jueves, 11 de julio de 2019

UNA LEYENDA EN LAS HURDES



UNA LEYENDA EN LAS HURDES.




Desde los grandiosos pizarrales que rodean Las Hurdes, la enigmática tierra extremeña perdida entre los valles y dehesas de los Duques de Alba, en los confines de Cáceres y Salamanca, se cuentan leyendas centenarias al calor de una lumbre en la noche, en cualquier hogar de los que forman parte del paisaje del que salen de las entrañas de la tierra tradicionales casas de pizarra, que dan un color peculiar de arquitectura negra a los más de cuarenta pueblos y alquerías, observadas desde unos miradores que quitan la respiración, donde un mar de sierras, dan color a bosques de encinas, pinos, castaños, y algunos árboles como madroños, cerezos y olivos, aparte de brezos y jaras, y a una tierra tan retorcida, que hasta los cinco ríos que la refrescan, han de acariciarla serpenteando y dando forma a unos espectaculares meandros que hacen perder el sentido de la razón y el tiempo, con la mirada perdida en el pensamiento del horizonte.





Mi finalidad, era pasar unas vacaciones en la casa de un amigo de mi padre, y aprovechar para recopilar historias de la zona y sus pueblos y paisajes, y encontrar ideas para escribir, pero sobre todo, empapar mi alma de la armonía de la soledad y el matiz del silencio, en un tiempo en el que el desamor, hace estragos, y los malos sueños nocturnos, no me dejaban encontrar la paz. 




El color de la noche, da color también a su leyenda, y el calor del fuego, acompañados por el sabor de un vino de pitarra de la tierra, y un generoso plato de la mano a la vez de unos matajambres y queso untados con la excelente miel robada a la naturaleza, desmitifican la superstición de la tierra sin pan que nombraba Buñuel en blanco y negro, y entre trago, bocado, ensalada de naranja y limón, habla y más trago, mi amigo Panojo me contaba las historias de la España negra de las Hurdes, con una pasión envalentonada por el caldo de la tierra, del que íbamos dando ya buena cuenta, entre el olor agridulce del estiércol que fermentaba en el corral.




La efusión de Panojo, rollizo y de tez oscura, empezaba a mal hacerse entender en el habla, debido posiblemente al abuso en cierta manera del sabor del vino, pero me recordaba las palabras de Unamuno, cuando decía eso de “Sí, es hondamente humano el que estos pobres hurdanos se aquerencien y apeguen a aquella tierra que es, más que su madre, su hija”…Panojo no paraba de hablar, y como si del tío Ignacio se tratara, aquel guía que acompañó a don Miguel, a Maurice Legendre y Jacques Chevalier en su viaje a las Hurdes a principios del pasado siglo, y del que daría buena cuenta en sus “Andanzas y visiones españolas”, me contaba al detalle las paisajes, usos y costumbres, de aquella tierra dura, y las más de las veces, poco grata, de la que el valor y el trabajo del hombre, sacaba el escaso fruto para hacer valer su sustento día a día, me hablaba de la relación del hombre y la mujer de Las Hurdes con la superstición y la naturaleza …quizás, de esa dureza extremeña, se hayan forjado las almas y el valor de los nobles hombres y mujeres que salieron de esta tierra para conquistar el mundo, y me hace ensoñar el valor del nombre de extrema, y dura, tierra de conquistadores…


Una de las historias que me contaba Panojo, era la de “La Bravía Jurdana” una moza que cortó la lengua a un pastor por quitarle la honra, con las mismas tijeras que  había en la tienda de la agredida, para que no alardeara de la afrenta ante la ausencia de su esposo, cuando este volviera de la guerra…el pastor, que era mago, la convirtió en una acumulación de rocas a los pies de un pico, lo que se viene a llamar “La canchalera encantada”, y que hoy día aún espera una noche de San Juan para librarse de su encantamiento. Historias de un soldado que regresaba a su pueblo, y del que no encontraron más que restos de la ropa y las botas, u otras como la aparición de un demonio y otras, que me sonaban más a fábulas de la España profunda de la sinrazón.





Me hablaba mi amigo de unas extrañas cabalgaduras en la noche, y que eran varios los testigos han asegurado a través de los tiempos que al ver tan macabra situación se han atrevido a preguntarles quienes eran y solamente han escuchado de sus bocas una voz de ultratumba que exclama: "Genti de Muerti". Suelen aparecerse montados a caballo, y estos macabros jinetes son dos, un hombre y una mujer ancianos, de rostro muy pálido con los ojos en blanco y unas manos huesudas con las que sujetan las riendas de los corceles, y van vestidos con un faldón que impide verles sus piernas. Aparecen misteriosamente de la nada durante la noche al ruido de las herraduras de sus caballos y desaparecen de la misma forma, o la Procesión de Ánimas, una tétrica y siniestra comitiva  que suele procesionar todos los jueves a media noche por los alrededores del río Malvellido, cercano a las alquerías de El Gasco, La Fragosa y Martilandrán.
Me decía con los ojos inyectados en la leyenda, que si la noche te sorprende junto a este río y notas un fuerte olor a cera quemada y un ligero viento huye rápidamente, pues estos son los fenómenos que anuncian su presencia, si algún mortal la viera equivaldría a una muerte inmediata.


