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domingo, 30 de agosto de 2015

EL CARLISMO, IDEAL Y CONSECUENCIA. HISTORIA ÉPICA DE UN INFORTUNIO.

EL CARLISMO, IDEAL Y CONSECUENCIA. HISTORIA ÉPICA DE UN INFORTUNIO.

INTRODUCCIÓN

Antes de nada, pedimos disculpas por la extensión del presente, pero hay que entender que el tema bien lo merece, ya que es muy complicado como ideología en si, y como fundamento histórico por la gran actividad que ha tenido a lo largo de su historia, una historia que,  en la mayoría de las veces, acaba escrita por los vencedores. Los vencidos, los perdedores, han terminado siempre o casi siempre sentenciados al silencio y a la ignorancia  con el yugo a sus espaldas del padecimiento y llanto del infortunio de la derrota, apartados de un pretérito que excepcionalmente permite que levanten su voz en los escritos, pero desposeídos de las que fueran sus virtudes, cargando las cadenas que censuran su ideal y descalifican irremediablemente sus acciones.

Escuchando al ilustre Azorín, quien dice que la historia es el historiador y que la historia es según el historiador que la escribe, la intención aquí no es escribir una historia del Carlismo pues sería una intención que caería en la zanja de la falsa modestia, por lo que debemos limitarnos a plasmar una visión particular, avalada con escritos de autores más expertos en la materia, y dándole un matiz que para nada distorsione la realidad, con el fin de dar claridad a determinados conceptos para quien se considere interesado, buscando un escenario que debe bastar por si solo para que la visión sobre el Carlismo no tenga la necesidad de adornarse con fingidas grandezas, las cuales son símbolo del pecado de la vanidad nacional que ni es, ni puede ser considerado patriotismo ni orgullo de partido o ideal, con sus propias particularidades, aciertos y errores.

Existe una pretensión sobre el Carlismo de alguna que otra tendencia política que presenta a Zumalacárregui, del que luego hablaremos, y otros combatientes carlistas, colocándolos como precursores del movimiento independentista vasco, y en otro documento de este autor, titulado CHAHÓ Y LA CONSPIRACIÓN ZUMALACÁRREGUI, ya se explica, así que no vamos a extendernos más aquí en el tema.


Aparte de todo esto que hemos comentado anteriormente, para adentrarnos en la ideología del Carlismo, es necesario comprender una serie de puntos fundamentales del mismo, que son el planteamiento jurídico y político del Carlismo, su sentido y justificación histórica, la esencia de su contenido doctrinal, el concepto mismo de la tradición hispánica y el alcance básico de su lema, Dios, Patria, Fueros, Rey, y todo esto, definido de forma inequívoca en las que podríamos considerar sus bases esenciales de su ideología, que son una bandera dinástica que es la de la legitimidad, una continuidad histórica que es la de Las Españas, y una doctrina jurídica política, la tradicionalista. Sobre otra tendencia del Carlismo, o sobre su reorientación política a la izquierda, hablaremos más adelante.

Huyendo de una respuesta técnica de la definición del Carlismo puesto que los tecnicismos ensombrecen de tedio la historia, lo definiremos, si el juego de la prosa nos lo permite, como una legión de legitimistas, tercos caballeros de un pasado turbulento y bullicioso, en el que don Carlos y sus herederos traspasaban el umbral de unas fronteras hostiles disfrazados de sombra, arrastrando en su historia la epopeya de una interminable batalla, vencidos sin resignación ni tregua y asidos a la tradición que los observa impasible desde un rincón de la historia, como peregrinos obcecados en un ideal convertido en conspiración en el exilio. Como caballeros Cruzados a la espera de una oportunidad en el tiempo para levantarse de nuevo en un perpetuo ensueño al grito desesperado en sus gargantas de Dios, Patria y Rey, y lo hacían ciegos en la locura de su razón, absortos en su sentimiento justo, para volver de nuevo a empuñar sus lanzas ante la confusa restauración de la infamia, regresando proscritos desde el resignado horizonte del olvido para combatir de nuevo a la usurpación, como mejor sabían hacerlo, levantando a los vientos la Cruz de Borgoña, agarrada con furia de las manos del alférez caído, para volver a hondearla en la vorágine atroz de un ataque a bayoneta calada, o montando al acecho en la ribera de un río, cuyo puente románico los observa en silencio detrás.



TRES GUERRAS CAINITAS

Entre 1833 y 1876, estallan en España tres conflictos civiles de características cainitas conocidos como las guerras carlistas, teniendo como denominador común a la crisis del Antiguo Régimen, y al nacimiento de un movimiento conocido como Liberalismo. Este último, si bien es cierto que  no estuvo exento de una cierta ambigüedad o división ideológica en cuanto a sus formas, que tuvo consecuencias importantes dentro del marco historiográfico de España, también lo es que el bando realista partidario en un principio del absolutismo de Fernando VII se encontró dividido a medida que el rey, en su última etapa de gobierno, cambiaba radicalmente una postura política sin un horizonte concreto. Muchas veces, se ha caracterizado con cierto disimulo el final fratricida de los enfrentamientos armados de esa lucha ideológica confundiéndolo con la necesidad de demostrar la nobleza de la razón que sustenta el ideal de las guerras, cuando la realidad no fue más que la triste realidad de las guerras, es decir, lucha, muerte, martirio, sufrimiento y olvido.

 A lo largo de este documento, vamos a poder conocer episodios sangrantes que rozan la razón, y el propio razonamiento, pero aún así, es importante conocer la enorme importancia que tuvieron en su momento las guerras carlistas, importancia borrada injustamente por la sombra de otro conflicto de la misma tendencia que se desarrolló entre 1936 y 1939. Si bien cabe aclarar, que no se pretende aquí pormenorizar el estudio de cada uno de los enfrentamientos que supusieron estas tres guerras, pretendiendo únicamente, dejar constancia de una visión generalizada, que puede ser más o menos acertada. De esto último, pedimos disculpas, pero cabe entender el grueso material y el interminable espacio que podría ocupar, por lo que nos propondremos desde aquí que cada uno de esos conflictos, se estudie por separado a esta introducción, y de forma individual, en  entregas separadas, si el tiempo y las circunstancias lo permiten, limitándonos aquí a esbozar unos meros apuntes sobre las mismas, a forma y manera de dar un razonamiento inicial.

No cabe duda de que las guerras carlistas fueron los conflictos bélicos más decisivos de la España del siglo XIX, donde Liberales y Carlistas se enfrentaron en tres ocasiones para imponer sus fórmulas políticas y estilos de vida, pero, como hemos dicho antes, olvidadas en el abrazo de la indiferencia al abrigo del conflicto de 1936, aunque es importante reseñar que sin dejar de lado la importancia, el resultado y las consecuencias de este último enfrentamiento al que nos hemos referido, las guerras carlistas no carecieron en ningún momento de la importancia por lo que suponían tanto el propio resultado de las mismas y las consecuencias ya no sólo a nivel político, si no humano en su más trágica visión, baste recordar que el número de bajas del ejército liberal en la Primera Guerra Carlista (1833-1840) fue brutal, ya que  superaron la de los dos bandos que se enfrentaron en 1936, y fue catalogada como la más sangrienta de la historia contemporánea si tenemos en cuenta la relación entre el número de muertos y de habitantes. En la imagen siguiente, acción carlista conocida como la cincomarzada, en la Primera Guerra Carlista.



Por otro lado, otro factor fue el exilio, ya que si importante fue el llevado a cabo por los desterrados en 1939, no lo fue menos el que protagonizaron miles de afrancesados, liberales y carlistas tanto políticos como militares, monarcas y ministros y hombres y mujeres e historias y vidas que tuvieron que partir dejando atrás el testigo mudo de la triste realidad de aquella España, madre ingrata, pero madre al fin, que observa en el devenir de la historia con fúnebre semblante  cómo sus dos hijos se parten a balazos y a golpe de sable el alma y el corazón. Esta es la historia no sólo de carlismo, si no de las dos Españas, las de siempre, esas que tantas veces han caminado juntas y juntas han peleado espalda contra espalda en defensa una de la otra en pro de la tierra que las vio nacer, y que pasado el camino, sus cuerpos se bifurcan cada uno a su lado, tirándose piedras con el odio fratricida que es el que más daño hace y nunca se olvida. Decimos esto a razón de que se puede quizás olvidar la bofetada de un vecino, más fácilmente que el escupitajo de un hermano, al que guardaremos ese rencor encendido cuyas ascuas no se apagarán jamás. Recordemos que tanto liberales como realistas se pronunciaron en 1812 y 1814 contra el Antiguo Régimen; es decir, contra el sistema vigente en 1808 al sobrevenir la invasión francesa, el cual es llamado absolutorio por las fuentes liberales y despotismo ministerial por los realistas.

