miércoles, 18 de noviembre de 2020

EL CRISTO DE LAS MIELES.

 

EL CRISTO DE LAS MIELES.

Al entrar al cementerio de San Fernando en Sevilla por la puerta principal, vemos justo delante al Cristo de Susillo. El creador de la obra, Antonio Susillo, era uno de los escultores más reconocidos del siglo XIX y contaba con clientes de la talla de la reina Isabel II o el zar Nicolás II. 


Antonio Susillo procedía de una familia de buenos comerciantes. Su padre era tonelero y estaba vinculado al negocio de la aceituna. No en vano vivían muy cerca de la Alameda de Hércules y del cercano mercado de Feria. La familia poseía una posición próspera, por lo que la historia del brillante Antonio no es la del artista paria que florece de la nada. Pese a la voluntad paterna, el chico caminó desde temprano por direcciones distintas a las previstas. Fue artista madrugador e hizo desde niño dibujo y carboncillo y modelado de figuritas de barro en la misma puerta de su casa, imágenes religiosas hechas con tierra de lluvia y secadas al sol del valle del Guadalquivir. Impresionó desde el principio. Siempre según la historiografía asentada, no trufada de cierta leyenda, Susillo era solo un chiquillo cuando la duquesa de Montpensier, María Luisa de Borbón, se cruzó con el puestecito del joven Antonio, quedando tan impresionada por su talento y su precocidad que se ofreció entusiasta a pagar los primeros estudios del chico. Desde entonces lo tuvo bajo su mirada y ambos se brindaron provechosa amistad hasta la muerte del escultor. 


La historia cuenta que Susillo recibió el encargo para el Cementerio de San Fernando, en el que se entregó en cuerpo y alma, ya que la escultura del Cristo supondría el fin de las deudas que había contraído debido a una despilfarradora mujer con la que se había casado tras un primer matrimonio fallido…El amor de su vida fue su primera mujer, Antonia Huerta Zapata. Se casaron en Sevilla cuando él contaba 23 años y ella 19. Fue un matrimonio joven y esperanzador, pero, aquella muchacha de la calle Lumbreras, que tanto bien pudo hacer al joven artista,   falleció al año y medio por una tuberculosis. Quince años después, le sobrevino la desgracia de encontrar a esta segunda mujer. En septiembre de 1895 Antonio Susillo contraería nupcias con una malagueña de nombre María Luisa Huelin Sanz. Son muchos los cronistas que señalan este segundo matrimonio como clave en el desenlace final de la vida de Susillo. María Luisa se reveló pronto como alguien déspota y arribista. Quiso sacar desde el principio el máximo partido posible a la posición ventajosa de su marido, artista muy conocido y mejor pagado. Lo presionaba para que trabajara más y por mejores cantidades, lo menguaba con tremendos gastos y peticiones e incluso menospreciaba su oficio llamándolo albañil despectivamente,  así lo menciona Antonio Castillo Lastrucci, quien presenció el hecho personalmente al ser discípulo del maestro Susillo en aquella época, y al parecer, se encontraba el escultor amasando yeso, y al verle entrar para almorzar manchado de barro y algo de yeso, comentó su esposa que pensaba que se había casado con un artista y no con un albañil. Susillo golpeó la mesa con los puños, y se marchó sin decir palabra.


María Luisa Huelin Sanz parecía una maldición, pues a todas luces ni amaba sinceramente a su esposo ni su vida estaba empeñada a nada que no fuera mejorar su posición social tanto como pudiera. Deliraba queriéndose igualar a gentes de gran nobleza como los de Alba o los Guzmán, incluso con los duques y las infantas de Sevilla, era una obsesión casi enfermiza, que agobiaba diariamente a Antonio Susillo hasta el punto de hundirlo en la más absoluta depresión, agobiado por los gastos, resentido consigo mismo por haber torcido su camino de felicidad. Temeroso de las murmuraciones si abandonaba a esa mujer, sucumbía ante su desdicha con un estoicismo superior a sus fuerzas, que poco a poco, iba minando su alma, hasta llegar a la desesperación más absoluta.





Cuenta una leyenda romántica, que cuando terminó el encargo de su vida, el artista se dio cuenta que lo había esculpido con las piernas al contrario y no pudiendo enmendar el error se pegó un tiro, que era el suicidio romántico por excelencia de la época. Los sevillanos creían que debía ser enterrado bajo los pies de su obra, pero la autoridad eclesiástica se negó, ya que los suicidas no podían descansar en suelo sagrado. No obstante, se acabó alegando que tenía una enfermedad mental y pudo ser enterrado allí.

