaves en la cerradura, que él ya se encargaría de cerrar y dar una ronda de vigilancia por el Cementerio, antes del cierre definitivo.



Empezó a llover y Garayo y Zalacaín se dirigieron a la Capilla del Cementerio.

-No me da buena espina este asunto Juan, no sé por qué, pero no acabo de tenerlas todas con ese tal Martín Calzas, no tiene traza de comerciante de nada, más bien, me da que su comercio pasa por ganarse la vida averiguando la de los demás, y el hombrecillo que me lo recomendó del Ángel Exterminador, más me parece que sea un títere metido en la escena por algún páter oscuro que algo tuvo que ver con aquel cura al que le hiciste la señal de la cruz sacando a lucir sus tripas a la intemperie y con aquel mal nacido que le dio por sacar partido del negocio, intentando sacarle los dineros a aquella mujer, y bebiendo vino a costa de otros, y es que, como suelen decir, el vino más bueno, para quien no sabe mearlo es un veneno, y a aquel le estalló el veneno en la cara precisamente por salir a mear a deshora. Ten a mano la herramienta, por si acaso pintan bastos, nada de tiros para no llamar la atención de los guardias.



Juan Zalacaín lo miró serio a los ojos, como intentando buscar algo más, pues estaba seguro de que Garayo se guardaba algo, y eso no le gustaba, es más lo inquietaba, ¿qué tenían que ver aquellos sucesos que comentaba después de tanto tiempo y tantos encuentros, con la actualidad?, una de dos, o Garayo intentaba desviar la atención de sus preocupaciones, o no hablaba claro por algún otro temor, y esto no era bueno. En todos estos años, jamás le había guardado ningún secreto, y siempre se había comportado más que como un compañero, como casi un padre. Fue Garayo quien le presentó a Piedrasantas…Piedrasantas. Le hizo pensar en ella, y se palpó delicadamente navaja. Aquella linda chiquilla, aquella tarde en la Plaza de toros de la Puerta de Alcalá. Era un 19 de julio de 1874, aquella tarde en la que se lidiaba la última corrida en aquella ilustre y emblemática plaza, donde Frascuelo mataría el toro que cerraba la historia de aquel lugar, en el que tiempo atrás, perdieran la vida Pepe- Hillo, Manuel Parra, Roque Miranda, Santiago Barragán, Manuel Jiménez del “Cano” y “Pepete” que murió el 20 de abril de 1860, en un espectáculo presidido por Isabel II. 

 Aquella tarde de julio de 1874, una linda chiquilla, morena, de piel fina como la seda, labios carmín y mejillas levemente sonrosadas, vestida de riguroso luto, con peinado coronado con peineta, y una rosa roja prendida del pelo, mirada profunda, seria y circunspecta, prudente, bella como nunca, fría… como siempre, como siempre, fría y terriblemente atrayente, sugestiva, hechicera. Crucifijo de plata de la Cruz de Caravaca le colgaba en su pechera, y hacía el papel de digna joven que había acompañado a su tío a Madrid, el mozo de espadas de Frascuelo, pero que en realidad era una espía y miembro de La Isabelina, una sociedad secreta de tinte liberal, o lo que quedaba de ella, porque ya, en aquella época, se había dividido en varias ramas por rencillas internas. Pululaban por España las Sociedades secretas, las hermandades, la intriga, y el acecho.










La encerrona se había preparado con mucho tiempo, y de forma meticulosa, y en la que también estaba metido el mozo de espadas del torero. El papel de Piedrasantas, era separar del grupo de hombres que acompañaban para guardar las espaldas a cierto aspirante a diputado, un tal Armijo, muy partidario de lo que él llamaba como arreglos honorables, esto quería decir que se dejaba comprar muy fácilmente, para influir en la política del momento. Este Armijo era un individuo muy poderoso, rico hacendado andaluz, concretamente de Jerez, y a quien ya le habían dado un aviso serio dos años antes, por eso se rodeaba ahora de gentes de vaso y navaja, bien pagados, para librarle de cualquier mala intención. A Miguel Garayo y a Juan Zalacaín se les hizo el encargo de ejecutores de la faena, mientras uno de los miembros de la Isabelina, en este caso Piedrasantas, a quien ya conocía Garayo puesto que era hija de una amiga de su hermana, se encargaría de apartarlo con sus dones de mujer, aunque por aquel entonces no era más que una cría de 16 años, muy bien puestos, y mejor disfrazados. El trabajo no fue todo lo limpio que se esperaba, puesto que el plan, se torció desde el principio…Los cuatro individuos, a una orden del tal Armijo, se quedaron aguardando en las inmediaciones de la Plaza de la Puerta de Alcalá, mientras que a Piedrasantas le venía una pequeña indisposición, y le requirió a Armijo mediante un ardid de arrumaco intencionado, retirarse un rato a una posada cercana, y este Armijo, resuelto a lidiar una buena faena aquella tarde, y bien servido de licor, muy envalentonado, se le evaporaron los temores y les dijo a sus secuaces que esperaran por allí, que el volvería pronto. No fue así, porque el plan era que Garayo y Zalacaín, esperaran en la posada, y cuando entrara el pájaro Armijo con la chiquilla, esperar poco rato para dar tiempo, y acceder a la habitación y coser a cuchilladas al aspirante a Diputado, y salir de allí aprovechando que la corrida de toros ya había empezado, y la calle presentaba un vacío considerable. Un carruaje sacaría lejos a los tres, y santas pascuas.


Pero, entrando la pareja en la posada, y de seguido, dirigiéndose a la habitación, dos de los esbirros de Armijo se vinieron detrás, posiblemente recelosos de algo, y los otros dos, permanecieron en los aledaños de la plaza. Los vieron, y lo que hace la destreza del arte, sospecharon enseguida de Miguel y de Juan, y es que en ese oficio de más penas que glorias, el olor a la muerte se adivina enseguida no precisamente por el olor, si no por la mirada, y rápidamente, intentaron sacar a relucir las armas, pero he ahí el arte de bien combinar la destreza, la velocidad, los arrestos y el tiempo, porque Garayo le dio una punzada rápida y precisa en un ojo a uno, mientras que Juan Zalacaín acudió a su especialidad con el otro, un tajo bien dado de revés en la garganta, con aquella navaja sin nombre todavía que le había regalado el maestro. Ya tenía arte, y estaba bien aprendida en el oficio, directa a buscar la carne, ávida de sangre, y sedienta.

 Turbados por el suceso, los dos mesoneros, marido y mujer, empezaron a gritar, y Zalacaín subió la escalera como un rayo a una orden de Miguel para dar fin a lo que habían ido, mientras él esperaba por si a los otros dos, les daba por llegarse a averiguar, cosa que no hicieron puesto que estaban muy entretenidos con dos mozas de muy buen ver y de mejor oficio, que paseaban alegres por la zona, en busca de lo que fuese que buscaban. Aquel intenso sabor de nuevo en la boca, sangre. La sorpresa de Juan fue mayúscula…Piedrasantas había dejado despanzurrado y boca arriba al tal Armijo, desnudo, y con una puñalada mortal de necesidad en la misma sien izquierda, con un puñal de un palmo de filo, pesado y fuerte, con un mango de plata, y que llevaba enfundado en una liga adherida a su pierna… Una pierna del color del azófar.

Un grupo de cuatro hombres, miembros de La Isabelina, se encargaron de montar entre ellos una intencionada trifulca en las inmediaciones de la entrada a la Plaza de Toros, para darles cobertura de escape a Garayo, Zalacaín y Piedrasantas, y así acabó el suceso, escondidos durante tres meses a la espera de que escampara el temporal, y del que culparon a dos vividores del oficio más antiguo del mundo, que rondaban por las inmediaciones de la plaza, vigilando su mercancía. Todo excepcionalmente preparado.





Idas, venidas, encuentros, desencuentros, amor y desamor, la relación se enfrió, al igual que se enfrían los sentimientos por la falta del calor, mantenidos simplemente por un frío y fugaz recuerdo. Pensaba muchas veces que con ella, había perdido la vergüenza, pero también la dignidad, y ahora ese recuerdo era cada vez, más espaciado en el tiempo, tanto, como para perderse en aquellas largas horas de profundo llanto seco en el yermo de la noche velada.



Piedrasantas empezó a hacer amigos en la Internacional Anarquista, e intentó por todos los medios, atraer a Juan a la Organización, pero Zalacaín no era hombre de ideas tan extremas, y de ahí, que poco a poco, su relación se fuera enfriando cada día más, hasta que ella rompió el noviazgo, al decirle que se había enamorado de un tal Juan Oliva, de ideales anarquistas como ella, y que prefería advertirle antes que llegar a hacerle más daño…Precisamente el 25 de octubre de 1878 se cometió un atentado fallido contra el rey Alfonso XII en la calle Mayor de Madrid. El anarquista Juan Oliva Moncasí, disparó hasta tres veces contra el Rey Alfonso XII cuando el monarca iba montando a caballo al frente de un sequito militar. El atentado no tuvo efectos sobre el rey. Juan Oliva fue detenido inmediatamente, después de descerrajar los tiros contra el rey, sin alcanzarle, y el 4 enero de 1879 fue ejecutado mediante garrote vil. Piedrasantas, junto con otra pareja, marido y mujer que regentaban un negocio de vinos en las inmediaciones del Camino de Toledo, fueron detenidos e investigados, y al tiempo, fueron puestos en libertad. Piedrasantas desapareció para siempre sin dejar más rastro que una carta al propio Juan, en la que le pedía perdón, asegurándole que jamás había querido a nadie tanto como a él…”Jamás he querido a nadie, tanto como a ti”.