No obstante a todo esto, la reflexión sobre lo que significaron las guerras carlistas no debe conducirnos a otra idealización negativa de la historia de España. Debemos tener en cuenta las consecuencias que trajo el triunfo de la causa liberal en otros países vecinos, y en los territorios o provincias españolas de América cuya independencia supuso al fin, otra guerra civil, aunque realmente no fueran las guerras carlistas causa y el efecto culpable absoluto del desastre emancipador, pues sería injusto admitirlo así.

EL LIBERALISMO. LA RAIZ DEL PROBLEMA

El liberalismo nace a raíz del ideal de la Revolución francesa de 1789, y sus consecuencias en España tienen su origen en la propaganda originaria del país vecino a través de los exiliados y refugiados de la propia Revolución en nuestro país. Los sucesos de 1793 sobre el regicidio de Luis XVI precipitaron la Guerra contra la Convención (1793-1795) que se desarrolló en tres frentes distintos, el navarro-guipuzcoano, el aragonés, y el catalán, cuyas consecuencias fueron una especie de empate técnico en el frente catalán pero los franceses ocuparon el Valle del Baztán (Navarra) Fuenterrabía y San Sebastián, llegando hasta Bilbao y Vitoria.

 La Junta Foral Guipuzcoana negoció su independencia con el apoyo de los franceses que no hicieron lo mismo en el resto del País Vasco ni en Cataluña, y como respuesta, la Corona enarboló la bandera de los fueros vascos y navarros y capitalizó con provecho su defensa, y la de los valores que representaban sobre el invasor y su Constitución, pero, por otra parte, los mismos fueros dificultaban el alistamiento, ya que prohibían a sus naturales luchar fuera de los límites de cada provincia.

 Comenzó a surgir una corriente de pensamiento contrarrevolucionaria y antiliberal en defensa del Trono y el Altar bajo la bandera de Dios, Patria y Rey, carácter del Carlismo. Se complicó la situación en Cataluña tras la muerte del General Ricardos, quien después de haber vencido al francés por sus condiciones de estratega y táctico, falto de apoyos, tuvo que retirarse acosado a poca distancia, sin perder ni hombres ni equipo, y sin medios para continuar una campaña que alcanzó resonancia europea, regresa a Madrid para exigir apoyo a Godoy. Y estando en la gestión, muere en 1794.

 Desde ese momento, la guerra en el Pirineo oriental comienza a perderse por las armas españolas, faltas de un jefe que pudiera suplir las virtudes humanas y profesionales de Ricardos. Y en esta situación, al contrario que en el País Vasco, el Gobierno recurrió a la antigua institución local del somatén, preludio de la Guerra de la Independencia. Llegada la Paz de Basilea la política española quedó subordinada a los intereses franceses, comenzando así el germen del liberalismo que ya no abandonaría España ni antes ni después de la Guerra de la Independencia, y que durante el encierro de Fernando VII en Valençay, a parte de que la inmensa mayoría de los españoles sólo reconocieron como rey a Fernando VII el Deseado, deslegitimaron al monarca impuesto por Napoleón, propiciando lo que también fue el germen del Carlismo en defensa del Altar y el Trono legítimo.

En la imagen, el General Antonio Ricardos.


Digamos, pues, que la Revolución francesa engendró un ciclo de revoluciones en Europa que aún no parece haber acabado, y digamos, también, que durante todo este periodo, en España la sociedad a terminado dividiéndose convirtiéndose además en un ideal estereotipado cuando se habla de “las dos Españas”, la tradicional y la revolucionaria o progresista. La primera, la España Tradicional, tuvo el suficiente arraigo en España como para resistir el envite revolucionario en nada menos que seis guerras civiles de más o menos importancia y cuyos resultados han sido diversos, desarrollando a su vez una teoría política de cierta envergadura, que a menudo y de forma equivocada ha estado salpicada de difamación política o minusvaloración del tema carlista, considerándolo como algo episódico e intrascendente cuando la realidad, es muy distinta.


El enfrentamiento entre las dos Españas se produce por primera vez a principios del siglo XIX y además, durante el reinado de Fernando VII. Nos referimos a la Guerra Constitucional durante el mandato del liberalismo del Trienio entre 1821-1823 y más concretamente a raíz de la llegada o entrada en el gobierno de la facción llamada veinteañistas más radical, y que terminó con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis de Angulema,  y la otra guerra fue la rebelión de Cataluña y zonas periféricas conocida como guerra de los Malcontents o Agraviados, en la proclama de Agustín Saperes se habla del «enemigo infame que intenta arrebatarnos el precioso don de nuestra Santa Religión y del Rey absoluto». Sus pretensiones eran que se restableciera la Inquisición, y se quejaban de las relaciones del rey con los afrancesados, optando por un reformismo para que se sostuviera el régimen absoluto, habida cuenta de que Fernando VII estaba acercando peligrosamente sus intereses a las posturas y postulados del llamado sector más templado que cada vez, se iba haciendo con más poder en el gobierno. Todo terminó pronto y cuando todo el mundo pensaba en un trato benigno con los implicados,  Fernando VII rechazó cualquier petición de gracia; nueve de los principales insurrectos fueron fusilados en Tarragona, mientras que unos trescientos fueron deportados a Ceuta.

Es muy importante recordar aquí, que desde el punto de vista ideológico y político, el Carlismo en armas, en su primera etapa, es, fuera aparte de la Guerra Civil desatada durante el trienio Constitucional, entre 1820-1823, de la que se ha hablado,  la oposición de masas más importante a la Revolución Liberal. Teniendo en cuenta las razones dinásticas que más adelante se verán, hay que asumir que el Carlismo invoca también en una primera etapa una oposición lógica a las teorías que se derivan de la Revolución Francesa, y es heredero sistemático del “Realismo Exaltado” o de los llamados “puros” del régimen político de la monarquía absolutista. Hagamos memoria de que no sólo se dio la división liberal en “doceañista” y “veinteañistas, también llamados los primeros Moderados y los segundos Exaltados (progresistas), si no que entre los Realistas o partidarios del Absolutismo, también si dio una división ideológica o de planteamiento entre los llamados “Puros” o exaltados, y los llamados Moderados, y podríamos incluir también a los Jovellanistas, estos últimos eran fundamentalmente intelectuales moderados partidarios de la Ilustración, y se repartían también entre ambos bandos de pensamiento, es decir, entre Realistas y Liberales. También recibían este nombre los miembros de una sociedad secreta de carácter conspirativo liberal, que estaba supuestamente activa alrededor de 1837, pero no tenían nada que ver con los jovellanistas del realismo. En vida de Fernando VII los tradicionalistas españoles, que eran conocidos como realistas,  se vieron divididos en pensamiento cuando la cuestión dinástica emergió a la muerte del monarca y los realistas puros apoyaron a su hermano Carlos. Fue entonces cuando el tradicionalismo político fue enriquecido por un elemento nuevo, el Legitimismo, que con un líder de sangre real a la cabeza, fue a su vez conocido como Carlismo.

Esta razón anterior, el Legitimismo, lo que se ha venido a llamar como legitimidad proscrita y heroica, ha tenido cinco reyes como abanderados que son: Carlos V, Carlos VI, Carlos VII, Jaime III y Alfonso Carlos I. Con el fallecimiento de este último en Viena el 29 de septiembre de 1936, se habla de la extinción recta o directa de la dinastía del legitimismo español, y se abre una sucesión que podemos considerar jurídica y políticamente oscura, y que divide en partidarios de diversas tendencias a los actuales carlistas españoles, aunque para no entrar en conflictos que ensucien el tema que nos ocupa, no vamos a tratar aquí en diversificar o enmarañar más sobre esta cuestión, ya que la finalidad es otra bien diferente, y no pronunciarnos o postularnos en dogmas políticos, ya que esto es mas bien el trabajo que corresponde a los órganos internos del Carlismo, nos limitaremos en consecuencia a mencionar determinados datos de carácter informativo.


Durante el Decenio Absolutista (1823-1833), que la historiografía liberal más clásica define como “La Ominosa Década”, con posiblemente, demasiado sabor a tópico en un guiso literario que se ha anclado en la historia de España de tal manera que resulta muy complicado desmitificar, y que desde luego, tampoco es que ayude demasiado ni la historia del propio monarca, ni su equipo de gobierno a la hora de proporcionar determinado número  de argumentos en su defensa para tratar de reivindicar algo de positivismo en este periodo de difícil planteamiento político, Fernando VII pudo llegar a comprender la derivación cada vez más persistente de las circunstancias político-sociales de España, aunque el Régimen continuara gozando de una plena soberanía real, y todos los intentos para derrocarlo fueron infructuosos. No obstante se tomaron medidas en el campo administrativo que fueron gratas para los partidarios del Liberalismo de forma que aumentó el número de moderados y ex afrancesados que se fueron adhiriendo al Régimen, sobre todo en torno a 1826, cuando el monarca había empezado a dar muestras de una amplia remoción de cargos en la cual los conservadores a ultranza iban a ser literalmente barridos del mapa político, pero los Realistas más celosos lograron que el rey suspendiera el plan. Esto dejó entrever claramente el giro político consentido por Fernando VII y la dirección de este giro, que principalmente se haría más de una forma administrativa que política, y de que contaba con el beneplácito de los ex afrancesados liberales moderados, los cuales ya desde hace tiempo, habían renunciado a la violencia, y ansiaban un giro pacífico de la situación mientras que los exaltados continuaban conspirando víctimas de su propia impaciencia temerosos de que la evolución, como sospechaban, les dejase fuera de participar activamente en la administración y política del Régimen. Esta actitud de Fernando VII fue, precisamente, la que provocó una división importante con su hermano el Infante don Carlos y el principio de sus enfrentamientos ideológicos, que con el paso del tiempo, se irían acentuando cada vez más.