En un principio, su cuerpo reposaba junto a la del pintor Ricardo Villegas, pero treinta años más tarde debido a la prensa, la sociedad sevillana consideraba que el escultor debía ser reconocido, por lo que en 1940 los restos de Susillo reposaron bajo su obra finalizada gracias a los fondos del Ayuntamiento.

La realidad es bien distinta, ya que la presión a la que estaba sometido por su mujer, la infelicidad de un desdichado matrimonio, y la melancolía, hacen que tome la trágica decisión, y el 22 de diciembre de 1886, con tan solo 39 años de edad, opta entonces por pegarse un tiro, de abajo a arriba a ras de la barba, con la enorme sangre fría de elegir sobre la marcha la opción deseada,  no la opción romántica de Larra por amor y desamor llevado a la cumbre de su malograda realidad en el desengaño, sino a la culminación de la angustia y la zozobra de las ganas de seguir viviendo en el averno de la aflicción, en el oscuro y profundo agujero de su propia tumba en vida. Seguramente, conocedor de que el suicidio era un pecado mortal que lo privaría del perdón y de la esperanza de encontrarse con su amor, Antonia, su primera mujer, albergaban en su corazón el anhelo y la ilusión de su fe, en aquel Cristo en el que había reflejado en su rostro la viva imagen de su propia  desesperación, tormento y desconsuelo, y una súplica casi desesperada, le hizo ver la luz de un final trágico, pero digno, y sabía que aquel Cristo sería benevolente con su acción, porque ningún pecado es imperdonable, excepto resistir al Espíritu Santo y negar el martirio de la Cruz. Pensó en que incluso el propio Judas estuviera salvado no ya por su traición, sino por haber puesto fin a su propia tortura. Tuvo los arrestos de escribir una tarjeta para su esposa, a la que pedía perdón porque su carrera no producía lo suficiente para ganarse la vida, y otra al Juez, con la que aludía que era él quien voluntariamente se quitaba la vida, y legaba todos sus bienes a su mujer, posiblemente en un último intento por obrar las últimas palabras de un Padre Nuestro…Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestro deudores, más líbranos del mal, amén. Era su tarjeta de pago hacia el perdón, y la otra vida.



Las gentes de Sevilla, pensaron que el mejor recuerdo y cumplido que se le podía dar al insigne y malogrado escultor, era ser enterrado a los pies del Cristo que con tanto afán y pasión había esculpido, y una delegación, se lo propuso a la municipalidad, pero la Autoridad de la Iglesia se opuso argumentando que los suicidas no podían ser enterrados en suelo sagrado, por haber incurrido en pecado, aunque debido a las presiones, al final, teniendo en cuenta las manifestaciones de muchos amigos y conocidos, finalmente se consideró que el acto había sucedido como consecuencia de una enfermedad mental y se concedió el permiso oportuno. Ciertamente, la partida de defunción fechada el 23 de diciembre, de 1896, dada la mentalidad de la época, las influyentes amistades y el prestigio social del personaje, sólo hace mención a la hemorragia cerebral previa al fallecimiento, omitiendo la verdadera causa del fallecimiento, puntualizando el domicilio en la calle Alameda de Hércules número 42, y que el óbito tuvo lugar la víspera, en el Kilómetro 125 de la línea férrea de Córdoba.


En un principio fue enterrado en una tumba junto a la del pintor Ricardo Villegas, que pagaba anónima y puntualmente un amigo suyo, en el enterramiento de 1ª clase número 83 de la Calle Virgen María del Camposanto sevillano.  Treinta años más tarde, como consecuencia de un artículo aparecido en el diario “El Noticiero Sevillano”, se despertó entre sus paisanos el convencimiento de que la ciudad le debía un reconocimiento permanente al insigne escultor. El Ayuntamiento concedió permiso y asignó los fondos para la obra, que concluyó el veintidós de abril de 1.940. Los restos de Antonio Susillo reposaron definitivamente cuarenta y cuatro años después de su muerte a los pies de su obra más reconocida, el Cristo de las Mieles. En la imagen, Antonio Susillo Fernández.



Lo más sorprendente ocurrió más tarde cuando el Cristo un día, comenzó a llorar y lo que manaba de los ojos de Cristo era miel. Era tal el milagro, que la Iglesia envió una delegación al Vaticano para esclarecer el suceso.


