jueves, 7 de enero de 2021

JUANA I DE CASTILLA. UNA INSISTENTE LOCURA.

JUANA I DE CASTILLA. UNA INSISTENTE LOCURA. 


Juana I de Castilla. La primera en reinar en los territorios que juntos conformaron España. Una de las mujeres más poderosas de su tiempo, cuya historia aún sigue cautivando. Una reina que, aunque nunca mostró ni el hambre ni el talento político de su madre, tuvo tiempo para la grandeza. Juana la Loca. De entrada, como apodo, conjura una inmediata escala de fascinación, pero si esa locura es fruto de una pasión delirante, de un amor fou, que llamó Bretón a ese fervor que es vértigo y estrago, el sobrenombre resulta arrebatador. Con él ha pasado a la Historia pero, ¿realmente lo fue?...





Tradicionalmente se ha insistido en sus actos de locura, su suciedad, su no comer o su reclusión. Para empezar, ya desde niña dio muestras de indómita conducta. Los historiadores cuentan que se encaraba frecuentemente con su madre, Isabel la Católica, quien dejó escrito que nunca llegó a entenderla ni a dirigirla. Juana se negaba a comer cuando se disgustaba y se resistía a confesarse o a ir a los oficios religiosos, actitud esta última que mantuvo toda su vida. Como tercera en la línea de sucesión de los Reyes Católicos, no estaba llamada al trono, pero sí lo estaba a afianzar el poder geopolítico que ambicionaba su madre. En una alianza estratégica contra Francia, Isabel la promete con el hijo de Maximiliano de Austria, que pasaría a la historia con el nombre de Felipe el Hermoso. Recién cumplidos los dieciséis años, acompañada por quince mil soldados y noventa oficiales, Juana viaja a la corte de los Países Bajos para casarse con él. Su prometido ni siquiera fue a recibirla pero, al conocerla, cuentan que se enamoraron de inmediato. Poco después, él mismo la bautizó como Juana la Terrible.





A la muerte de su esposo Felipe “el Hermoso”, la Reina Juana de Castilla inició una larga procesión por todo el reino con el ataúd del Rey a la cabeza. Durante ocho meses, Juana caminó pegada al catafalco de su esposo en un cortejo fúnebre que despertó asombro e incluso miedo entre la población. Este supuesto arranque de locura provocó la reclusión de la Reina en Tordesillas (Valladolid) hasta su muerte cuarenta y seis años después. En la actualidad, los historiadores se plantean si Fernando “el Católico”, padre de Juana y responsable de su cautiverio, aprovechó la enajenación transitoria de su hija para apartarla bruscamente de la Corona…Eso es lo que cuentan los pseudo-historiadores, pero es importante concentrarse en los aspectos políticos de su reacción frente a la muerte del archiduque en Burgos. Al día siguiente, cuando el presidente del Consejo de Castilla fue a ver a la reina, la soberana en persona le abrió la puerta del palacio donde se alojaba, la llamada casa del Cordón, y le dijo que volviera más tarde. Cuando los miembros del Consejo se presentaron de nuevo tuvieron que perseguir a Juana por toda la casa y, finalmente, despachar a través de una reja que comunicaba la capilla con sus aposentos. Al negarse a tratar los asuntos urgentes, independientemente de que fuera por falta de interés o por enfermedad, Juana de Castilla había demostrado una vez más su incapacidad para el gobierno.






Nacida en Toledo el 6 de noviembre de 1479, Juana de Castilla recibió una educación esmerada de orientación humanista por empeño de su madre, Isabel “la Católica”, quien bien sabía lo complicado que era para una mujer progresar en una sociedad dominada por los hombres. Pronto, la Infanta castellana destacó en el dominio de las lenguas romances y el latín, en interpretación musical y en danza. Era, en consecuencia, la educación típica de un miembro secundario de la Familia Real. No en vano, Juana de Castilla fue una niña normal que no dio prueba de sufrir ningún tipo de trastorno mental hasta la madurez.


Con la intención de aislar políticamente a Francia, los Habsburgo cerraron una serie de alianzas con los Reyes Católicos que incluían el matrimonio de Felipe I de Austria, llamado "el Hermoso", con la Infanta Juana. Curiosamente, el apelativo de “el Hermoso” se lo dio el Rey Luis XII de Francia cuando la pareja viajaba hacía España para ser coronados y se detuvieron en Blois. Allí el rey los recibió y al verle exclamó: He aquí un hermoso príncipe.


En 1496, Juana de Castilla contrajo matrimonio a los 17 años. Daba comienzo una vida conyugal marcada por las infidelidades de Felipe “el Hermoso” y por la absoluta soledad. Como respuesta, la hija de los Reyes Católicos mostró un carácter obsesivo en lo referente a su marido y dejó distintos episodios de ira. Aunque a ella le duraría de por vida, el fervor de Felipe no tardó en evaporarse. Aprovechando unos coléricos ataques de celos –cimentados en el hecho de que su marido comenzó pronto a retozar con cualquier mujer que se le antojaba– y el ansia de poder que el de Flandes compartía con Fernando el Católico, ambos comenzaron a alimentar la leyenda de que Juana no estaba en sus cabales y que, por tanto, no era apta para ocupar el trono. Curiosamente, Isabel, en vísperas de su muerte en el año 1504, no cedió la regencia de Castilla a ninguno de los dos. Confió en su hija, pese a indicar en el testamento que no reinaría si algo la incapacitaba y a que el temperamento airado de Juana , con tendencia a incurrir en el desacato, también le acarreó numerosos disgustos en los últimos años de su vida. Un carácter que la muerte de su hermano Juan, heredero al trono, y de su hermana mayor Isabel en 1497 hizo todavía más inestable.


No mucho tiempo después, en 1504, el fallecimiento de Isabel "la Católica" inició una disputa entre Fernando “el Católico” y Felipe “el Hermoso” por hacerse con el control de Castilla, donde Juana quedó atrapada entre el fuego cruzado. Para rematar una década minada de muertes de gente cercana a ella, Felipe I , que llegó a ser Rey de Castilla por dos meses, falleció súbitamente en 1506. Según las fuentes de la época…“Se encontraba Felipe en Burgos jugando a pelota cuando, tras el juego, sudando todavía, bebió abundante agua fría, por lo cual cayó enfermo con alta fiebre y murió unos días después”.


La actitud de la Reina durante el cortejo fúnebre que llevó el cuerpo de su marido por buena parte de Castilla extendió entre la población la creencia de que tenía graves problemas mentales. Sea como fuere el grado y naturaleza de locura de la Reina, su padre no estaba dispuesto a dejar pasar otra vez la ocasión de hacerse con la Corona de Castilla y recluyó rápidamente a su hija en Tordesillas, donde residiría hasta su muerte. Hay que aclarar que de hecho, después de tratar de reinar por sí misma en Castilla, alegando su supuesta locura, Fernando la confinó en Tordesillas, un encierro que también evitaba unas segundas nupcias que su padre no deseaba. Pretendientes no le faltaban a Juana, entre otros el díscolo Enrique VII, fundador de la dinastía de los Tudor. 




La Reina Juana permaneció cuarenta y seis años en Tordesillas (Valladolid) y ni siquiera la llegada al trono de su hijo Carlos I rebajó las condiciones de su cautiverio. En 1520, el movimiento comunero que exigía a Carlos I más respeto por las instituciones castellanas se dirigió a Tordesillas a liberar a Juana y a pedirle su ayuda. Y aunque la todavía Reina rehusó apoyar el movimiento, la mujer que hallaron los cabecillas comuneros estaba lejos de la figura trágica que Fernando «el Católico» y Carlos I habían difundido entre la población, su conversación era inteligente y su mente era clara. De hecho, la descripción que hicieron los comuneros de la Reina ha llevado a que en la actualidad muchos historiadores pongan bajo sospecha su hipotética locura, que bien pudo ser solamente de carácter transitorio a causa de la muerte de muchos seres queridos en poco tiempo.