En la Imagen superior, Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma, primer pretendiente carlista al trono español, con el nombre de Carlos V.

No hay que olvidar que la historia del carlismo, ha venido acompañada de supuestas conspiraciones cuya base no ha sido otra que la propia ideología liberal intentó, a nuestro juicio, infiltrar aprovechando la inclinación de Fernando VII a incluir en sus gobiernos a figuras más moderadas del liberalismo, o posiblemente al temor a la inseguridad del monarca, y viendo que su hermano, empezaba a ser aclamado por una parte del pueblo español cada vez más desconcertado con el monarca, pero otras conspiraciones si han sido más reales, y a una y otras nos referimos a continuación.

Ya durante el Decenio Absolutista, se llevaron a cabo varias conspiraciones de carácter ultrarrealista, y algunas de ellas tuvieron vínculos con un cuerpo de base popular denominado voluntarios realistas, que se formo en junio de 1823, que estaba controlado por los núcleos más idealistas del absolutismo, y cuyo episodio más importante fue la llamada Guerra de los Agraviados, o malcontents, (mal contentos), en 1827,  de la que hablaremos después,   y la cual, se desarrolló básicamente en Cataluña, debido al  malestar que se vivía tanto en la industria como en la agricultura debido a la fuerte crisis económica, y que se llevó a cabo contra el Gobierno, salvando la figura del monarca, pero que sin embargo, se tomaron medidas del propio Fernando VII que combinaron tanto la represión más brutal, como el indulto más incomprensible, con lo que podemos hablar de que la represión en esta década, no fue sólo contra los movimientos liberales, si no también contra los realistas descontentos.

Ya desde Francia, el gobierno de Luis XVIII aconsejaba que se adoptaran en España medidas de conciliación que empezaron a hacerse efectivas a finales de 1825, aunque no sin alguna, aunque escasa, reticencia. Durante este año 1825, ya empezaron a ver la luz determinadas publicaciones como panfletos, en los cuales se daba a conocer el temor a que se hiciese efectivo un cambio de sentido en la política de Fernando VII que favoreciesen el ideal del Liberalismo. Uno de los más importantes fue el titulado “Españoles: unión y alerta”, en el cual se ponían de manifiesto determinadas conspiraciones masónicas que, según el panfleto, se preparaban ya desde 1823, para fomentar partidos encontrados, contrariar a todos los gobiernos y calumniando con tesón y cautela. Con escritos parecidos a este, se extiende un cierto clima de temores y sospechas, más propicio de todo régimen que se desmorona que otra cosa. Rumores solapados y folletos crean un desconcierto demasiado incipiente en la opinión pública y sirven de intrigas conspiratorias de mayor grado creando una situación de alarma preocupante que ya con una iniciativa del duque del Infantado Pedro Alcántara Álvarez de Toledo y Salm-Salm quedó mas que patente, mientras fue presidente del Gobierno entre 1825 y 1826.

LA PROPAGANDA LIBERAL

Fernando VII intentó cortar esta y otras alarmas como la que hemos visto antes. La aparición y publicación de panfletos era algo que desde entonces, empezó a tener una importancia cierta, y es importante reseñar que algunos de los cuales estaban conducidos precisamente a la creación de una situación de desconcierto con falsas denuncias, como lo fue el Manifiesto Realista de 1826, y la ideada relación falsaria o incierta relacionada con la literatura del Ángel Exterminador. No vamos a extendernos demasiado explicando aquí el tema del Manifiesto Realista y la literatura sobre el Ángel Exterminador, simplemente concluiremos en su falsedad argumentando que fueron fruto de la propaganda liberal, ya que con respecto al Manifiesto Realista de 1826, lo que se tramaba era, no indisponer a Fernando VII con el Infante don Carlos María Isidro, como han pretendido algunos, sino algo más grave, es decir, presentar al Infante como conspirador contra el Rey su hermano y descartarlo por este delito (el de traición) del derecho de sucesión al Trono. Según don Federico Suárez, Lo cierto es que la historia de este documento es bien conocida, y que lo recibió el Infante don Carlos María Isidro, hermano del rey,  en su cámara de Palacio, no se sabe cómo.

El Infante acudió inmediatamente a comunicárselo a su hermano Fernando VII,  y cuando ya se había retirado don Carlos, después de la entrevista, uno de los individuos que militaba en el campo de los enemigos del Infante presentó la hoja al Rey, como si quisiera denunciar que el Príncipe tramaba una conspiración para derribar del trono a Fernando. Este la leyó y dijo que ya la conocía, y aquí acabó la historia de esta hoja, de la que probablemente hubo escasos ejemplares. Véase Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, 2.a ed., I (Madrid, 1868). pág. 36.—Bayo, Historia de la vida y reinado de Fernando VII de España. III (Madrid, 1842), pág. 234, y también  Ferrer, Tejera y Acedo: Historia del Tradicionalismo español, II (Sevilla, 1941), pág. 149. No hay ninguna cita que dé a conocer al lector las fuentes de dónde proceden las noticias que dan y que sirvan de fundamento a su tesis. Parece abonar su explicación al hecho de que en el Archivo de Palacio exista, entre los papeles del Rey,  un ejemplar manuscrito del Manifiesto (Papeles reservados de Fernando VII, tomo 70), aunque pudo llegar allí por cualquier otro conducto, por la policía, por ejemplo. Y en lo que respecta al Ángel Exterminador, lo cierto es que su existencia no está acreditada, y apoyamos esta duda en investigadores de la época como Benito Pérez Galdós (1843-1920), al cual se le ha achacado la primera mención a esta sociedad secreta en sus “Episodios Nacionales”. En una de esas menciones dice “ningún historiador ha probado la existencia de El Ángel Exterminador”, o Vicente de la Fuente (1817-1889). Historiador español en su excelente obra “Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España, especialmente de la Franc-Masonería” (1874) apunta: “La sociedad del Ángel Exterminador es una pura patraña inventada por la francmasonería”, y también Hipólito Sanchíz, historiador actual, en su libro "Una historia de las sociedades secretas españolas" realizada junto al escritor León Arsenal sostiene que El Ángel Exterminador es creación de los liberales para desacreditar a sus adversarios los absolutistas y católicos.


 Por otra parte, desde 1932 y gracias a la diligencia de Juan Moneva y  Puyol, nos son conocidos los apuntes que Llorente, hombre de la confianza del general Espoz y Mina, escribió relatando extensamente la conspiración de los emigrados y su influencia en España en 1826. Sobre este último apunte en concreto, nos referimos al extenso manuscrito que con el título de El General Espoz y Mina en Londres desde el año 1824 al de 1829  que redactó don Manuel Llorente, doceañista, diputado en las Cortes de 1820, compañero de emigración del General Mina y uno de sus hombres de confianza, como ya hemos dicho.  Llorente pudo utilizar gran cantidad de documentos y su escrito resiste toda crítica, estando además confirmado por documentos de distinta fuente que Puyol no utilizó, si es que tuvo conocimiento de ellos. Estas son las conclusiones del ilustre don Federico Suárez al respecto, y la mejor referencia en la que podemos apostar, por la ausencia de impugnaciones en su contra. En la imagen, Espoz y Mina, pintado por Goya.




CAMBIO DE TENDENCIA DEL REY

Ya, en 1827, el rey había dado claras muestras de desconfianza con la nobleza, y con las masas campesinas que ya habían comenzado a vitorear al Infante don Carlos. En ese mismo año, quedó patente en  un viaje que Fernando VII hizo a Cataluña, un claro acercamiento reconciliador entre la monarquía y la burguesía liberal. Aquí, justamente, empezó el Carlismo, sus consecuencias se consolidaron después. Como hemos podido ver, la actitud en el giro de la política fernandina provocó cierto temor en la ideología del realismo exaltado o puro, debido a la posibilidad de que las reformas liberales se pudieran replantear nuevamente, esta vez con el beneplácito real. Ciertamente es sabido que este sector del realismo exaltado,  término que puede sonar de una manera exageradamente abrupta, pero que se puede admitir para diferenciar el grado de fervor a la causa,    era partidario de alzar la bandera a favor de la religión y de la Iglesia amenazadas con las conocidas medidas anticlericales del liberalismo, debido a unos intentos desamortizadores durante el trienio Constitucional, y un debate que ya empezaba a tenerse en cuenta para emplazar estas medidas en un futuro, como así se hizo con Mendizábal en 1836 y posteriormente Madoz en 1855, que fueron las más importantes. A todo esto, se unió también el temor en los territorios forales, la bandera de los fueros amenazados, sabedores como eran que el liberalismo era contrario al privilegio foral, y por consiguiente, a los fueros. De ahí, el arraigo que el movimiento carlista tuvo en el señorío de Vizcaya y en las provincias de Guipúzcoa y Álava, un arraigo sentimental y profundo cuyo exponente se consolidaba con el saludo a los señores (Jaunak) de las Juntas:
“Danak jainkoak egiñak gera, zuek eta bai gu bere” (A todos Dios nos hizo iguales, a vosotros también y a nosotros).