Dada la enorme talla del Cristo, Susillo lo talló hueco. Así se reduciría el peso. En los ojos, el escultor dejó unas pequeñas grietas, y también en la boca. Unas abejas hicieron el resto, construyendo un panal en el interior de la imagen de la que brotaba la miel. Desmontado el fenómeno, tiempo después, la talla que señala el centro del Cementerio de San Fernando, el que marca la tumba de Antonio Susillo, sigue recibiendo el nombre de Cristo de las Mieles,  que, aparte de otras tantas,  me gustaría resaltar también, por su contenido sentimental, la restauración de las manos de María Santísima de la Amargura, más conocida como la Virgen de la Amargura. Antonio Susillo la restauró y rehízo sus manos en 1893. La totalidad de su obra, que no vamos a mencionar aquí, es impresionante, y digna de un gran maestro. Para quien quiera conocerla, sólo tiene que verla y se convencerá de la más pura realidad. Éste, y no otro, fue el lamentable final de una vida intensamente vivida. De esta forma, Antonio Susillo Fernández, máximo exponente de la escultura sevillana del siglo XIX, pasa a ser el paladín del último romanticismo y del primer realismo, con una aplastante personalidad artística.

 






El Cristo de Susillo ya no llora mieles, llora enojo, porque nadie ya se acuerda en Sevilla de Antonio Susillo...Un Cristo sujeto a la gravedad de su imagen, nos observa bajo un sol de justicia, en una tarde de visita obligada. Talló las manos de María Santísima de la Amargura, más conocida como la Virgen de la Amargura, aferrado al anhelo de su creencia, el mismo anhelo que a muchos les falta para recordar su figura, y la historia detrás de una imagen que guarda una tumba a sus pies. Un Cristo que no mira hacia el cielo apelando al abandono del Padre, ni inerte deja caer la cabeza, no, su mirada al frente señala el destino de aquellos que abandonan esta vida sin la fe, y sin el recuerdo de encontrar el ánimo del consuelo, o de una eterna promesa.


El Cristo de las mieles ya no llora lágrimas de miel, no.... Nos recuerda con esa mirada al vacío la solitaria andadura del corazón de la humanidad, desierto de sentimientos, y erguido por la injusticia. Con las manos de la aflicción que tallaron en su día las de la Amargura, se quitó la vida Antonio Susillo, y estrechamos las nuestras con el sabor no de la miel, si no con el amargo sinsabor de la hipocresía, observando en silencio la imagen del martirio en un desengaño por la Humanidad. La compasión y la misericordia han salido por la puerta pequeña y tenebrosa del olvido, la comprensión y el perdón son acciones que ya no facultan bondad, porque la benevolencia ha muerto a manos de la amoralidad y el deshonor, dejando su sitio a la barbarie de la fiereza desagradecida, y franqueando la entrada a la impiedad, y la traición...Siempre nos queda el aguardo y el recuerdo de un tiempo mejor. El milagro de las lágrimas de miel ha resultado vano, pero nos sustenta en pié, sin caer de rodillas ante la imagen crucificada, el milagro de la Esperanza bajo la caricia protectora de las manos de la Virgen de la Amargura, que consuela el llanto de nuestro extraviado corazón. 

Aingeru Daóiz Velarde.- 












MAUSOLEO DE JOSELITO “EL GALLO”.

 

MAUSOLEO DE JOSELITO “EL GALLO”.


José Gómez Ortega, "Joselito El Gallo". Pese a su temprana y repentina muerte, a los 25 años, Joselito, hijo y nieto de toreros, protagonizó junto a Juan Belmonte, su gran rival, la verdadera "Edad de Oro" de la tauromaquia en España. 




Tras la trágica muerte de Joselito “el Gallo”, su cuñado y testigo de lo ocurrido, D. Ignacio Sánchez Mejías, junto a la familia del diestro, decidieron honrar su memoria con la construcción de un panteón que mantuviera vivo su recuerdo. Para ello D. Ignacio contactó con uno de los mejores escultores del momento, el valenciano D. Mariano Benlliure, afincado en Madrid. El encargo se realizó hacia 1921, aunque no se vería concluido hasta 1924. Un año más tarde, una vez en Sevilla, sería expuesto en el antiguo Palacio de las Bellas Artes, hoy Museo Arqueológico y no sería emplazado en su lugar definitivo hasta 1926. 