El desparpajo de Panojo despertaba con la misma prisa con que engullía el vino, serio, seco, fijo en la mirada de un rostro donde se adivinaba el mapa de las penurias del tiempo y el trabajo, rudo, sereno, duro como la tierra que lo vió nacer a no muchos pasos de donde estaba ahora mismo, me contaba la historia de La "Chancalaera",  una mujer grande, fuerte y muy atractiva hasta embobar,  aunque tiene el don de poder transformarse en anciana de apariencia indefensa o  en un animal...me decía que su padre fue un pastor y su madre una yegua, de ahí sus grandes y largas patas, que hacen muy difícil huir de ella, pues da unas zancadas de tal longitud que le permiten cruzar, o como el decía, “achancal”  ríos enteros. Las marcas de sus huellas aún se pueden ver en muchas rocas de varios arroyos de Las Hurdes, y su cueva se encuentra  al pie del Pico de las Corujas...

Me decía Panojo sin pestañear,  que cierto día la "Chancalaera" sedujo a un pastor de cabras que se encontró por el monte llevándole a su cueva, y que mientras ella preparaba la comida el pastor encontró una gran cantidad de huesos humanos junto a la chimenea, ella le explicó que eran de personas que se habían cruzado con ella y que todo aquel que la veía tenía que morir...El pastor siendo  consciente de su oscuro destino dio de beber mucho vino a la Chancalaera que después de cenar quedó dormida. Aprovechó el pastor para huir despavorido y dar el aviso en el pueblo, cuentan que subieron muchas gentes y se dice que apresaron a la Chancalaera, y allí mismo le dieron muerte, pero su espíritu vaga por aquellas tierras en las tardes noches, huyendo del gigante "Entiznáu"  que también habita en Las Hurdes y trata de evitarlo...la nombraban en las casas donde se escuchan a niños llorar, para llevárselos y comérselos, o la leyenda de la misma “Encorujá”, una alma hurdana de bruja que vaga por los valles más inhóspitos de Las Hurdes, rápida como el viento, pues no soporta que la vean, y tiene la mala costumbre y la habilidad de colarse en los hogares de buen fuego, transformándose en punto de luz, y se lleva a los recién nacidos dejándolos en los lugares más extraños como en lo alto de un monte, en una casa abandonada, en la mitad de un camino…en las noches de mal sueño, tiene la mala idea de oprimir el pecho de las personas que están durmiendo para producirles pesadillas… y el estruendo de una risotada me devolvía otra vez a la realidad.

Los tres valles de las Hurdes, son como las hojas de un libro escrito en la memoria de los tiempos, lleno de símbolos y sentimientos escondidos a la lumbre de un hogar, tras un día de trabajo en el que la naturaleza traza sus leyes y leyendas, más allá de la realidad o la imaginación, como una forma de vida, en una geografía de geometría literaria, donde en cualquier rincón, el narrador de una historia, se adapta a su propio entorno de una forma natural, en una novela donde se juntan la propia vida, y el paisaje, pero lo que si me quedaba claro, es que las Hurdes, era tierra de misterios y mujeres.



 Razones me daba Panojo, con pelos y señales, para apartar de mi pensamiento las oscuras historias que se cernían sobre la comarca de Las Hurdes, alimentadas desde la memoria de los tiempos, que hablaban, y más que hablar, escupían con violencia pensamientos nada favorables a la tierra y sus gentes, dejando referencias escritas sobre sus habitantes, sus leyendas, sus secretos y sus misterios, coloreando de tinieblas el entorno de la imaginación de la tierra sin tierra o de la tierra sin pan…de repente, empezó a sonar fuerte el viento, y Panojo decidió salir a apañar a los animales del corral, para prevenir por si acaso amenazara tormenta fuerte, y me advirtió que a su regreso daríamos cuenta de otro jarrón de caldo de buen vino, y algún matajambre que quedaba, para acabar de contarme la verdadera naturaleza de aquella tierra, y las andanzas de sus gentes,  los “Malus Vientus” me decía,  un fenómeno que sorprende a rebaños enteros de ganado aspirándolos literalmente hasta hacerlos desaparecer





Tardaba un poco Panojo, y la ventolera crecía, y decidí salir para ver si mi amigo y anfitrión necesitaba que le echara una ayuda de mi torpe mano, y al llegarme a la entrada del corral, le di un grito para advertirle, y me dijo desde dentro que no era menester, ya que poco podía hacer yo si no era médico de mulos, ya que a la mula le había dado por parir, y estaba allí con dos vecinos y una partera entendidos en la faena, con lo cual, decidí apartarme, y volver a la casa a esperar la hora buena. 