El Reino de Navarra había conservado todas y cada una de las instituciones administrativas de gobierno, incluidas las Cortes, y la plenitud de gobierno en Navarra era mayor que en las demás provincias, incluso se llegaron a reunir en 1828-1829.

Sabido es que los carlistas fueron foralistas, pero hay que decir que también lo fueron los liberales vascos y navarros, y aunque se vieron asediados y enfrentados con los carlistas, defendieron con perseverancia unos fueros que  incluso llegaron a solicitar su conservación,  con el respaldo moral de haber demostrado la lealtad y la defensa contra esos asedios, y no hay que olvidar otra cuestión, y es que  si el carlismo ideológico, era profundamente religioso, también la mayor parte de los liberales españoles profesaban con total sinceridad las mismas creencias religiosas, pese al lema carlista de Dios, Fueros, Patria y Rey. La conclusión a la que llegamos es que si bien los carlistas fueron foralistas,  un sector del liberalismo, también lo fue, siendo una consecuencia más del hostil antagonismo de las dos Españas que en ciertos momentos resulta difícil de comprender.

 Otro factor afín al Carlismo fue la masa social perteneciente a los sectores campesinos del medio rural, donde precisamente cuenta con mayor apoyo, debido a su alteración en el status económico por la venta de bienes comunales y concretamente en las zonas donde había grandes problemas de desequilibrio social, como Andalucía y Extremadura, aunque caeríamos en el error de fondo al considerar el Carlismo de un modo rural, y al liberalismo en el entorno de la ciudad, ya que también hubo carlistas en las ciudades y liberales en el medio rural. A grandes rasgos, que intentaremos definir, este podría ser el perfil del Carlismo que como ya se ha comentado, se encontraba arraigado en los llamados realistas puros, o exaltados, en el clero, en los defensores de un fuero particularizado, y en determinados y amplios sectores del medio campesino y rural, pero es menester seguir adentrándonos poco a poco para continuar explicando o intentando hacer entender tanto la ideología del Carlismo, como las causas y consecuencias del mismo.

CAUSAS Y CONSECUENCIAS DE LAS GUERRAS CARLISTAS

Las consecuencias, como hemos podido ver, fueron que debido a la resistencia a la Revolución, se declararon tres guerras civiles, la Primera Guerra Carlista o de los Siete Años (1833-1840), de la que cabe resaltar el mayor protagonismo que tuvieron en esta etapa el elemento militar y popular, en un tiempo en que el aspecto ideológico no estaba todavía plenamente desarrollado, y en el que el Carlismo era, más que una identidad política, un sentimiento. Este sentimiento derivará en un profundo proceso de organización política y elaboración ideológica que se irá gestando en la etapa de entreguerras, que conducirá a la brillante etapa presidida por la figura de Carlos VII, en que el Carlismo es el segundo partido con representación en las Cortes, y posee un brillante plantel de políticos, ideólogos e intelectuales.

La causa de esta Primera Guerra Carlista podemos y debemos encuadrarla durante la última década del reinado de Fernando VII, cuando surgen las desavenencias dentro de las filas absolutistas debido a la sucesión al trono, que tendrán fuertes repercusiones posteriores, ya que debido a la falta de herederos a la Corona, los sectores más legitimistas del realismo puro, se agrupan alrededor de Carlos, hermano del rey, que ve como sus esperanzas se reducen tras el nacimiento de la princesa Isabel (Isabel II) en 1830. Esto dio lugar a la promulgación por parte del rey de la Pragmática Sanción, que abolía la Ley sucesoria que prohibía el mandato a las mujeres (Ley Sálica).

Tal medida resultó en la división de la sociedad en dos bandos, que fueron los que a la postre se enfrentaron en la Primera Guerra carlista tras la muerte de Fernando VII en 1833, y que por una parte fueron los ya conocidos como carlistas, que eran absolutistas y campesinos partidarios de la ley Sálica que apoyan el gobierno de Carlos María Isidro, y que tuvieron mucha importancia en el País Vasco, Cataluña, sur de Aragón y, sobre todo, en Navarra. Su lema era “Dios, Patria y Fueros”, y defendían la tradición, la vuelta al absolutismo y al Antíguo Régimen junto con una defensa de las leyes locales o fueros, y que guiados por personajes como el general Zumalacárregui, Maroto, y Cabrera, y el cura Merino, recibieron el apoyo moral de las potencias de la Santa Alianza. Otra cuestión importante de apoyo a esta primera Guerra Carlista es que  los liberales que empezaban a rodear a Isabel II y a su madre María Cristina de Borbón eran contrarios a los fueros e incluso los contravenían. Respecto a los realistas, podían saber también que estaban divididos sobre ello. Pero los partidarios de mantenerlos habían abundado durante el reinado de Fernando VII precisamente entre los futuros carlistas, en tanto que los contrarios a la intangibilidad del ordenamiento foral aparecían con frecuencia entre los entonces llamados realistas moderados, que luego acataron a María Cristina de Borbón y acabaron por asimilarse a los liberales.
 En la imagen, el General Zumalacárregui.

  


Por otra parte, estaban los llamados Isabelinos liberales o Cristinos (moderados y progresistas), burgueses y miembros del ejército que defendían la Pragmática Sanción y el reinado de Isabel II. El liberalismo quería unja Constitución única para todo el territorio con la adaptación de los fueros al régimen liberal, lo que implicó la supresión de determinados privilegios como el de aduanas, para evitar los conflictos con el Estado central. Destacan generales como Narváez, Espartero y guerrilleros como Espoz y Mina. En la imagen siguiente, Batalla de Mendigorría, durante la Primera Guerra Carlista.



De todas formas, consideramos interesante dar aquí explicación de un dato muy importante, y es lo que  se define como La Pragmática Sanción de 1830, considerada como la cuestión jurídica de la Dinastía Legítima,  y que  fue una Pragmática Sanción aprobada porFernando VII de España el 29 de marzo de 1830 que vino a promulgar la Pragmática de 1789 aprobada por las Cortes de aquel año a instancias del rey Carlos IV y que, por razones de política exterior, no llegó a entrar en vigor. La Pragmática de 1789 anulaba el Auto acordado de 10 de Mayo de 1713 de Felipe V que, excepto en casos muy extremos, imposibilitaba a las mujeres acceder al Trono, por lo que comúnmente es denominada «Ley Sálica» aunque, técnicamente, no lo fuera, por lo que podremos en adelante considerarla semisálica. La Pragmática Sanción de 1789 restablecía de este modo el sistema de sucesión tradicional de las Siete Partidas de Alfonso X de Castilla, según el cual las mujeres podían reinar si no tenían hermanos varones, de esto, ya hemos hablado antes.
La Pragmática de 1830, explicadas las razones por las que se mantuvo en secreto la Ley decretada por Carlos IV, se limitaba a publicar el texto aprobado en 1789, y volviendo a los estudios del eminente  historiador Federico Suárez Verdeguer, la Pragmática Sanción de 1830 no es otra cosa sino la publicación del acuerdo de las Cortes de 1789 convertido en Ley fundamental; por tanto, la vuelta a la Ley de Partidas y al derecho de las hembras a la sucesión, según se desprende del estudio publicado en 1950 titulado La Pragmática Sanción de 1830. Valladolid: Escuela de Historia Moderna. Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

 El problema jurídico que se plantea, y que debe ser considerado muy importante, como ya se ha dicho, es si fue legalmente válido o nulo el acto por el cual, Fernando VII publicaba la Pragmática Sanción el 29 de marzo de 1830, ya mencionada y madre de todos los males, y para poder contestar a la cuestión planteada, hay que tener en cuenta que se trata, como hemos podido ver, de una Ley que se refiere a otras anteriores, por lo que es necesario acudir a estos antecedentes, por lo que para evitar extendernos en demasía, consideramos oportuno obviar aquí toda la cuestión pormenorizada de la Pragmatica  Sanción, y derivar su estudio para quien quiera ampliar su conocimiento, por lo que vamos a limitarnos a testificar que si Carlos IV mandaba observar de forma íntegra los términos del texto de 10 de mayo de 1713 en 15 de julio de 1805, y si nunca manifestó ni de forma pública ni privada con posterioridad a esa fecha sus deseos de alterar el orden sucesorio establecido en 1713 y como hemos visto, ratificado en 1805, el Carlismo interpreta que la pretensión o afirmación de Fernando VII es falsa con lo cual, esa misma falsedad invalida el acto de publicación que es finalmente a lo que Fernando VII se limita a hacer, y lo que el Carlismo entiende es que la Pragmática es nula de pleno derecho porque es también nula la publicación de la Ley sancionada, aunque realmente no se sancionó si no que se publicó sin otro trámite obligado, y es que además, Fernando VII atribuía la sanción a Carlos IV, y el problema es que Carlos IV tampoco la sancionó, ya que ordenó expresamente la vigencia de la Ley Fundamental-auto, acordado de 1713, en que no hubo en ningún momento sanción, siendo entonces la publicación un acto ilegal.  Este es, entendemos, el problema que el Carlismo abandera como pretensión legitimista.

