viernes, 29 de agosto de 2014

FERNANDO VII EN VALENÇAY Y EL NACIMIENTO DE LA PEPA


FERNANDO VII EN VALENÇAY  Y EL NACIMIENTO DE LA PEPA

Mientras los españoles sacrificaban sus vidas en el altar del Deseado (Fernando VII), él, pasaba su dulce cautiverio en Valençay sólo amargado por el miedo a perder la vida, y muestra de este miedo son sus palabras escritas a Napoleón sobre el intruso José:

"Señor:
He recibido con sumo gusto la carta de V.M.I. y R. del 15 del corriente, y le doy las gracias por las expresiones afectuosas con que me honra y con las cuales yo he contado siempre. Las repito a V.M.I. y R. por su bondad en favor de la solicitud del
duque de San Carlos y de D. Pedro Macanaz, que tuve el honor de recomendar.

"Doy muy sinceramente, en mi nombre y de mi hermano y tío, a V.M.I. y R. la enhorabuena de la satisfacción de ver instalado a su querido hermano el rey José en el trono de España. Habiendo sido siempre objeto de todos nuestros deseos la felicidad de la generosa nación que habita en tan dilatado terreno, no podemos ver a la cabeza de ella un monarca mas digno ni mas propio por sus virtudes para asegurársela, ni dejar de participar al mismo tiempo el grande consuelo que nos da esta circunstancia.

"Deseamos el honor de profesar amistad con S.M., y este motivo ha dictado la carta adjunta que me atrevo a incluir, rogando a V.M.I. y R. que después de leída, se digne presentarla a S.M. Una mediación tan respetable nos asegura que será recibida con la cordialidad que deseamos. Señor, perdonad una libertad que nos tomamos por la confianza sin límites que V.M.I. y R. nos ha inspirado, y asegurado nuestro afecto y respeto, permitid que yo renueve los mas sinceros e invariables sentimientos, con los cuales tengo el honor de ser, Señor, de V.M.I. y R. su mas humilde y muy atento servidor.
Valençay, 22 de junio de 1808.

Firmado: FERNANDO".

Napoleón le rodeó de comodidades y de distracciones, entre las que se encontraba el bordar, labores de aguja e hilo en las que hacía competencia a su tío don Antonio. Desde su prisión de oro en Valençay, llegó a felicitar a Napoleón por sus victorias sobre las armas españolas, y  además era tal el grado de adulación de Bonaparte por parte de Fernando, que llegó a pedirle a aquél la mano de su sobrina Lolotte, hija de Luciano Bonaparte y de Catalina Boyer, aunque esto fue poco antes de la guerra, pero parecía sentirse como un miembro más de la familia Bonaparte, y no cejó en su empeño de emparentar con ellos llegando incluso a tener la feliz ocurrencia de pedir la mano de Zenaida Bonaparte, hija del rey intruso José I y de Julia Clary. A Talleyrand, que velaba su custodia, cuando le escribía le llamaba primo.


En la imagen, Fernando VII.




En este orden de cosas, se reunieron las Cortes en Cádiz, baluarte de la independencia y cuna de la libertad, después de venir de la Isla de León (San Fernando), y promulgaron ese ideal artículado en el que prevalecen las ideas de los oradores y políticos liberales como don Diego Muñoz Torrero, Agustín de Argüelles y Álvarez González, quien podría ser el diputado más reconocido de las Cortes de Cádiz y padre de la Constitución,  Isidoro de Antillón y Marzo, Juan Nicasio Gallego y Hernández del Crespo, José María Calatrava Peinado, o José Mexía Lequerica, entre otros. Fue sin duda  uno de los textos jurídicos más importantes del Estado español, por cuanto sentó las bases de constituciones posteriores. Considerada como un baluarte de libertad, fue promulgada en Cádiz en el Oratorio de San Felipe Neri el 19 de Marzo de 1812, día de la festividad de San José, por lo que popularmente fue conocida como “La Pepa”, casualmente el mismo día de la onomástica de José I Bonaparte, el rey intruso.

 Compuesta de diez títulos con 384 artículos,  y es considerada como el primer código político a tono con el movimiento constitucionalista europeo contemporáneo, de carácter novedoso y revolucionario, y esto de revolucionario es con respecto a su contenido, y no  al estilo de la Revolución francesa, si no de carácter más español, adaptada a las circunstancias de la nación, desde la legalidad, por quienes eran los legítimos representantes, acordándola conforme a las normas procesales del momento, y como contrapartida o respuesta al Estatuto de Bayona, inspirado en el modelo de Estado constitucional bonapartista.

 Si bien hay que reseñar que tenía algunas influencias o coincidencias con la Constitución francesa de 1791, pero es importante aclarar quiénes fueron los constitucionalistas de Cádiz. De facto, fueron en un principio 104 diputados que asistieron a la primera sesión y 223 que firmaron el acta de la última, aunque no son considerables pues no se tiene una verdadera constancia, y que la mayoría de los autores establece un número de  diputados clasificados de los cuales 97 eran eclesiásticos, de los que solo 5 eran obispos, prevaleciendo los de alto y medio clero secular, 60 abogados, 55 funcionarios públicos y 16 catedráticos, además de 4 escritores y dos médicos, añadiendo 37 militares de los cuales no podemos contabilizar si eran o no aristócratas (más adelante explicaremos el por qué de esto, ya que los militares de carrera eran aristócratas, y los que se supone que respaldaron la Constitución venían del mundo de las guerrillas), 8 nobles titulados y 9 marinos, además de 15 propietarios y 5 comerciantes.

 Podemos decir que se trata pues de una minoría instruida que no opera según un consenso popular. La clase media silenciosa no participa en la acción política de Cádiz, ni la respalda, y este dato, es muy importante a tener en cuenta, para dar explicación a acontecimientos posteriores que marcaron con yerro candente la Historia de España.

En resumen, digamos que  los integrantes de las Cortes formaban una grupo heterogéneo en el que figuraban muchos burgueses liberales, funcionarios ilustrados e intelectuales procedentes de otras ciudades tomadas por el ejército del rey José, y miembros de las Juntas, que, huyendo de la guerra, se habían concentrado en Cádiz, ciudad-refugio protegida por la marina británica. 

A causa de las dificultades de la guerra, la alta nobleza y la jerarquía de la Iglesia apenas estuvieron representadas en Cádiz. 

Tampoco asistieron los delegados de las provincias ocupadas, (la mayoría), a los que se buscó suplentes gaditanos, lo mismo que a los representantes de los territorios españoles de América. Predominaban en las Cortes las clases medias con formación intelectual, eclesiásticos, abogados, funcionarios, militares y catedráticos, aunque no faltaban tampoco miembros de la burguesía industrial y comercial. No había, en cambio representación alguna de las masas populares: ni un solo campesino tuvo sitio en la Asamblea de  Cádiz; y tampoco hubo mujeres, carentes todavía de todo derecho político.

Mientras tanto, Fernando VII se dedicaba en Valençay a lo que mejor sabía hacer, véase como ejemplo la siguiente carta, en la cual, felicita a Napoleón por sus victorias contra los españoles que se batían en cuerpo y alma a muerte:

Señor: El placer que he tenido viendo en los papeles públicos las victorias que la Providencia corona sucesivamente la augusta frente de V.M.I. y R., y el grande interés que tomamos mi hermano, mi tío y yo en la satisfacción de V.M.I y R. nos estimulan a felicitarle con el respeto, el amor, la sinceridad y reconocimiento en que vivimos bajo la protección de V.M.I. y R.

