sábado, 8 de enero de 2022

EL FINAL DEL BAILE

 

EL FINAL DEL BAILE

 Rogelio de Egusquiza. (1879)




Rogelio de Egusquiza, uno de los pintores españoles más célebres del siglo XIX, comenzó a trabajar con el pintor académico Leon Bonnat y, a partir de entonces, disfrutó de una carrera muy exitosa. Finalmente se mudó a Italia, donde se convirtió en una figura central de la colonia artística española, íntimamente relacionada con el círculo de artistas españoles que incluía a Mariano Fortuny y los hermanos Madrazo. Colaboró ​​con éxito con el pintor italiano Mariano Fortuny y su estilo se volvió más colorido y preciso como resultado.
En Italia también conoció al compositor Richard Wagner y desarrolló una amistad que tuvo una influencia importante en sus obras posteriores más grandilocuentes y trágicas.

El precioso vestido rosa rubor, entallado en la cintura, de corte largo y vuelo en los bajos, adornado elegantemente con rosas de diferentes tonalidades especialmente para la ocasión, dan el color a la imagen principal del cuadro, secundada por la figura masculina, elegante, en la que se adivina un pantalón de pinzas al uso, con camisa  bordada y chaqueta de final de siglo abierta, de color oscuro, que da paso y figura a la exquisitez del vals cruzado, cuyo paso previo al giro de molinete, da elegancia a la posterior caminada normal, y luego también cruzada, primero de izquierda, derecha, y centro.  A la derecha de la imagen, un conjunto floral que complementa la belleza de la imagen, en cuyo fondo, dos damas descansan retocando una de ellas el pliegue de su vestido, a la luz de una lámpara de mesa.


El presente trabajo revela al artista en el apogeo de su habilidad, tanto compositiva como estilísticamente. Vestida con el traje tradicional del siglo XIX, la pareja está representada bailando un vals, una danza popular de finales de siglo.

El artista combina la representación de una mujer elegantemente vestida con hermosas rosas y la atmósfera de la Belle Epoque.

Desde su visión de la sala, Egusquiza puede concentrarse no solo en los animadores en primer plano, sino también en lo que está sucediendo detrás de la escena. Como tal, el ojo del espectador se dirige hacia la parte posterior de la sala y más allá de la actividad detrás de las cortinas.


Los pies de la dama, casi parecen flotar, y su torso, descansa en el masculino hombro, en el cual, apoya al tiempo su brazo izquierdo, dejándose llevar en la nube de danza que escenifica el sonido envolvente y embriagador, casi divino, del Vals número dos de Dimitri Shostakovich.


Las luces y sombras, son perfectas para la ocasión. El encanto que brinda el aroma de la música, y la fragancia dulce y penetrante a jazmín de la dama, a cuyo vapor embriagador, sucumbe el caballero en un éxtasis que le arropa a conducir los pasos, con la dulzura y suavidad de un ensueño con la elegancia que requiere el alma al son del compás, llenan la escena de esa plenitud de colores que sólo la imaginación de los amantes es capaz de captar. 


La tela suave y densa del bajo femenino, vuela al viento del movimiento magistral de lado, como si de una nube de pétalos se tratara, y el brazo derecho, suave como la seda del paño que viste, se deja conducir por el sereno movimiento del izquierdo del caballero embelesado por la música, y la belleza que atraviesa su alma, aferrada a él, como si formaran un conjunto de una misma pieza de arte sublime.


La escena, en su conjunto, se centra casi entre dos luces, al final de un salón que se entiende repleto, y se adivina en un silencio, una frase, cuya tonalidad en do menor, proporciona la elevada sensación que junto a los acordes de la música, dan ese momento de magia a la escena, en la que el alma de los dos bailarines,  alcanza su máximo esplendor.

Un movimiento de sístole, y otro de diástole, intensifican si cabe el suspiro del alma que esperaba desde un atardecer cualquiera en el tiempo, quizás la declaración de intenciones, la promesa, la palabra de honor que diera comienzo al albor de la ilusión con el color de las pinceladas limpias de un contacto de manos al son de una danza.


¿Quién fuera capaz, de pintar el arte del sentimiento más profundo de la humanidad?, ¿quién fuera capaz, de escenificar el arte de una baile de miradas sin mirar, y una declaración escondida en su acorde perfecto?...Aquel quien, capaz de soslayar la ilusión que lo conduce a la muerte fatal del romanticismo, es capaz de adivinar con palabras, seguidas de frases, los efluvios de lo que el corazón, sólo es capaz de sentir, al son de un sonido de vals.