Me serví otra jarra del excelente caldo de pitarra, para ir matando la noche y un poco la inquietud de la circunstancia de la ventolera, que parecía arreciar con más violencia, y me sumergí en los pensamientos de aquella tierra extremeña que antaño fuera frontera entre el mundo cristiano y el musulmán. Vasco Núñez de Balboa, Hernán Cortés, los hermanos Pizarro, Francisco de Orellana, Pedro de Valdivia, Inés Suárez, los hermanos de Alvarado, Francisco Martínez Vegaso y un largo etcétera de nombres que han dado rúbrica a la historia de Hispanoamérica. Se descubaría el Pacífico, se conquistaba México-Tenochtitlan, se derrocaba al imperio azteca que ejercía la barbarie, se fundaba Lima, Guayaquil, y Santiago de Chile y se navegaba el Amazonas y un sinfín de hazañas de la larga lista de valientes conquistadores extremeños que dejaban el nombre de sus pueblos en la América española, a parte de la firma de su tierra y la nobleza de su sangre que la historia jamás podrá igualar, ni siquiera de lejos, y me dio también por pensar, que si algún día al ser humano le diera por conquistar Marte, de seguro que la comitiva iría capitaneada por algún extremeño con temple. 




El temporal de viento cesó de golpe, como si no hubiera existido, y de repente escuché tres golpes descomunales en la puerta…me quedé paralizado, y esperé unos momentos en preguntar.


-¿Quién va?...


No obtuve respuesta, y a mi cabeza, ya embotada, me vino la dulce imagen de la "Chancalaera", con lo que me dio en sonreir, al tiempo que pensaba en voz alta que más valía llenarse el espíritu del buen vino, para dormir de un tirón, porque si no, mala noche de sueños me esperaba, malo fuera que apareciera la "Encorujá"... y al poco, un bramido inhumano parecía venir a lo lejos, e intuí que sería del corral, y de la mula paridera que ya había dado su legado al mundo…me levanté, un poco inquieto, la verdad, y con cierto cuidado, abrí la puerta. No había nadie, la noche tampoco permitía ver más allá, y opté por dirigirme a la corrala de Panojo. El sitio estaba bastante oscuro, apenas alumbrado por una pequeña luz en la pared, y tampoco parecía haber nadie más allí, aparte de la mula ya parida, por cierto, con lo que decidí volver de nuevo a la casa, aunque extrañado, pues no había señal ni escuché respuesta al preguntar por mi amigo Panojo, ni por si había alguien más por allí…llamé a la puerta de las dos casas contiguas, sin obtener tampoco respuesta, y pensé que lo mejor sería esperar en casa de Panojo la nueva de algún acontecimiento sin importancia.




No había dado tres pasos, cuando escuché a mi espalda un balido estentóreo que me sobresaltó, y me quedé paralizado. Giré un poco mi cuerpo con toda la tranquilidad que pude encontrar en mi alterada voluntad, con precaución, y pude ver con total y absoluta claridad la imagen de un monumental macho cabrío de enormes cuernos que permanecía yerto, con unos ojos de mirada desorbitada que me atravesaban, y con una voz cavernosa que me dijo…

-En tus sueños me has buscado, ya me has encontrado, demórate un solo instante, y devoraré de ti hasta el último suspiro de tu voluntad…

No hizo falta que lo dijera dos veces, porque salí corriendo todo lo que me daban las piernas hacia el portón entreabierto de la casa de Panojo, con tan mala fortuna, que con la prisa por entrar y ponerme a salvo, me di de frente contra el marco de la puerta con tal brutalidad, que perdí el sentido, y las ganas de recuperarlo.

Desperté ya a la amanecida, dolorido, y posiblemente sedado por algún condumio o brebaje que me habría suministrado la misma mujer que atendió a la mula la noche anterior, y que a buen seguro, fue la que me remendó un formidable siete que me había hecho con el golpetazo de la noche. La miré agradecido, y me puso un dedo en los labios para que guardara silencio. Se trataba de una mujer de mediana edad, pequeña, oscura de piel como las piedras de la casa, casi se diría que formaba parte de ellas, como una más, silenciosa, fría, seria, y a su lado, observándome en silencio, el Panojo…antes de pronunciar la angustia de una sola palabra, me hizo con un gesto que callara, y me dijo, apenas en un susurro…

-El Machu Lanú. A veces, amigo mío, Las Hurdes guardan leyendas, que se convierten en realidad. La belleza de una tierra y el amor a ella de sus gentes, es algo tan profundo, que ni siquiera el ángel caído del cielo en la desgracia, podrá jamás borrar, por muchas veces que lo intente.

Dicen bien, cuando dicen, que en los caminos de Las Hurdes, nadie está solo siempre del todo, no hace falta más, que contener un momento la respiración, girar leve y lentamente la cabeza, mirar un poco de reojo por encima del hombro, sin fijar demasiado la mirada, no vaya a ser que te susurren un mal pensamiento al oído, y de un mal sueño, se haga una fatal realidad.


Aingeru Daóiz Velarde.-