 Además era tal el grado de adulación de Bonaparte por parte de Fernando, que llegó a pedirle a aquél la mano de su sobrina Lolotte, hija de Luciano Bonaparte y de Catalina Boyer.   Asimismo, los miedos que Fernando arrastraba desde la infancia, le hicieron salir de Madrid para tener un encuentro con el Emperador de los franceses, paralizándole de tal modo que no pudo detenerse en Vitoria para intentar la fuga, con la consiguiente abdicación del trono español. Ya que Fernando parecía sentirse como un miembro más de la familia Bonaparte, no cejó en su empeño de emparentar con ellos. Y entonces llegó a tener la feliz ocurrencia de pedir la mano de Zenaida Bonaparte, hija del rey intruso José I y de Julia Clary.


En el próximo capítulo, trataremos sobre el título de MUERTE DE UNA ESPERANZA

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martes, 26 de agosto de 2014

EL PASADO GLORIOSO DE LA DECADENCIA

EL PASADO GLORIOSO DE LA DECADENCIA


Creo que es interesante recordar determinados pasajes de la historia, y hacerlo de una forma amplia y clara, o por lo menos, lo más amplia y clara que el entendimiento pueda dar de sí. Debido a la extensión del tema, voy a procurar hacerlo en varias partes, para no cansar en demasía, y esclarecer los puntos y apartes de una Constitución que pretendió romper con el Antiguo Régimen que tantos sufrimientos causo a España, y a Hispanoamérica, testigo mudo de unos años tristes e importantes en la Historia de España.

Merece la pena detenernos un poco en aquella Constitución, para comprender el sentimiento que enfrentó ideológicamente a una nación que se debatía en una guerra que tanto dolor causó. Fue la primera Constitución que se dio en España, y puede ser considerada como una Constitución Liberal, término este del que Larra hablaría mucho en tiempos aún por venir, y de hecho, se especula como una de las causas prendieron la mecha de su triste final, la desesperación que sentía frente al fracaso del ideal del liberalismo en el mundo político de los tiempos que le tocaron vivir.

Posiblemente fuera causa y efecto de una necesidad, pero una necesidad mal entendida, o mal interpretada por aquellos que en su momento, pudieran ver la oportunidad de dar un giro brusco en el rumbo de la política nacional, posiblemente con la culpabilidad de las prisas y el derroche de la urgencia, sin detenerse demasiado en buscar el respaldo de una sociedad hastiada de guerra, pero a su vez, parte dogmática en cualquier pretensión que sobre el futuro del Estado se pudiera buscar. Una sociedad conocedora del infructuoso pretérito más cercano, parte esencial de una decadencia triste y abandonada a su suerte, pero una sociedad con la que al fin y al cabo, se debería contar, aunque nos permitimos dudar que así fuera.

Una Constitución que consigna que la soberanía reside en la nación, que el catolicismo es la única religión,  el texto consagraba a España como Estado confesional católico, prohibiendo expresamente en su art. 12 cualquier otra religión, y el rey lo seguía siendo "por la gracia de Dios y la Constitución" (aunque posteriormente se legislara en contra por medio de los veinteañistas), que la monarquía es hereditaria y no absoluta, que propugna la división de poderes, habla sobre los derechos y deberes de los ciudadanos,  el sufragio universal masculino indirecto, la libertad de imprenta, la libertad de industria, el derecho de propiedad o la fundamental abolición de los señoríos, no incorporó una tabla de derechos y libertades, pero sí recogió algunos derechos dispersos en su articulado. Además, incorporaba la ciudadanía española para todos los nacidos en territorios americanos, prácticamente fundando un solo país junto a las excolonias americanas. Del mismo modo, este texto constitucional no contempló el reconocimiento de ningún derecho para las mujeres, ni siquiera el de ciudadanía (la palabra "mujer" misma aparece escrita una sola vez, en una cita accesoria dentro del art. 22), aunque con ello estaban en plena sintonía con la mayoría de la sociedad española y la Europa del momento,  pero, sobre todo y ante todo, derroca el absolutismo, que era la quintaesencia del problema.


En la imagen, la promulgación de la Constitución de 1812.


Frente a algunos historiadores y personajes influyentes que ensalzaban a todo trance el espíritu absolutista y tradicional se enfrentaban los que tenían la pasión puesta en defender las ideas liberales y europeizantes pero adaptadas la forma de vida del español de la época. Los primeros, es decir, los absolutistas, argumentaban el lamento de que con la Constitución se rompe totalmente con el pasado glorioso, pero olvidaban que no todo ese pasado fue glorioso, ya que España llevaba casi doscientos años mal gobernada por Nithard, el padre Juan Everardo Nithard, confesor de la reina Mariana de Austria, esposa de Felipe IV y regente como madre de Carlos II, un hombre carente de las condiciones necesaria que sin desearlo, se convirtió en valido, sus desaciertos fueron enormes y llevó a España por los caminos de la derrota (Paz de Aquisgran, independencia de Portugal etc), otro valido más que dejó desvalida a España, o por el llamado Duende de Palacio o Corredor de Orejas, que era como antes llamaban a los alcahuetes, nos referimos a Fernando Valenzuela, ejemplar degenerado y que fuera conductor de las desdichas de una monarquía nefasta y de un desgraciado pueblo español. Fue un pícaro napolitano y corrido pendenciero carente de escrúpulo, listo más que inteligente y con sobradas prisas por trepar, otro valido en el resumen de un tiempo en el que una herida casual en una cacería era motivo suficiente para ser Grande de España,  o por el narciso Almirante, Juan Tomás Enrríquez de Cabrera y Ponce de León, el del motín del pan, genovés Almirante de Castilla, que supo apoyarse en la debilidad de la reina Maria Ana de Neuburgo, la segunda esposa de Carlos II, otro favorito más, y quien antes también había asediado a su predecesora María Luisa de Orleans, parece ser que en la historia de España era el oficio principal de los validos, o por Anne Marie de la Trémoille, la Princesa de los Ursinos, quien tuvo en sus manos el destino de una España en guerra (Guerra de Sucesión) gobernada por un endeble Felipe V, maestra de intrigas en la Corte de un rey que no sabía cómo reinar. Esta mujer tuvo su pago de la mano de Isabel de Farnesio.
En la imagen, Isabel de Farnesio.



 Reyes y reinas extranjeras que hacen una política anti-española y derraman la sangre y los caudales españoles por los campos de Europa buscando tronos para sus hijos que algunos como Felipe, hijo de Isabel de Farnesio, se jactaba y alardeaba de ignorar la lengua castellana. O por el habilidoso cocinero y abate italiano Julio Alberoni, de profesión valido, maestro en la intriga y cuyas previsiones resultaron fallidas en su totalidad y todas sus esperanzas frustradas. O por el aventurero holandés, el barón de Riperdá, Juan Guillermo Ripperdá, un personaje que fue nombrado primer ministro con la influencia de la Farnesio, atenta siempre al bien de sus hijos y no al de España, y que una vez fueron descubiertas las mentiras e intrigas del de Riperdá  por divulgar secretos de Estado,  fue depuesto, encarcelado y fugado. Convertido al Islam, intentó después apoderarse de Ceuta.

 Este es el pasado glorioso, entre otros, que entrega España a Napoleón, en manos de otro valido, Godoy, como siempre, con desastrosos resultados, los de otra monarquía absoluta y decadente, fruto de la dejadez de los gobernantes demasiado hastiados por gobernar, y contra todo este pasado glorioso, es el que lucha el pensamiento político español, el liberalismo plasmado en la Constitución como amparo ante cualquier tipo de despotismo y con vistas a potenciar los esfuerzos por iniciar una nueva historia que camine paralela al resto de Europa. Pero su camino fue corto, y su final, si es que tuvo alguna vez algún principio, trájico, tanto como lo han sido otros finales de gloriosas luchas de un pueblo que se debate a dos bandas entre la aclamación y la adoración de los gobernantes de un despotismo y neopotismo ilustrado propio de una dinastía francesa maestra del gobierno con tedio y arrogancia sin parangón,  y el desengaño y frustración de unos austrias menores que dejaron en España la humillante costumbre de caer, levantarse, y volver a caer. Y España, ha dado muestras en muchas ocasiones que el levantarse de nuevo, cada vez, cuesta más.