Joselito “el Gallo”, iniciaría su pasión por el mundo taurino desde niño, y es que gracias a la amistad de su padre con importantes ganaderos andaluces puede desarrollar el inicio de su carrera asistiendo y participando en numerosos tentaderos. Además practicaría otras artes taurinas como lo son el arte del acoso y derribo. Será en 1908 en Jerez de la Frontera, cuando vestirá por vez primera de luces, presentándose como novillero en Madrid en 1912, y tomando la alternativa ese mismo año en La Maestranza sevillana de mano de su hermano Rafael “el Gallo”. Entre otras cosas, la figura de Joselito “el Gallo” pasará a la historia por haber sido el primer torero en superar los cien festejos en una temporada, pero su auténtico reconocimiento para la historia del toreo vendrá por ser reconocido como uno de los grandes de este arte, ya que con él llegará la culminación de la tauromaquia dinámica del siglo XIX, que se basaba en el conocimiento de las reses, la lidia. 




Era un torero de naturalidad y perfección, que reunió en su persona todas las cualidades de sus predecesores. Estas virtudes en los ruedos fueron captadas por aficionados y críticos, pese a que la carrera de Joselito no fue muy larga, ya que su maestría se vería truncada en la Plaza de Toros de Talavera de la Reina (Madrid), la tarde del 16 de mayo de 1920, donde un toro le arrebató la vida, convirtiendo a Joselito en el mito que hoy es.


Las casualidades quisieron que esta tragedia tuviera lugar, pues en un principio Joselito “el Gallo” no figuraba en el cartel original de la corrida, si figurando su hermano D. Rafael, su cuñado D. Ignacio Sánchez Mejías y “Larita”. Como producto por el desencuentro con la afición madrileña Joselito romperá el contrato que tenía para torear ese día en Madrid, lo que motivó que lo incluyeran en los festejos talaveranos en un mano a mano con su cuñado D. Ignacio Sánchez Mejías. 

Sucedió en la plaza de Talavera de la Reina (Toledo) cuando, el quinto de la tarde, aquel toro "burriciego" de nombre "Bailaor" empitonó a Joselito por el muslo atravesándolo hasta el vientre y lo lanzó al aire. Con los intestinos fuera, los miembros de su cuadrilla lo recogieron del suelo y se dirigieron con él a la enfermería donde llegó prácticamente muerto.

La noticia que corrió como la pólvora entre los medios taurinos, y causó gran estupor, ya que nadie creía que a Joselito pudiera llegar a matarlo un toro. Esta consternación provocó que el público se echara a la calle cuando los restos de Joselito llegaron a Sevilla. La ciudad declaró luto oficial y una multitud acompañó al torero desde la estación de Córdoba hasta la Catedral de Sevilla donde se celebraron las exequias y desde aquí, los restos serían conducidos al Cementerio de San Fernando donde se le daría sepultura. En la Parroquia de San Gil, donde como si de un rey se tratara, se le había levantado un gran monumento funerario, presidido por la Virgen de la Esperanza Macarena ataviada por primera y única vez de riguroso luto. 




A su llegada al cementerio de San Fernando le esperaban miles de personas. Entre la multitud destaparon el ataúd, con la idea de que la gente le diera el último adiós al maestro; pero rápidamente lo volvieron a tapar y se optó por darle inmediatamente sepultura. El cadáver de Joselito presentaba evidentes señales de descomposición.




El monumento se encuentra en un solar de 22 metros cuadrados en un pedestal de piedra, sobre la cripta que alberga los restos de Joselito “el Gallo”, y otros familiares como su hermano Rafael, e Ignacio Sánchez Mejías, su cuñado. Los hermanos de cofradía, en señal de dolor, encargaron a Juan Manuel Rodriguez Ojeda que vistiera a su Dolorosa de luto, aquella a quien llevaba las "mariquillas", esmeraldas engarzadas en oro, que Joselito le compró en una joyería de París. 





Se encuentra en el Cementerio de San Fernando, en Sevilla. El escultor Mariano Benlliure representa en este monumento funerario, un expresivo cortejo fúnebre con 18 figuras que transportan a hombros y acompañan el féretro abierto con la imagen del torero sevillano. Entre las figuras se reconocen familiares y personajes del mundo taurino de la época: miembros de la cuadrilla de Joselito, la gitana María de las Cartas que encabeza la comitiva, el Duque de Veragua en representación de los ganaderos, y un desconsolado Ignacio Sánchez Mejías que clama al cielo. 