Intentó buscarla por todos los medios posibles, saber de ella, pero fue inútil. Algunos meses más tarde, pudo saber por la prensa que con motivo de otro atentado contra el rey Alfonso XII, concretamente el 30 de diciembre de 1879, perpetrado por otro anarquista de nombre Francisco Otero González, en el que la bala tampoco alcanzó al monarca, las investigaciones había acabado con la detención de otros tres anarquistas, entre ellos Piedrasantas. Cuando los reyes volvían de pasear por el Retiro, Francisco Otero González, de 20 años, les disparó casi a quemarropa sin herirles. Otero, tenía una pastelería que apenas le daba para vivir a él y a su compañera, por lo que pensó en suicidarse, pero alguien le dijo que mejor que atentara contra el rey, la pareja de Otero, al parecer, confesó que Piedrasantas tuvo el papel de convencer al panadero para que perpetrara el regicidio. Otero González fue ejecutado mediante garrote vil el 14 de abril de 1880, y por las informaciones que recibió de un funcionario de la prisión, amigo de Miguel Garayo, Piedrasantas, a la que no quiso visitar en ningún momento, al parecer se contagió de tisis o consunción o algo parecido, y fue evacuada y aislada en algún lugar de Guadarrama o Navacerrada junto con otros enfermos, cuyas vidas, habían iniciado su trayecto final. Según el funcionario, estaba sentenciada. Se culpó en cierta manera de no haber intentado verla, o no haber sabido retenerla a su lado, y aquello lo desconcertó tanto, y lo marcó de tal manera, que ya nunca más se le conoció compañía de mujer formal.









- Juan, espabila de una vez hombre, ¿qué demonios te pasa hoy?, este sitio me pone los pelos de punta, y más a estas horas, que ya se va haciendo de noche, y no me apetece para nada quedarme aquí, por si acaso al lugar le da por coger gusto a mi persona, y le apetece quedarse conmigo.

Entraron en la pequeña capilla, que estaba totalmente en penumbra, encendieron un candelabro que estaba en la entrada, y se mantuvieron alerta. No tardó en llegar el tal Martín Calzas. Su aspecto era el de un hombre de mediana edad, no demasiado alto, con los ojos extremadamente separados, y uno de ellos oscuro, y el otro de un azul considerablemente pálido, y con un mechón de pelo y una ceja absolutamente de color blanco. Su forma de hablar era directa, y profundamente seria, una imagen, difícil de olvidar. Mientras iba dando los detalles y pormenores del asunto, su mirada no dejaba de perderse hacia la puerta de la capilla, a la que Miguel y Juan daban la espalda. Era como si esperara la llegada de alguien. Nervioso e inquieto, sacó un cigarro que encendió con una de las velas que estaban allí, y de repente, se escuchó un golpe fuerte en la puerta, y accedieron cuatro individuos a los cuales tapaban las sombras. Martín Calzas, o como el demonio le hubiera puesto de nombre, alzó la voz dando órdenes a los cuatro que habían llegado de forma directa, y tirando el cigarro al suelo con coraje…

-Vamos, acabad ya de una vez y salgamos de aquí rápido, venga.



Dos de ellos sacaron sendas pistolas de sus ropas y Miguel llegó a alcanzar el candelabro con el que descalabró de un certero y rápido golpe a uno de ellos mientras otros dos se abalanzaron contra Garayo derribándolo en el suelo, y el propio Martín Calzas le pegó tres tiros estrepitosos, desparramando los sesos por la estancia. Con el lugar en casi en sombra, apenas visible por la escasa luz que entraba por la puerta abierta, Zalacaín tuvo la agilidad mental y física de dar un salto hacia el que quedaba detrás con el arma dudando un pequeño intervalo de tiempo, el suficiente como para que Juan le asestara una puñalada en la misma nuez, derribándolo hacia atrás, y saliendo de allí como alma que se lleva el diablo, no sin antes haber recibido dos disparos que no llegaron a alcanzarle más que uno de ellos de refilón en el hombro izquierdo. Mientras corría como un alma en pena debajo del aguacero, pensaba que Miguel ya estaba servido, y que de nada valía ahora la pena volver atrás y dar cara, puesto que no contaba más que con Piedrasantas, maldiciendo haber hecho caso a Miguel y no llevar encima al colt Baby Paterson, así que corrió hacia la salida, en cuya verja estaba el guarda con una especie de trabuco o escopeta pequeña, que abrió fuego contra Juan, sin acertar tampoco. La lluvia era fina, pero intensa, y estaba empapado, pero prefería morir de una pulmonía, que de un disparo, pues esto último hubiera sido un descalabro para un hombre de su profesión, pensaba. Corrió hacia una zona arbolada de cipreses a toda prisa, de manera que parecía que los pulmones le iban a salir por la garganta, y acertó a esconderse entre unos matorrales que crecían entre los árboles, y una lápidas antiguas, medio agazapado en el enfangado suelo, y apretando a Piedrasantas con todas sus fuerzas con la mano derecha.



El cielo empezó a oscurecerse más si cabe por la acción de las sombras de la tormenta, que caía con ganas. Aguzó la mirada entre los matorrales y la lápida, y pudo ver cómo los tres esbirros se acercaban hacia donde él estaba, y se pararon un momento. El cuarto, al parecer, se había desangrado en la capilla. Se escuchaban los sonidos susurrantes de sus voces, pero no se entendía lo que decían, y dos de ellos se separaron del otro, cogiendo diversas calles del cementerio, buscando a Juan. Este último, lo reconoció enseguida, pues se llevaba la mano a la cabeza dolorido. Era el que recibió el golpe del candelabro un rato antes, y se quedó en el sitio, viniendo a cobijarse debajo de los cipreses. No había señal del tal Martín Calzas del demonio. Calado hasta los huesos, la boca le sabía a sangre, ese sabor que tanto recordaba en ciertos momentos. Se deslizo como una serpiente hacia los cipreses, en busca del otro sicario. Podía saltar fácilmente la tapia, seguramente hubiera sido lo mejor, y tiempo habría para buscar información y venganza, quizás, en el mismo guarda del cementerio, pero decidió darle la palabra a Piedrasantas que esta vez ya, había encontrado la suavidad y ligereza en su mano, dispuesta a dar el suspiro de la fatalidad a aquel desgraciado que se encontraba acechante bajo los árboles mientras veía alejarse a sus otros dos compadres.



El cielo se cerraba más de oscuro por momentos. Se acercó lo suficiente, casi a rastras, con el sigilo y la habilidad de una fiera en el momento de la caza de su presa, y elevándose por detrás como un demonio, sujetó a su enemigo por la boca echándole la cabeza para atrás y con Piedrasantas lamiendo la piel del cuello de aquel desgraciado, le dijo:



- Chissssst, si emites aunque sea un solo suspiro, te abro otra boca en el cuello, el doble de grande de la que tienes ahora tapada con mi mano. Tengo una ganas terribles de matarte ahora mismo, pero tú, ya te has llevado tu parte con el candelabro de antes, y además, no has apretado el gatillo, con lo cual, te veo inocente, y te voy a dar una sola oportunidad. ¿me escuchas bien?...¿has entendido?. Tira el revólver al suelo, y asiente.



El individuo se orinó encima en aquel mismo instante en el que un escalofrío le recorrió todo su cuerpo desde los pies hasta la misma nuca, asintiendo y emitiendo un gemido aterrador. Había casi dejado de llover de pronto, y se empezaba a levantar algo de neblina. No se veía mucho ya a aquellas horas, y con el cielo empezando a abrir paso a la noche, la luna pretendía abrirse paso a su vez entre las densidad de las nubes. No había de momento rastro de los otros dos, ni del tal Martín Calzas, pero Zalacaín pensó que o terminaba pronto, o el asunto podría enturbiarse más, si cabe.



- Vale, te voy a dejar libre la boca, para que me cuentes quién demonios sois, y quién os envía, y cuáles son los detalles del asunto, y te prometo que te voy a dejar inconsciente, pero vivo, y te advierto que de recelar siquiera de un mínimo detalle que me omitas, ya no creo que salgas de este Campo Santo, pues aquí mismo tal y como estás, te enterraran boca abajo, cabrón…¡Desembucha palomo, o acabo de desangrarte!.



Un intenso hedor a algo más que orines, se mezclaba con el olor a tierra mojada, y miedo. El hombre a quien Zalacaín mantenía aferrado fuertemente ahora por el pelo, y con la navaja hiriendo ya la piel del cuello, empezó a decir los nombres de sus compinches, y el del tal Martín Calzas, quien dijo ser una especie de capataz de cierta sociedad llamada La Mano Negra, y que habían traído órdenes de acabar con Garayo y con Zalacaín, pues estaban convencidos de que ambos, eran miembros de otra sociedad rival con la que se llevaban a muerte, de nombre El Ángel Exterminador. Según contó, ellos pertenecían a Los Desheredados, un grupo clandestino de ideas anarquistas, y que habían sido requeridos por lo que quedaba de la citada Mano Negra, pues estaban en aquellos días en Madrid con motivo de perpetrar un nuevo atentado contra el rey y contra el líder del Partido Conservador y Presidente del Consejo de Ministros Antonio Cánovas del Castillo en el día del estreno y la inauguración del Teatro María Guerrero, que al parecer se llevaría a cabo a finales de año, y no querían obstrucciones del Ángel Exterminador, o de quien quisiera que estuviera detrás de Garayo y Zalacaín.