Por otro lado, existe también el hecho de que los impugnadores de la Constitución de 1812 afirmaran a su vez que no era en absoluto española ni en espíritu ni en letra, y al contrario que los reformadores de Cádiz afirmaron que era una obra en la que se hundían sus raíces en la más pura tradición española, los que postulaban en contra de esta idea afirmaban que la obra de los legisladores gaditanos tenía más de Revolución francesa que de la tradición española, pero, además, cuando llegó el momento de la promulgación, no ya la Comisión» sino las Cortes, se creyeron en el deber de ilustrar a la generalidad del pueblo acerca de la fidelidad con que la Constitución había respondido al deseo general de renovación y corrección de defectos políticos, y en el Manifiesto dirigido al país fueron todavía más explícitas y rotundas de lo que la propia Comisión había sido (pues ésta cuidó de especificar que no había nada nuevo en la sustancia).

Según decía el propio Manifiesto al que nos hemos referido,   «Asegurar para siempre la libertad política y la civil de la nación, restableciendo en todo su vigor las leyes e instituciones de nuestros mayores, era uno de los principales encargos que habían puesto a su cuidado...; la Religión santa de vuestros mayores, las leyes políticas de los antiguos reinos de España, sus venerables usos y costumbres, todo se halla reunido corno ley fundamental en la Constitución política de la Monarquía.»


Sin embargo, y pese a todas estas manifestaciones y seguridades, pese también a que el texto del proyecto se entregó a los diputados casi en vísperas de comenzar su lectura y discusión, hasta el punto de que apenas hubo tiempo para que lo leyeran despacio,  algunos suspicaces no acabaron de casar las declaraciones de la Comisión acerca de la inspiración que la había guiado con lo que habían leído del proyecto, y es más, ni siquiera se llegaron a expresar lo que vinieron en llamar en su momento como los antecedentes jurídicos de cada uno de los artículos debido a las prisas por aprobarlos con rapidez, más aún, cuando, en palabras del propio presidente de la Comisión, se aludía al amor a la brevedad, para no perder tiempo, cosa que más bien inclinan el ánimo en pensar que así se hizo. Según el marqués de Miraflores, en sus memorias, advierte que esa misma Constitución escrita, dada a Francia en su primer ensayo constitucional, fue por la que se modeló la Constitución de 1812 en Cádiz, punto que está hoy fuera de controversia. Tómense ambas Constituciones en la mano y se conocerá la afinidad.

Unido a esto, existe otro factor principal, que es al que, por lo general, no se le suele conceder gran atención, como es las aspiraciones del pueblo, de la inmensa mayoría de los españoles que se batían contra los franceses o sufría la ocupación de las tropas de Bonaparte. 


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En el próximo capitulo, hablaremos de FERNANDO VII EN VALENÇAY Y EL NACIMIENTO DE LA PEPA.



jueves, 26 de junio de 2014

RODERICO Y LAS DOS ESPAÑAS, RECUERDOS DE LA HISTORIA

RODERICO  Y LAS DOS ESPAÑAS

La historia política de los reyes visigodos, que marcaría el final del imperio romano de occidente,  es penosa y deplorable. De los treinta y cinco reyes (a falta de investigaciones posteriores), si contamos a Akhila, el hijo de Witiza, o treinta y seis, si decidimos sumar el reinado de Ardón, cuyos reinados argumentamos más adelante,  diez murieron asesinados, perdiendo la corona y la vida la mayoría, a manos de sus propios hermanos. Siete fueron destronados, pero salvaron la vida, y solamente quince acabaron de muerte natural o en batallas (diecisite de tener en cuenta a estos dos últimos).

Muchos de estos monarcas escalaron el trono valiéndose de la traición y de la sublevación, y otros tantos, jamás pisaron España,  y además, cabe el detalle de que la monarquía y la nobleza visigoda, jamás se mezcló con la población hispano romana, y argumentamos esto ya que había una diferencia en las jerarquías o clases sociales: por un lado, estaban los "señores" a los que pertenecían la nobleza visigoda, y los senatores, a los que pertenecía la nobleza hispano-romana. También existían los hombres libres que eran colonos, patrocinados, labradores, industriales y obreros, y una clase intermedia denominada "bucelarios" que eran hombres libres puestos bajo la protección de un noble y contaban asímismo con vínculos que les obligaban a prestaciones personales, recibiendo a cambio protección, tierras y armas, pero para tener acceso a la sucesión al trono, se debía  ser godo, de noble estirpe y buenas costumbres: no tener origen servil, no haber recibido la tonsura ni sufrido la pena de decalvación, que para los godos era peor que la de muerte.

Para contar el porqué del hundimiento de una monarquía  de dos siglos en una sola batalla, es conveniente explicar las vicisitudes de la misma, las leyendas que engendraron una invasión de ocho siglos,  las vicisitudes de un cambio de religión, las costumbres de la elección de un rey, y el poder, no sólo de una iglesia si no de una nobleza interesada solamente en liderar los designios de la historia en su propio beneficio.


EL MORBUS GOTHORUM O ENFERMEDAD DE LOS GODOS.


Ataulfo es asesinado en Barcelona, a instancias de Sigerico, que le sucede, y a los siete días muere por consejo de Walia, que le substituye en el trono. Turismundo es asesinado por su hermano Teodorico, que pierde, a su vez, corona y vida en manos de su hermano Eurico. Gesaleico arrebata el cetro a su hermano Amalarico y es a su vez destronado y asesinado a manos de sus tropas; Teudis cae a golpe de puñal, y Teudisclo pierde la vida en un escandaloso banquete. Al año, Agila es destronado y asesinado. Liuva II perece a manos de Witerico, que le sucede, y pierde la vida violentamente y su cadáver es arrastrado por las calles de Toledo. Suintila es destronado por Sisenando, que le reemplaza. A Tulga y a Wamba les arrebatan la corona con malas artes y los encierran en conventos. Ervigio es un usurpador y Witiza y Akhila fueron destronados. En la imagen, Wamba renunciando a la corona.



Esta  era la realidad de una monarquía de dos siglos, que a decir verdad, estaba gravemente herida en 711. Rodrigo sólo fue el último de una dinastía que se había debilitado de forma cada vez más escandalosa en beneficio de una nobleza liberada cada vez más, del vasallismo real, y los monarcas, para asegurarse apoyos dentro de la nobleza, se intentaban rodear de "fidelis regis", nobles leales al rey, a los que a cambio concedía privilegios, tierras y un poder cada vez mayor.


LA RELIGIÓN Y SU INFLUENCIA

El arrianismo es el conjunto de doctrinas cristianas desarrolladas por Arrio, sacerdote de Alejandría, quien consideraba que Jesús de Nazaret no era Dios o parte de Dios, sino una criatura.  Hoy en día, la cristología de los Testigos de Jehová guarda similitudes con el arrianismo, aunque mantiene ciertas diferencias. Esta era la religión oficial hasta los  tiempos de Recaredo, y por la que hubo pugnas importantes con la población católica hispano-romana. Los Concilios tuvieron vital importancia en la vida política y social del Reino visigodo. Estas  asambleas político-religiosas de la monarquía visigótica eran convocadas por el Rey y presididas por el Arzobispo más antiguo (posteriormente por el de Toledo), donde la representación se reducía a las altas jerarquías eclesiásticas y a la nobleza. La iglesia era la que solía legitimar a los nuevos monarcas en los Concilios Generales y sancionaba su elección mediante la unción real, otorgando un carácter sagrado a la realeza.