Aingeru  Daóiz Velarde.-

 

 


ALEJANDRA PIZARNIK. LA ÚLTIMA POETA MALDITA.

ALEJANDRA PIZARNIK. LA ÚLTIMA POETA MALDITA.


Alejandra Pizarnik nació, dicen, con la oscuridad en su alma, y escribir, para ella, era transformar el dolor en palabras que penden de los versos silenciosos de su poesía, unas letras donde invocar los fantasmas que acosaban su vida, donde reparar heridas en el camino, evocar deseos y ambiciones ocultas.





Ahora, en esta hora inocente yo y la que fui nos sentamos en el umbral de mi mirada…escribía Alejandra, y lo hacía con el arte de interpretar los silencios, porque como dijera Miles Davis, el silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos. Los silencios, para ella, eran los sentimientos o experiencias que se escapan de las palabras. Su rebeldía, su aire trágico y su pasión, se nutrieron de sus propias tinieblas para tejer una poesía única e irrepetible…”Alguna vez de un costado de la luna, verás caer los besos que brillan en mi. Más allá del olvido”...Decía Alejandra Pizarnik, y tambien “Buscar no es un verbo, sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene”. Navegó como nadie, entre la locura y lo onírico, para dejarnos una obra excepcional.

Nos habló de jaulas, del amor en lo imposible y en lo lejano, de andaduras en el desierto, de miradas sin ver nada, de ojos, de piedras pesadas, de fuego incesante y de nuevo, siempre, de soledad… “Estoy ebria de soledad, de espera, de deseos abstractos, de entidades llenas de designios mágicos. ¡Qué noche para morir! ¡Qué instante para hacer el amor!“…siempre soledad, “¿Qué soledad es ésta, llena de otro, con sus ojos y sus manos y sus cabellos poblando la aparente soledad de tu noche?“…”Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan”.

Nos habló de miedos, de vacíos, de una niñez teñida de desencantos, decía que el cielo tiene el color de una infancia muerta, y se sumergió en la poesía y en las anfetaminas para dar alivio a sus oscuros pensamientos.

Nadie exploró como ella el sufrimiento y hasta la locura; era esa mujer desdoblada que decía tener en su interior gemelas muertas, la que era ella misma en la soledad de sus silencios, y la que jamás se atrevió a ser. Buscó la sombra de Julio Cortázar y el poeta mexicano Octavio Paz. Este último es quien le escribe el prólogo de su libro de poemas Árbol de Diana (1962). Leerla es sumergirnos a partes iguales en el romanticismo, el surrealismo, el universo de lo gótico y también en el psicoanálisis. Un universo singular que no deja a nadie indiferente. “Qué belleza guardan aquellos que no encuentran su lugar entre tanta gente; no es soledad, es un privilegio no encajar”. ¿En dónde hallar una presencia humana que me calme?. Nunca nadie lo pudo, ni amigos, ni amantes. Solo fantasmas que he amado hasta pulverizar mi conciencia y mi memoria”…






Nacer en Avellaneda, un suburbio de Buenos Aires, probablemente, no fue nada fácil para Alejandra Pizarnik. Su familia era de origen ruso-judío, y arrastraban de forma permanente el dolor de haber dejado su país de origen, las marcas del Holocausto, del horror y las pérdidas personales vividas durante la guerra. Esa sombra debió crear una impronta temprana en ella. Una herida heredada que se agrandó aún más por un físico que no aceptaba, el rechazo de una madre que valoraba más a su hermana, y por una salud en la que el asma y la tartamudez limaron gran parte de su infancia. Todo ello hizo que, desde bien temprano, se percibiera distinta, dentro de un personaje en el cual, no se reconocía.


“Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”…Gran parte de la obra de Alejandra Pizarnik orbita alrededor de dos esferas: su infancia en Buenos Aires y su fascinación por la muerte, así, escribía : “Extraño desacostumbrarme de la hora que nací. Extraño no ejercer más oficio de recién llegada”…”Sólo es posible vivir, si en la casa del corazón arde un buen fuego”.