El carácter de Juana "la Loca" oscilaba rápidamente entre la euforia y la melancolía. Los expertos se inclinan por pensar que pudiera sufrir algún tipo de trastorno obsesivo compulsivo o incluso una bipolaridad, nada lo bastante grave como para ser privada del trono, eso argumentan algunos, pero si que es cierto era propensa desde depresión severa hasta esquizofrenia o psicosis, e incluso en vida se planteó que estuviera endemoniada, la mayoría de las líneas investigadoras apuntan a que las circunstancias en las que vivió influyeron profundamente en un carácter ya inestable desde niña. Sin embargo, Juana nunca fue declarada incapaz por las Cortes de Castilla, por lo que mantuvo el título de reina y aunque ella no ejercieron como tal, oficialmente, ambos correinaron. La imagen de la loca de Tordesillas era conveniente para justificar su apartamiento del poder. La locura de Juana era una táctica para desautorizarla y para justificar las discrepancias que en algunos momentos de su vida aparecían al entrar en conflicto los dos cuerpos que debía de soportar y que en su caso estaban en conflicto. Para Isabel, la locura justificaba las desobediencias de su hija y su escaso interés por el poder político. Para su marido, era la vía necesaria para llegar al gobierno de Castilla. Para Fernando, la locura de su hija le facilitaba el cumplimiento del testamento de Isabel la Católica y su ejercicio del poder en Castilla.





La dinastía de los Trastámara tiene un antecedente directo de alguien con problemas mentales en la figura de Isabel de Portugal, madre de Isabel "la Católica”. Muerto Juan II y tras la ascensión al trono de Enrique, Isabel sintió tanto su pérdida que fue supuestamente acometida de una enajenación mental, por lo cual fue confinada junto a sus dos hijos, su madre y un pequeño número de sirvientes, al castillo de la villa de Arévalo. Muy similar al caso de Juana la Loca, su abuela Isabel de Portugal también presentaba un clínico de depresiones y actitud melancólica. Y de la misma forma, también es complicado saber si existió realmente algún tipo de trastorno mental tras su súbita reclusión.

En conclusión, existen sin duda innumerables pruebas que sugieren que Juana de Castilla era efectivamente demasiado inestable para confiarle el gobierno. Muchas veces se ha argumentado que Juana heredó su locura de su abuela materna, Isabel de Portugal. Aunque no hay indicios suficientes para emitir un diagnóstico clínico, si nos limitamos a decir que Juana era excesivamente imprevisible para gobernar, entonces las evidencias de un comportamiento fuera de lo normal resultan abrumadoras. Lo cierto es que su actitud fue tan anómala que hasta sus últimos días su familia temió sinceramente que estuviera poseída por el diablo. 

Aingeru Daóiz Velarde.-







BIBLIOGRAFÍA



Luis Cantalapiedra Cesteros. Juana la Loca: reina de España.

Manuel Fernández Álvarez. Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas.

Juan Luis González García . Saturno y la reina "impía". El oscuro retiro de Juana I en Tordesillas.

Bethany Aram. Marcial Pons. La reina Juana: gobierno, piedad y dinastía. 





 


viernes, 1 de enero de 2021

LA ÚLTIMA ESPERANZA.

LA ÚLTIMA ESPERANZA. 

La casa diminuta, está compuesta de una pequeña estancia, como única dependencia de una vivienda, donde la humildad, la entrega y el esfuerzo diario por robarle el sustento a la tierra, componen el pan de cada amanecer, que untado en la sopa de la estrechez aplaca el hambre del día, pero hoy, no es una mañana habitual. La escasa cosecha, no había sido buena, pero había dado casi lo suficiente para salir arañando a la vida un suspiro más de aliento, un hálito que habría regalado e insuflado Miguel para ver de nuevo la luz en los ojos de la pequeña María, y apartar la sombra de la pavorosa enfermedad que llevaba ya seis días y sus noches amenazando con abrir las puertas a la expiración, bajo el manto negro y siniestro de la muerte, que con sus huesudas garras, pretendía arrancar con su desgarro fatal, no solo una vida que apenas acababa de empezar, sino convertir en más miseria y desaliento lo poco de ilusión que albergaba el corazón entregado de unos padres abocados al sacrificio, Miguel, y Edelvina… 



Edelvina se había percatado hacía ya un par de semanas, de aquellos accesos de calenturas tercianas y de esa falta de entusiasmo en los juegos de la pequeña María, alma y aroma de la casa y del corazón abnegado de sus padres, pero la distancia de la ciudad, y la falta de peculios para recurrir a un médico le habían obligado a utilizar los medios que desde su niñez había aprendido para combatir las dolencias comunes de aquellos a quienes la miseria y la obligación, les otorgaba el don del ingenio de la naturaleza y sus recursos, para salir de las cuevas de la afección y la enfermedad, pero en los últimos días, el episodio había ido a peor. Miguel, que ya desde antes del canto del gallo rasguñaba la dureza de la tierra y escrutaba en el entorno la forma y el camino para llevar el sustento a su casa, maldecía en silencio su desamparo, con la resignación y fe puestas en la esperanza, pero con el pensamiento recelando en la angustia y el terror de la tragedia, un pensamiento que procuraba ahogar en la turbación desesperada del silencio en las noches de llanto de la pequeña María, y los desvelos que le procuraba la consternación, mirando al techo bajo cuyas vigas de madera descubiertas, parecían resquebrajarse y desplomársele encima, aplastando lo poco que le quedaba de ánimo y consuelo para su alma. La casa entera se le venía encima, una casa donde reinaban la escasez y la modestia, y en la que Edelvina había puesto algo más que la imaginación y el esfuerzo en procurar adecentar como un hogar, mínimamente habitable.





El suelo de tierra prensada, lo había vestido con algunas esteras ya desgastadas por el tiempo. Unas telas viejas, adquiridas en la tienda del lejano pueblo en un día de compras de menesteres necesarios, las había convertido en dos manteles para una mesa pequeña, y un aparador rescatado del abandono, daba cobijo a la escasa cubertería y a la precaria lencería que sustentaban las mínimas necesidades de la modesta humanidad. Dos cortinillas para la única ventana de la morada, adornada con dos macetillas que regaba y cuidaba con mimo para que sus flores dieran cierto color de alegría, eran los únicos enseres que distinguían el humilde habitáculo de una mera covachuela …Pero su única alegría, yacía ahora en un improvisado lecho de dos sillas diferentes, puesto que no existían dos sillas iguales en aquel menesteroso hogar, de cuyas oscurecidas paredes colgaban dos viejos retratos enmohecidos por la humedad, representando a los padres de Miguel y Edelvina, símbolos del único recuerdo que les quedaba ya de su presencia, puesto que sus tumbas las había borrado ya el tiempo del cólera algunos años atrás. Una pequeña gatita, a la que María había puesto el nombre de Luna, blanca como el mismo astro de la noche y cuyo brillo iluminaba por fases las emociones de cada rincón de aquella modesta morada, se encontraba acurrucada hecha una bola de pelo, en un resguardo al lado de fogón de la chimenea de la estancia, quieta, cuando siempre andaba saltando y jugueteando alrededor de la niña. El pequeño animal, silenciosa y expectante, como si augurara la terrible desdicha que parecía presentarse de un momento a otro sin remedio, emitía a veces tímidos maullidos de reclamo como para intentar despertar el interés de la pequeña amita, que postrada bajo el vapor de la destemplanza, yacía en aquel improvisado lecho. 



Los episodios de fiebre iban a más, igual que la desesperación, y de una de las paredes de la casa, de un tendedero, colgaban unos viejos trapos que habían servido para apagar los vapores de fuego que emanaban del cuerpo de la pequeña María, para aliviar su mal.