 Aquí es donde aparecen las dos Españas por primera vez en la historia, la división de la iglesia entre el arrianismo, y el catolicismo, a quien Leovigildo, en su lecho de muerte, encargó a su hijo Recaredo a que se convirtiese. Una España reaccionaria y otra revisionista, una España oficial, y la otra real, a pesar del enorme esfuerzo integrador y pacificador del propio Recaredo, el enfrentamiento entre los dos bandos se haría más cruento después, entre las familias de Chindasvinto y Wamba, como veremos después.
Conversión de Recaredo


LA ELECCIÓN DE RODERICO (RODRIGO)

La sucesión electiva de la monarquía era el verdadero sistema legal de la realeza visigótica, si bien, la monarquía hereditaria era una práctica comúnmente consolidada. Esto último fue lo que procuraron los reyes, por ejemplo, asociando a sus hijos al trono para asegurar el traspaso de poderes. Así paso con el mismo Witiza, que fue asociado al trono por su padre Egica, primo de Wamba, y creemos que es interesante dar a conocer que este mismo Egica, hizo sacar los ojos al hijo de Khindasvinto (Chindasvinto) Teodofredo, padre del futuro monarca Rodrigo (Roderico). Aquí se puede apreciar claramente el enfrentamiento de los dos clanes, el de Wamba, y el de Chindasvinto, importante tenerlo en cuenta para entender los acontecimientos posteriores.

  El propio Witiza también, asoció al trono a su hijo Akhila II.  Witiza falleció a principios de 710. Murió joven,y muy jóvenes serían todavía los hijos que dejó. La mayor parte de la aristocracia gótica procedió a la designación de un sucesor a la corona. Magnates y obispos se reunieron en asamblea electoral -senatus- y, mediante una acción tumultuosa, pero de legitimidad irreprochable, elevaron al trono a Roderico (Rodrigo), Dux de la Bética, y decimos lo de acción tumultuosa porque fue de por sí conflictiva y sólo lo habrían apoyado algunos sectores de la nobleza más rancia, localizados principalmente en Toledo y hacia el sur, tanto en las tierras de la Bética, como era de esperar, como en la región de Mérida. De hecho, no se conservan monedas acuñadas ni en la Tarraconense ni en la Narbonense, en cambio, si se conservan acuñaciones de Akhila II en ambas provincias, por lo que debió reinar en ambas zonas fieles al clan de Witiza una vez se había iniciado la conquista islámica, es más, podemos datar el fin del reinado de Agila II (Akhila II) con las victorias árabes  en el Valle del Ebro y cerca de Zaragoza, en 713, y tras su muerte en combate, el reinado de  Ardón, que parece ser que gobernó entre siete u ocho años,  de quien se han encontrado monedas acuñadas en la zona del Rosellón, pudiéndose preveer que los historiadores hayan preferido inmortalizar como último rey a quien gobernó la totalidad del territorio del Regnum Visigothorum.



Deberíamos hacernos pues la siguiente pregunta ¿fue entonces Roderico (Rodrigo) el último rey visigodo, y el responsable de la pérdida de España?. A la primera parte de la pregunta, podemos insinuar que no a la respuesta, y a la segunda parte, nos mantenemos en la prudencia del silencio, para que el intérprete juzgue por sí mismo. Lo que podemos asegurar es que la aceptación de Rodrigo como rey fue sólo aparente, por parte del clan de Witiza, pero con una abierta hostilidad al principio, como es de presumir, ahora bien, ¿cómo podríamos catalogar la actuación de los partidarios de este clan (Witiza) en los acontecimientos que vinieron después?. En la imagen, don Rodrigo en Guadalete.



LA CAVA, CRÓNICA DE UNA LEYENDA O EL PRINCIPIO DEL FIN

A la caída de la monarquía visigoda va unida una interesante leyenda que su popularidad nos impulsa a tratar de ella, nos referimos a la "Leyenda de la Cava". La violación hecha por el considerado históricamente último monarca del Regnum Visigothorum a la hija del conde don Julián, la que fue la causa,  según el decir popular de los romances medievales, del "injusto forzador", don Rodrigo, de la traición del Conde don Julián (Olián-Olbán), su padre, y de la pérdida de España. Se cuenta en las diversas crónicas que seguidamente estudiaremos de forma esquemática pero comprensible, que el conde don Julián, un personaje enigmático y poco o nada contrastado históricamente, fue gobernador de Ceuta y uno de los "fideles" del clan de Witiza, quien entró en contacto con los musulmanes del norte de África para pedir ayuda y luchar contra Rodrigo, traicionando al rey facilitando la entrada a la Península de las tropas de Tariq.
El primer autor que hace mención de la hija de don Julián y de haber sido corrompida por don Rodrigo, es el egipcio Ibn Abd al-Hakam, en el siglo IX, siguiendo con la leyenda otros historiadores árabes posteriores como Isá y Abén Alkutiyá, y de los autores cristianos, el primero que lo admite es el silense ( Crónica Silense, escrita en latín en la primera mitad del siglo XII, 1110, nos relata el linaje real desde los reyes godos hasta el rey de León y Castilla Fernando I, y se la denomina silense al ser atribuida, en primera instancia, a un monje del monasterio de Silos), y la divulgan luego Jiménez de Rada, Lucas de Tuy y Alfonso el Sabio.

 Pedro del Corral en la "Crónica Sarracina" es el primero que la llama Cava en 1430, Miguel de Luna , médico morisco y traductor de árabe, es una de las figuras prominentes de la sociedad morisca granadina de finales del siglo XVI, y  su obra, de evidente carácter enaltecedor de los árabes, es considerada como falsaria en sus argumentos investigadores, quien, sabiendo que en árabe "Cahaba" significa ramera, inventó el poético nombre de Florinda.

 Fernández Guerra y Menéndez Pidal han estudiado concienzudamente la leyenda, y aunque no lo digan claramente, rechazan todo valor histórico al relato. En cambio, el sesudo arabista Francisco Codera y Zaidín dice que no debe extrañar que Olbán (don Julián), enviase a la Corte a su hija, y que el silencio del Pacense (historiador contemporáneo) no es bastante, pues sólo constituye un argumento negativo el hecho de que los árabes invadieran España gracias a una traición, ¿por qué?, pues por que el Cronicón Pacense es una crónica latina publicada por Flórez en la España Sagrada, este Cronicón es de autor desconocido y que se supone vivió entre el 649 y el 754, y por tanto contemporáneo de los hechos que relata. Se le atribuye la obra tanto a Isidoro Pacense (o de Beja), como a algún autor anónimo de Córdoba o Toledo. En este cronicón no se menciona la Batalla de Covadonga ni a Pelayo.

 El Marqués de Mondéjar interpretó que en el Cronicón Pacense, el príncipe llamado Teodomiro que en el año 712 mató muchos árabes en algunas partes de España" es Pelayo, pero esta tesis es infundada y ningún otro dato del libro la apoya. Para Antonio Alonso Rodríguez, el hecho de que la batalla no aparezca reflejada en el pacense se debe a que ha desaparecido un epitome, una parte del Cronicón, en la que se enumerarían los hechos importantes no recogidos por la crónica, entre los que se encontraría la batalla de Covadonga. Para Bernardo Acevedo, el hecho de que la batalla de Covadonga no aparezca mencionada obedece únicamente, a que no hubiese sido prudente para el autor, si residía en tierras musulmanas, haber recordado la ofensa de Covadonga, por lo que no quiere decir que no existiese sino que fue ocultada.