“Simplemente no soy de este mundo… Yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… No puedo pensar en cosas concretas; no me interesan. Yo no sé hablar como todos. Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie… ¿Qué haré cuando me sumerja en mis fantásticos sueños y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver”…y no supo, ni quiso volver. Se quitó la vida en 1972 con 36 años, tomando 50 pastillas de seconal. Ya no hay vuelta atrás, finalmente Alejandra Pizarnik halló su liberación.


No obstante, fue un fin anunciado, porque pasó toda su existencia de puntillas, en ese abismo al que se asomó en diversas ocasiones. Hasta que al final, halló la liberación para sus tormentos, ya que en sus oscuridades, no encontró fuego en el corazón, y se apagó así misma, se extinguió, arrimándose a la luz de la noche, y quemándose en la llama de una vela, que ella misma había encendido en lo más profundo de su alma, atravesada por el arco iris que intentaba brillar en las sombras de la sinrazón.





Su obra lírica se comprende en siete poemarios: La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971).

Más tarde se realizaron diversas publicaciones de sus últimos poemas, obras teatrales como los poseídos entre lilas y la novela La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa. Cabe destacar también uno de sus relatos más célebres y llamativos: La condesa sangrienta, esta última, en clara alusión a La condesa Erzsébet Báthory de Ecsed, o Isabel Báthory.



El hastío, el sopor del alma, una pegajosa melancolía que colapsaba su corazón hasta impregnar sus poemas, una tenaz apatía por salir de sí misma, o de esa prisión que se había encerrado en su alrededor, plagada de miedos, de soledad, otra vez aquella soledad, y sobre todo, de silencios, de profundos y eternos silencios. Alejandra Pizarnik fue la última poetisa maldita, esa gran escritora que nos sigue sobrecogiendo con sus versos, con su voz lejana pero siempre rotunda…” Mata su luz un fuego abandonado. Sube su canto un pájaro enamorado. Tantas criaturas ávidas en mi silencio y esta pequeña lluvia que me acompaña”… siempre intensa, a veces lúdica y a veces visionaria, a veces, como intentando el regreso de aquella soledad que la aplastaba, la oprimía hasta dejarla sin aliento y, sobre todo, sin esperanza, huérfana de consuelo, asesinada por la ilusión, ensombrecida por el desaliento.


Aingeru Daóiz Velarde.-







martes, 4 de enero de 2022

EL PINTOR MALDITO

EL PINTOR MALDITO

La personalidad que nos acompaña en este recorrido, fue el protagonista, o mejor dicho uno de los protagonistas de la tragedia más sonada de aquella conocida vida bohemia del Paris que arañaba con descaro aquellos primeros años del siglo XX. Su leyenda negra, acabaría por darle el mismo color a su obra, plena del arte magnífico y casi diría que enigmático, de unos desnudos de una extraña elegancia, en la que representa a la mujer, la engrandece en su esencia mostrando en sus trazos la simplicidad de su ser, para poseerla en una especie de juego amatorio plagado de cubismo, pero con la lucidez suficiente para encontrar la realidad de la existencia, como lo hacía a la vez en unos retratos que al observarlos, atraviesan la mirada del espectador, dejando una sensación más que inquietante, profundamente turbadora.





No quisiera cansar demasiado al lector, pero antes de seguir adelante con esta historia, casi diría que más que trágica, fascinante, me gustaría descomponer el significado del cubismo, para aquellas personas que después de esta lectura, quieran acercarse a la obra de nuestro protagonista, quien en parte de su obra, experimentó un poco con esta técnica. El Cubismo es un lenguaje pictórico que replantea las formas, el volumen, el espacio y la perspectiva dotando a las obras de un carácter psicológico en que el espectador reconstruye la imagen en su mente para comprenderla en su totalidad. Los volúmenes, las luces y las sombras se descomponen en planos que crean diferentes puntos de vista. No se puede decir que se trata de un lenguaje abstracto ya que los objetos y figuras están claramente representados y son, en la mayoría de las ocasiones, reconocibles. El espectador se convierte en el cubismo en el organizador de la obra es, por lo tanto, un lenguaje con una fuerte carga intelectual y racional. Los colores utilizados en el cubismo tienen también un componente psicológico ya que están llenos de azules, ocres, marrones, grises, verdes … pigmentos asociados al raciocinio según el psicoanálisis clásico. Los temas más utilizados en el cubismo son las naturalezas muertas, bodegones, la figura humana y el retrato. Modgliani entraba dentro de este tipo de arte, y lo hacía por la puerta trasera, para posteriormente, después de su muerte, llenar las salas de exposición, ya que su fama rompía moldes, seguramente también, ayudado por su historia. Era conocido por sus retratos y desnudos en un estilo que se caracterizaba por el alargamiento de los rostros y las figuras, lo cual no fue bien acogido durante su vida, pero que logró gran aceptación posteriormente.