María se consumía poco a poco, ya, ni abría sus ojuelos, siempre iluminados del brillo cegador de la ilusión y el encanto, luz de alegría como el sol de primavera, que hacía brotar la dicha y el júbilo en cada momento del día, alborozo, entusiasmo y aleluya en esos desencuentros del quehacer cotidiano, y que con la llegada de la pequeña Luna, componían en el duro ambiente, un cuadro de candor, anhelo y aliento de cada jornada. 



Un jarrón con agua limpia del nacedero, y una vasija con un brebaje de hierbas hervidas con el aguardo del consuelo y el crédito de la sanación, descansaban en una banqueta de madera a la cabecera del improvisado camastro, al lado de unas brazadas de leña que almacenaban debajo de la mesa. En el fogón, donde todavía lucían unas brasas, reposaba un caldero en cuyo interior Edelvina había preparado un caldo de gallina, aderezado con unas hierbas silvestres que le daban un gusto especial. Habían probado la ayuda de Juan el boñigas, cuyo apodo le venía porque era lo más parecido a un médico que había en el lugar, ya que su especialidad era analizar los excrementos de los animales para adivinar sus dolencias, o palpar el abdomen de las bestias, e incluso ayudarlas a parir, y también escudriñar en el aliento las posibles enfermedades, y algunas veces acertaba, pero pese a que el hombre, con toda su buena fe, intentó examinar a la pequeña, tuvo que rendirse a la evidencia de que su presencia era allí absolutamente inútil para el fin que requería, y el mejor servicio que les pudo dar, fue su propio tiempo, aunque no sirviera de mucho. Aun así, el ceño fruncido de su rostro, no daba lugar a mucha esperanza. 



Un párroco flaco y desaliñado, que solía llegar a los lugares alejados a lomos de una mula para dar alivio a las almas y recordar la palabra de Dios, se había acercado a dar aliento a la familia tres veces al atardecer en los últimos días, y concretamente su última visita no fue demasiado del agrado de Miguel, porque despertó el llanto amargo y abatido de Edelvina, ya que ante el empeoramiento de la pequeña María, propuso una oración para el alma de la criatura y la buenaventura de los ángeles llegados al cielo de la mano de Dios, y Miguel, visiblemente conmovido, le rogó de buenas formas que no era el momento adecuado y que de rogar a Dios, ya lo harían ellos en la intimidad, agradeciendo al cura su iniciativa. 



Edelvina era todo corazón de buen alma, siempre alegre pese a sus escasos recursos, ama de su casa, y compañera de los suyos, bondadosa y habladora, cosa que había heredado la pequeña María, que ahora se debatía en un sepulcral silencio, roto a veces por amargos llantos. Edelvina era la consagración sacrificada de la benevolencia, compasiva y generosa, dulce y misericordiosa, alegre y afable, pero estos momentos borrascosos la iban hundiendo cada vez más no ya en un estado de desesperación, si no de amarga y sombría tristeza …Miguel, era serio, aunque la pequeña María le vencía siempre sacándole una alborotadora risa con sus cosas. Trabajador hasta el agotamiento, buen hombre , buen marido y mejor padre, pero de un carácter seco, acostumbrado y hecho a la rudeza del campo. Su suerte no le había favorecido en los últimos tiempos en cuanto a sus esfuerzos sobre sacar el fruto de aquella tierra, y se culpaba a sí mismo de la situación, por no poder pagar a un médico para salvar la vida de la niña de sus ojos, más que de sus ojos, de su alma y de su corazón. Un ponzoñoso sentido de culpabilidad le torturaba en cada instante del día, y de la noche, y su mente en las últimas horas, de forma subconsciente, había empezado a albergar un oscuro sentimiento que conforme iban pasando las horas, se iba haciendo más y más sólido en su corazón.



En más de una ocasión, en los últimos días, había caído de rodillas en un rincón apartado en el campo, apoyando sus manos en el suelo, y derramando lágrimas amargas como la retama. Compartía el arado y el mulo con un lindero, Luis, cargado de hijos y tan pobre como él, con lo cual, su única posesión eran aquel pedazo de tierra ingrata, un corral con unas cuantas gallinas y un gallo, dos cabras, cuatro herramientas para la tierra y aquellas cuatro paredes miserables y el techo, que guardaban lo que más quería en este mundo, con lo cual, no estaba seguro de poder soportar el dolor que amenazaba en su pensamiento, y había albergado en el mismo, la esperanza en una soga colgada en un grandioso algarrobo que estaba a una media hora de camino, al lado de un nacedero de agua, para colgarse del cuello y quitarse lo que más lamentaba de sí mismo…su propia vida. Aquel árbol era su última salida, su última esperanza… El suicidio no era cuestión de valentía o cobardía, era cuestión de desesperación, de insoportable sufrimiento ante la adversidad, una adversidad que pesaba como una losa, oscura y fría como la noche de invierno, en un momento definitivo en el que la voluntad se abre paso cargando con el peso de la existencia, arrastrándose entre un camino de sombras amargas, cada vez, más y más difícil de caminar. Ciertamente no era egoísta, y pensaba en el doble sufrimiento de Edelvina al perder no sólo a su pequeña, sino también de una forma trágica, a su marido, pero el dolor era tan intenso e insoportable, que no albergaba otra solución…pensaba en Edelvina, y que llegado el momento, ella acudiría al socorro de una hermana, al menos, eso le confortaba en cierta manera, pero él, no tenía ya la fortaleza suficiente como para plantar cara al atroz y cruel desenlace que albergaba el horizonte, ni a nadie a quien acudir, y se aborrecía a sí mismo por determinar apartarse de aquella manera del lance que la vida le imponía, sólo esperaría su momento, pues para nada soportaría irse de este mundo después que lo hiciera el dulce fruto de su corazón, María.




En las postreras horas de la tarde, sonaron tres golpes en la puerta, y Miguel abrió pensando que era de nuevo el cura, que volvía con su misal, a repartir sus oraciones. Abrió con desgana la puerta, y resultó ser Juan el boñigas…Juan era también hombre de pocas palabras y menos letras, enseñado y aprendido también la rudimentaria vida del campo. Ya tenía unos años encima, y una mujer gruesa, la manuela, casi con más mostacho y barba que el propio Boñigas…La Manuela, discutidora como ella sola, amarga e inconforme siempre con todo, incluso hasta con los rayos del sol, tan agradecidos en aquellos fríos parajes.  Una mujer amarga como la hiel, rencorosa hasta consigo misma, de malas entrañas, a la que Juan no se había terminado de acostumbrar. Fatua y engreída, su máximo placer era dar toda la amargura posible hacia aquel pobre hombre consumido en la más profunda de las amarguras. Le había dado dos hijas que no sabía donde casar, puesto que eran la viva imagen de su madre, y cualquier marido no tendría la paciencia que tenía él. Apagaba a veces su desengaño con una botella de vino que guardaba en una covacha junto a un barrilete que había comprado hace ya unos años, y que se procuraba rellenar a escondidas de su mujer y sus dos hijas de vez en cuando, las veces que tenía que viajar al lejano pueblo con su mulo, para hacer compra de menesteres. Hasta ahora la suerte le había acompañado y no le habían descubierto su secreto, con lo que daba gracias a Dios, puesto que si insoportable era su vida, el infierno sería mejor morada si lo llegaban a descubrir. En sus soledades, contemplaba con resignación una gran cruz de oro muy valiosa, que guardaba celosamente en recuerdo de su madre, la Cruz de la consolación.


- ¿Qué te trae por esta triste casa boñigas?, la cuestión sigue en los mismos trances que tú mismo viste la última vez, solo que oscureciendo más si cabe el final, pero pasa si quieres y lo ves por ti mismo amigo. 