Como ya se ha comentado al principio del presente artículo, no se pretende pormenorizar aquí ni los acontecimientos sustanciales de cada una de estas contiendas, por lo que nos limitaremos a decir que la guerra fue brutal, y terminó en el norte con el denominado Abrazo de Vergara, un convenio firmado en Oñate (Guipúzcoa en agosto de 1839 entre el General en Jefe carlista, Maroto, y el General liberal Espartero, se puso fin a la guerra en el norte pero la misma continuó en Cataluña hasta la definitiva derrota de Cabrera. El Convenio quedó firmado tras complicadas negociaciones tras una decisiva mediación del almirante Lord John Hay, jefe de la escuadra de observación británica, y que ya desde 1837 había comenzado a sondear a los generales de ambos bandos para hacer fructificar la finalización de la guerra. Una parte importante de la oficialidad y del clero carlista no aceptó el convenio y marchó junto con el pretendiente al exilio a Francia. Para estos sectores, el acuerdo entre Maroto y Espartero sería conocido como la Traición de Vergara. En la imagen, el Abrazo de Vergara.


La segunda Guerra Carlista, o de los Matiners (Madrugadores) entre 1846-1849, tuvo lugar fundamentalmente en Cataluña entre septiembre de 1846 y mayo de 1849 debido, al menos de forma teórica,  al fracaso de los intentos de casar a Isabel II con el pretendiente carlista Carlos Luis de Borbón y Braganza. Sin embargo, Isabel II terminó casándose con su primo Francisco de Asís de Borbón. Se puede hablar en términos generales sobre este conflicto que resurge como rechazo a la candidatura del conde de Montemolín, como Carlos VI y pretendiente carlista al trono, tras la abdicación de su padre. El alzamiento de las partidas fue continuo durante el otoño de 1846, fracasando el intento de sublevar otras regiones. Como ejemplo, en el País Vasco tuvo escaso eco, y se registraron algunos alzamientos en Castilla la Vieja y La Mancha, así como en Andalucía, aunque sin demasiado éxito. Los llamados Matiners contaron con el apoyo del campesinado mientras que el ejército isabelino sobornaba a algunos cabecillas carlistas para lograr que abandonaran la guerrilla. Además, la incorporación de elementos progresistas y republicanos a las filas carlistas, complicó aún más su resolución, que junto con la abortada venida a España desde Londres del conde de Montemolín en 1849, acabó por disolver los reductos carlistas, que optaron, al igual que Cabrera, por su traslado a Francia, sin dejar rastro de los mismos en mayo de 1849. En la Imagen, el General Cabrera, apodado el Tigre del Maestrazgo.



En referencia a esta época, es necesario comentar que el número de carlistas refugiados en Francia era de tener en consideración, y que el gobierno de Madrid concedió una serie de amnistías parciales que, junto a las presiones de las autoridades francesas tendentes a enrolarles en la Legión Extranjera, se redujo progresivamente, pero no obstante, hubo diferencias notables con los principales dirigentes legitimistas, como don Carlos y su familia, que fueron confinados en la ciudad de Bourges, siendo rehenes del gobierno francés y peones de sus relaciones diplomáticas con Madrid. El depósito de refugiados españoles en Francia siempre estuvo sometido a las determinaciones del gobierno de parís, que siempre controló la residencia de sus forzados huéspedes, y cuyas comunicaciones con familiares y amigos en España atravesaron notables dificultades.
En la imagen, Carlos Luis de Borbón y Braganza, Carlos VI.



La Tercera Guerra carlista, entre 1872 y 1876, tuvo como causas fundamentales el hecho de que en los últimos años del reinado de Isabel II tuviera como único apoyo de gobierno al partido moderado mientras que el General Prim, el héroe de Castillejos, veterano de África y exiliado por su actitud contraria al régimen, dirige el movimiento militar denominado “La Gloriosa” que trajo consigo el exilio de la reina, el fin del reinado de los borbones y el inicio del sexenio revolucionario. Tras la segunda Guerra Carlista, los sucesivos fracasos conspiratorios de los legitimistas y la crisis dinástica abierta tras la muerte de Carlos VI parecieron condenar al Carlismo a una lenta desaparición de la escena política española, pero sin embargo, la revolución septembrina en 1868, trajo la adopción por el carlismo de los principios del catolicismo antiliberal y combativo que define casi simultáneamente la princesa de Beira en su Carta a los españoles y el papa Pío IX en el Syllabus, que pareció infundir nuevos ánimos al debilitado movimiento, a la vez que se suma el temor que llevó a toda Europa la Internacional, llevó al carlismo a importantes representantes del liberalismo moderado de Isabel II,
al mismo tiempo que se solucionaron los problemas dinásticos con la definitiva abdicación del problemático infante don Juan a sus derechos dinásticos en su hijo mayor que se convirtió para todos los carlistas como el monarca deseado, nos referimos a Carlos María de Borbón y Austria-Este, autoproclamado duque de Madrid,  bajo el nombre de Carlos VII entre 1868 y 1909, así como pretendiente legitimista al trono de Francia con el nombre de Carlos XI de Francia y VI de Navarra 1887-1909. Este nuevo carlismo es el que hizo la tercera guerra carlista y el que revivió luego en las luchas políticas del reinado de Alfonso XII.En la Imagen, Batalla de Lácar, en la tercera Guerra Carlista. En Navarra, la guerra actuó con especial virulencia.

  


Cuando anteriormente nos hemos referido a la princesa de Beira, hablamos de Maria Teresa de Portugal, o de Braganza, quien se casó en segundas nupcias con su tío y pretendiente carlista Carlos María Isidro de Borbón.  En la Imagen, Carlos VII.



A partir de entonces, se trató de organizar tanto una acción propagandística y política como, paralelamente, una nueva conspiración militar. Esta sería la estrategia de la dirección legitimista, por lo menos, hasta 1872. La ideología del Carlismo había evolucionado de forma que, aún manteniendo la esencia de los principios fundamentales de Dios, Patria, Fueros y Rey, trataron de evitar ser defensores de la Inquisición y consideraron la independencia intelectual y la espiritual tan importantes como la integridad territorial y la libertad política. Estos avances, junto con la unión a la causa de un buen grupo de intelectuales y políticos, hicieron que consiguieran un importante número de representantes en la Cortes.

En la imagen, avance carlista a bayoneta calada en la Tercera Guerra, en la batalla de Mendizorrotz, el el 29 de enero de 1876. Representa la carga a bayoneta durante la batalla y la muerte, por bala, del Coronel Blanco. Es una reproducción de un cuadro al óleo de R. Balaca.



En octubre de 1869 Carlos entregó la dirección político-militar del carlismo a Ramón Cabrera, quien dimitió en marzo de 1870 debido a discrepancias con el pretendiente y con notables figuras del movimiento carlista, ya que él pensaba que en ese momento no se daban las condiciones más razonables para alcanzar el triunfo por las armas, y no quería exponer a España a una nueva guerra civil, como se presagiaba. En abril, Carlos decidió asumir personalmente la jefatura del carlismo tras una conferencia que había reunido en Vevey, Suiza, a los notables carlistas, creando una junta central del partido que actuaba legalmente en España, la Comunión Católico-Monárquica, y juntas locales en los ayuntamientos donde el carlismo tenía implantación. Se organizó también una red de casinos y centros carlistas para promover el ideario carlista, estrategia que se probó exitosa, ya que en las elecciones de 1871 el carlismo consiguió 50 diputados en el Congreso. Sin embargo, finalmente fue la vía militar la que prevaleció, al dar Carlos a sus partidarios la orden de sublevarse en abril de 1872 en lo que fue el comienzo de la Tercera Guerra carlista, que se desarrolló sobre todo, en las provincias vascongadas y Navarra, y que terminó finalmente en la Segunda Batalla de Montejurra en febrero de 1876.En la imagen, salida de Carlos VII aclamado por sus tropas de Valcarlos, al final de la guerra, al grito de volveré.






