lunes, 29 de junio de 2015

TORQUEMADA Y LA INQUISICIÓN. EL FLAGELO DE ABRAHAM.






TORQUEMADA Y LA INQUISICIÓN. EL FLAGELO DE ABRAHAM.





INTRODUCCIÓN.





En estos Recuerdos de la Historia, nos encontramos de frente con uno de los personajes más introvertidos de la Historia, que ha sido ensalzado por unos, y por otros odiado y cubierto de ignominia, pero desconocido por todos, pese a una figura ilustre en compañía de una fama de azote de herejes, o cruel personalidad que lo acompaña sin tregua, en el recorrido de la Historia inmortal que, a falta de una biografía completa, nos conduzca al quebranto de dar palos de ciego en la selva del desconocimiento, y cómo no, a ser acusados por el Santo tribunal de la libre opinión de demasiada pasión y apasionamiento que de veraz realidad, de una figura de sombra alargada y oscura que supera con creces esa misma realidad. Nos referimos, a Fray Tomás de Torquemada.








A pesar de contar con una actividad pública densa a partir de su promoción desde el Priorato del Convento de Santa Cruz de Segovia a nada más y nada menos que confesor de los Reyes Católicos e Inquisidor General, y haber sido de forma permanente motivo de atención para los historiadores de todos los tiempos, llama la atención que no hayamos encontrado una biografía personal y completa del mismo, para poder acercarnos a un estudio con la intención de valorar la enorme magnitud de una personalidad tan discutida como la suya, a excepción de la Crónica de la Orden de Predicadores que otro dominico como nuestro protagonista, de nombre Fray Juan de la Cruz, publicara en Lisboa en 1567 sobre su orden. 


Su realidad histórica, se ha visto sepultada de opiniones y juicios diversos envueltos en la aureola de Leyendas negras y de otros colores sobre la Inquisición, y sobre la propia España, traspasando las fronteras para hacerse universal sobre todo, a partir de que el romanticismo literario comenzase a dar la imagen de inquisidores crueles pintados en oscuros habitáculos rasgando sus plumas a la luz de un candil sobre vetustos papeles acompañando a la escena la imagen doliente de una doncella a medio vestir y con la faz descompuesta por el miedo y el suplicio, ante la fría mirada del Inquisidor General, cuyo brazo acusador se extiende a la vez que la cavernosa voz de su pregunta cae como la fría losa de un sepulcro anticipando la sentencia fatal del Santo Oficio.






En el presente artículo, no se pretende dar un juicio sobre el papel de la Inquisición, puesto que el postularse a uno u otro lado, podría a buen seguro dar una imagen difícil de salvar ante el lector paciente que aguanta estoicamente los tediosos artículos del que suscribe, pues la intención es otra bien distinta, y en ello trabajamos aquí intentando dar no ya sólo una opinión entre líneas de detractores sistemáticos del Tribunal inquisitorial ajenos a la fe católica, si no de católicos sinceros que cuanto menos, no están del todo de acuerdo con algunos de los procedimientos inquisitoriales así como con las derivaciones de los mismos y sus consecuencias, por lo que no pecaremos si al preguntar sobre la necesidad en su época y momento histórico fue realmente necesaria la Inquisición, y la figura de quien lleva su leyenda acuñada a ella como si de un escudo heráldico se tratara, Fray Tomás de Torquemada, ya que al hablar de Inquisición, es el primero de los nombres que sin pensarlo, vienen a la mente, pese a que ha habido otros muchos después de él, e incluso antes, pero Torquemada es el Gran Inquisidor por antonomasia, del que sólo novelistas certeros han hablado de él, aunque sin profundizar demasiado o llegar a las últimas consecuencias sobre su vida, sin soslayarse a la de otros grandes inquisidores como el cardenal Cisneros, este último de los más conocidos también, o incluso otros de carácter más burocrático como el cardenal y obispo de Sigüenza Diego de Espinosa Arévalo, o don Fernando Niño de Guevara cuya temible imagen fue acto de vandalismo en un cuadro pintado por El Greco, o el propio sobrino nieto del Cardenal Cisneros, Antonio Zapata y Cisneros, también conocido como Antonio Zapata y Mendoza, imágenes que a la postre, nos dibujan la figura de un gran Inquisidor recorriendo las calles departiendo con canónigos y letrados, con caballeros e hidalgos, con gentes humildes, una figura con una personalidad propia adquirida como dogma de fe y sumida al empleo de funcionario imparcial.