Lo mismo ocurre pues con la Leyenda de la Cava, la cual, entre los autores mozárabes se atribuye la maldad a Witiza, y en la historia de Jiménez de Rada la deshonrada no es la hija, sino la mujer del conde.  En la imagen, elección de Rodrigo como rey de los visigodos.



La versión que argumentan las crónicas mozárabes escritas más trescientos años después  en  la llamada Chronica Pseudo-Isidoriana (Isidoro de Sevilla, eclesiástico católico y erudito polímata hispanogodo de la época visigótica. Fue arzobispo de Sevilla durante más de tres décadas 599-636 y canonizado por la Iglesia católica), cuenta lo siguiente:
"Mientras tanto, en el palacio real de Sevilla comenzaron a hablar, entre otras cosas, sobre la hermosura de las mujeres. Uno de ellos rompió a hablar diciendo que en toda la tierra no había ninguna más hermosa que la hija de Julián. Al oír esto Witiza hizo un aparte con uno de los otros tratando de cómo podría hacer llegar hasta ella un mensajero en secreto para que la trajera cuanto antes. El otro le dijo: "Envía por Julián. para que venga. Y quédate con él unos cuantos días de francachela, comiendo y bebiendo". Mientras Julián andaba de banquete, Witiza escribió con el nombre de Julián una carta que envió lacradas con el sello de éste a su esposa la condesa para que le trajera enseguida a su hija Oliba a Sevilla (Aquí se cambia el nombre de la supuesta Florinda, de la que anteriormente hemos hablado). Mientras Julián estuvo entretenido en aquel festín de bebida y comida, Witiza la tuvo y la violó durante varios días".
Es importante recordar que esto es según las  crónicas mozárabes, para situarlas en el contexto argumental de una realidad más o menos interesada, debido a lo que se ha comentado anteriormente en referencia al interés de si el hecho de la invasión de España pudo ser fruto de una traición, y facilitada por ésta, como se argumenta en el silencio que asimismo se hace en el Cronicón Pacense.
En la imagen, conde don Julián.  



Es difícil entender que fuera Witiza el supuesto forzador, ya que   no residía en Sevilla sino en Tuy y, además, porque de haber sido el ofensor el conde Julián nunca se habría puesta del lado de sus familiares en la lucha sucesoria. Podría resultar más cierta la versión de que fuese don Rodrigo el presunto forzador, pues  la historia resulta más creíble que fuera en Sevilla que enToledo; la capital de la Bética estaba bastante más accesible para los ceutíes y era muy importante como para que la hija se educase en el refinamiento cortesano. No había ninguna necesidad de que Julián fuese o enviase a nadie de su familia a Toledo, debido a las intrigas por la lucha al poder del reino, y es más creíble que don Julián la habría mandado para completar su educación y preparar un buen matrimonio con algún noble visigodo a  Sevilla y no a Toledo, por lo que de ser cierta la leyenda, que podemos pensar que lo fue, se produjo mientras Rodrigo no era rey electo, sino dux de la Bética, y con esto, no  podemos ni es nuestra intención deshonrar la ciencia de  Fernández Guerra y Menéndez Pidal, ni mucho menos, pues nos encontramos a años luz de mentes como las suyas.

Ahora bien, si Rodrigo accedió al trono en el verano de 710 y Tariq cruzó el estrecho hacia abril-mayo del 711, hay un espacio de tiempo muy corto para que suceda la historia de la leyenda, el aviso al ofendido padre y el viaje de éste a la capital visigótica para llevar de vuelta a Ceuta a la hija deshonrada por el reciente rey, parece todo demasiado ajustado en tiempo. Teniendo en cuenta  además, que los fieles de Akhila (Agila II) que escaparon de Toledo al coronarse Rodrigo lo hicieron, según suele aceptarse, o sería lo más  normal, al norte de África, para ser acogidos en  Ceuta donde gobernaba el conde don Julian, y eso tuvo que ocurrir lo más tarde en el otoño del 710,   así que no sería lógico que don Julián mandase a su hija a la corte de un rey al que consideraba como enemigo, ni tampoco que fuera a buscarla cuando ya se había declarado como tal.

 Es más probable que Julián prefiriese disponer de la amistad de los ejércitos  islámicos antes que de la conflictiva monarquía española, con muchas intrigas por el trono como para asegurarle un buen futuro, y aunque poco o nada está contrastado históricamente sobre el conde don Julián, gobernador de Ceuta, podemos suponer de su existencia, como tampoco lo es una supuesta incursión en 710 a cargo de unos cuatrocientos hombres en una expedición de reconocimiento, en cuatro naves puestas a su servicio por el conde Julián, que desembarcaron en Charizat Tarif o isla Tarif, la actual Punta de Tarifa cuyo Comandante era un tal Tarif ibn Malluk, que desde aquella fecha quedó bautizada con su nombre. Todos estos datos son suposiciones no contrastadas, que no hechos fundados. Tengamos en cuenta que las crónicas, silenciadas durante casi ocho siglos, dejan lugar a conjeturas que sólo pueden ser esclarecidas por un ordenado análisis del contexto histórico de la posibilidad real. En el buen juicio de un agudo lector, cabe la veracidad y el grado tanto de la Leyenda de la Cava, como de la existencia del conde don Julián, aunque el Ajbar Maymúa, que es una recopilación de la historiografía árabe sobre el período omeya en al-Andalus, reconoce su existencia, aunque no deja de ser una obra polémica, pero podríamos considerar dos preguntas necesarias, ¿existió el tal conde don Julián?, posiblemente sí, aunque no con ese nombre, y ¿puede ser cierta la leyenda de una violación o entendimiento interesado de la leyenda?, podemos pensar que también, pero no cuando Roderico era rey, si no dux de la Bética.  Lo único fundamentado es lo que vino después.

BATALLA DE GUADALETE O DE LA JANDA

En la primavera del 711 (se cree que hacia el 27 de abril) un ejército musulmán mandado por tariq ibn Ziyad, lugarteniente del gobernador del norte de África, Musa Ibn Nusayr, desembarcó en las costas españolas, concretamente fue escogido el promontorio de Calpe, que desde entonces pasó a llamarse Chabal al-Tariq (monte Tariq), es decir, Gibraltar, para prestar la ayuda solicitada por los herederos de Witiza con el fin de derrocar a Rodrigo, al que ellos consideraban usurpador. Coinciden las crónicas de la época que la finalidad de este ejército, en un principio, y según las órdenes de Musa Ibn Nusayr, no era efectuar una invasión en toda regla, pero al parecer, Tariq, actúo por su cuenta, y efectúo un desembarco tras el cual,  quema sus barcos y se dirige a sus hombres en una arenga que todavía sigue siendo coreada por los escolares árabes y musulmanes 14 siglos después:  Al bahru wara'akum ual ad'duo amamakum» («el mar está detrás de vosotros y el enemigo está frente a vosotros»), posteriormente fue castigado y severamente reprendido después por el propio Musa Ibn Nusayr.

Las tropas invasoras se componían de unos 12.000 hombres en total, y en un principio se emplearían en consolidar sus puntos de apoyo en la costa, estableciéndo el grueso de sus fuerzas en la que denominaron en un principio Isla Verde (Al-Chazirat al-Jadra), hoy la actual  Algeciras. Teodomiro, lugarteniente de Roderico, al mando del ejército godo, hace frente con mil setecientos jinetes a los doce mil hombres mandados por Tareg-ben-Zain (Tariq) a quienes no puede contener en Algeciras. La petición de ayuda a Roderico lo sorprende en el norte luchando contra los partidarios de Witiza: “intentó inmediatamente aliarse con ellos frente a aquellos que él, ignorante de la traición, llamaba el enemigo común… Roderico envió rápidamente lo que le quedaba de la caballería para reforzar el insuficiente ejército de Teodomiro. Esta ayuda, de por si escasa, llegó agotada e incapaz de detener las incursiones que ya habían alanzado Medina Sidonia”. Dejamos constancia de que este tal Teodomiro, fue un noble visigodo con un gran patrimonio territorial al sureste de la península, centre Murcia y Alicante actualmente, y que después de la batalla de Guadalete y la desaparición de Rodrigo, pactó con los musulmanes, concretamente con  Abd al-Aziz ibn Musa, hijo del Gobernador Musa Ibn Nusayr, para garantizar la posesión de sus propiedades.