Estaba muy claro que ni aquellos hombres tenían ni idea de quiénes eran Miguel Garayo y Juan Zalacaín, ni se suponía que el tal Martín Calzas tampoco, puesto que ellos no pertenecían a ninguna Sociedad Secreta ni grupo alguno, puesto que iban por libre, y cobraban por encargo, pero no era oportuno después de lo ocurrido, pararse a dar explicaciones y pensar que lo iban a dejar en paz…había dos muertos en la capilla, y la solución pasaba por salir de allí, y a ser posible, solo, así que creyó que aquel individuo de Los Desheredados o la Mano Negra o como quiera Dios que se llamaran, le decía si no toda la verdad, casi toda, y decidió evitar más problemas y de paso, dejar un claro recado. Con un movimiento rápido y directo, le metió a Piedrasantas en el mismo corazón…La navaja tenía esa vida propia de la herramienta bien entrenada, y sabía por dónde y cómo entrar en la carne, y generar el mayor de los daños posible. El fulano de los desheredados cayó fulminado en el suelo, con apenas un gesto con una de las manos que intentó llevarla a la herida mortal, y una mirada perdida de incredulidad, o terror, o ambas a la vez. Zalacaín le hizo un gesto de silencio con la mano, y se alejó del lugar lo más rápido que las sombras y los claros le permitían, pero esta vez, iba mejor dispuesto con el revólver del difunto, un Lefaucheux con tambor de seis balas y armazón abierto.



Se retiró a ocultarse por el lado contrario por donde había venido, con sigilo de gato, tenso, agudizando los sentidos al máximo, a la vez que la probabilidad de dar un giro crítico a su favor, evitando el daño de un enfrentamiento directo, y con una agilidad y velocidad de reacción innatas en su oficio, bien llevadas, y pulidas a través del tiempo. Se parapetó en un lugar apartado, pero no demasiado del de donde había dado muerte al sicario de Los Desheredados, detrás de unas losas de piedra y hierros oxidados, donde el abandono de la vegetación era evidente. Al poco, vio aparecer a uno de los otros dos, que al llegar al lugar donde habían dejado al compañero, se alarmó echando las manos a la cabeza y profiriendo un grito de alarma, para después proferir una serie de dicterios y blasfemias, visiblemente conmovido, y con el revólver a punto, mirando con nerviosismo a todos lados. Al momento, apareció enseguida el otro cómplice, también alarmado por las voces, examinando al difunto y abrazándose con el que estaba ahora a su lado, maldiciendo también.



- Maldita sea, me voy ahora mismo de aquí, que mira que nos dijo que era cosa segura y sin riesgo, y ya ves la ganancia. Me vuelvo a Sevilla compadre, me vuelvo, y a lo mejor le meto antes seis tiros al malquisto ese del Calzas o como se llame. Este asunto no me gustó desde el principio, te lo dije, y se lo dije a tu primo…¡Mira dónde está ahora el pobre, joder!. No era más que un crío, un lechuguino, y ahora está muerto, igual que el hijo de la Pedra, y los dos en el mismo cementerio, y en el mismo maldito día. Ese Calzas es un tragavirotes de cáscara amarga, y nos ha metido en una mala pendencia, lo nuestro era colocarle una bomba al rey y al Cánovas ese, y asunto acabado, y mira ahora.



El otro seguía arrodillado al lado del cadáver, llorando, intentando incorporarlo y sacudirlo, como si estuviera dormido y quisiera despertarlo. De pronto se escucharon pisadas de trote por la parte derecha de donde estaba escondido Zalacaín…eran el guarda del cementerio, y Martín Calzas. Juan pensó que igual debería haberse ido con tiempo, puesto que el guarda venía armado con el trabuco, o lo que fuera, y Calzas llevaba el revólver también en la mano. Demasiados tiros para uno solo, pensó, pero ya era tarde. Tres revólveres y un trabuco de postas, viejo y antiguo, pero mortal, y él con aquel Lefaucheux de seis balas, y su fiel Piedrasantas…Mal negocio si pintaba alboroto, pensó. Martín Calzas y el enterrador o guarda o lo que fuera, se llegaron a la altura de los otros dos, y Martín Calzas se quedó mirando el cadáver, y dio una vuelta entera en un pequeño círculo oteando el entorno, mientras que el que estaba arrodillado se levantó tirando el arma al suelo con rabia, diciendo:



-Nos vamos de aquí, nos largamos el Luis y yo, ¿me entiende?, ahí está el pobre Anselmillo, y el Pablo, el hijo de la Pedra, ¿qué le cuento yo ahora a sus madres?. Esto era pan comido, según usted, cosa fácil, pues ya ve el panorama, ahora nos…



No le dejó ni terminar la frase, Martín Calzas le pegó un tiro en toda la cara y otro tanto hizo con el otro y con el guarda del cementerio…Sangre fría. Cogió los dos revólveres, y dejó el suyo en la mano de uno de los dos camaradas a los que había disparado, e hizo fuego con el trabuco del guarda sobre el cuerpo del que había sido la víctima de Juan Zalacaín, disparando las postas en el mismo corazón, para que no se viera la acción de la navaja. Posiblemente quiso escenificar un mal encuentro en el interior del cementerio, muy diferente a lo que realmente había ocurrido. Juan estaba totalmente pasmado con lo que estaba viendo. Martín Calzas era más listo de lo que había pensado, porque pronto o tarde, relacionarían a Miguel Garayo con Zalacaín, y a ambos con los hechos y las muertes del cementerio. Calzas miró de nuevo alrededor, y levantó la voz, diciendo:



-Sé que estás por aquí, y sé también que me estás viendo y escuchando, así que atiende bien…Te voy a dar la opción de salir, y de unirte a mí. Estos eran una cuadrilla de menguados mental, y físicamente. Miguel Garayo estaba acabado, porque de lo contrario, habría tomado más precauciones, y así le ha ido. Tú sin embargo, has demostrado finura, y agallas, audacia y, sobre todo, decisión, con lo cual, me demuestras que eres más digno que todos los que ahora han pasado a mejor vida de los que están aquí, y en la capilla. Si vienes conmigo ahora, serás un hombre rico en poco tiempo, rico, y reconocido por mejores estratos sociales de los que te rodeas ahora, de lo contrario, sabes que tarde o temprano, te buscaré, o lo harán otros por mí, o acabarás igual que tu compadre Garayo…Así que tú decides.



Juan Zalacaín se posicionó mejor en su escondite, y tras unos momentos de silencio, le contestó:



-Va salir tu madre, pero va a salir por piernas del infierno, al saber que llegas tú, porque el que te va a buscar, voy a ser yo, y va a ser al revés de lo que tú me has sentenciado, porque seguro que será más temprano que tarde. No me voy a unir a ti, ni te creas que voy a ser tan estúpido e ignorante para salir a tumba abierta, teniendo dos revólveres en tus manos, y sobre todo, viendo y conociendo tu lealtad con esa gente. Ven, si tienes lo que es menester tener para llevar pantalones, acércate más, y si quieres, discutimos el asunto.



Martín Calzas, soltó una risotada mirando hacia donde venían las voces, y sin dar la espalda, se alejó de allí, sin promediar ninguna otra palabra. La luna había cogido fuerza, y las nubes iban desapareciendo, barridas por una leve ventisca. Juan lo siguió entre las sombras de la oscuridad, poco a poco, con mucho cuidado, y lo vio esfumarse detrás de la puerta del cementerio con un carruaje. Dejó pasar un buen rato. Estaba empapado y aterido de frío, así que ya entrada ya la noche, se acercó hasta donde estaba el cadáver del guarda, que tenía las ropas secas por haber estado a cubierto durante la lluvia, y se las cambió por las suyas. Con mucho tiento y cuidado, se acercó hasta la capilla, lo hizo con más miedo que alma, pero estaba seguro de que allí no había nadie más.



Cargó como bien pudo el cuerpo de su amigo y compañero Miguel Garayo, cuyo rostro y cabeza estaban destrozados, pero casi a mitad del camino para llegar a la salida, cayó en una cuestión, ¿qué hacer con el cuerpo?, no podía enterrarlo por allí, ya que eso le llevaría mucho tiempo, y no disponía del necesario, y tampoco podía llevar su cuerpo hasta el río, y sumergirlo, ya que eso también le llevaría rato y riesgo. Pudiera ser que una ronda de vigilancia nocturna se pasara a dar una vuelta y hablar con el guarda del cementerio, y al no hallar a nadie, se levantara la alarma, y se descubriera todo, así que volvió sobre sus pasos, y dejó de nuevo el cuerpo de Miguel en la capilla, que era de madera, y buscó entre sus ropas la cédula personal, que era parte de la documentación de una persona, y cualquier otro documento con el que pudieran relacionarlo, y aunque era difícil, por no decir imposible reconocerlo, optó por apilar todo el material inflamable que pudo encontrar tanto en la misma capilla como en la caseta del guarda, donde había también una lámpara de queroseno encendida, y varios contenedores de ese combustible, y le pegó fuego a la capilla, provocando un incendio, con la esperanza de que nada ni nadie pudieran identificar el cuerpo de su amigo, y relacionarlo con lo que había sucedido allí aquella tarde noche. Mientras observaba las llamas, mantenía la esperanza de que el fuego abrasador, quemara hasta la mala conciencia.