Hemos visto cómo el rencor político que arrastra a la muerte a los hijos del pretendiente carlista, se reconcilia al fin con el tiempo que ha convertido en polvo la carne arrojada con prisa a la tumba, donde el ideal de la Tradición espera paciente para surgir de nuevo y abrirse camino a golpes de bayoneta calada, acabando el cuadro que la repleta costumbre pictórica nacional, ha convertido en seña de propia identidad. El Tigre del Maestrazgo espera oteando el relieve que el horizonte pintado de gris en la madrugada, ha plasmado en cumbres y valles donde el joven sol que asoma, desliza poco a poco la luz del nuevo día que desde Cantavieja,  y San Mateo, capitales del Maestrazgo, amenaza con una nueva carga de caballería carlista en defensa, una vez más, del tridente, fuero, patria y rey…Los Caballeros de la Orden de Montesa, observan admirados y orgullosos la escena en el tiempo y en el espacio, donde la bandera de la legitimidad ondea el orgullo dichoso de su Cruz de Borgoña, al paso del Ebro y el Cabriel y de las sierras de Molina y Albarracín hasta el mar. En la imagen, carga carlista en la batalla de Morella, por Ferrer Dalmau, que representa al general Cabrera, con su enseña particular.



LOS CAMBIOS Y EL CARLISMO EN LOS TIEMPOS MODERNOS

Es muy importante ir reseñando en este momento, unos datos ideológicos que van acompañados a la época de la que hablamos, ya que es relevante explicar que durante 1868-74 se ensayó por primera vez en España en sufragio universal, que volvió a reimponerse en 1890, y en el que sobre todo, Navarra y el carlismo navarro, tuvo una especial relevancia, ya que supuso la primera ruptura ideológica que contribuyó a abrir nuevas brechas en el movimiento, en las que Navarra y algunos navarros desempeñaron un papel destacable. Unos, con Cándido Nocedal a la cabeza, fueron partidarios de la abstención y de todo lo que supusiera absoluto repudio del liberalismo, en tanto que otros defendieron una actitud participativa. En los intentos de evitar la ruptura entre ambos grupos, durante los años ochenta, sería pieza principal el escritor  Francisco  Navarro Villoslada, diputado y senador por el Partido Tradicionalista y hacia 1871 ejerció de secretario del pretendiente Don Carlos, autor de novelas de fondo histórico como Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) yAmaya o los vascos en el siglo VIII.  En la ruptura que sobrevino, en 1888, fue fundamental "El Tradicionalista" de Pamplona, el periódico que provocó los primeros anatemas de Carlos VII, tras los cuales se abrió la escisión del Integrismo. Desde entonces (1888-1889) los tradicionalistas navarros fueron carlistas o integristas y tuvieron sus diputados propios y respectivos. En la imagen, Francisco Navarro Villoslada.



El ya mencionado integrismo carlista, tuvo su núcleo más importante en Navarra, con figuras como la de Ramón Nocedal, pero también Navarra lo fue en mayor medida para el llamado Carlismo más estricto del tradicionalismo puro, con figuras como Tomás Dominguez Arévalo, conocido como el Conde Rodezno, o Juan Vazquez Mella.

Entramos ahora, en la época más oscura del Carlismo, ya que en 1909, muere Carlos VII y su hijo Jaime de Borbón se convierte en titular de los derechos con el nombre de Jaime III, quien asume el puesto de pretendiente legitimista. A partir de entonces, el movimiento abandona oficialmente el apelativo de carlista y empieza a llamarse jaimista o simplemente tradicionalista o legitimista. Bartolomé Felíu fue el representante del partido en España hasta 1912 y Juan Vázquez de Mella el encargado de la secretaría política del jaimismo, a pesar de las malas relaciones entre él y el pretendiente. En 1913 comenzó a organizarse el Requeté, del que luego hablaremos, como una organización de milicias armadas del partido, un partido que comenzó a dividirse ya en 1919, y cuyas razones, ya hemos dejado ver, y que son el mal entendimiento entre Vázquez de Mella, del que ya hemos hablado, y Jaime de Borbón, que tiene su origen la ideología de la Primera Guerra Mundial, ya que Vázquez de Mella era germanófilo, lo que le condujo a una sonada separación con el pretendiente carlista Jaime de Borbón, que era aliadófilo. Jaime de Borbón, que había estado confinado por los austriacos en su castillo cercano a Viena, publicó en 1918 un manifiesto dirigido a los tradicionalistas españoles desautorizando a los que hubiesen exteriorizado sus sentimientos germanófilos. Vázquez de Mella se sintió desautorizado Juan Vázquez de Mella junto con un carlista también de primer orden de nombre Víctor Pradera, fundaron lo que se conoce como Partido Católico Tradicionalista, mientras que los denominados jaimistas,  bajo el liderato directo del pretendiente evolucionaron hacia posturas socialistas y más de izquierda, sin embargo, el programa de ambos partidos era parecido y ambos hacían constar su deseo de respetar los ordenamientos forales. En las imágenes siguiente, Juan Vázquez de Mella, y el que fuera pretendiente al trono de España Jaime de Borbón y Borbón-Parma, Jaime III.




Durante la dictadura de Primo de Rivera, el Carlismo mantuvo posturas cambiantes y ambiguas por momentos, y el pretendiente, Jaime III, llegó a publicar incluso un manifiesto contra la misma, que llevó consigo una fuerte represión, mientras que otras familias tradicionalistas colaboraban con la dictadura, como es el caso del líder de la Unión Patriótica Víctor Pradera, y el Carlismo, debido a todas estas tesituras de división, llegó bastante debilitado al advenimiento de la Primera República en 1931, y adoptó una posición contraria contra la segunda República por la declaración anticlerical y antirreligiosa de los gobernantes, lo que llevó a facilitar la reunificación nuevamente.

 Hay que recordar aquí, que el pretendiente Jaime celebró conversaciones con Alfonso XIII para la reunificación de sus ramas de la casa de Borbón, con la propuesta de establecer a Jaime como jefe de la casa de Borbón a cambio de que nombrara heredero al infante Juan,  hijo de Alfonso XIII. Las negociaciones terminaron bruscamente con la muerte de Jaime a consecuencia de una caída de caballo, lo que llevó a la sucesión a su tío Alfonso Carlos de Borbón, hermano de su padre, como cabeza de la dinastía, ya que Jaime III no tuvo hijos, con el nombre de Alfonso Carlos I, rechazando adoptar el de Alfonso XII, y que tenía ya 82 años de edad, pero tuvo una labor muy importante, ya que fue el principal causante de la reunificación de  Integristas, jaimistas y tradicionalistas, reunidos en un mitin en Pamplona, el 16 de enero de 1932, formaron una Junta nacional tradicionalista con el nombre de Partido tradicionalista carlista o Comunión tradicionalista. En la imagen, S.A.R. D. Alfonso Carlos Fernando José Juan Pío de Borbón y Austria-Este, Duque de San Jaime y de Anjou; Londres, 12 de septiembre de 1849, Viena, 29 de septiembre de 1936, Rey de España, con el nombre de Alfonso Carlos I.






PRELUDIO DE UNA NUEVA CARLISTADA.

Aquí, llega la época más dificultosa del conocido movimiento carlista, ya que se producen nuevas escisiones y nuevos cambios, pues se produce un intento de aproximación con el destronado rey Alfonso XIII, que resulta fallido, y además,  el choque de intereses con el conde de Rodezno, por su estrategia de aproximación a Alfonso XIII, Alfonso Carlos suprimió la Junta y designó en mayo de 1934 a Manuel Fal Conde como Secretario General de la Comunión Tradicionalista, más combativo y hostil al acercamiento a los alfonsinos, además de que ya en 1934, los tradicionalistas, como vamos a ver, optaron por apoyar opciones más belicistas contra le República.




Como se ha visto, los Carlistas resistieron a la revolución en el siglo XIX en tres guerras civiles, luchando por tener la oportunidad de implementar su propio programa político y, sobre todo, de colocar en el trono a quien aclamaban como rey. En dos de estas guerras, la Primera Guerra carlista y la tercera Guerra carlista el movimiento dominó el norte de la Península Ibérica durante unos años gobernando en la zona de acuerdo con sus principios teóricos. Ya en el siglo XX, los carlistas aportaron unas fuerzas importantes al bando nacional en la que se vino a denominar Guerra de Liberación, aunque los legitimistas se estaban preparando para levantarse contra la Segunda república por su cuenta en una Cuarta Guerra Carlista cuando los generales del ejército empezaron a conspirar contra el gobierno republicano, como veremos seguidamente.

El triunfo de las fuerzas del Frente Popular en las elecciones celebradas en España en febrero de 1936 acabó de convencer a los pocos carlistas que aún tenían alguna duda que solamente un acto violento iba a poner fin a la Segunda República, instaurada en abril de 1931. Los resultados de aquellos comicios no les habían sido demasiado favorables. En una nota pública, el Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, el abogado sevillano Manuel J. Fal Conde, reconocía explícitamente la derrota en las urnas, argumentando que “El resultado electoral nos ha sido adverso, porque tenía que sernos adverso”, y al mismo tiempo advertía a sus correligionarios que la lucha continuaba, con la primicia de que había que saber esperar a ser útiles, sabiendo esperar, sabiendo sufrir, sabiendo morir pero siempre trabajando y sirviendo a los sagrados intereses de España, según sus palabras, y así fue, ya que esta formación política volvía a reiterar, al igual que lo había hecho siempre, su compromiso frente a las revoluciones, que venía combatiendo en tierras españolas desde principios del siglo XIX, y lo hizo frente al advenimiento del régimen republicano y la extensión del miedo a la revolución, erigiéndose nuevamente como la punta de lanza pues así se encontraba preparado desde tiempo atrás para la guerra, en guardia perenne contra los sustanciales cambios que pudieran hacer temblar los cimientos tradicionales de la nación. En la imagen, Manuel José Fal Conde.