Rodrigo (Roderico) se encontraba entonces sitiando Pamplona contra los vascones sublevados en una bagauda (una rebelión de campesinos), tal vez, apoyados por partidarios de la dinastía de Wamba, cuando se le informó de los nuevos acontecimientos que se estaban dando en el transcurso de la guerra civil, que enfrentaba a los leales de Agila II, hijo de Witiza, y heredero al trono, según éllos, y los partidarios de la dinastía de Chindasvinto, o sea, leales a Rodrigo. Las informaciones que recibió sobre el asentamiento musulmán en el sur, hizo que partiera a marchas forzadas, dejando parte de sus tropas en el asedio a Pamplona, no sin antes enviar emisarios a los partidarios de  Agila II, para hacerle saber que el enemigo  eran los musulmanes, y hacer causa común, ignorante de la realidad de los hechos. Los dos ejércitos se encontraron a orillas del Guadalete cerca del lugar donde más tarde se elevaría Jerez, por eso la denominan "Batalla del Lago", el Wadi Lakka, como se nombra en algunas crónicas, y teniendo en cuenta que Xeric (Jerez) significa lago, pero su determinación no se ha fijado, pues no se sabe si es el Barbate o el Salado, aunque estudios realizados por autores Aurelio Fernández Guerra y Eduardo Saavedra se inclinan más que pudo ocurrir entre Medina-Sidonia y Vejer de la Frontera, junto a la Laguna de La Janda  y el río Barbate, lo más preciso es que puede hablarse del Valle del Guadalquivir como escenario de la misma.

EL DESASTRE DE UNA TRAICIÓN Y LA LEYENDA DE UNA MALDICIÓN

Parece ser que el choque tuvo lugar el 19 de junio del 711, y debió prolongarse durante más de una jornada. No sabemos con absoluta claridad la certeza de quién comandaba las dos alas del ejército visigodo, no muy numeroso, pero unos autores atribuyen a que eran capitaneadas por Oppas y Sisberto, hermanos de Witiza, que es la versión más creíble, mientras que existen otros autores que dicen fueron los hijos menores de Witiza los que estaban al mando de esas posiciones, no sería de extrañar que estuvieran ambos, tanto los hermanos, como los hijos, lo cierto es que ambas alas, en el momento de la primera carga, hicieron defección (deserción o abandono), lo cual dejó a Rodrigo en una situación desesperada de desamparo, que aún así hizo frente como mejor pudo hacerlo, pero la derrota visigoda fue absoluta.

Los testimonios más antiguos que se conocen afirman la muerte del rey en la batalla, ya que encontraron su caballo muerto, así como parte de sus enseres de guerra, sin embargo, hay quién cree que escapó llegando a la localidad lusitana de Viseu, ya que en la Crónica de Alfonso III se menciona que allí se encontró una lápida que decía “Hic requiescit rodericus rex gothurum” (Aquí yace Rodrigo rey de los godos), además, investigaciones más modernas como las de Aurelio Fernández Guerra y Eduardo Saavedra niegan que muriera en la batalla, y creen que organizó la defensa de  Mérida y dirigió la batalla de Segoyuela de los Cornejos, cerca de Tamames, donde perdió la vida. Es esta supuesta  batalla librada en 713 d.C., en el lugar citado de Segoyuela de los Cornejos,  en la prov. de Salamanca) entre el rey visigodo Rodrigo y los caudillos musulmanes Tariq y Muza. Según la hipótesis de Eduardo Saavedra en sus Estudios sobre la invasión de los árabes (1892), después de la derrota de Guadalete (711) el destronado rey se habría retirado con parte de su ejército hacia el norte, refugiándose en la Sierra de Francia. Allí, en la cercana localidad de Segoyuela, habría sido localizado, derrotado y muerto por las tropas Tariq y Muza a fines del verano del año 713.
 Esta reconstrucción histórica fue desacreditada en su día por Sánchez Albornoz por estar apoyada únicamente en la Crónica del moro Rasis, conocido en el mundo musulmán como Ahmad ibn Muhammad al-Razi, o como al-Tariji (el Cronista), ya que fue  un historiador andalusí que desarrolló su labor literaria en tiempos del Califa Abderramán III del  Ajbar Muluk Al-Andalus (Noticias de los reyes de al-Ándalus)  que tradujo el clérigo lusitano Gil Pérez en el año 1300, y cuya traducción original al portugués Saavedra identificó Saguye con Segoyuela en un manuscrito castellano de esta crónica precisamente defectuoso, eligiéndolo entre otros también redactados en el s. XV pero que se refieren al río Sangonera. Concretamente se conservan tres escritos en castellano de entre los siglos XV y XVI, aunque parece poco cierto, de hecho, lo más probable es que tras la conquista de Mérida (30-VI-713) y el encuentro con Tariq en Talavera, Muza ben Nusayr se dirigiera directamente a Toledo para tomar posesión de los tesoros reales y de los bienes confiscados a las iglesias.

Otra de las leyendas sobre el reinado de Rodrigo, es la que se cuenta relativa a una maldición y que habla sobre una cueva excavada por el héroe griego Hércules. Los reyes visigodos construyeron un palacio que cerraron para que nadie pudiera entrar, cada nuevo rey añadía un nuevo candado o cerradura, hasta que años más tarde llegó Don Rodrigo que no haciendo caso a la leyenda abrió dicho palacio, encontrando en una de sus salas una mesa, supuestamente la mesa de Salomón, y un cofre, que pensando que estaba lleno de joyas lo abrió, sin embargo en su interior solo había un pergamino en el que había dibujos de unos guerreros de piel oscura y turbantes en la cabeza, con una leyenda que decía “Cuando la mano del tirano abra la puerta del palacio y profane su secreto, guerreros como éstos penetrarán en España y se apoderarán del reino” .

  En la imagen, retirada de las tropas visigodas en la batalla de Guadalete.


Posteriormente a la batalla de Guadalete,  pese a la insistencia de los hijos de Witiza de recuperar el trono, Tariq, debido a la facilidad de la victoria y a la posibilidad de poder presentarse ante muchos más como libertador que como conquistador, debieron alentar sus pretensiones e impulsarlo a desatender las instrucciones de Musa al confiarle el mando, persiguiendo a los restos del ejército visigodo y propiciando una nueva victoria en Astigi (Écija), mandando un destacamento contra Córdoba y entrando en  la capital, Toledo. No vamos a extendernos aquí sobre el fabuloso tesoro real del que se hizo cargo, incluyendo la famosa mesa de Salomón, a la que parece ser que cortó una pata, y por la que fue doblemente reprendido por Musa, pero éste, al contemplar el fabuloso botín, calmó los ánimos no pasando a mayores con su lugarteniente.

Si los partidarios de Witiza (Agila II) podrían tener alguna esperanza de ser restituidos en el trono, ésta acabó desmoronándose al ver que Musa se instalaba en Toledo como un auténtico soberano, enviando al Califa Al-Walid una embajada ratificándole su sumisión con la del territorio conquistado, y acuñando moneda. Triste final para un triste principio. La población hispano-romana, impasible ante los primeros acontecimientos de la invasión, empezó entonces un camino que duraría ocho siglos en recorrer, un camino en muchas ocasiones bañado de sangre, terror y muerte, pero también de pasión y gloria para un pueblo demasiado acostumbrado a sufrir.