Iba recordando todos estos sucesos del pasado, mientras accedía al segundo piso de aquel edificio de Paris, abandonado ya hace tiempo, y registraba con precaución los muebles, y la única habitación dormitorio que había. Estaba todo completamente desordenado. En un rincón, el fantasmagórico reflejo de la vela y su figura, se dejaba adivinar en el polvoriento espejo de un mueble aparador, al lado de un armario cuya puerta medio podrida, estaba caída en el suelo. Estaba todo revuelto, señal de que la fuerza del orden y la justicia francesa ya lo había registrado, pero cabía la esperanza de encontrar alguna pista. En lo que era la cocina comedor, encima de una mesa, todavía había restos ya putrefactos de una antigua comida abandonada con prisas. La cama del dormitorio estaba sin hacer, pero se dirigió primero al mueble aparador, registrando con minuciosidad, y luego, al armario desvencijado, entre las pocas ropas ya raídas por las polillas y el tiempo, sin obtener resultado. Pensó en marcharse, pero se le ocurrió la idea de levantar el colchón de la cama, que olía a demonios, y debajo, una tablilla del suelo levemente levantada, y efectivamente allí lo encontró…Un pequeño paquete de sobres, con una única dirección de remite, José Paúl y Angulo, Rue Saint Honoré, número 390. El destinatario, Michel Bloudel, la única referencia que tenía Zalacaín. Bloudel era un antiguo anarquista de París, y que tuvo que salir deprisa ya que iba a ser detenido por preparar un golpe de mano en el Palacio de Justicia. Junto al pequeño paquete de sobres, ocho para ser concretos, había también otro sobre todavía sellado, sin nombre ni dirección alguna, y que al parecer no había dado tiempo por alguna razón a ser abierto.

 Zalacaín lo inspeccionó, y dentro había un escrito de un tal Auguste Vaillant, éste sin fecha, pero con unas instrucciones precisas para un tal François Claudius Koënigstein, a quien apodaba como Ravachol, sobre ciertos atentados, de los que no se daban fechas, pero si lugares y otras informaciones sobre un Juez, un consejero Procurador y una comisaría de París, y una cita de la que sí se daba fecha y lugar, en el Restaurante Lhérot para el 30 de marzo.



París, hasta allí le había llevado su último encargo, por parte de la Sociedad del Anillo. Durante los últimos años, se habían producido un número considerable de atentados e intentos de magnicidio en España por parte de diferentes grupos y personajes anarquistas, y La Sociedad del anillo, pensaba y tenía ciertos temores de que estos grupos y personajes, estuvieran recibiendo apoyo económico del exterior. Don Arturo Calatrava Lasheras, el Gran Maestre, se lo dejó claro… Quería vengar a toda costa el fallecimiento de su primo, a quien José Paul y Angulo, señalado como uno de los principales sospechosos del asesinato del General Prim, entre otros sospechosos, había retado en duelo. Felipe Ducazal, el primo de don Arturo, vivió amargado durante 20 años, con una bala alojada en el oído, y ese fue su encargo antes de morir, vengar su propia muerte, y a la vez la de Prim, y sobre todo, acabar de dar un golpe a quien sufragaba, según él, el anarquismo en España desde el extranjero.



No sabían su nuevo paradero en París, pero sí conocía que llegó a la ciudad a comienzos de enero de ese mismo año, 1892, y que se alojó en el Gran Hotel y que pagaba 60 francos diarios por una habitación en el cuarto piso que constaba de dormitorio, gabinete de tocador y salón. Que comía poco y bebía café y ginebra constantemente y que se inyectaba morfina. Continuamente excitado y como mortificado, hablaba de la muerte de Prim con sus criados, uno de ellos, un español, al que en uno de sus arrebatos de locura, expulsó de su servicio. El nombre de este antiguo criado de Paúl y Angulo era Francisco Huertas, alias Pacorro, y que por una casualidad del destino, resultó ser hermano de una de las empleadas de don Arturo Calatrava en el Teatro Felipe, en los Jardines del Buen Retiro de Madrid del que Calatrava era propietario, y la hermana de Pacorro lo puso en contacto con él. Según este Pacorro, con quien llegó a hablar don Arturo Calatrava y le ofreció una suma de dinero y trabajo a cambio de información, Paúl y Angulo no salía casi nunca, pasaba el día escribiendo. Casi nadie lo visitaba excepto un rico argentino de nombre Roberto Methven, una especie de hombre adinerado a costa del sacrificio idealista de los demás, que al parecer, y según investigaciones de la Sociedad del Anillo, inducía ideales anarquistas de los que se aprovechaba sacando suculentos ingresos, pero no comulgaba con la práctica de la filosofía política y social del movimiento, aunque sí le sacaba negocio del sacrificio de sus acólitos. También le visitaba muy de vez en cuando un tal Michel Bloudel, un anarquista francés de mucho cuidado, del que era muy amigo también, y que le solía llevar una ginebra que le gustaba mucho, y que recordaba su nombre, ginebra Hendrick's, que no resultaba fácil conseguir. Además, según el tal Pacorro, Paúl y Angulo padecía constantes alucinaciones, y alardeaba de ser un hombre rico y adinerado. Pacorro fue quien facilitó la dirección del tal Blondel, ya que él mismo le había hecho llegar algunos recados personalmente, y al parecer, Paúl y Angulo ya no residía en el Gran Hotel. En resumidas cuentas, no conocía la dirección de José Paúl y Angulo, pero si la de Bloudel, y cabía la esperanza de que algo se pudiera averiguar.



La muerte del General Prim, fue desde luego un complot, en el que se juntaron varios factores, y desde luego, fue sin duda el desenlace de una muerte prevista, incluso por el propio Prim. Se aseguraba que el General, llegó a reconocer la voz de Paúl y Angulo de entre sus atacantes, y ya lo había amenazado en el pasado, convirtiéndose en su más encarnizado enemigo al sentirse traicionado por traer a España a un nuevo rey, Amadeo I de Saboya, y no dejar paso a una República, que era lo que pretendía José Paúl y Angulo. El encargo, estaba servido…Juan, debería acudir a París, y averiguar el domicilio actual de Paúl y Angulo, y con medios propios, sin que pareciera un crimen, asesinarlo. Para ello, contaba con El Aliento del Diablo, la cicuta que le había enseñado Miguel Garayo, y que no dejaba rastro, y además, debidamente proporcionada, aparte de anular la voluntad, podría provocar la muerte por una congestión pulmonar o cardíaca. Llevaba una falsa documentación como tratante de obras de arte preparada a conciencia por la Sociedad del Anillo, que le sirviera de tapadera.










Don Arturo Calatrava se pudo informar también de boca del resentido Pacorro, que Paúl y Angulo recibió un par de veces la visita fugaz de un hombre de apariencia muy extraña, español también. Un hombre serio, huraño, con un ojo de cada color, uno oscuro y otro azul pálido, y una ceja totalmente encanecida, al igual que un llamativo mechón de su pelo. No sabía su nombre, pero Juan Zalacaín, sí lo conocía muy bien…Martín Calzas, y a decir verdad, eso fue lo que verdaderamente le animó a aceptar el encargo.




Cogió y se guardó todas las cartas que Paúl y Angulo le había enviado a Michel Bloudel, y salió con cautela del edificio, para dirigirse a su apartamento, y una vez allí, examinarlas, para recabar toda la información posible que le facilitara el trabajo. Efectivamente, de la información que pudo extraer, averiguó que Martín Calzas estaba en negocios con Paúl y Angulo, y éste, suministraba dinero para mantener cierta actividad en España, y en su última misiva, le informaba que se alojaría en París, muy cerca de donde él vivía, concretamente en la rue Royale, en un bajo del número 15, y que le avisaría para mantener una reunión de vital importancia los tres, en una fecha aún por determinar. La carta estaba fechada de hacía ya tiempo, y estaba claro que Michel Bloudel no acudiría a esa reunión, porque se supone que había tenido que salir por piernas. La estrategia estaba clara, y era hacerse pasar por un mensajero del tal Bloudel.



La Rue Saint-Honoré, es como ver todo París en una calle, tiendas, iglesias, hoteles, cafés, restaurantes y personas. Hasta cuenta con palacios, como el del Elíseo o el Palais Royal. La vivienda, era un edificio de cuatro plantas, que daba a la trasera con una bifurcación donde partía la rue Duphot, que por si las cosas se ponían de malas, podría llegar por allí, saltar el balcón, y desplazarse hasta el Boulevard de La Madeleine, y de allí, llegar hasta el barrio Opéra, donde cerca, se encontraba Academia Nacional de Música-Teatro de la Ópera, una zona muy concurrida, y donde resultaría muy difícil reconocerle o perseguirle, y más a esas horas de la tarde. José Paúl y Angulo, al parecer, ocupaba una lujosa habitación del primer piso.








Estuvo durante varios días vigilando a determinadas horas tanto la casa donde vivía José Paul y Angulo, como donde supuestamente se hospedaba Martín Calzas…No podía olvidar aquella tarde noche, en la que murió Miguel, su resentimiento era tal, que muchas noches, desde que ocurriera aquel suceso en el Cementerio del Sur, se despertaba agitado, y maldiciendo. Sabía bien que en su oficio, el resentimiento no era buena compañía, pues, a fin de cuentas, él mismo podría ser la causa del encono de otros, pero tenía la conciencia tranquila, porque consideraba que sus actos, eran por causas justificadas, así se lo enseñó Miguel Garayo, matar, pero por justicia, no por dinero y a cualquier precio.