CANTO A SEVILLA 

Enrique López Alarcón. A la memoria de José Gómez “Gallito” .


Esta luna gentil de primavera tranquila y placentera que reina en el azul cuna de un rayo que no quiso vibrar cairel y broche del capote de luz que en la noche esquiva y huye en la humedad de mayo. 

Esta luna gentil y placentera mujer al fin se remango la falda bajó taconeando por la acera y recostada al pie de la Giralda voló al Guadalquivir de esta manera 

Y aunque me alfombres la tierra de las flores más bonitas y aunque ampares mi espalda con un manto de luz y la esmeralda por siempre me rodee, si al fin me quitas al más dulce y amado de los hombres me tendré que morir 

Di, padre Río donde fuiste a ocultar el amor mío Betis enmudeció, los ruiseñores dejaron de cantar, y contuvieron su risa de cristal los atanores y lívidas las flores y rígidos los tallos no mecieron sus cuerpos a compás ni esparcieron sus tonos de aromas y colores y el campo tumba fue cuando supieron ¡ay ojos que lo vieron! la muerte del amor de sus amores 

Lleva el Guadalquivir llanto en sus ondas cimbreándose curva entre las blondas iba haciendo pucheros la mantilla y el tornavoz del Puente de Triana publicó la espantosa pesadilla Y Córdoba sultana y Ronda la moruna, la serrana y plañen por el torero maravilla hijo infeliz de la fecunda hermana orgullo y prez de la simpar Sevilla 

Lloran ante las rejas los bordones reprochando el impar de las falsetas y lloran al cruzar los corazones los sonajeros de las panderetas los chinos de marfil de los mantones los calados de luz de las peinetas y lloran, al pasar, las procesiones los nardos de piedad de las saetas perdidas musicales oraciones de un pueblo de poetas que junta en sus viriles diversiones con la gracia sutil de los estetas 

Ven pasajero y dobla tu rodilla que en la Semana Santa de Sevilla Porque ha muerte José este año estrena lágrimas de verdad la Macarena. 

 


 

 

 

 


domingo, 15 de noviembre de 2020

LA SERRANA DE MONFRAGÜE O SERRANA DE LA VERA.


LA SERRANA DE MONFRAGÜE O SERRANA DE LA VERA. 

Seguramente, pocos son los extremeños que conocen los legendarios pasos de una serrana extremeña, bandolera y asesina, que se enseñoreó de toda la abrupta naturaleza de lo que hoy es el Parque Natural de Monfragüe.




Cuentan las bocas ancianas que esta serrana, apuesta y valiente, era de un pueblo de Ávila, donde al parecer incluso tenía buena hacienda, pero en realidad era de Garganta la Olla, en la provincia de Cáceres, cerca de Plasencia.

Su nombre era Isabel de Carvajal, desde luego de buena familia, que fue abandonada por el joven con el que iba a casarse, un sobrino del obispo de Plasencia. Esta deshonra marcó a la joven Isabel y a toda su familia. Para evitar las malas lenguas, tan acostumbradas al locuaz poderío de la murmuración, la crítica y el chismorreo, desengañada y resentida por la afrenta, jura echarse al monte y no descansar hasta vengar su honor, concretamente, a alguna de las cuevas que se encuentran en la Sierra de Tormantos, cerca de Garganta la Olla.


La Serrana de la Vera tentaba y seducía con palabras y gestos a los hombres que encontraba por los alrededores, y los llevaba a la cueva donde les ofrecía una suculenta cena además de otros placeres carnales.

Una vez descansados ella los mataba en venganza al sufrimiento que padeció, y transformaba sus huesos y calaveras en utensilios de la vida cotidiana. Además clavaba cruces por sus almas a modo de enterramiento.

Los romances de la época cuentan diferentes versiones, tanto de las fechorías de la mujer como de su aspecto. Además se mezclan en ellos otros mitos y leyendas que hablan de seres encantados que habitan las sierras y hacen desaparecer a las personas que se adentran en determinados parajes.

Habitaba en una cueva de la “Cuesta de la Serrana”, cerca de lo que más tarde sería Villareal de San Carlos, y se dedicaba a asaltar los carros que transitaban entre Plasencia y Trujillo.


Un mal día, cansados los carreteros de ser robados y malheridos, cuando no asesinados, deciden unirse para atacarla, pero al verse hostigada la Serrana decide cambiar su escondite a la otra orilla del río, en una cueva que arranca a los pies del castillo y desemboca junto al Salto del Gitano.