Aquí hay un documento en PDF, sobre diversas crónicas de los hechos que dieron origen a la invasión musulmana en España.

http://www.alqantir.com/10.pdf


Aingeru Daóiz Velarde.-

http://navegandoenelrecuerdo.blogspot.com.es/










lunes, 23 de junio de 2014

ÁLVARO DE BAZÁN Y GUZMÁN. EL ALMIRANTE INVENCIBLE.

  
ÁLVARO DE BAZÁN Y GUZMÁN. EL ALMIRANTE INVENCIBLE.

Toda nación que se precie debe conservar fresca la memoria de las ilustres personalidades que, de una u otra manera, ayudaron a fortalecer la idiosincrasia y esplendor de su aventura vital. Tanto intelectuales, guerreros o gobernantes son figuras que inspiran la historia, y una de esas figuras es Don Álvaro de Bazán y Guzmán, no en vano se dijo de él que peleó como caballero, escribió como docto, vivió como héroe y murió como santo.





De familia ilustre de guerreros y marinos, fue el más importante hombre de mar del rey Felipe II de España. Tanto su abuelo como su padre habían sido destacados soldados, del primero se sabe que participó en la Guerra de Granada al servicio de los Reyes Católicas y el segundo fue un importante general al servicio de Carlos I. En 1529, con apenas dos años de edad, su padre marcó el camino de su vida al solicitar para él el hábito de caballero de Santiago, siendo armado como tal al año siguiente en Guadix, aunque dada su corta edad, no asumió su cargo hasta 1568. La Orden de Santiago fue una orden religiosa y militar surgida en el siglo XII en el Reino de León. Debe su nombre al patrón nacional de España, Santiago el Mayor. Su objetivo inicial era proteger a los peregrinos del Camino de Santiago y hacer retroceder a los musulmanes de la Península Ibérica.


El mejor marino español de todos los tiempos nació en Granada el 12 de diciembre de 1526, y como se ha dicho, hijo de Álvaro Bazán y de Ana de Guzmán (hija de Diego Ramírez de Guzmán, primer conde de Teba) ,  en un tiempo, en que la España del emperador Calos I de España y V de Alemania,  avanzaba sin oposición ninguna por todas y cada una de las latitudes del planeta, haciendo de aquel siglo XVI tan decisivo para la historia de España, pero las propias costas peninsulares eran sometidas de forma constante al ataque de corsarios franceses e ingleses y a los golpes de los piratas berberiscos. Fue precisamente su padre, de idéntico nombre, a quien la historia nombra para no confundir con el apelativo de “el viejo”, el máximo responsable de la armada de galeras reales que se encargaban de custodiar las difíciles aguas del estrecho de Gibraltar, y es precisamente aquí, donde Álvaro el joven obtiene sus primeros conocimientos marineros navegando y luchando junto a su padre, y conociendo sus primeras historias sobre la épica del mar, ese mar que tan importante era para los intereses de España, comprobando cómo la llamada del océano encuentra eco en su inquieta alma. Cuadro de Carlos I de España pintado por Tiziano.




Fue educado en Gibraltar, después de que en 1535, con tan sólo nueve años, y gracias a los meritos de su padre,  se le concediese los cargos de alcaide y capitán del castillo de esta plaza (los cuales mantendría toda su vida), gobernando su padre hasta su mayoría de edad.
Siempre a bordo de poderosas galeras, va creciendo mientras combate a los enemigos del rey Carlos. En 1544, con apenas diecisiete años, la escuadra de don Álvaro el Viejo, su padre, intercepta una flota corsaria francesa en aguas de Galicia. El combate fue feroz, con resultado favorable para los intereses de España, y en el que nuestro protagonista interviene de forma activa tanto en la lucha, como en las maniobras navales. Es la primera gran batalla para don Álvaro de Bazán, y no será la última, pues, desde entonces, luchará sin descanso durante casi cincuenta años, en los que todas sus acciones se contarán por victorias. Aunque no era solo un hombre de armas, además de tener una gran formación militar, también se cultivó en otras áreas, pues recordemos que por aquel entonces el Renacimiento reinaba en Europa, y Don Álvaro de Bazán sería durante toda su vida un apasionado del arte siendo incluso mecenas de algunos distinguidos humanistas y escritores de la época, entre los que se encontraban Góngora y Lope de Vega. Este último le dedicó una poesía que decía lo siguiente:
El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés,
y en todo mar el inglés,
tuvieron de verme espanto.
Rey servido y patria honrada
dirán mejor quién he sido
por la cruz de mi apellido
y con la cruz de mi espada.

Y el mismo Luis de Góngora escribía lo siguiente en sus epitafios:

No en bronces, que caducan, mortal mano,
Oh católico Sol de los Bazanes
Que ya entre gloriosos capitanes
Eres deidad armada, Marte humano,
Esculpirá tus hechos, sino en vano,
Cuando descubrir quiera tus afanes
Y los bien reportados tafetanes
Del turco, del inglés, del lusitano.
El un mar de tus velas coronado,
De tus remos el otro encanecido,
Tablas serán de cosas tan extrañas.
De la inmortalidad el no cansado
Pincel las logre, y sean tus hazañas
Alma del tiempo, espada del olvido.

Su escudo de armas representa un tablero de ajedrez, al que se le han añadido ocho cruces de San Andrés, por la costumbre que tenía de jugar una partida antes de la batalla. Como curiosidad, decir que en uno de sus viajes trajo consigo un gigantesco cocodrilo capturado en el Nilo, y que vivió en el palacio hasta su muerte, en la actualidad se encuentra disecado en el interior de la Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción en Viso del Marqués.


En 1554, obtiene el primer mando de cuatro buques con 1200 hombres con la finalidad de proteger los barcos que venían de América cargados de mercancías contra la piratería francesa, siendo su primera acción al mando el apresamiento de un buque enemigo cerca de Coímbra, acción a la que siguieron otras en las cercanías de las canarias o las Azores. En 1156 rindió en el Cabo de Alguer a dos buques ingleses que transportaban armas y material a los musulmanes de Fez, marchando después en auxilio de la guarnición española de Orán.
En 1556 Felipe II sucede a su padre en el trono, y en esos años, las costas mediterráneas españolas son la presa codiciada por los piratas norteafricanos establecidos en Argel o en trípoli. La situación es trágica, y muchas localidades del sureste peninsular están al borde de la zozobra. El nuevo rey decide dar respuesta al eterno peligro de la media luna y convoca a don Álvaro de Bazán, al que le encomienda la difícil misión de acabar con las incursiones corsarias. El ilustre granadino de noble ascendencia navarra del Valle del Baztán, responde con la eficacia encomiable, acosando a los piratas en sus propias guaridas.

El primer acto de la nueva etapa, en la que participa Bazán, al mando de García de Toledo, es la reconquista del peñón de Vélez de la Gomera, que se resuelve satisfactoriamente,  permaneciendo don Álvaro en el fuerte con una guarnición para reparar y reforzar su defensa.  La posesión del Peñón suponía una amenaza para el país bereber de Badis,  surgido en la zona de Gomara,  patria de los Gomeles procedentes del Reino Nazarí de Granada. El dominio de esta cabila impide que desde la misma se ejerciese la acción de piratería, ya que cerca de Bades se encuentra la Alcazaba de Snada. En la imagen, El Peñón de Vélez en la época.



Fotografía del Peñón en la actualidad.