 A primera hora de la tarde, salía de tomar algo del café de Maxime Gaillard, en la misma rue Royale, donde ya había cogido cierta confianza con Mademoiselle de Montigny, la dueña, y con su socio Monsieur Lebaudy. Mademoiselle de Montigny, había vivido en España, concretamente en Madrid, donde durante tres años, según contó a Juan, había regentado un pequeño negocio de chicas alegres, y estaría encantada de invitarle a conocer París, y por supuesto, el Louvre. Zalacaín le había dicho que se encontraba en Paris, como mediador de negocios de arte, pero Mademoiselle de Montigny, una mujer algo más mayor que él, conservaba una belleza llamativa. Pelirroja de ojos redondos y despiertos, de mirada dulce, piel blanca como una perla, de tacto de seda, y por supuesto con mucha más experiencia de la vida y sus vicisitudes a la hora de fingir y embaucar, le dejó ver que no creía mucho en los negocios de arte, ni que fuera un tratante de cuadros, pero que no le importaba demasiado, aunque se mostraba dispuesta a llevarle donde él quisiera, aunque fuera al fin del mundo. Juan se sintió un poco agobiado, e intentó muy cortésmente, quitarse de en medio, ante la maliciosa sonrisa de Monsieur Lebaudy. Salió fuera, y Madame le acompañó hasta la puerta, y en ese momento, fue como si le hubieran sacado toda la sangre del cuerpo…La vio, sin duda, era ella, no se lo podía creer, no podía ser una casualidad. Madame entró de nuevo al reclamo de su socio, no sin antes hacerle una cariñosa caricia en la mejilla.



La ciudad estaba muy concurrida de policías a pie, y a caballo, debido a que al parecer, se habían producido una serie de atentados, de los que recordaba haber leído algo en el escrito y las instrucciones de ese Auguste Vaillant para el tal Ravachol, y que había encontrado en el pliego de sobres de la casa de Bloudel, y recordaba también la cita de un encuentro en el Restaurante, justamente dentro de dos días, para el 30 de marzo. Pensó en tomar precauciones por si le paraba la policía, y tener que dar explicaciones en un francés mal hablado, que hiciera sospechar, pese a que ya tenía preparado el argumento encubierto, y había hecho acopio de cierta documentación falsa de la que se desprendía que era un intermediario de cierto tratante de arte en Madrid, para entablar conversaciones de negocio con la familia Rothschild en Paris, para mediar en la adquisición de un cuadro, concretamente La balsa de la Medusa, en francés Le Radeau de la Méduse, una pintura al óleo realizada por el pintor y litógrafo francés Théodore Géricault, y la cual se encontraba el el museo del Louvre de Paris.



La vio salir del domicilio donde se suponía que vivía Martín Calzas, en el número 15, unos metros más arriba de donde él se encontraba. Aparte de dos patrullas de policía, no había a esas horas casi nadie en la misma acera, y no podía haberse confundido, porque el número 15 estaba justo en la misma esquina. Juan se dio la vuelta e hizo ademán de entrar de nuevo en el local para que no le reconociera. Pasó por detrás de él, sin advertir nada, y siguió su camino. Decidió seguirla. Se paró delante de uno de los coches de alquiler que estaban en la misma calle, y se montó en uno. Zalacaín hizo lo propio, advirtiendo al cochero que siguiera al otro por el Boulevard Voltaire, y en un trayecto de una de media hora, llegaron al Cementerio del Père Lachaise. Esperó unos instantes a que se bajara, y tras pagar al cochero, se apeó, definitivamente era ella…Piedrasantas, ¿Qué hacía Piedrasantas en Paris?, un oscuro presagio cruzó su mente. La creía muerta, no podía creerlo.







Dentro de su aturdimiento, pensó en la frase que dice que no existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas. Pensaba que la vida no es un accidente regido por el azar, la suerte ni las coincidencias, y por más que nos cueste de ver, cada uno de nosotros recoge lo que siembra. Él sabía bien los riesgos que corría en la vida, pero a fin de cuentas, era lo que mejor se le daba hacer, correr riesgos. Pensó en que si tenía que morir algún día, que fuera con los pantalones puestos, y mirando de cara a la muerte. La siguió con cautela profesional, a la distancia oportuna. Se detenía de vez en cuando para disimular, admirando la grandiosidad de la belleza de la muerte en el arte de algunas tumbas, y finalmente, Piedrasantas, se detuvo en el Muro de los Federados, en el sur del Cementerio de Pére-Lachaise, siendo en este mismo sitio en donde tuvo lugar un 28 de mayo de 1871 el fusilamiento de 147 comuneros, anarquistas, comunistas y autogestionarios, combatientes de la Comuna de Paris, que fueron echados a una fosa común a los pies del muro. Allí la esperaban dos hombres embozados, a los cuales entrego disimuladamente un pliego de papeles. Se dio cuenta, porque el que cogió el pliego era un hombre al que le faltaba una mano, y al cogerlos, se le cayó un sobre al suelo que recogió el compañero rápidamente, mirando inquieto alrededor.



Estaba todo claro, seguramente sería algún pliego de instrucciones para algo, y lo más probable es que viniera del mismo José Paúl y Angulo, que a falta de la presencia del anarquista Bloudel, las instrucciones o lo que fuera que fuesen aquellos papeles, llegaron a las manos de Martín Calzas, y éste, a su vez, le hiciera el encargo por algún motivo a Piedrasantas, seguramente porque una mujer no levantaba tantas sospechas, pero eso a él no le importaba, lo que sí le importaba era la presencia de ella en este asunto, y sobre todo, en París, y al lado de aquel hijo de Satanás que había matado a su amigo, y a punto estuvo de hacerlo con él. Los dos hombres se despidieron, no sin antes darle un paquete envuelto, y salieron por el camino contrario al de Piedrasantas. Juan Zalacaín se apresuró, y llegó hasta la salida antes que la mujer a la que tanto había amado, y por la que ahora sentía un profundo rencor. Cogió uno de los coches de alquiler que se encontraban en el acceso al cementerio, y se dirigió de nuevo a la rue Royale, al café de Maxime Gaillard. Piedrasantas llegó al poco rato, y Zalacaín la vio bajarse, y dirigirse de nuevo al número 15. Alguien le abrió la puerta, y entró, para al poco rato, salir de nuevo en dirección hacia la Rue Saint-Honoré, con el paquete que le habían dado los dos hombres del Cementerio del Père Lachaisse. Fue entonces cuando tomó una decisión.



La siguió, y la vio entrar en el portal del número 390, el domicilio de Paúl y Angulo. Empezó a oscurecer, y caía una suave llovizna cuando Piedrasantas salía de la casa, esta vez sin paquete, y la siguió de nuevo con mucha precaución. La vio llamar de nuevo al domicilio donde se hospedaba Martin Calzas, y se cerró la puerta. Juan se palpó la funda del costado donde llevaba el Colt, y se detuvo delante de la puerta. Llamó, no obtuvo respuesta, volvió a llamar, y enseguida abrió el tal Martín Calzas…Le puso el revólver en la misma cara, y le dijo:



-Para adentro y en silencio, pájaro. Si se te ocurre tal siquiera pestañear una sola vez, aquí mismo dejo tus sesos adornando las cortinillas que tienes ahí detrás. ¡Para adentro he dicho!.



Le dio con el cañón del pequeño revólver en la nariz, produciéndole una leve herida que empezó a sangrarle un poco, y justo detrás, aparecía Piedrasantas, que al verlo, se quedó pálida como la misma muerte.



-¿Qué demonios haces tú aquí, Juan?



Le dijo Piedrasantas visiblemente conmocionada.

-Pues precisamente eso, buscar demonios, es mi trabajo, y tu por lo visto, tienes la costumbre de rodearte de ellos, así que calladita, y para atrás, y las manos quietas, porque no aviso más veces.





Les hizo sentarse en un sofá estilo isabelino que había al fondo a ella, y a Martín Calzas en una silla junto a un mueble aparador a su derecha. Se quedó unos momentos mirándola, tan bella como siempre, parecía que el tiempo no hubiera pasado para ella. Vestido negro, ajustado estrechamente al torso, justo debajo del busto, que caía flojamente hacia abajo, y dejaba adivinar los hombros y un peinado informal, cuya oscura melena se recogía atrás en un pequeño moño, dejando un leve peinado desordenado en los laterales. Asomaba agitada la Cruz de Caravaca en su pecho, esa cruz de plata que todavía llevaba. No eran sus ojos quienes irradiaban belleza, sino su mirada, intensa, profunda, oscura, casi afilada, que atravesaba el corazón, hiriéndolo de muerte, si es que quedaba algo de vida en aquel corazón, de seguro que a Juan Zalacaín, se le había escapado de su pecho en aquel momento, pues era aquel instante en el que hubiera entregado allí su vida por ella, y volver atrás, regresar más de quince años en el tiempo, y robarle con un beso el alma.