No hablaremos aquí de los requetés, pero por dar un ejemplo,  limitaremos nuestra explicación a señalar que los requetés fueron soldados carlistas durante la la primera Guerra Carlista, en España. A principios del siglo XX, la milicia carlista adoptó este nombre, siendo más tarde llamadas así las fuerzas navarras que participaron en el bando franquista durante la Guerra Civil Española. Los primeros cuatro batallones carlistas que se formaron en el otoño de 1833 al iniciársela Primera Guerra Carlista recibieron apodos para distinguirse entre ellos, dada la ancestral costumbre existente en Navarra de dar mote a todo. Los motes de estos cuatro batallones fueron «Salada», «Morena», «Requeté» y «Hierbabuena», ahora bien, la razón del nombre requeté, forma parte de la tradición popular carlista de forma especialmente alusiva parece ser que debido a la indumentaria que utilizaban acabando por convertirse en un gracioso y original nombre debido a las razones que obligaron su bautismo, y que no consideramos importantes para señalarlas en este documento, sirva nada más que de anécdota, para  argumentar que ya en julio de 1936 la Comunión contaba con la milicia más numerosa y mejor preparada y entrenada no ya sólo con los ocho mil requetés o boinas rojas que había en Navarra, territorio que sin lugar a dudas, tenía la mejor organización y más desarrollada del Tradicionalismo español y que finalmente multiplicaron su número en el frente, si no con otros veintidós mil en el resto de España, preparados para el combate, incluyendo no sólo a los activos, sino también a la reserva, y así lo habían preparado en la denominada Junta militar, también llamada Junta de Conspiración en un plan insurreccional que la dirección falcondista (Fal Conde)   había trazado con sus propias fuerzas con la participación de un sector del ejército que estaría al servicio de un proyecto monárquico tradicionalista.


 Esta junta, presidida por el propio Fal Conde, estaba representada por el pretendiente en la persona de su sobrino Javier de Borbón Parma, formando parte de la misma algunos militares en activo y en la reserva, como el general Musiera, el teniente coronel Baselga, el capitán Justo Sanjurjo y el inspector de las milicias carlistas, el teniente coronel Rada,  y un conjunto de políticos tradicionalistas, siendo este organismo el que dirigiría en adelante los destinos de la Comunión Tradicionalista Carlista, y tras largas negociaciones en las que se pretendía, como ya se ha comentado, iniciar un nuevo levantamiento carlista, y después de complicadas discusiones y luchas tanto internas como externas de la formación, el plan finalizó en fracaso, viéndose entonces forzados, el día 15 de julio,  a integrar el movimiento tradicionalista carlista en la conspiración militar que, finalmente, estallaría entre el 17 y 18 de julio de 1936, encabezada por el General Emilio Mola.




Las causas de este fracaso que mencionamos, fue la falta de acuerdo o la ruptura entre Fal Conde y el General Emilio Mola, comandante militar de Pamplona, coordinador general del levantamiento militar aunque fuera el General Sanjurjo, exiliado en Portugal, el reconocido generalmente como de mayor antigüedad entre los conspiradores. La ruptura supuso una coyuntura crítica que propició que Tomás Domínguez Arévalo, más conocido como Conde Rodezno, como ya hemos visto antes,  y la Junta Regional Carlista de Navarra, actuaran por su cuenta de forma independiente, concretando un acuerdo con el General Mola, y abriendo la posibilidad de una división interna del Carlismo, pese a que Fal Conde continuó tratando de negociar con Sanjurjo los términos más exactos para una restauración carlista que no pudo conseguir merced a que los hechos se precipitaron ya que la guerra civil empezó el 17 de julio trayendo consigo de forma inmediata la colaboración masiva de los requetés en Navarra y otras provincias, pero  Sanjurjo , quien a instancias de Antonio Lizarza Iribarren promotor de la fuerza Requeté de los Carlistas desde 1934, apoyó desde su exilio que al menos se dejara a los requetés luchar bajo la bandera monárquica,  permitieron alcanzar el acuerdo que ratificó la Junta nacional tradicionalista el 15 de julio. Los requetés carlistas formaron una fuerza superior a 16.000 hombres, en un principio, pero como mínimo, durante la guerra, fueron más de 60.000, de los cuales, fueron bajas unos 34.000, es decir, el 56%, uno de cada dos combatientes, un 50% superior a la normal del conjunto de unidades, como si el soldado carlista, sólo supiera luchar bien, pero morir a toda costa, y hacerlo con la entrega que el ideal había plasmado a lo largo de su historia, pese a las circunstancias en contra, como así la tuvo también con el franquismo, que no reconoció en su momento la raíz del Carlismo, como veremos ahora después.


Es necesario clarificar en este punto que una vez iniciado el conflicto, Franco, denominado ya como Generalísimo en la zona nacional, profesaba un gran respeto por la doctrina tradicionalista, pero declaraba a su vez que estaba demasiado fuera de moda para lograr una movilización social y política adecuada de las grandes masas e indicaba de forma vaga un arreglo entre carlistas y falangistas a lo que el Conde Rodezno le contestó de forma personal y directa que la doctrina carlista no era el fascismo del falangismo ideado por el propio Franco, incluso el propio Fal Conde rechazó las peticiones de Franco para que actuara como embajador ante el Vaticano o aceptara un puesto en la junta política de la Falange Española Tradicionalista, y tuvo que optar por el destierro, o la pena de muerte, ya que el propio Fal Conde había anunciado el comienzo de la organización de una Academia Militar de Requetés que formaría a sus propios oficiales, y Franco, tenía claro su curso político e ideológico, y este no pasaba por una restauración de la monarquía ni alfonsina, ni carlista, por lo que digamos que en este sentido, los carlistas habían ganado la guerra al final, pero perdido la paz, y así,  en 1937 Franco firmó el decreto de unificación de Falange española y la Comunión. En adelante, y mientras subsistió el régimen de Franco, no pocos navarros, encuadrados en el FET y de las JONS, ocuparon puestos de primer orden en la Administración española, en tanto que otros mantenían viva  la llama del carlismo independiente, con o sin la aquiescencia de las autoridades del régimen, pero poco antes de esto, en septiembre de 1936, Alfonso Carlos fallecía sin dejar hijos, y sin descendencia directa que no hubiera acatado de alguna manera a la dinastía que el Carlismo consideraba ilegítima, pero antes de morir por las heridas sufridas por el atropello de un camión en Viena,  Alfonso Carlos, designó regente a  Francisco Javier de Borbón-Parma, que pasó a encabezar la dinastía, aunque ahora de momento en la regencia,  con el nombre de Javier I.



EL CARLOCTAVISMO, LOS ESTORILOS Y LAS ESCISIONES DE LA DINASTÍA CARLISTA.

En este punto de la historia, nuevamente el movimiento carlista volvió a padecer problemas tanto dinásticos, como doctrinales que ya había padecido antes, ya que pese a que la mayor parte de los carlistas seguirá a Javier, otros, los que han venido a llamarles como “estorilos” por ser Estoril la ciudad en la que residía en el exilio Juan de Borbón y Battenberg hijo de Alfonso XIII. Esta nueva circunstancia, ya venía de antaño, como hemos podido ver, en las conversaciones que tuvo Jaime III con Alfonso XIII, y que algunos carlistas apoyaban como rey carlista legítimo sucesor, ya que  apoyándose en el hecho de que, agotada la sucesión de Carlos María Isidro, procedía buscar la rama masculina siguiente, la iniciada con el hijo menor de Carlos IV, Francisco de Paula, cuyo hijo mayor, Francisco de Asís, había casado con Isabel II, su prima, y transmitía pues los derechos carlistas a Alfonso XII, por éste a Alfonso XIII y por éste a don Juan. Los Borbón-Parma, en cambio, descendían directamente de Felipe de Borbón, duque de Parma, hijo de Felipe y   hermano de Carlos III . El acatamiento a don Juan de Borbón había sido preparado por el conde de Rodezno sobre todo desde 1946, aunque ya hemos visto antes que en 1934 ya había habido intentos de aproximación,  y se llevó a cabo en el denominado pacto de Estoril en 1957. Sin embargo, la mayoría de los carlistas navarros y concretamente  el carlismo más popular, se mantuvo junto a Javier de Borbón-Parma, con lo cual, el acontecimiento, no quedó más que en una mera anécdota, como lo sería también en su momento el llamado Carloctavismo para proponer a don Carlos Pío de Habsburgo-Toscana y Borbón, como Carlos VIII , anteriormente a principios de los años 40,  hijo de doña Blanca de Borbón y Borbón y nieto por tanto de Carlos VII, abriendo otra línea de escisión en el Carlismo de la época, ya que se consideraba que al venir por línea materna, no era legítimo, pues así se había manifestado el Carlismo primigenio al no jurar Carlos María Isidro, a su sobrina Isabel II por ser mujer, recordemos lo de la Ley Sálica y la Pragmática Sanción que hablamos al principio.  En las imágenes siguientes, Carlos Pío de Habsburgo Toscana y Borbón, y  Juan de Borbón y Battenberg.