 La desembocadura del río Martín, en las proximidades de Tetuán, es el siguiente refugio pirático a inutilizar, misión que se encomienda a D. Álvaro Bazán, quien al mando de una pequeña flota, que remolca unas barcazas cargadas de piedra y mortero, a las que se hunde en el río, quedando cegado el acceso a la zona de abrigo, en donde quedan embotelladas varias naves enemigas.

Bloquea escuadras enteras en sus puertos, ataca barcos ingleses de suministro. Una actividad febril que le convierte en el azote de los piratas berberiscos, tan temidos hasta su llegada, y a esta tarea se dedicó hasta 1561 sin que perdiese un solo barco, y recibiendo la orden regia de ejecutar a los oficiales apresados y emplear a los marineros como galeotes por incumplimiento de los tratados de paz por parte de Francia e Inglaterra. Ya en 1563 acudió integrado en la flota de Juan de Mendoza al auxilio de Orán, sitiada por el hijo del célebre Barbarroja, obteniendo otra victoria más en su historial.

El rey Felipe II le nombra en 1568,  Capitán General de la escuadra de galeras en Nápoles, y construye una poderosa escuadra de 38 galeras,  y con sus navíos planta cara a la Sublime Puerta otomana, las banderas españolas empiezan a navegar libremente por el Mediterráneo y algunos nombres van quedando unidos a la leyenda del Almirante: Fez, Orán, Mazalquivir, Malta, Sicilia, Génova, Venecia, Nápoles, Corfú, Bizerta… la acción de Malta, por poner un ejemplo, fue que estando en Córcega, se recibieron noticias del asedio turco a Malta, y don Álvaro Bazán trasportó según su propio plan, a varios miles de soldados para auxiliar a los Caballeros de San Juan, siendo un socorro efectivo ya que propició la retirada de los turcos de la zona. Álvaro Bazán es el nuevo héroe de los ejércitos españoles, su nombre, junto al de los Gonzálo Fernández de Cördoba, Alejandro Farnesio o Juan de Austria, dará esplendor y seguridad a la España del siglo XVI. En la imagen, una galera de la época:




Como premio a su brillante hoja de servicios, Felipe II le concedió el título de marqués de Santa Cruz. Pero sin ninguna duda, la actuación más brillante de este marino la encontramos el 7 de octubre de 1571, cuando, en la célebre batalla de Lepanto, supo estar a la altura de las grandes exigencias con su cuarta flota de retaguardia, compuesta por treinta galeras, asistiendo en todo momento a las necesidades de la escuadra aliada, lo que supuso, a la postre, la victoria incontestable de los navíos cristianos, al mando de don Juan de Austria. La Infantería de Marina de los Tercios tuvo su bautismo de fuego en la Batalla de Lepanto. El siguiente cuadro representa uno de los momentos críticos de la batalla, cuando se enganchan la nave real de don Juan de Austria (destacado en el cudro) con la sultana de Alí Pachá.




En 1582, destrozó en las islas Terceiras (Azores), una escuadra francesa bajo el mando de Philippe Strozzi, que navegaba rumbo al archipiélago portugués para reforzar las posiciones del prior Antonio de Crato, aspirante al trono de Portugal. Con esta victoriosa batalla naval, la primera que se dio entre galeones, Felipe II aseguraba el trono de Portugal y sus colonias. El propio Strozzi murió en la batalla junto con 3000 de sus hombres, habiendo perdido diez de sus buques. La conquista total de las Azores se produjo al año siguiente, y Felipe II recompensa el buen hacer del marqués de Santa Cruz con el título de Grande de España así como la encomienda mayor de León y el nombramiento de Capitán General del Mar Océano Atlántico Fue la última campaña bélica para don Álvaro Bazán. Poco tiempo después, sugirió al rey la invasión de Inglaterra, al que veía como principal enemigo, ya que era la forma de solucionarse el problema que suponían los constantes ataques corsarios a cargo de los británicos, decidiendo que lo más conveniente para todos era finiquitar el asunto y destruir el origen de tantos desbarajustes para el reino de España El propósito de la expedición no era otro sino enlazar con las tropas de infantería que, desde Flandes, dirigía don Alejandro Farnesio, y una vez unidas las dos fuerzas, desembarcarían en la isla británica para doblegar la ambición de la reina Isabel I. Hay que recordar que Inglaterra estaba continuamente apoyando a los rebeldes holandeses, además de ser un estado protestante, pero el llamado rey Prudente, en un primer momento, no le hizo caso ni escuchó su petición y consejo. En enero de 1586, tras un desembarco del pirata inglés Francis Drake en Galicia, insistió al rey Felipe II sobre el plan que le había presentado con anterioridad, y esta vez, el rey Prudente si lo escuchó, con lo que Tres años más tarde del éxito en las Terceiras, el rey Felipe II encarga a don Álvaro la creación de una inmensa flota, con el propósito de asaltar y conquistar Inglaterra, plan que redactó en sólo tres semanas.  En la imagen, Felipe II.



Una vez ya decidida  la invasión, se nombró generalísimo de las fuerzas españolas al duque Alejandro Farnesio, quedando el duque subordinado a él con el mando de la armada. Pero los preparativos sufrieron muchos retrasos, notificando por ello sus quejas al rey. Para más desgracia, a mediados de 1587 Drake quemó los buques que encontró amarrados en el puerto de Cádiz, sin que el marqués, que se encontraba por entonces en Lisboa, pudiese hacer nada para impedirlo. El rey, impaciente y algo distanciado y molesto con Santa Cruz, no atendió a sus consejos sobre cómo ejecutar el plan (sugería escoger primavera, o en su defecto, enero; para efectuar el desembarco, con algún puerto de Zelanda como base).

  
La flota de Inglaterra, más tarde llamada Armada Invencible, se gestó en el puerto de Lisboa, donde fue creciendo un auténtico bosque de madera sobre las aguas en el que se podía distinguir toda suerte de buques con variado tonelaje. La operación no parecía descabellada, pero a principios de 1588 todo se trastocó cuando don Álvaro de Bazán contrajo unas fiebres tifoideas que le ocasionaron la muerte el 8 de febrero de ese mismo año. Es sabido que el plan de la Armada Invencible siguió adelante bajo el mando inexperto del duque de Medina Sidonia (Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor, llamado habitualmente Alonso Pérez de Guzmán el Bueno y Zúñiga, VII duque de Medina Sidonia), y hay que decir que quién sabe si de haber dirigido aquella flota don Álvaro de Bazán no estaríamos ahora hablando en otros términos sobre la historia de España. En la imagen, Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor, VII duque de Medina Sidonia.





  
De lo que no cabe duda es que el marqués de Santa Cruz, gracias a su audacia, inteligencia y habilidad, hizo de las aguas españolas un lugar mucho más seguro para los habitantes de esas costas. Un ejemplo de tesón y abnegación sin límite.

Fueron miles los hombres que sirvieron a su lado, ayudándole a consumar decenas de victorias. Rindió al enemigo cientos de buques, ciudades e islas, le arrebató casi dos mil piezas de artillería y liberó a moles de esclavos cristianos. Algunos de los soldados que lucharon junto a él alcanzaron posteriormente fama universal, tales son los casos de Lope de vega o del propio Miguel de Cervantes, el llamado manco de Lepanto, quien después de luchar en la batalla famosa, llegó a escribir sobre el Almirante en estos elogiosos términos:

(cap. XXXIX de El Quijote: la capitana de Nápoles, llamada La Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz), era de buena presencia, moreno, de cara alargada y ojos grandes, y de barba poco espesa. De gran valor e inteligencia, dio muestras de su capacidad en las acciones en las que participó. Por otra parte, fue él el autor del diseño de los grandes galeones que realizaban el largo viaje atlántico hasta Nueva España (México). Un hombre para recordar en la historia, y una historia que debe recordar al hombre.