Fueron apenas unos momentos, en los que Zalacaín aprovecho para soñar despierto, pero Martín Calzas, perro viejo en el oficio también, aprovechó ese vacío, para abalanzarse sobre Juan derribándolo estrepitosamente sobre una mesa camilla que se hizo pedazos. El revólver se le escapó de la mano hacia atrás en la caída yendo a parar debajo de un mueble acristalado en el que se almacenaban varias botellas de licor y un fino juego de copas, y Calzas lo cogió con las dos manos del cuello gritando hacia la mujer que se levantó como un resorte a buscar el arma. Con su mano derecha intentando hundir sus dedos en los ojos de Martín Calzas, Zalacaín palpó por un leve instante la parte del costado izquierdo donde guardaba a su más fiel amiga, y la desenfundó con angustia, para insertarla ansiosamente en el cuello de su rival, que incrédulo, abrió los ojos como si quisieran salir de su lugar, dando un grito estentóreo y espantoso de muerte. En aquel mismo instante Piedrasantas se revolvía hacia atrás, encañonando a Juan Zalacaín, al tiempo que observaba agonizar a Calzas, que se revolvía en el suelo encima de un charco de sangre. Zalacaín se levantó lentamente, mientras aquella mujer que fue su amor, lo apuntaba sin pestañear.



-Nunca debiste venir aquí, nunca. Tu obstinación te lleva a la muerte, porque no quisiste entender en su momento, lo siento Juan, te hubiera amado hasta la eternidad, pero mi labor en este mundo es otra, y la tuya, termina aquí.



Acto seguido, disparó, pero la bala no salió de su alojamiento. Juan Zalacaín era cualquier cosa, pero no era tonto. Siempre llevaba dos casquillos de bala vacíos en el tambor, por seguridad, y Piedrasantas cuando quiso reaccionar, ya era tarde, porque Juan le había dado un puñetazo que la derribó al instante al tiempo que se abalanzaba como una fiera hacia ella. Le puso la navaja pringada de la sangre de Calzas en el cuello, y con una señal de la cabeza, la hizo sentarse de nuevo en el sofá. Calzas había dejado de moverse, y yacía con los ojos desorbitados y con la mirada de la muerte. Recogió de nuevo el revólver. A ella le sangraban la nariz y la boca, debido al puñetazo. Juan le arrojó un pañuelo para que se limpiara.



-No te mato aquí, porque aunque debería, soy incapaz de hacerlo, pero te garantizo que si aunque sea en el otro lado del mundo, alguna vez te vuelvo a encontrar, no me temblará el pulso. Ahora mismo, vas a coger tus cosas, y vas a salir de París, por la vía más rápida, y sin mirar atrás. Yo mismo me voy a asegurar de ello. Se dio la vuelta para recoger el colt Baby Paterson que había ido a parar debajo de la mesa destrozada con el golpe, y fue tan solo un instante de descuido que jamás se perdonaría, y menos en un profesional como él, pero nunca hubiera pensado en la reacción de aquella mujer de fuego y cólera, después de haber recibido un tremendo puñetazo en pleno rostro, pero ese instante le valió a Piedrasantas para sacar su arma letal de su alojamiento en la pierna, y abalanzarse contra Juan Zalacaín, que apenas tuvo tiempo a reaccionar y apartarse lo más que pudo, y salvar su nuca de una puñalada certera, que fue a acabar en la parte trasera del hombro.



Armada al momento su otra arma, la del mango de marfil del mismo nombre que la atacante, se dio la vuelta con la rapidez de un gato, y le asestó casi sin querer, y por dos veces seguidas, toda la magnitud fría del acero templado a sangre y fuego en la parte alta del vientre, y la mujer cayó de rodillas, con los ojos fijos en Zalacaín, en un estentóreo suspiro de la muerte, una mirada de figura de sal, vacía, anclada en el pasado, con la mente enjaulada en la cárcel de aquel ayer, que acaba muriendo en los sueños de un instante, como si todo no hubiera ocurrido, como si nada fuera real…se miró un momento donde todavía permanecía clavada su homónima suerte, y levantó por última vez la mirada, esta vez ya perdida, mirando ya sin ver, respirando ya la angustia de la última agonía, y se desplomó para atrás. Zalacaín se sacó como pudo la daga que tenía clavada en la parte trasera del hombro, la cual había penetrado saliendo por la parte delantera, pero no parecía herida grave, y se apresuró a empapar el pañuelo que le había dado a la mujer con coñac francés del caro, a cuya botella le dio un par de buenos tragos antes, y después de empaparse la herida, y sentarse un rato a contemplar la escena, y pensar, pensar, pensar, hasta que acabó la botella, ya entrada la noche.



Piedrasantas, esa indiferencia en su mirada apartada en la oscura esquina del silencio, allá donde el calor del corazón busca a tientas la suave y dulce brisa del suspiro de un aliento, en un beso apartado en la calidez de la noche. Piedrasantas, una herida sangrante de un filo mortal en la carne resignada a sufrir la fría mirada de la muerte. Piedrasantas, la dócil conformidad de la ausencia, que marca la distancia del querer y no poder, en la insufrible ceguera de la desesperación. Piedrasantas, un remordimiento soterrado bajo la insufrible losa del olvido y la distancia, cuyo epitafio es borrado por el insensible tacto de la apatía, y de la nacarada mirada de un mango de marfil desnudo, y el gélido frío de una herida mortal, que deja el testimonio de un epitafio final…”Jamás he querido a nadie, tanto como a ti”, que fueron sus palabras en aquella última carta que ella le dejó tiempo atrás.



La miró ya pálida, por última vez, la besó, ya fría, y recogió de su cuerpo el arma que llevaba su nombre, la limpió, y se la guardó, esta vez, mirando a la navaja con cierto rencor, y pensó cuál había sido la razón por la que ella no había sacado antes el puñal en vez de ir a recoger el arma de fuego, pero eso, ya daba igual…En su oficio, las preguntas a los hechos consumados y sus consecuencias, solían alterar la parte buena de la conciencia, y él procuraba no hacerse preguntas, sino más bien, buscar respuestas y prevenir consecuencias, y había aprendido a través de todos estos años de oficio, que todo en la vida, tenía su razón, la vida, la muerte, la razón de ser, el amor y el desamor, los encuentros y los desencuentros, nada era por casualidad. Dejó pasar un largo rato, hasta ya bien entrada la noche, y cogió el sobre que llevaba encima junto al pliego de cartas, y sacó el escrito con las instrucciones ese maldito Auguste Vaillant para el tal Ravachol, y lo dejó en el suelo, de manera que dejara claro que aquellas dos muertes, estaban de alguna manera relacionadas con los sucesos que se mencionaban en el escrito, con el tal Vaillant, y con el Ravachol, y dejar constancia del encuentro dentro de dos días en el Restaurante Lhérot, la escena estaba compuesta, así que se acercó al cuerpo ya inerte de Piedrasantas, y le quitó la Cruz plateada de Caravaca, no como un triunfo, sino como la condena de un recuerdo que arrastraría el tiempo que la vida le prestara. Salió con cautela de la casa. El hombro empezaba a dolerle algo más de la cuenta, así que se dirigió al único lugar donde esperaba conseguir ayuda, aunque eso supusiera pactar con el diablo, peinada en este caso de tirabuzones rojizos, y vestida del tacto de la seda.










Entró en el café de Maxime Gaillard cuando ya era noche cerrada, y el local estaba a puertas de cerrar. Monsieur Lebaudy, que se encontraba ordenando algunos vasos y copas, lo miró con cara de preocupación al adivinar algún gesto de dolor en la cara de Zalacaín, pero no dijo nada, y se limitó a señalar una puerta lateral del local, que ya conocía Juan. Mademoiselle de Montigny, o Celine, que así se llamaba, se encontraba reclinada en el sillón tapizado leyendo un libro, concretamente una novela, de título Los tres Mosqueteros, de un tal Alejandro Dumas, que al verlo entrar, se le cayó de las manos derribando a la vez una taza de té, y una copita de brandi que había en la mesillas cercana. Celine se abalanzó sobre Juan, preguntando qué había ocurrido, y Juan le mostró la herida en el hombro, a lo que Celine, sin más preguntas, se apresuró a remediar con una buena costura, y una bebida con mezcla de vino a la que le llamaba Vin Mariani, que según le explicó era una preparación de hojas una planta de nombre coca fermentadas.



Pronto, empezó a encontrarse mejor, y no tuvo más remedio que contarle a Mademoiselle de Montigny, Celine, no sin antes hacerle dar su palabra de que nada del asunto contaría a nadie, todo el entramado, que ella escuchó muy atentamente, y le dijo que no se preocupara, que ella se encargaría de hacer llegar a las autoridades un aviso de que algo había ocurrido en el domicilio del número 15 de la misma calle, donde residía Martín Calzas, como así fue. Le interesaba particularmente evitar que se le relacionara de alguna manera con las muertes de Martín Calzas y Piedrasantas, y a la vez, prevenir a la Autoridad de los movimientos del tal Vaillant, y de Rovachol, advirtiendo de la reunión dentro de dos días en el Restaurante Lhérot, como así fue, ya que la prensa anunció la detención de Rovachol dos días después, haciéndole culpable directo de varios atentados, así como de los asesinatos de Martin Calzas y Piedrasantas, que al parecer, según la misma prensa, eran dos piezas más de un entramado anarquista internacional, que por algún motivo, se encontraban esos días en la capital francesa, por lo que quedaba abierta la investigación.