Si Baudelaire, en la poesía, fue aquel poeta maldito a quien Paul Verlaine nombra en su ensayo, por la sencilla razón en que llevó, o mejor dicho, llevaron esos poetas malditos un camino que les llevó a tener una vida maldita, es decir, una vida llena de tormentos e incomprensión, desde luego, Amedeo Modigliani, era sin duda el pintor maldito, retratado en el lienzo de la tragedia. Pablo Picasso, decía de Modgliani que sólo una persona como él, era capaz de saber vestir bien, y con elegancia, a pesar de que no tenían ambos muy buena amistad. Su indumentaria, a pesar de su escasa economía al igual que les ocurría a todos aquellos integrantes del arte en la vida bohemia, Modgliani vestía una elegancia, si bien desgastada, con un porte y una exquisitez que llamaba a la atención, como lo hacía con su singular y arrebatadora belleza, y unas dotes seductoras fuera de lo común, como fuera de lo común, era su afición a todo tipo de desenfrenos, ya que, aficionado al alcohol, y sobre todo la absenta, las drogas como el hachís y las mujeres. El artista italiano se bebió a tragos el París de la bohemia en noches de furia, borracheras, juergas, visitas a la comisaría y la frustración de ver que las musas pasaban de largo al llegar a su estudio, y también, desgraciadamente, desde muy temprano, lo acompañó la enfermedad, una enfermedad que bien marcaría su tragedia. Vivió en la miseria, pero en plenitud, y ya a finales de 1919, su muerte era tan anunciada, que bien podría haber servido de argumento a la novela de García Márquez, el mismo Modgliani pudo quizás llegar a enterarse de la noticia, pues devorado por la tuberculosis y con 36 años, se le escapaba la vida entre suspiros ruidosos en su pecho y esputos de sangre, pero la voracidad del mercado artístico, atento como un ave carroñera al nauseabundo hedor de la muerte, y del filón que suponía el legado del último de los bohemios y su tragedia, hizo que se vendieran a la vez tres de sus obras, dos meses antes de fallecer.

En la imagen siguiente, La femme à l'éventail (Lunia Czechowska) - Amedeo Modigliani. Cuando en 1920, un año después de pintado este cuadro, Modigliani agonizaba, tres mujeres estuvieron a su lado, Jeanne Hébuterne, Hanka la esposa de Zborowski y Lunia Czechowska. Este cuadro en concreto, fue robado el 20 de mayo de 2010 del Musée d’Art Moderne de la Ville de París junto con otros cuadros de Picasso, Matisse, Braque y Léger y cuyo valor conjunto superó los cien millones de euros. Hasta la fecha no han sido recuperados.





La suerte, que se pasea envidiosa por encima de las cabezas de los mortales. El azar, la casualidad que nace de la nada y se basa en el destino, es esa misteriosa circunstancia que no se alió en absoluto con Amedeo Modigliani, pero no sería él quien escribiera el último párrafo de su tragedia, sería su última compañera, quien, como si se tratara de un apasionado relato de trágico romanticismo hasta su última consecuencia, de un epitafio escrito con lágrimas negras en la piedra caliza de un sepulcro maldito, escribiría el drama en el que intervienen la pasión y la fatalidad, el amor y, quizás la desesperación de la siniestra locura, en un funesto desenlace, más que dramático, se diría que terrible, del que ni siquiera mi personal imaginación de escritor de relatos, es capaz de dibujar en el último cuadro de la vida de Modgliani…Toda una historia de amor, enterrada en un mito, y lapidada en la más cruel de las tragedias de la que nadie es capaz de imaginar, ni en la peor de las pesadillas.