Tras el decreto de unificación de 1937 de Falange y el carlismo tradicionalista, del que ya hemos hablado, Javier de Borbón Parma declaró expulsados a todos aquellos que habían respaldado el decreto de unificación. Ya finalizada la Guerra Civil, se dio la circunstancia de que el Carlismo, una facción que había apoyado al régimen franquista, es perseguido y hostigado por el régimen al que tanto aportó, y esto trajo consigo una especie de evolución ideológica. En este sentido, ya lo avisaba el Jefe Nacional Carlista en Navarra, don Joaquin Baleztena Azcárate, cuando decía aquello de que cada victoria militar es una derrota política para el Carlismo, porque les necesitaban menos. Los Carlistas, cada vez, contaban menos en el cuadro de la Falange franquista, y en su momento, aceptaron la fusión sin demasiado entusiasmo, pero, llegados aquí, me gustaría abrir una pequeña suspicacia, que el paciente lector puede analizar, si es que le quedan ganas, y es la siguiente:
Primero, como ya hemos comentado, Alfonso Carlos I fallecía ya anciano y sin sucesión en Viena, en trágicas circunstancia, atropellado por un camión, que resulta que era un vehículo de la policía.
Segundo, José Antonio Primo de Rivera, se había manifestado en varias ocasiones en contra de Franco, y había muerto fusilado en la cárcel de Alicante, y hay mucha gente que se pregunta, y así parece que lo apoyan diversas circunstancias, si Franco hizo todo lo posible o no, para intentar salvar a José Antonio, y hacerse con el poder de la Falange, a su imagen y semejanza, no a la Falange Primorriverista.
Tercera, Sanjurjo, quien iba a asumir la jefatura de la sublevación, muere en extrañas circunstancias y de forma trágica en un accidente, cuando el 20 de julio, el aviador Juan Antonio Ansaldo va a Estoril a recogerle con su avioneta para trasladarle a Burgos, donde asumiría el mando del Golpe de Estado. Sin embargo, el aparato se estrella a los pocos momentos del despegue y termina envuelto en llamas al impactar contra una valla de piedra. Sanjurjo muere y el piloto, que logró sobrevivir con heridas leves, atribuirá el siniestro al exceso de equipaje del general.
Cuarta, el General Mola, Jefe del Ejército de Norte, fallece en un accidente de avión, y desde el mismo momento de su muerte, surgieron rumores ya que esto favorecía a Franco al quedar eliminado como rival para asumir la Jefatura del Estado. No obstante, hay que señalar que Mola empleaba este avión con bastante frecuencia para llevar a cabo sus desplazamientos y más allá de los rumores, lo cierto es que no existen pruebas de que hubiera sabotaje, o por lo menos, en su momento no se encontraron, o no pudieron encontrarse. Pero como ya se ha dicho, todo son suspicacias, que también forman parte de la historia.

Ya en 1952, Javier I asume como rey los designios del futuro como pretendiente, y llegamos ya, a la etapa final del Carlismo, y como había sido siempre, abierta de nuevo a la escisión que dividía a aquellos caballeros que desde las brumas del pretérito pugnaban una y otra vez por levantar la bandera de la Cruz de Borgoña, en una pugna interminable entre el Oriamendi que derramó la sangre Carlista en su victoria cerca de San Sebastián, y el Dios, la Patria y el rey por el que lucharon los padres de aquellos que un día defendieron la bandera de la Santa Tradición, una Tradición que moría muy a su pesar, pero que no terminaba de dejarse morir, en un tiempo en que el Concilio Vaticano II promulgaba una nueva tendencia más modernista que fue protestada por la Tradición Carlista levantando un grito en el silencio del  vacío y en nombre del rey Javier, que fue acallada con un sonoro revés del  Dignitatis hum anae por parte de la Iglesia suponiendo una crisis tan profunda en el carlismo tradicionalista de la que ya nunca se recuperaría jamás. Ese mismo año de 1965, dio comienzo la renovación de la otra parte del Carlismo dando un brusco giro hacia la izquierda que apoyó a ETA al año siguiente en el Aberri Eguna de Irún y en el bastión carlista de Montejurra, cuyo Cristo Negro nos observa desde su gruta con la severa amenaza de descolgar sus brazos del madero que lo aprisiona al tiempo y a la eternidad, y el nuevo carlismo, dando un paso de gigante hacia el nacionalismo vasco, desafía al régimen que en un pasado no demasiado reciente, ayudó batallar. Montejurra, una vez más, se tiñe de rojo.



Ya, finalmente en 1970, la doctrina carlista cristaliza con un programa que incluía la defensa de los viejos derechos liberales del hombre, el federalismo, el pluripartidismo, la revolución social por medio de la lucha de clases y el socialismo autogestionario. Fue entonces, en 1972, cuando Javier de Borbón-Parma optó por abdicar en Carlos Hugo, quien condujo el movimiento hacia la oposición abierta desde la izquierda al régimen de Franco, sobre todo desde el momento (1974) en que estuvo representado en la denominada Junta democrática, que preparaba la transición a la democracia, pero más concretamente desde que Juan Carlos , hijo de Juan de Borbón y Brattenberg, es designado como sucesor de Franco, y fue pretendiente con el nombre de Carlos VIII.En la Imagen, Carlos Hugo de Borbón y Parma.





Los carlistas tradicionalistas no aceptaron la reorientación y, mientras en unos cundió el desánimo, otros prefirieron aplicar aún los principios sucesorios carlistas , en virtud de los cuales la infidelidad al ideario propio del movimiento hacía ilegítimo a un rey y consideraban cabeza de la dinastía al hermano menor de Carlos Hugo, Sixto de Borbón-Parma. Sin embargo, la presencia de éste en Montejurra durante los sucesos de 1976 terminó de hacer que el movimiento languideciera; cuando realizaban el vía crucis anual hacia la cumbre, en conmemoración de los éxitos de las armas carlistas en aquellos parajes durante las guerras carlistas, hubo enfrentamientos violentos, incluso armados , con dos muertos y cinco heridos de bala, entre ambas facciones. En la imagen, Sixto de Borbón y Parma.





 Desde entonces, el carlismo tradicionalista tendió a diluirse en las agrupaciones políticas españolas más conservadoras (principalmente Fuerza Nueva), que no eran sólo ni principalmente carlistas sino más bien franquistas; o simplemente se marginó de la política; en tanto que el Partido carlista oficial, fiel a Carlos Hugo, se mantenía en la línea autogestionaria y participaba en los procesos electorales como tal. Alcanzaría este último su máximo desarrollo en las elecciones generales de 1979, donde Navarra volvió a surgir como el principal bastión del carlismo, sin embargo, Carlos Hugo, al no conseguir el acta de diputado en dichas elecciones, renunció a sus cargos en el carlismo. Murió en 2010, y sus derechos, pasaron a su hijo Carlos Javier de Borbón-Parma y Orange-Nassau, en la imagen.




Podríamos tildar de lamentable o no, la decisión de Don Javier (Javier I), quien ya próximo a la muerte, optó por lo que hoy podemos definir como la irreconciliación de dos tendencias que el sangriento suceso de Montejurra de 1976 propició la desaparición del partido Carlista reducido a una especie de grupo inviable sin horizonte pero con la pervivencia en el tiempo de la que hoy conocemos como Comunión Tradicionalista Carlista apartada de extremismos pero sosteniendo el antiguo lema de Dios Patria Fueros Rey actualizado a las circunstancias del presente y refugiando su ideal en la cultura, a la espera de que la Historia, le brinde de nuevo, una oportunidad.







Aingeru Daóiz Velarde.-

http://navegandoenelrecuerdo.blogspot.com.es/





BIBLIOGRAFÍA

Identidad y Nacionalismo en la España contemporánea: El Carlismo 1833-1975. Dirigido por Stanley G. Payne.

Las Guerras Carlistas. Autor Antonio Manuel Moral Roncal.

El Manifiesto Realista de 1826. Federico Suárez Verdaguer.

La Crísis política del Antiguo Régimen en España (1.800-1840) Federico Suárez Verdeguer.

La formación de la doctrina política del Carlismo. Federico Suárez Verdaguer.

Historia del Tradicionalismo español. Melchor Ferrer Dalmau.

¿ Qué es el Carlismo. Centro de Estudios Históricos y políticos “General Zumalacárregui”.

Historia del Carlismo. Román Oyarzun.

Memorias de la Conspiración, 1931-1936. Antonio Lizarza Iribarren.