- No, no quiero molestar, y para ver y sufrir, prefiero sufrir lo que ya sufro en mi casa, que ya es bastante… 


Sus ojos se habían enturbiado, sumergido en las profundidades de la aflicción. Muchas veces pensaba en abandonar todo, coger lo poco que poseía, y marcharse, huir, escapar de aquel averno al que cada medio día y cada noche regresaba una y otra vez, siempre el mismo reproche, siempre la misma humillación, siempre al límite de la paciencia, el silencio, el llanto en soledad… 


- Venía a pedir perdón por no poder hacer más de lo que en aquella tarde hice, puesto que uno ni es entendido en animales, ni mucho menos en la salud de las personas, pero te traigo una botella de vino, para que lo calientes, y le des a beber a tu criatura, a ver si le bajan esos males, dicen que el vino caliente…no sé, o te la bebas tú para templar tu espíritu… 


Miguel se quedó en silencio mirando fijamente a aquel hombre de boina calada, barba, mirada grave y palabras sinceras, la angustia escenificada en un cuerpo afligido por un dolor del alma, víctima del tormento más inhumano que existe. Miguel le dio un abrazo sin poder contener sus lágrimas…Juan se marchó de allí sin entrar en la casa, escondiendo el rostro con su mano, seguramente cubriendo el llanto ácido que trae la desconsolada tristeza también. Miguel guardó la botella, y desde luego, no le dio por seguir el consejo de aquel hombre al que llamaban el boñigas...Boñigas, único mérito en una vida de tristeza y desolación.



La noche fue mala, y como de costumbre, se pasó en un duermevela, y desde su lecho, observaba la desesperación de Edelvina, palpando continuamente el cuerpo de su pequeña María, y llorando en silencio para no despertar más inquietudes, ni desde luego, los ratos de sosiego de la criatura. Luna, la gatita, se acercaba de vez en cuando y se sentaba en el suelo mirando directamente a la figura de la pequeña niña, y permanecía allí largo rato, como si esperará que abriera los ojos y la llamara, y alternaba la mirada con Edelvina, como inquiriendo una razón. Después, al no ver reacción, se marchaba de nuevo a su rincón, para volver de inmediato al lado de Miguel, como reclamando solución. 


La tarde noche siguiente, se escucharon de nuevo unos golpes en la puerta, y otra vez Miguel pensó que sería el sacerdote que regresaba a conocer noticias y hacer su labor, y en verdad, no tenía muchas ganas de rezos, pero fue a abrir la puerta, y vio la imagen de un desconocido, bien vestido, con una especie de maleta grande, y un maletín pequeño, y un carruaje con conductor. 


-Disculpe usted, mi nombre es don Santiago Céspedes, doctor en medicina, y vengo con motivo del encargo de un tal doctor de animales Juan Boñigas, que me ha contado y explicado el caso y la urgencia con todo tipo de detalles, entregándome como pago una cruz enorme,  herencia de su madre, con el cuerpo de Cristo de oro, que por supuesto, no he aceptado en ningún caso al conocer la gravedad y las circunstancias, así que si usted me permite, vengo con la intención de examinar a la pequeña María, que así me ha dicho el tal doctor que se llama la enferma, y ver si el resultado de la ciencia es capaz de remediar el trance en el que se encuentra, si es que todavía hay tiempo para ello…Es difícil encontrarme puesto que yo resido en la ciudad capital de esta provincia, y por desgracia, casos graves y desesperados hay muchos, y la ciencia médica es poca, pero el tesón de este tal doctor Boñigas ha sido casi insufrible, si me permite que le diga, y aquí estoy, puesto que no le ha faltado más que traerme hasta aquí a rastras, a punta de fusil o navaja, así que bien, si usted me permite, me gustaría hacer mi trabajo lo antes posible. 


Juan Boñigas se había arrastrado por la ciudad en busca del mejor de los médicos hasta dar con él, y a fuerza primero de ruegos, y el ofrecimiento de lo más preciado que poseía, intentaba comprar la salud de aquella criatura que se debatía en un aterradora lucha contra la enfermedad que la consumía, y la muerte. El médico, corazón de buen alma, no lo dudó un instante, y rechazó el pago viendo la limpieza de un alma que ofrecía todo, a cambio de la humildad frente a la soberbia de la ponzoñosa humanidad, la grandiosa generosidad de un noble corazón contra la avaricia de no dar nada para quien más necesita, la castidad de la nobleza de un sentimiento hacia una criatura que se consumía y la desolación de unos padres desgarrados en la miseria contra la lujuria del abandono más cruel delante de la suerte del destino, la paciencia de soportar cada día la mala fortuna de la desdicha, la templanza de conservar en su corazón los resquicios del amor a los demás, frente a la gula de la mezquindad, la caridad en su máxima expresión entregando como pago de la vida de una criatura inocente, un ángel de Dios alegría de su humilde familia, frente a la envidia de un incierto y casi oscuro presagio de muerte que arrebata lo más preciado de la vida y la diligencia de encontrar pese a la adversidad de la pereza del destino, la solución a la ponzoña de la cruel enfermedad. 


Derrumbada en su asiento sobre la mesa, Edelvina se desgarró en un llanto, y Miguel se desplomó de bruces, al tiempo que el doctor Céspedes se adentraba en la pequeña morada, y se dirigía de forma directa al pobre lecho donde descansaba María. La examinó meticulosamente durante largo tiempo, la observaba con mucha atención también a largos periodos, y ya entrada de largo la media noche, le dispuso un brebaje que él mismo preparó con algunos contenidos de su maleta, y dispuso un líquido en el contenido de un aparato con aguja, el cual, después de unos preparativos previos y con la ayuda de Edelvina, y ante la expectante mirada de Miguel, cuyo silencio se podía cortar, le inyectó el preparado en el cuerpo de la niña, y se mantuvo sentado a su lado, observando si había alguna reacción. La noche pasó con cierta inquietud, y una extrema dosis de angustia, y la amanecida llegó con oscuros presagios, don Santiago Céspedes, levantó sin demasiado ánimo el rostro hundido en el cansancio y el evidente desencanto de la contrariedad, argumentando sin palabras que el tiempo había corrido más de la cuenta en contra de la salud, y el mal llevaba demasiado trecho por delante. 




Pasó todo el día, y toda la noche siguiente, tiempo en el cual el doctor Céspedes administró otro brebaje de su maletín, de un color más oscuro que el anterior, y ya a la amanecida, comunicó que ya nada más se podía hacer. La ciencia médica había dado todo lo que la circunstancia requería, pero el resultado no era el deseado para el bien, y casi con lágrimas en los ojos, el buen doctor, conocedor de los trances, comunicó que sólo cabía esperar, y que la espera, posiblemente trajera un desenlace final trágico…Ya nada más se podía hacer, todo intento resultaba ya vano, sus cansados ojos denotaban la angustia de la desesperación y el desencanto de la contrariedad, erudito en el rostro del padecimiento y el dolor, el médico era también experimentado en la oscuridad de la ciencia para lidiar con la oscura esperanza de las personas, y abriendo una puerta al anhelo, dejaba mostrar tras ella también la aguarda del desaliento de un mal final.