La joven Jeanne Hébuterne, su última compañera sentimental, madre de una niña que tenían en común, y embarazada ya de nueve meses a punto de dar a la luz a otra criatura, horas después de la muerte del pintor maldito, se suicidaba arrojándose por un balcón. Una joven amable, tímida, tranquila y delicada, que se convirtió en el tema principal de la pintura de Modigliani. Ella, que trajera al mundo una niña a la que dio su mismo nombre, y que fue entregada al nacer a una institución, para asegurarle unos cuidados que sus padres no podían darle, pero no fue dada en adopción. Jeanne saltó por la ventana del quinto piso de su antigua habitación en el apartamento de sus padres...Por aquel entonces, el padre de Jeanne trabajaba como cajero en una mercería. Era un hombre cultivado, apasionado de la literatura del siglo XVII, convertido al catolicismo, de costumbres austeras, por lo que no vio con buenos ojos su relación con el pintor judío al que consideraba un depravado, y que posiblemente lo fuera, pero, a pesar de la opinión de su padre, Jeanne se instaló con Modigliani en la rue de la Grande-Chaumière, en Montparnasse. Días antes de la muerte de Modigliani, los padres de Jeanne Hébuterne y su hermano André discutían sobre su futuro y el de sus hijos ilegítimos. El 27 de enero Modigliani fue enterrado como un príncipe en el cementerio de Père-Lachaise después de que el cortejo fúnebre formado por toda la comunidad de artistas bohemios acompañara su cuerpo por las calles de París. Jeanne, en cambio, fue enterrada en secreto por sus padres en el cementerio de Bagneux. No fue hasta diez años más tarde cuando Emannuele Modigliani, el hermano mayor del pintor, convenció a la familia Hébuterne para trasladar los restos de Jeanne a una tumba junto a la de Amedeo, en el cementerio de Père Lachaise. Desde 1930 reposan juntos bajo el epitafio: "Compañera devota hasta el sacrificio extremo"...Sobran más palabras para escribir un epitafio del resultado de la más cruel de las tragedias. Mientras, en uno de esos viajes de cultura y recuerdo romántico a la melancolía, un viajero anónimo deposita una rosa negra en recuerdo de una mirada y una cálida caricia en un atardecer. En la siguiente imagen, Jeanne Hébuterne.





Desde que fuera su musa, nunca, jamás, retrata a su amada desnuda, y siempre en escenas de interior, con escaso mobiliario y actitud recatada, esa era su musa, esa, su imagen, la imagen de su verdadero amor, ese amor que no soñaba en las noches lascivas de soledad, el amor verdadero del que era capaz de dar hasta el último estertor de la muerte, y con la mirada de la muerte, postrado en la cama, de un lado, el abrazo de la tuberculosis, del otro, la mano temblorosa de Jeanne Hébuterne que, conocedora de su triste realidad, escribiría el final de un relato que marca la lectura de una vida, la entrega de su sacrificio, engendrado sin oportunidad de ver la luz en el aurora del amanecer. En la imagen siguiente, retrato de Jeanne Hébuterne, sentada, en 1918.





De todas las mujeres que pasaron por su vida, y también por sus vicios, solo dos dejaron una huella imborrable, pero sólo una merece la pena recordar, ya que este artículo engañoso, no conduce realmente a la vida y artes de Modigliani, primero, porque como pintor maldito, no lo merece, y segundo, porque como aficionado a relatos escondidos detrás del oscuro telón del romanticismo melancólico y, a veces, siniestro, mi atención es para Jeanne Hébuterne. De las dos mujeres a las que me refiero, una es Beatrice Hastings, y la otra, por supuesto, Jeanne Hébuterne. La primera, que compartía nombre con la musa de su adorado Dante, era una poeta británica que viajó a París en busca de aventuras. Lo suyo no fue un flechazo, pero vivieron un tórrido romance. El whisky y los celos fueron malos compañeros de un viaje al infierno. Beatrice Hastings también se convirtió en una de las musas de Modigliani, gracias a ella, volvió a la pintura, ya que había renunciado a pintar como resultado de la falta de éxito y se había volcado en la escultura.