El asunto pasaba ahora por vigilar los movimientos de José Paúl y Angulo, y de eso se encargaría Celine, que al ser mujer, y francesa, no levantaría sospechas, ya que era muy conocida en Paris, y casualmente conocía también a quien le suministraba morfina a Paúl y Angulo, pues era un cliente habitual del Café de Maxime Gaillard, y además, era muy amigo del tal Paúl y Angulo, se llamaba Roberto Methven, cayó en la cuenta de que ya conocía ese nombre, con lo cual, debía de ser cierto. Por mediación de Celine, averiguó todo lo que pudo del tal Methven, incluso lo pudo ver, sin dejarse ver, en varias ocasiones a las que acudió al café, y pudo averiguar dónde vivía. La intención era hacerle llegar un mensaje a Paúl y Angulo, un mensaje en manos de alguien en quien él confiara, para franquear la entrada a su casa sin mayores percances sospechosos. Casi tres semanas más tarde, Zalacaín ya se había recuperado de la herida, y pensó que había llegado el momento de concluir la misión que le había llevado allí. Miró aquellos ojos redondos que lo observaban fijos, sabiendo lo que tanto temían conocer, y una lágrima resbalaba por aquella piel de seda, cuyos tirabuzones rojizos daban un color especial. No hicieron falta muchas palabras, los dos lo sabían, pero Celine no se resigno a intentar aferrarse a un suspiro de esperanza, y le dijo, con una marcada congoja



- Yo podría hacerte olvidar esa Cruz de plata, y brindarte la oportunidad de conocer eternamente el calor de Paris…





Juan Zalacain, la besó despacio, y salió en silencio, admirando por última vez aquella avenida de la rue Royale, que desde la iglesia de La Madeleine, dejaba ver la majestuosa singularidad de uso edificios envueltos en la neblina matinal. Se palpó en el gabán el revólver, y el frasco con el Aliento del Diablo. Llevaba también una botella de ginebra Hendrick's que le había suministrado Celine, una bebida a la que Paúl y Angulo estaba seguro que no le haría ningún desprecio, y por supuesto, a su inseparable Piedrasantas.









Llegó a conocer las costumbres de Roberto Methven, por lo menos las más significativas, gracias a las informaciones de Mademoiselle de Montigny, y conocía que era un hombre dado a los buenos gustos, la ópera sobre todo, y acostumbraba a ir a ver los ensayos, puesto que también tenía buena amistad con el círculo artístico de la ciudad. La ópera "Werther", basada en la obra de Goethe, de Jules Massenet, compositor de ópera francés, se estrenó con gran éxito en el Teatro Imperial Hofoper en Viena el 16 de febrero de ese mismo año de 1892, para después estaba previsto hacerlo en Ginebra el 27 de diciembre, pero la ópera francesa no quería quedarse atrás, y pretendía brindar un mayor éxito, con lo cual ya se estaban preparando los ensayos preliminares para la presentación en Paris, prevista ya para el 16 de enero del año siguiente, y precisamente hoy, se llevaba a cabo el primero de los ensayos, y sabía con total seguridad que Roberto Methven estaría allí.



Así fue, se encontró con Methven, y tras un saludo de cortesía, le dijo que había venido de España, y que traía un mensaje de Michel Bloudel, pero que debido a que las autoridades tanto en España, como en Francia, estaban muy recelosas por temor a ciertas actividades, no podía darlo por escrito, sino de palabra, y que si tenía interés en conocerlo, que se lo dijera lo antes posible para concertar una cita hoy mismo, o de lo contrario debía partir de inmediato de regreso a España. Le llevaba como prueba unas cartas que el propio Bloudel guardaba, y se las mostró, además de mostrarle la botella de ginebra Hendricks, como obsequio de parte del propio Bloudel. Este Methven receló al principio, y se le veía un tipo ciertamente inteligente para su negocio, que consistía en idealizar y enredar a las pobres gentes, y aprovecharse del recurso que le regalaba el don de la palabra y el convencimiento de que el sacrificio merecía la pena para los fines del ideal anarquista, pero para los demás, no para él. Zalacaín supo jugar sus cartas, y en un momento dado, mediada la conversación que se convirtió en un monólogo de preguntas del propio Methven, hizo un gesto significativo con la mano, diciendo:


-Creo que ni usted me cree a mí, ni yo he llegado hasta aquí a perder un tiempo muy valioso para la causa, y además, ni le conozco, ni tengo la más mínima intención de convencerle ni a usted ni al Señor Paúl y Angulo de nada, con lo cual, muy a mi pesar, lamento despedirme de usted, y desearle toda la suerte del mundo, así pues, me vuelvo por donde he llegado, e informaré de mi intento a quien es menester, para que se tomen las medidas oportunas que desde luego, y a partir de este mismo momento, ya no son de mi incumbencia.



Se dio media vuelta y empezó a caminar en la dirección opuesta a donde se encontraba, y Methven lo detuvo de inmediato, pidiendo disculpas, y advirtiendo que le haría llegar su mensaje en esta misma mañana, y que sobre el medio día, si le parecía bien a Zalacaín, que se había presentado con el nombre de Anselmo Lorenzo, quedarían allí mismo, para comunicarle lo que fuera menester. Quedaron conformes, y se despidió. Observó que Roberto Methven no perdía el tiempo, y aunque fuese muy a su pesar, se dirigió directamente hacia la Rue Saint Honoré, domicilio de Paúl y Angulo. El juego, estaba servido, pensó que era como una partida de ajedrez, una lucha contra los errores de uno mismo, y él había apostado fuerte por el rey blanco, en contra de la oscura anarquía. Apostar fuerte por uno mismo en un trance desconocido, era una manera risueña y a veces, venturosa de soportar la tragedia de la vida, y desde luego, el tal Roberto Metheven, le había dado la propia imagen de un tipo cínico y aprovechado de los ideales de los demás, y él, Zalacaín, solía cobrarse siempre la deuda del descaro y el cinismo con intereses. Sólo esperaba que a José Paúl y Angulo le despertara la curiosidad.








La cita, finalmente se había aceptado, pero Roberto Methven insistió en acompañarle hasta el domicilio de José Paúl y Angulo, hacia las seis de esa misma tarde, a lo que Zalacaín, en este caso disfrazado del nombre de Anselmo Lorenzo, y de un cierto fervor anarquista, le contestó que no tenía inconveniente, pero que posiblemente andaría un poco justo de tiempo, ya que había quedado en visitar esa misma tarde el Muro de Los Federados, aquellos dignos anarquistas enterrados en una fosa común en el Cementerio de Pére-Lachaise, para rendir un pequeño homenaje antes de partir de Paris a la mañana siguiente, y Roberto Methven, sorprendido, y casi maravillado, se ofreció a acompañarlo con su coche particular.

 Comieron juntos, y dialogaron sobre la causa y las necesidades del anarquismo en España, y una cosa llevó a la otra, y Methven iba desgranando proyectos y hablando más de lo que debía. Finalmente, partieron hacia el Cementerio, y el cochero esperó en la puerta mientras ambos se dirigían hacia el Muro de Los Federados a la vez que un hablador Methven iba narrando la historia por el camino. La soledad a esas horas era casi absoluta, y además el tiempo tampoco acompañaba, puesto que hacía algo de frío, a pesar de ser un 23 de abril, y tampoco había mucho público a pesar también de ser un sábado por la tarde, pero es que además, coincidía con una especie de exposición y charla sobre un nuevo evento en proyecto para el que se buscaban patrocinadores, una locura que había dado a conocer el periódico francés Le Petit Journal en el que lanzaba una convocatoria insólita sobre una futura carrera de coches sin caballos entre París y Rouen, y el evento había llamado la atención de la ciudad, aunque sólo era un proyecto todavía sin fecha cerrada, y se daba a conocer en aquel día, aprovechando la visita de diversas entidades internacionales. Una locura más, de aquella ciudad de locos.



Llegados al Muro de los Federados en el Cementerio, se quedaron ambos un rato observando en silencio, un silencio que Zalacaín rompió con un argumento intencionado:



-Verá, Señor Methven, he visto morir a mucha gente por unos ideales que no son capaces de comprender, siendo conducidos a la muerte por gentes escondidas detrás del telón de un teatro, cuya obra representa la falsedad de una doctrina idealizada que conduce a la miseria y a la muerte, como la mayoría de las doctrinas, sin tener en cuenta un detalle muy importante, que es que por la libertad, se paga muchas veces un precio demasiado caro, pero que siempre lo pagan los mismos, que son aquellos que mueren por esa libertad, mientras que sus pensadores, los que los han conducido hasta allí, visten caras levitas y beben caro licor, bien cubiertos sus riñones y abrigados de la miseria y el frío de la intemperie, y les importa poco conducir a sus acólitos hasta lugares como este, puesto que sus recursos materiales son ilimitados, y los recursos humanos, dependen de mantener la miseria, para que sean ilimitados.

Roberto Methven lo miró con los ojos de aquel que acaba de caer en el cepo de la verdad, pero no tuvo más tiempo de reacción que el de la sorpresa, al recibir una certero cuchillada de Piedrasantas, que había salido furiosa de su escondite, tal vez molesta por la mirada de desprecio de Zalacaín, el mismo día que con ella, diera muerte a su homónima, con nombre de mujer. La gola de Methven escupía el sudor magenta de la sangre, con furia, mientras el desdichado se aferraba a su garganta con desesperación, mientras caía de espaldas, y su mirada, quedaba clavada en los ojos de Juan Zalacaín.



- Muere, Methven, pero muere sabiendo que hoy, te acompañará al infierno tu amigo Paúl y Angulo, cuya sentencia se firmó mucho tiempo atrás. Tú, no has sido más que un pelele mal puesto en esta historia, y que tú mismo has elegido tu final en esta representación, y por fin, se hace justa la justicia de los que descansan al pie de ese muro, ya que muchos, por no decir todos, murieron aquí, por gente como tú.