Miguel y Edelvina se quedaron solos con María, y la pequeña Luna, mientras el doctor Céspedes, que se resistía a abandonar a la criatura mientras un halo de vida habitara en el pequeño cuerpo de la chiquilla, salía un rato a apagar la zozobra que lo desesperaba. El amargo trance de la agonía de una criatura tan pequeña, era algo que en todos sus años de experiencia, no había logrado soportar. Al rato, regresó de nuevo a su sitio, tomó la temperatura con la comisura de sus labios, y administró de nuevo otro preparado con el aparato provisto de una aguja, aunque no confiaba demasiado en la nueva reacción. El día surgió sin cambios, y la noche acudió con negros espasmos de llantos y desesperación. Todavía no había amanecido, cuando sonó de nuevo la llamada en la puerta…era el asistente del doctor, que venía a buscarlo ya que al parecer, se había presentado un caso de extrema urgencia en un parto mal avenido, y corría peligro la vida de la madre, y de la criatura que llevaba en sus entrañas, con lo que no tuvo más remedio que partir con la premura y el desasosiego como compañía. Miguel tomó la decisión del negro augurio, y salió de casa ante el amargo desconsuelo de Edelvina, y el silencio de María que parecía no querer despertar ya más, y sin fuerzas ni para llorar. Cogió la soga que guardaba en el corral, y despacio, pero firme, encaminó sus pasos a la luz de una tea hacia su última esperanza, la determinación del árbol en el que acabaría la angustia en aquel amanecer. 


Llegó al lugar en el justo momento en el que la luz del astro del día empezaba a asomar en el horizonte, perezoso, pero sereno y determinado para dar comienzo a una jornada más, en el que las almas humanas habían empezado a despuntar los designios de un nuevo día, para algunos, y para otros, el último estertor de una vida. Al mismo tiempo, la claridad del sol empezaba a entrar por la ventana de la casa, María abrió los ojos, y el albor de la vida asomaba de nuevo en aquel humilde lar, donde una explosión de risas infantiles y las cabriolas de una gatita blanca apagaron los pavores, y encendieron las luces de una eterna gratitud…la fiebre había desaparecido, y un abrazo de esperanza fundió a Edelvina, que se había quedado adormilada junto a su pequeña, formando un cuadro en el que los colores de las risas de la niña, se fundían con los llantos agradecidos de una madre, al tiempo que Luna, la gatita, salía a toda prisa del humilde hogar por la ventana abierta para ventilar los malos vapores nocturnos, y dar paso al frescor. 


Miguel estaba en el segundo intento en ajustar el nudo corredizo de la fatal soga, y se disponía a colocarla en una de las ramas del algarrobo, asegurándose que resistiría el peso de su cuerpo, cuando en la lejanía escuchó maúllos estridentes del pequeño y albino animalito que venía corriendo torpemente a la desesperada, y aferrándose a la pernera de su pantalón, emitía impacientes sonidos de angustia. Miguel, temiendo ya lo peor del desenlace, cogió en brazos a la pequeña e impacientada gatita, acariciándola con cariño, y decidió tomar el retorno a su humilde hogar para afrontar lo que parecía haber llegado a su fin. Se vislumbraba el conjunto de moradas rurales, y en la distancia la figura de Juan boñigas que se alejaba cabizbajo de casa de Miguel, y éste, aceleró el paso, pero lo perdió de vista.




Al llegar a su casa, la primavera de los sentimientos había iluminado su corazón con un alborozo de felicidad…María había vuelto a la vida, y aunque todavía postrada en su pequeño lecho, saltaba la luz en sus ojillos, y las risas al ver a Luna que saltaba encima de ella. Edelvina se abrazó a su marido , y le entregó un envoltorio con un papel escrito con mala caligrafía, en el cual Juan Boñigas, le entregaba la Cruz de oro de su propia madre, y le decía que la aprovechara, que saliera de aquella tierra ingrata, dejara todo atrás, y que buscara una nueva oportunidad fuera de allí, lejos, y con el precio que pudiera sacar de aquella cruz, diera comienzo a una nueva vida…Salió de casa consternado por el ofrecimiento de aquel hombre que tanto había hecho por él y su familia, para darle un abrazo, pero no estaba en su casa. Lo busco hasta ya llegada la tarde, y nadie sabía su paradero. Volvió de nuevo a casa de Juan a preguntar otra vez a su mujer, y lo recibió de malos modos, argumentando palabras malcaradas contra su marido. Juan le dejó recado de que quería verle, a lo que recibió una cruda mirada como respuesta. Se hacía ya tarde, y cansado de buscar a aquel hombre que tanto bien le había hecho, pensó en ir a recoger la soga del mal augurio que había dejado en el algarrobo de la desesperación, agraviado por el oscuro pensamiento que lo llevó hasta allí, y de regreso, intentar encontrarlo de nuevo en su hogar, pero un oscuro presentimiento cruzo por su mente…Temía que a su llegada al lugar, encontrase con el más espantoso y triste cuadro de la desolación, que era ver a Juan boñigas colgado del árbol de la maldición, con la soga del desahucio, y a sus ojos, abiertos en torno a la mirada de la muerte, reflejando la conformidad y la resignación de su angustia, pero vio la soga recogida, y una nota bajo una piedra encima de ella, que decía asi:


“Intentar sobrevivir a cualquier precio, es dejarse morir poco a poco, y dejar de hacerlo quitándose uno mismo la vida ante la desesperación, no es un acto de valentía, sino convertir en víctima a todo lo que en esta vida se ha amado, y juzgarse asimismo, sin dejar lugar al arrepentimiento. El verdadero valor, es conservar la vida haciendo frente a la adversidad, y no quitarse lo más preciado que hay, que es la existencia y la oportunidad, acuchillando a quienes te han amado y sobreviven a tu final, por eso pensé en hacer lo que he hecho, que es dar la oportunidad de la existencia, aunque no soy capaz de conservar la valentía de ir dejándome morir poco a poco sobreviviendo a la adversidad. Recojo tu soga, Miguel, y dejo el camino para encontrar otra vereda, otro rumbo que me aparte de la decisión que tú habías tomado con el final de este cabo, cuyo lazo siniestro nunca será la mejor decisión. Mereces la suerte del buen hombre, y yo la dicha de salir de esta gruta, con la satisfacción de que tengas la oportunidad de ver la luz del aliento al abrigo de una nueva ilusión”. 

Miguel se quedó un rato pensando, mientras una lágrima rebelde, resbalaba por la mejilla, escribiendo con tinta invisible una muda misiva de eterna gratitud. A los pies, un maullido blanco como un claro de luna, lo observaba en la mirada felina e inocente de la última esperanza, a la luz del anochecer. 


Aingeru Daóiz Velarde.- 


























martes, 29 de diciembre de 2020

FRIDA KAHLO. LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN.


FRIDA KAHLO. LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN. 


Nuestra protagonista de hoy seguramente necesite pocas presentaciones. La figura de Frida Kahlo se ha acabado convirtiendo en un producto de marketing, la podemos encontrar en bolsos, monederos, estuches… Pero, ¿Cuál es la razón de la sinrazón?...




Frida Kahlo es la pintora mexicana más reconocida en el extranjero, gracias a que sus obras entraron en el gusto del público a nivel mundial sus exposiciones rompen récords de asistencia y la Fridamanía es visible en toda clase de objetos con el rostro de la pintora…pero, ¿Cuál es la razón, o las razones?. Ciertamente, su vida fue un drama, y con casi total seguridad, es por esa razón por la que ha sido encumbrada.Sufrió un grave accidente cuando el autobús en el que ella viajaba fue arrollado por un tranvía, quedando aplastado contra un muro y completamente destruido. Regresaba de la escuela a casa junto a Alejandro Gómez Arias, su novio de entonces. Su columna vertebral quedó fracturada en tres partes, sufriendo además fracturas en dos costillas, en la clavícula y tres en el hueso pélvico. Su pierna derecha se fracturó en once partes, su pie derecho se dislocó, su hombro izquierdo se descoyuntó y un pasamanos la atravesó desde la cadera izquierda hasta salir por la vagina. Al respecto, Kahlo comentaba que habría sido esta la forma brutal en la que había perdido su virginidad. 