En ese momento, comenzó a desarrollar ese estilo inconfundible que lo haría inmortal. Pintó a su musa y amante Beatrice más de diez veces, en retratos que muestran a una mujer segura de sí misma, pero que fue interpretada con gran sensibilidad por su amante. Pero la tormentosa relación entre Hastings y Modigliani también tuvo sus desventajas, porque el consumo de opio y alcohol del artista, afectado por una delicada salud desde su infancia, aumentó considerablemente. Además, a menudo se producían enfrentamientos feroces entre los dos personajes de fuerte carácter. La relación amorosa finalmente terminó después de dos años, en el verano de 1916. Ambos recurrieron a nuevos amantes: Modigliani se iría con Simone Thiroux, estudiante de arte nacida en Canadá y amiga de Beatrice Hastings y Hastings se iría con el escultor Alfredo Pina.Finalmente, Amedeo Modigliani encontró su último gran y trágico amor en la persona de Jeanne Hébuterne. Beatrice Hastings abandonó su disoluta vida parisina en 1931 y regresó a Inglaterra, donde no pudo disfrutar de un reconocimiento profesional. Sola, enferma y empobrecida, el 30 de octubre de 1943 Beatrice Hastings se suicidó en su apartamento de Worthing (Inglaterra). En la imagen siguiente, Retrato de Beatrice Hastings por Amedeo Modigliani en 1915.





Pero, en realidad, el primer y último amor de su vida fue Jeanne Hébuterne, a la que llamaban Noix de Coco, un corazón entregado, con un espíritu angelical y casi se diría que trazado en un cuadro al óleo por Dios, con un semblante divino de de ojos claros y largas trenzas rubias, que hacía sus esencia como pintora en una academia de aquel París de las luces, y también de las sombras, porque a pesar de las luces, sombras, las hubo, y fueron muchas.

Volviendo de nuevo sobre su arte, tras años buscándose sin acabar de encontrarse, el príncipe vagabundo de Montparnasse, en apenas cinco años, desarrolló una corta pero deslumbrante carrera, deslumbrante y triunfal, se entiende que después de la tragedia de su muerte, y sobre todo, después de la muerte de Jeanne. Modigliani había coqueteado con la escultura, pues, sin duda, era un maestro del dibujo que pensaba en piedra, pero se consagró como un grandísimo pintor, con sello propio, reconocible a primera vista, pues su característica es que alargaba en exceso el cuello de sus modelos, cuellos alargados como si fueran cilindros, miradas ciegas sin apenas pupilas, a imitación de máscaras, cabezas ladeadas que irradian melancolía, trazos repletos de una expresión muy particular, creando así una pincelada propia que sólo se parece a sí mismo. Hay una anécdota en este sentido, y fuera aparte de que el polvo del cincel dando formas a la piedra, no era muy bueno para su delicada salud, pero no fue el polvo arrancado a la piedra lo que dio final a su escultura, sino las bromas de sus amigos en su último viaje a Italia, que tras un ataque de rabia incontenida, arrojó sus esculturas al vacío en el canal de Livorno.





Tras la muerte de Modigliani, la perversidad del mundo muestra su esencia, pues su muerte, lo convirtió en inmortal. Los desnudos recostados de Modigliani, son símbolo de un nuevo arte cubista, y sus retratos, al igual que sus figuras cinceladas de piedra, casi dan pie a acariciar y venerar su historia, pero no es su historia la que prevalece en este escrito, sino la esencia del amor ciego, hasta sus últimas consecuencias, como lo fue la de aquella mujer que fuera su musa, y que desbordada por la vida, optó por saltar por encima de la barandilla que separa la muerte, y lo poco que le quedaba por luchar. Difícil decisión, que nadie es o puede ser capaz de juzgar. En la imagen siguiente, Desnudo Rojo, óleo sobre tela, 1917, de Amedeo Modigliani, subastado en 2015 por 170 millones de dólares.






A pesar de los intentos, es imposible desmontar el lastre romántico y bohemio del pintor maldito. Sus trazos de tragedia y melancolía, de vicios y frustraciones, de culto, seductor y atormentado en brazos de aquellas jóvenes que posaban ante él para servir su inmortalidad en un lienzo, o para satisfacer sus instintos en otros lienzos de cama, decidido caminante solitario, nos observa de reojo ante un caballete de madera, en una mano, la paleta, y en la otra, un vaso vacío que refleja la mirada ausente de Jeanne Hébuterne. Amedeo es, sin duda, uno de esos mitos frustrados, elevados a los altares, por el final solemne de la dramática fatalidad. Con elegante traje desgastado de pana, Amedeo atisba en la cercanía la sentencia que representará su imagen al mundo. Mientras, lienzos de mirada ciega observan expuestos en la pared la tez ladeada de Jeanne, en otra perspectiva. La desdicha, sirve de culto a la sinrazón. La Bohemia de París, rinde su último tributo.


Aingeru Daóiz Velarde.-