Vive l´humanite, se podía leer todavía en aquel muro de muerte, como recuerdo de lo que el hombre era capaz de hacer, dejarse arrastrar a la fosa común de las lamentaciones, unos con estoicismo, otros, con la mirada del terror, los menos, con la resignación de quien con nada ha llegado a este mundo, y con nada se marcha de él, y todos, bajo la sombra de la más ruin y sucia de las tretas, el engaño del sacrificio para la pervivencia bajo el oscuro manto del ideal, de unos pocos. Zalacaín no se quedó demasiado tiempo, más que el justamente necesario para cerciorarse de que el tal Roberto Methven pasase de puntillas por aquel engorroso cambio de residencia, como decía el Emperador y filósofo romano Marco Aurelio, de la vida, a la muerte, estirando literalmente la pata en muy poco tiempo, con lo cual, con sigilo, salió del cementerio embozado en sus ropajes procurando no llamar a la atención del cochero del difunto, que hablaba amigablemente con otro cochero de alquiler, y se montó en un carruaje para dirigirse al 390 de la rue Saint Honoré, el domicilio de Paúl y Angulo.



Eran ya casi las seis de la tarde, la hora convenida, y accedió al edificio por la puerta principal, hasta llegar al primer piso. Llamó, y le abrió la puerta una Señora de servicio, con una amable sonrisa. Se presentó como Anselmo Lorenzo, e hizo saber a la mujer que esperaba ser recibido por Don José Paúl y Angulo, que ya estaba al corriente de la cita, y que le traía un regalo, el cual le hizo entrega a la mujer, que se trataba de una botella de la difícil de encontrar ginebra Hendrick's. La mujer le pidió amablemente que esperara en el recibidor de la lujosa vivienda, y al poco, le comunicó que el Señor Paúl y Angulo le recibiría con mucho gusto.





Paúl y Angulo se encontraba sentado en un sillón victoriano, al lado de la chimenea, con las piernas tapadas por una pequeña manta. Era un hombre demacrado, casi sin rostro, apenas se permitió una leve mirada hacia Juan Zalacaín, que en aquel momento representaba a Anselmo Lorenzo. Encima de una pequeña mesilla, un frasco del preparado del Papaver somniferum, conocida popularmente como adormidera, o más bien, simplemente morfina, una jeringuilla, y la botella de Hendrick's.









- Pensé que iba a venir con usted el señor Methven…ya nadie se preocupa demasiado de nadie, y menos de un desahuciado como yo. Aquí me ve, dando debido cumplimiento a los últimos estertores de una vida de sacrificio por la Revolución. Al final, Prim parece haber sucumbido también, puesto que se oponía firmemente a la ocupación del trono por parte de los borbones, y ahí tiene usted el resultado, los borbones de nuevo ocupando el trono de España. Se me culpó a mí de la muerte de Prim, pero no fui el único. Prim nunca había hecho caso a ninguna de las amenazas y anónimos que recibía a menudo, desde que ejercía el cargo de presidente del Consejo de Ministros. Antes al contrario, estaba convencido de que podría volver a salirse con la suya tal y como acostumbraba a lograr en su vida, como siempre...pero los beneficiarios fueron el General Serrano, que antes había sido su amigo, que le pregunten a José María Pastor Pardillo, el jefe de su escolta, y también estaban de por medio el duque de Montpesier, el cuñado de la puta de Isabel II, y que recelaba el trono, y por supuesto, que le pregunten a Felipe Solís y Campuzano, el edecán de Montpensier, o a los ricos industriales catalanes, a los que les había disgustado sus reformas arancelarias, tendentes a favorecer la competencia con los textiles ingleses, mejores y más baratos, o a los grandes hacendados cubanos, que de sobra sabían que Prim era partidario de una emancipación de la isla por la vía de la negociación, y no digamos de sus fundados recelos respecto a su empeño en abolir para siempre la esclavitud, el gatillo también se apretó desde la Habana, no tenga duda, y esos obstinados carlistas, que en el verano de 1869, valiéndose de una masa de gente reaccionaria y enfurecida por las prédicas del clero, habían linchado al gobernador liberal de Burgos… de no haberlo hecho yo, lo habrían hecho ellos, seguro, luego, está lo de ese Ducazal…




Estaba notoriamente alterado, fuera de sí, y avisó a su camarera particular para que le preparara una inyección de morfina, a lo que Zalacaín le ofreció saborear antes una buena copa de aquella excelente ginebra, y celebrar la muerte de Ducazal, de la que no sabía nada, y eso le animó a celebrar un brindis. Despidió a la criada, y Zalacaín preparó la mezcla de la cicuta mortal, vertiendo una buena dosis del Aliento del diablo, insípido e incoloro, en una generosa copa de aquella ginebra, levantando la copa, que ya había apurado ansiosamente Paúl y Angulo, Zalacaín dijo en voz alta:



- A la salud de Felipe Ducazal, y de Prim, y de Alfonso XII, y de tantos otros que han sido desahuciados de verdad de este mundo, y a la de Piedrasantas, arrastrada por tu miseria al pecado más angustioso de mi persona, su sacrificio por esta misma mano, que ahora sujeta el brindis por tu agonía, así que muere, sabiendo que esta vez, no te salvará ni tu dinero, ni tu locura, y muere para acompañar al infierno a todos aquellos que tu miserable ideal condenó al frío silencio de la muerte. Te recuerdo las mismas palabras que Prim le dijo al conde de Kératry, el enviado de Napoleón III, “no habrá en España República, al menos, mientras yo viva”, así, que muere rabiando.



Zalacaín, sorbió de un trago el licor, mientras la copa de Paúl y Angulo caía al suelo, y sus manos se aferraban a su garganta y a su pecho, en una mirada de agonía, cuyos ojos, luchaban por salir de las órbitas de la vida, para penetrar en la angustiosa y oscura cueva de la muerte, ahogándose en un estertor. Salió de la lujosa habitación, y avisó a la criada de que el Señor se había quedado dormido, y que no le molestara hasta la hora de la cena.









La mañana, había amanecido con un sol radiante, y pensó en aprovecharla para visitar por última vez de nuevo el Cementerio del Père Lachaise, a un lugar muy concreto en él, que no era precisamente el maldito Muro de Los Federados. A la mañana siguiente, emprendería de nuevo el viaje de regreso a Madrid, a comunicar el final de su cometido, y a sobrevivir la agonía de haber perdido para siempre a Piedrasantas, seccionando su vida por medio de otra Piedrasantas, afilada, fría, insensible…quizás, se preguntó asimismo, la hubiera perdido mucho tiempo atrás, quizás, debió seguirla, quizás, debió convencerla con la fuerza del amor, quizás, ese maldito oficio le había superado y condenado para siempre a vagar por un valle vacío, en cuyo horizonte, se adivinaba la terrible sensación de no conocer ya jamás, el calor de ese sentimiento capaz de conmover al mundo. Esperaba llegar, y recibir noticias de un nuevo encargo, sabiendo que tarde o temprano, sería él, el objeto de otro encargo, y se marcharía sin tiempo ni a nadie a quien decir adiós,  así le había pasado a Miguel Garayo, y así le había pasado a otros antes que a él. Se estaba dando cuenta de que se encontraba muy cansado, que a pesar de haberse jurado matar por justicia, pasaba demasiado tiempo conviviendo con sus propios demonios, tanto, que casi empezaba a acostumbrarse a ellos, y eso, no le gustaba.  




El amor, más allá de la muerte o la desgracia, la distancia o el abismo del silencio, tiene siempre un rincón donde los susurros del cariño y la ternura resuenan con fuerza allí donde nadie más que los amantes, son capaces de escuchar… Avenidas arboladas, bancos, monumentos, jardines, y, sobre todo, unas esculturas funerarias impresionantes, hacían que de aquel lugar, emanase un aroma especial del puro romanticismo misterioso, disfrazado del color de la muerte.
 El panteón era impresionante, misterioso, profundo, sublime, e irresistiblemente acogedor, con total seguridad, uno de los más llamativos y bellos de Père-Lachaise. Los eternos amantes, Abelardo y Eloísa, descansaban allí. Su historia era impresionante, dramática, e impregnada de un romanticismo llevado hasta sus últimas consecuencias. 

Su relación imposible, transcurrida en tiempos medievales, era recordada como una de las más grandes historias de amor. Unidos en otro tiempo por el estudio, el talento, el amor, un romanticismo sin límite, un desdichado casamiento, la tortura de una amputación y una penitencia tenaz, viven ahora una eterna felicidad que los mantiene unidos más allá del tiempo y la memoria, en el recuerdo de que nunca dejaron de amarse apasionadamente, a pesar de haber sufrido la terrible desdicha de un amor imposible que si bien no les dio la felicidad de vivir uno al lado del otro, si conocieron la felicidad de haberse sentido amados el uno, por el otro, hasta más allá del final.









Depositó allí, en un recoveco del mausoleo, la Cruz de plata de Caravaca, junto a la navaja de mango de marfil cuyo nombre quería olvidar, y pensó en unos ojos redondos y despiertos, de mirada dulce, piel blanca como una perla, de tacto de seda, adornada de un pelo brillante de rojizo color, y darse la oportunidad de conocer eternamente, de la mano de Celine, Mademoiselle de Montigny, el calor de Paris.



Aingeru Daóiz Velarde.-