Gozó de la admiración de destacados pintores e intelectuales de su época como Pablo Picasso, Vasili Kandinski, André Breton, Marcel Duchamp, Tina Modotti y Concha Michel, todos ellos activistas reconocidos en el mundo radical de aquel entonces, que promulgaban el comunismo, como ideología política, pero para los demás, no para ellos. Fue autora de 150 obras, principalmente autorretratos, en los que proyectó sus dificultades por sobrevivir, según manifestaba, ella no pintaba sueños sino su propia vida. A pesar de las aventuras de Diego con otras mujeres, que llegaron a incluir a la propia hermana de la pintora, Cristina y de las propias infidelidades de Frida, la cual se declaraba abiertamente bisexual en una época en donde estaba mal visto la homosexualidad, y no tenía problema en defender su libertad sexual sin importarle las consecuencias, y aún así, la pareja lograba complementarse en muchos aspectos…¿Quiere entonces esto decir que el feminismo se considera bisexual u homosexual?...Es una pregunta inherente a lo que puede significar el feminismo para cierta capacidad de entendimiento, pero jamás para su realidad, puesto que lo han querido vestir así, por intereses particulares…Pero regresemos al día de su boda.




Ella era de pequeña estatura, tenía apenas veintidós años de edad cuando unió su vida a él, un hombre enorme y gordo de cuarenta y tres años, divorciado y comunista. Contrajo matrimonio con Diego Rivera el 21 de agosto de 1929. Su relación consistió en amor, aventuras con otras personas, vínculo creativo, odio, un divorcio en 1939 y un segundo matrimonio un año después.


La fiesta se llevó a cabo en una casa en Coyoacán propiedad de una gran amiga de los novios: Tina Modotti. Para sorpresa de todos el platillo fuerte del banquete: mole negro de Oaxaca fue preparado por Lupe Marín quien era la ex esposa de Diego, la misma que había protagonizado varios escándalos debido a sus celos.


Además del mole negro hubo una serie de platillos mexicanos para deleite del paladar de los invitados: chiles rellenos, pozole, arroz, capirotada y pastel de bodas, para beber: pulque y tequila, o en su defecto agua de frutas.


La madre de la novia estaba desconsolada, había hecho todo lo posible para evitar esa boda, ella que se había esmerado tanto en la educación de su hija, ella que era tan católica y el novio que era tan ateo y tan comunista ¡Dios bendito! ¡El demonio había entrado a su casa! El papá de la novia consolaba a su esposa haciéndole ver que no era tan malo. Juntos se retiraron temprano de la fiesta.


Entrada la noche, Lupe Marín se acercó a la novia, le levantó la falda y señaló sus piernas mientras gritaba llamando la atención de los invitados:

¡Miren! ¿Ven estos palos? ¡Esto es lo que tiene Diego ahora en lugar de mis piernas! La pobre novia se soltó como pudo y corrió a esconderse de las risitas burlonas y las exclamaciones incómodas de los invitados que habían visto su pierna derecha adelgazada por la poliomielitis.



Así fue la celebración matrimonial de Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón y Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez…¿ Porqué las feministas tienen a Frida Kahlo como símbolo?, realmente es una pregunta complicada de responder. Su obra refleja su vida, sus dolencias, su tormentoso matrimonio con Diego Rivera, sus ideales comunistas y su concepción de la mujer. Cierto es que recorrió en su corta vida un camino lleno de pasiones y también desilusiones, lo que la llevó a ser una mujer controvertida para su tiempo, pero de ahí a ser un icono del feminiasmo hay un largo camino, y un corto y estrecho Frida decidió crear su imagen como si de una obra se tratara, y quiso enfocarla a la lucha hacia la igualdad. Masculinizó su aspecto, permitiendo y aceptando el vello facial, y se olvidó de los estereotipos de género, que eran tan seguidos en la época...se convirtió en un ser andrógino. El término andrógino se aplica a la persona que presenta 'rasgos externos que no se corresponden definidamente con los de su propio sexo', mientras que andrógeno es la 'hormona que induce la aparición de los caracteres sexuales secundarios masculinos'.




La fortaleza de Frida, primero soportando la poliomielitis temprana y después con el terrible accidente en bus que la dejó postrada en una cama, ocasionó que las mujeres la vieran como un ejemplo a seguir y le colocaran esta aura feminista alrededor, recalcó Cristina Kahlo en su día, que fuera además sobrina nieta de la pintora.


Pero esa mujer fuerte, independiente y fiel a unos valores se desdibuja cuando entra en juego su gran amor, Diego Rivera. Pese a las infidelidades y el maltrato psicológico, pues le fue infiel con su hermana, como ya hemos dicho antes, pero ella le perdonaba una y otra vez. Kahlo defendía que mantenían una relación abierta, pero en base a las cartas que ella misma escribía, parecía más una actitud de resignación por miedo a perderle para siempre. Nunca supo decir “basta”, -tal y como recoge el libro de Elena Poniatowska, Querido Diego, te abraza Quiela,- en el que desenmascara la figura de Rivera y lo describe como un auténtico monstruo a partir de la relación con su primera mujer.


Esta incapacidad de alejarse de la persona que le hacía daño quedó plasmada en las cartas privadas que publicó el famoso libro ‘Nunca te olvidaré, Frida Kahlo’. “«No me aterra el dolor y lo sabes, es casi una condición inmanente a mi ser, aunque sí te confieso que sufrí, y sufrí mucho, la vez, todas las veces que me pusiste los cuernos… No sólo con mi hermana sino con otras tantas mujeres… ¿Cómo cayeron en tus enredos? Tú piensas que me encabroné por lo de Cristina pero hoy he de confesarte que no fue por ella, fue por ti y por mí, primero por mí porque nunca he podido entender ¿qué buscabas, qué buscas, qué te dan y qué te dieron ellas qué yo no te di? Porque no nos hagamos pendejos Diego, yo todo lo humanamente posible te lo di y lo sabemos, ahora bien, cómo carajos lo haces para conquistar a tanta mujer si estás tan feo hijo de la chingada».




Si es verdad que el paso del tiempo acaba por difuminar las historias, el marketing se dedica a simplificarlo todo, a hacerlo olvidar, a pasar por encima de la realidad con un magistral surrealismo, a abreviar y confundir, a olvidar o a recordar mal, haciendo un enjuto favor a la mujer, a la que obliga a compararse con un engaño con el que nada tiene que ver, y en cuya estafa, convirtiendo al feminismo en una mera camiseta de Los Ramones que tanta gente lleva sin saber quiénes eran o haberlos escuchado jamás, o la imagen del Che Guevara tatuada, sin haber conocido su criminal historia, o la del emblema comunista con el brazo arriba y puño en alto, sin detenerse a leer los millones de muertes inocentes causadas, o sin tener en cuenta la realidad de aquellos que escriben con plumas envenenadas, declarándose “hippies”, a pesar de su opulento estilo de vida…Una trampa, en la que resulta fácil caer. De ahí que la publicidad y la industria de la moda, y otras industrias más oscuras de las que vivir del cuento del feminismo sin dar palo al agua, hayan exprimido la imagen de Frida una y otra vez, ¿con qué fin?, pues muy sencillo, porque autoproclamarse feminista está en alza, y qué mejor que utilizar a Frida como emblema. Una moda y una costumbre de negocios sumergidos que no han hecho más que confundir y difuminar la verdadera historia de la pintora mexicana en particular, y del feminismo en general…Como ella mismo dijera, "Intenté ahogar mis penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar".

Retrataba un tema que en la sociedad todavía sigue siendo tabú: la pérdida de un hijo, la sangre, la vagina, la menstruación.