Con una flecha en los hombros,
saltando de breña en breña,
salteaba en los caminos
los pasajeros que encuentra.
A la cueva los llevaba
y después de estar en ella,
hacía que la gozasen,
si no de grado, por la fuerza.
Y después de todo aquesto,
usando de su fiereza
a cuchillo los pasaba
porque no la descubrieran.




Envueltas La Serrana y su cueva en la leyenda, lo cierto es que Villareal de San Carlos se llama así porque Carlos III la fundó con el propósito de asentar población y acuartelar tropas que combatiesen a todos aquellos bandidos que se habían convertido en amos y señores de aquellas tierras, siendo frecuentes los asaltos y asesinatos a todo el que se atreviese a llegar a su lugar.


En esta zona sitúa en el siglo XVIII el historiador Antonio Ponz un total de 28 cruces, todas ellas pertenecientes, según la tradición, a hombres muertos por la Serrana, y que Ponz atribuye simplemente a la acción de los bandoleros, tan abundantes en el lugar.

Dura y firme como una roca, temeraria más que ninguno, amiga de la misma luna, guardaba en la noche su misterio, en la soledad de su escondite. 

Hoy ya no quedan bandidos valientes ni Serranas apuestas, y solo nos queda de esta legendaria bandolera el Alto y la cueva que llevan su nombre y el recuerdo cada vez más débil de sus andanzas. Su cueva, alguna vez repleta de riquezas, ha sido cubierta por la vegetación de la zona y lo escarpado del terreno, y solo los buitres que sobrevuelan el Tajo alcanzan a ver, desde lo alto, las entradas secretas del refugio de la más valiente bandolera de Monfragüe, o de la Vera. Tan popular y misteriosa es la figura de la Serrana de la Vera que el pueblo de Garganta la Olla le tiene dedicada una estatua en su honor, en un mirador desde el que hay unas vistas increíbles del pueblo y de esta zona tan bonita de la comarca de La Vera.




Gabriel Acedo de la Berrueza, en 1667, nos cuenta en un romance la historia de aquella fantástica mujer:

"Allá en Garganta la Olla, -en la Vera de Plasencia, salteóme una serrana, -blanca, rubia, ojimorena. Trae el cabello trenzado -debajo de la montera, y porque no le estorbara -muy corta la faldamenta. Entre los montes andaba -de una en otra ribera, con una honda en sus manos -y en sus hombros una flecha. Tomárame por la mano -y me llevara a su cueva: por el camino que iba -tantas de las cruces viera. Atrevíme y preguntéle -qué cruces eran aquellas, y me respondió diciendo -que de hombres que muerto hubiera. Esto me responde, y dice -como entremedio risueña: "-Y así haré de ti, cuitado, -cuando mi voluntad sea." Dióme yesca y pedernal -para que lumbre encendiera, y mientras que la encendía -aliña una grande cena. De perdices y conejos -su pretina saca llena, y después de haber cenado -me dice: "Cierra la puerta." Hago como que la cierro -y la dejé entreabierta: desnudóse y desnudéme - y me hace acostar con ella. Cansada de sus deleites -muy bien dormida se queda, sintiéndome dormida -sálgome la puerta afuera. Los zapatos en la mano -llevo porque no me sienta, y,poco a poco me salgo -ya camino a la ligera. Más de una legua había andado -sin revolver la cabeza, y cuando mal me pensé -yo la cabeza volviera. Y en esto la vi venir, -bramando como una fiera, saltando de canto en canto, -brincando de peña en peña. "Aguarda (me dice), aguarda, -espera, mancebo, espera, me llevarás una carta -escrita para mi tierra. Toma, llévala a mi padre, -dirásle que quedo buena." "Enviadla vos con otro, -o sed vos la mensajera."


Pero no sólo el pueblo se hacía lenguas del asunto, sino que algunos dramaturgos de aquella época buscaron en aquel tema argumento para sus comedias. Tal ocurrió con Lope de Vega y Vélez de Guevara. En conmemoración a las víctimas que murieron a manos de la Serrana de la Vera, se levantó una cruz en lo alto de la torre de Garganta la Olla. Además, también en esta localidad, puede verse la casa de la familia Carvajal, donde vivió la Serrana hasta el momento de su deshonra.




Aingeru Daóiz Velarde.-