No, el “feminismo” es otra cosa muy diferente, y no el cuadro surrealista que nos pretenden vender, y esto hay que hacerlo saber sin vergüenza, y con valentía. Frida, en realidad era una persona soberbia, casi petulante y ególatra, enferma de sus propias desgracias en la vida las cuales, había sido incapaz de superar, y así las pintaba en sus cuadros. Desde luego, parece sencillo amar a Frida, es natural sentirla hermana y huérfana al mismo tiempo, porque todos nos reconocemos en el dolor, y ella de eso sabía con ciencia estoica. Uno se admira al pensar en esa mujer flaca y menuda soportando aquella poliomielitis temprana, sobreviviendo al accidente en bus que le arrebató la virginidad, resistiendo a la parálisis en cama, tragando cirugía tras cirugía hasta en más de 30 ocasiones, y desgracia, viéndose postrada en un camastro, y de repente, le dio por mirarse hacia adentro y volcarse en el lienzo en forma de color, flores, sueños, pesadillas las más veces, muertes y abandonos, sentimiento y algo parecido a un humano, pero realmente Kahlo renunció a sus deseos y sus valores para que Diego no se marchase de su lado, por la sencilla razón de que era una mujer totalmente dependiente del maltrato psicológico y de una relación destructiva, enferma y sumisa, y por supuesto, resulta un tópico muy usado y patriarcal, al final, eso de celebrar que una mujer rompa el canon femenino para parecerse más al hombre, y como se ha comentado antes, ¿En qué momento la androginia ha pasado de ser una característica , tan válida como otra, para volverse un valor? . Sin duda, algo está ocurriendo en esta adoctrinada sociedad, donde hace ya años la evolución ha pasado a perder su verdadero sentido, para perderse en el bosque de las sombras, o sumergirse para siempre en el pozo de la entelequia y la desesperación.



Aingeru Daóiz Velarde.- 















lunes, 21 de diciembre de 2020

LA DAMA NEGRA



LA DAMA NEGRA







Había limpiado su última lágrima un tiempo atrás, observando las camelias al final de una tarde de ponzoñosa primavera, acompañada por la soledad de un banco de jardín de un lugar cualquiera. Hoy, se vestía de riguroso encaje negro, adornada de ejecutor encanto con aroma de lilas, mientras que las piezas del juego se pasean engalanadas de plata y oro por el tablero de los desengaños. Una apertura española y la posterior defensa de dos caballos fue el inicio de lo que se aventuraba como algo más que una simple partida de juego de pensamiento en la aventura de escaque, manteniendo el recuerdo de un tiempo pasado, en el que el dolor por la traición, había desembocado en el terrible incendio del alma, de cuyas cenizas, resurgía ahora como esa emblemática criatura consumida por el fuego, capaz de elevarse majestuosamente desde las cenizas de su propia destrucción, simbolizando en su propia esencia también el poder de la resiliencia, esa capacidad inigualable que nos hace superar los traumas más insoportables de nuestra existencia.

 Una jugada de sostén había detenido un doble ataque con el contraataque de un jaque a la descubierta, y una atracción fatal de mirada negra vestida de escaso rímel atravesaba como una daga la sensación al otro lado del casillero. La Dama Negra, altiva, seductora, casi divina y embriagadora, con suaves movimientos de espacio y captura, obligaba al rey de plata a la transposición con consecuencias funestas en la defensa de un alfil demasiado amigo del descaro.








El recuerdo de una rosa negra y un colgante de corazón, eran testigos mudos de la infamia que había derramado el último suspiro de la desgarrada pasión de una tarde de ensueño, al calor de una copa de vino, y una promesa de amor escrita en un poema de tinta olvidada. El amor verdadero y eterno, que simbolizaba el compromiso de aquella rosa negra iba más allá de lo físico, era algo espiritual, era un para siempre, más allá de la eternidad, y la elegancia y la distinción de su color era más que una cualidad o un simple símbolo, era el mensaje de un sentimiento de confianza y entrega, que había sido descuartizado sin contemplaciones por una desilusión, por una sucia traición que rompió sin consideración ninguna la profundidad del más bello de los sentimientos, dejando un vacío que se llenó de amargura, congoja, pesadumbre y dolor... Embelesada ahora por una jugada de doble filo, afilaba sus garras de mantis religiosa, casi de viuda negra a la espera de que su presa, ofreciera algún sacrificio más, pues no tenía ninguna prisa en terminar.

 Con un suave movimiento de su siniestra mano, se acaricia los labios vestidos de rojo fuerte carmín, con un movimiento horizontal de un desafiante pulgar, que rompe la postrera estrategia insolente de la torre del rey cándido, con una seria amenaza de doblete del equino negro. Atrás, su oscura majestad observaba abstraído los movimientos flexibles de su Reina Negra, seudónimos de un doble propósito, de un doble sentido que hacían transpirar a las torres de la fortaleza defensiva. Los peones blancos avanzaban a la desesperada en un trajín compulsivo buscando una maniobra de jugada intermedia, convirtiendo en final romántico su sacrificio por salvar al corcel de la dama blanca, descompuesta ahora de ropa de abrigo, ante el gélido ambiente de la partida.









Un movimiento transversal en dos tiempos, casi divino del alfil oscuro, ofrecía una cobertura bizarra a la Dama Negra en el propósito de socavar las intenciones impúdicas de la torre plateada del lado de la dama blanca, que,  conmocionada, en un arrebato de desesperada locura solicitaba a gritos el galope del alazán albino del lado opuesto del rey. Un leve amago de maliciosa sonrisa de desagravio asomaba ahora por la comisura de los labios de la Dama Negra, a quien la tentadora caricia y el suave sabor de un sorbo de Cardhu Gold Reserve, le habían proporcionado una procacidad terrible en un movimiento restrictivo de bloqueo con la torre dorada de la audacia, descomponiendo a mandobles de sable la desordenada vanguardia lateral de un rey albino que, enrocado en su consecuencia, intentaba reparar su defensa flanca, ante la gélida mirada de la fuliginosa soberana, que le arrebataba ahora la pétrea esperanza de su torre de marfil.

 El alfil nacarado del rey, resentido, pero sabedor de su heroico final, ofrece un postrero suspiro de esperanza albergada en los confines de la batalla, pero un cautivador colgante de oro, había entretenido la fugaz mirada en la profundidad de un descarado escote que la Dama Negra lucía con el embaucador encanto que la distingue, y con la distinción y la excelencia de una exuberante reina, se carda con la elegancia de su ensortijada mano el cabello oscuro de la perdición, al tiempo que emite la sentencia de un jaque directo al corazón contendiente. El pálido adversario, se va tornando rosado, síntoma febril del acaloramiento interno y en un vano intento por apagar el fuego de sus entrañas, vacía su copa intentando pasar el mal trago que lo descompone por momentos.









A una mirada fija, directa, profunda de unos ojos sombríos de la gótica figura, le escolta un desplazamiento aterrador que propicia una terrible y atroz sacudida en los cimientos ya descompuestos de la albina cohorte, y la dama blanca se entrega fulminada en un póstumo intento por salvaguardar la integridad de su alba majestad, pero éste, conocedor de la insaciable voracidad de la Dama Negra, se clava asimismo el irrevocable puñal de su propia expiración, y en un último estertor, con la mirada fijada de la muerte en sus ojos, observa desconcertado la relamida sonrisa inapelable de la Dama negra, evocando en su memoria el recuerdo de aquella fría y solitaria madrugada, como amanecida del escalofrío de un panteón, cuando la observaba pasear su distinguida presencia por los alrededores de aquel mal recuerdo, pero,  envenenado por el silencio, jamás se acercó a solicitarle la caricia del perdón, y ahora,  caía víctima de su propia conciencia, bajo las sombrías garras de la venganza.

 Un hilo de sangre en la postrimería de la agonía, sentencia el temido final, al tiempo que unas sedosas y esbeltas piernas de mujer fatal, se alejan vestidas de unos tacones de aguja negros y adustos como la mirada de la lóbrega providencia. El reflejo de una fosca contemplación, a la luz de la luna, asoma entre las sombras de la oscuridad, mientras derramados, los sueños, sucumben ante el jaque final de la mirada de la inocencia.

Aingeru Daóiz Velarde.

















 




miércoles, 16 de diciembre de 2020

EL OSCURO LADO DE LA VANIDAD

 

EL OSCURO LADO DE LA VANIDAD 



La vanidad, camina engreída por los adustos caminos de la más pura insolencia, vestida de una amplia gama de marrones sacados de los cien tonos de la necedad y la antipatía, resultado de mezclar todos los colores y sensaciones que visten en el otoño de lo mundano y lo fútil, carente de pasión y erotismo, de sensibilidad y luz, alimentada con la misma naturaleza de lo marchito, a la vez que el tiempo que resbala a su alrededor, se torna del mismo color de su esencia. La única pasión que se le conoce, es el amor hacia sí misma, que lleva asociada la incapacidad de amar a los demás. En el espejo siniestro de la vanidad, se refleja la cara del hado de la fatalidad, a cuyos lados, penden las negras cortinas de un escenario cuyos actores, representan la tragedia de un ego insaciable que camina incansable hacia su propia fatalidad. Mirando en perspectiva la imagen, se presenta la tétrica figura que advierte su presencia ante el impulso desbordado de admirar obnubilada, la propia imagen de su reflejo, como si de un retrato de Dorian Gray se tratara. 




Con la cerrada creencia de su propia habilidad, la vanidad desprecia a su paso los pequeños detalles de la humildad, creyéndose sublime al ser jaleada por la soberbia, que a lo lejos la observa de reojo con la altivez de su ego, al tiempo que la avaricia sonríe maliciosa y se relame de gusto haciéndole oscuras muecas a la generosidad. La vanidad se mira asidua al espejo regalado por Narciso, quien, amante de sí mismo había encontrado en la imagen reflejada en la falsa firmeza del agua del arroyo, el objeto de su más ansiado deseo, él mismo, empapado de su propia belleza, temeroso de ver su realidad brillada en el espejo, y víctima de la ira, intentó romperlo contra el suelo, desoyendo el consejo de la paciencia, pero al ver pasar la penetrante áurea de la vanidad, sin mirarla, le tendió el temido objeto del reflejo.




La arrogancia y el engreimiento acompañan postreros a la vanidad, que ahora se ve irradiada del destello y el brillo de su propia envidia, pisando sin compasión a la caridad, creyendo firmemente que el hombre, ya no necesita a Dios…Creyéndose el mejor de los siete pecados capitales, le hace un guiño obsceno a Lucifer, que desde la esquina opuesta a la calle de las lamentaciones, la observa junto a la lujuria frotándose las manos, apartando de un devastador bufido a la castidad. El propio diablo, alimentado de la índole y condición de su propia idolatría, conocedor del instinto de la vanidad, le ofrece el sabor intenso de la gula, al tiempo que la mesura de la temperancia se aleja despacio, con la cabeza gacha, llorando desconsoladamente su más dolorosa derrota.




Retozando en las pardas sábanas de la impura procacidad, la vanidad se alimenta del sustento que el diablo le ha ofrecido, paladeando el áspero y amargo sabor de la pereza, mientras que la diligencia hace asomar el blanco color de un pergamino, en el que caben escritas las pautas de la benevolencia de una bien alimentada vanidad, contra la maldad y el despotismo, hambre de la misma. 


Como si de un mal sueño se tratara, la vanidad se hunde en el abismo funesto al que ha sido sentenciada, víctima de su propia maldición y desprecio a todo lo terrenal, creyéndose incluso por encima de lo divino, cuando el escenario de su propia existencia se enmarca en un lienzo del que emerge el naufragio de los excesos, donde aquellos infectados de su ideología, necios e ignorantes de sí mismos, se debaten entre las desbocadas olas de la tempestad que se desata amenazadora, al ser conscientes de su destino. Como una nueva hoguera de las vanidades, en la que se incita a que se quemen todos aquellos objetos, espejos, vestimentas, libros, pinturas que alimentan las llamas de su inmodestia, sucumben el envanecimiento y la pedantería ante la naturaleza de lo divino.




Abandonada en el sueño del olvido, todavía se resiste a rendirse a la entelequia que la hastía y la acongoja haciéndole ver en sí misma el principio de su acción y su fin, y de que no existe nada más grato, que sentirse amada por los demás, y no seducida y cortejada por sí misma, víctima, de su propia frivolidad. En el despertar de la realidad, aunque tarde, la vanidad se da cuenta de su propio engaño. Ciega y fascinada por su propia seducción, confundida por la argucia del rey del Averno, la vanidad observa sobre la mesa servida por el destino, la crueldad y la miseria de la muerte, que fija su mirada en la descompuesta y malograda idolatría del engreimiento y la petulancia…al final, no sirve de nada la miserable ostentación, pues no resulta más que una fantasía del momento, una innecesaria arrogancia que siempre es vencida por la humildad de la natural sencillez. La naturaleza muerta, resucita de nuevo la composición de los colores vivos de la esperanza, llenando un enorme mosaico de ilusión con el aliento del esfuerzo y la plena confianza de la bondad del hombre, y su sencillez. La negra risa del diablo es acallada por la música con una final composición de una tonalidad en réquiem menor, donde cada cual lleva a sus espaldas la carga de su propia conciencia. 

Aingeru Daóiz Velarde.- 
















sábado, 12 de diciembre de 2020

EL BESO DE LA MUERTE

 

EL BESO DE LA MUERTE





El beso de la muerte, es,  no ya la petrificación fría de la tristeza, sino el llanto escondido de la desolación del destino. Es la desesperación de un lamento cuyas garras se clavan  en el desaliento de la carne. Un esqueleto alado que le da un beso en la frente a una vida que se apaga, en el resuello de un lamento en el silencio del amor,  que se evapora en las tinieblas del ocaso. Buscar en lo lúgubre la belleza, el frío beso en el tétrico concluyente de la vida, en el siniestro y oscuro final, convirtiendo el amargo llanto en la hermosura de un sentimiento alado desprovisto de rencores, es llegar a la culminación de la más pura de las esencias de la vida. La misericordia rompe en súplica de aflicción desesperada ante la crueldad fatal del hado de la humanidad, como una fuerza irresistible a la determinación de la vida, que no es otro que la sinecura irremediable de la muerte. El escalofrío de tu caricia, hace estremecer en mi corazón apagado el pálpito final del último suspiro, sólo tu evocación más allá de las estrellas me consuela, con la esperanza de volver a sentir de nuevo el roce álgido de tu piel, ¿dónde estás muerte amada?, tu ausencia me angustia, me oprime, me acongoja en la inquietud más amarga con todo el dolor del tormento que me mortifica y entristece.  Déjate llevar, me dijiste susurrándome al  oído, y aferrando mi mano para conducirme al oscuro túnel del silencio, cerrando después la fría losa de la soledad.  El perenne recuerdo de la existencia de un abrazo, esculpe en piedra la fatalidad de un encuentro funesto, para apartar el olvido del recuerdo, y fijar la mirada en las cuencas vacías de unos ojos que contemplan insensibles,  la tragedia postrera que camina a la eternidad. El beso de la muerte, aquel que me diste en el brumoso  silencio de un atardecer, condenó para siempre a la perpetua oscuridad,  la luz que alumbraba la grata dulzura de mi sentimiento. Tu recuerdo, se me clava en lo más profundo de mi alma, y no es sino el castigo de mi condena que apaga la última palabra de mi consuelo, ¿dónde estás, muerte ingrata, con tu promesa que solivianta  el denuedo de mi deseo? La fría ternura, acaba por fin con la anhelada espera de una caricia sombría, al albor de la eternidad.


Aingeru Daóiz Velarde.-