Se asocia a los dominicos de forma directa con la Inquisición, y debemos recordar en este sentido que hubo seis Inquisidores Generales dominicos: Tomás de Torquemada, Diego de Deza, García de Loaysa, Luis Aliaga, Antonio de Sotomayor y Juan Tomás de Rocaberti, pues es de sobra conocida la vinculación de los dominicos con la defensa de la “Verdad”. Pero hay que decir también que los dominicos no eran los agentes principales ni de la institución ni de su mecanismo procesal, pero Torquemada era algo más, la imagen pura de un carácter recto hasta romper el molde del razonamiento, como si la vida pasara ante él obligada a rendirle tributo, cuyos pasos sonaban al eco de un corazón asfixiado y acelerado ante su proximidad, con la voz profunda que hace desdibujar la sonrisa inocente de la felicidad, ante el terror aplastante de una sentencia con pena de vida en los infiernos para la eternidad, o lo que es peor, el suplicio alentado por una bofetada en el alma de la misericordia.


LA INQUISICIÓN COMO ARMA POLÍTICA 


En España y en las provincias españolas de América que se mantuvieron fieles a la metrópoli, la abolición de la Inquisición en 1834, el papel de Torquemada y de todos aquéllos que de una u otra manera sirvieron al Santo Oficio, se convirtió en arma arrojadiza entre las opiniones conservadoras y el liberalismo más reaccionario, y así lo argumentaba Larra en su artículo “El día de difuntos de 1836”: “Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez”.



Mientras que por un lado, se hacía una defensa, en algunas ocasiones encendida, de la moralidad de los tribunales de justicia, bien por la calidad de sus magistrados, por la rectitud de las sentencias y la prontitud de los juicios, la historiografía del liberalismo decimonónico llena legajos blancos con negras tintas cargadas de proclamas y acusaciones en contra de las cualidades de la Inquisición sobre la falta de cualificación y arbitrariedad de sus sentencias, con un retrato en blanco y negro más parecido a los dibujos de Theodor Bry que a una velada y total realidad, dando a entender que la Inquisición era la única alternativa para individuos inútiles formados en los colegios mayores castellanos, encontrándonos con una especie de potaje literario del Romanticismo cuya prosa da el condimento necesario para forzar al paladar falto de sustancia en probar el sabor y llenar el estómago con la prisa necesaria en satisfacer el hastiado apetito del interés sin dar espacio a la prudencia. 


Ninguna de las dos opiniones es del todo cierta, ya que se dieron muchos casos en los que, como era de costumbre, la acción fiscal pedía siempre de oficio la pena más dura, es decir, la muerte por hoguera al principio, o la horca y garrote después, y la defensa, que se limitaba a asesorar en un principio sobre el consejo de confesar las culpas lo más rápidamente posible alegando atenuantes o incluso haciendo una refutación de cargos fiscales, también es cierto que las mismas calidades que se pedían para la magistratura civil, se pedían para la Inquisitorial, es decir, sobriedad, modestia, paciencia, mansedumbre, diligencia, clemencia y culto acérrimo a la justicia, pero también obcecación convertida en una enfermiza obsesión, más allá de lo racional, de lo real, de lo lógico que traspasa la linde de lo inhumano degenerando en lo absurdo, pues se dieron casos en los que se desenterraban los huesos de algún difunto para, tras el sumario juicio y sentencia de hoguera, ser quemados en un acto de fe sin sentido en el que la idea de la muerte quedaba en un plano inferior al despropósito de la llama, que no sólo quema los restos, si no también las almas.





Ante estas dos visiones, no es menos cierto que hubo casos de depravación judicial, pero también los hubo de justicia cierta, más o menos como en la actualidad, lo que verdaderamente cambia, son las formas de llegar a una cierta confesión mediante el suplicio en casos más oscuros, concluyendo que los herejes que fueron castigados con total firmeza, fueron los protestantes convictos y los pertinaces en mantenerse en la Ley de Moisés después de bautizados, pero no debemos obviar un dato muy importante que a menudo, se pasa por alto, que es las circunstancias de la época que tratamos, con una España que pugnaba por salir de la barbarie islámica y que recordaba aún las pirámides de cabezas decapitadas a la salida de un pueblo cualquiera, y desde luego, el entendimiento del falso mito de la convivencia entre las tres culturas, árabe, cristiana y judía, y pruebas, hay de sobra para llenar páginas de libros enteros.


Hay que recordar que la judía, era la comunidad mas culta de la península y que la educación y la riqueza de un buen número de sus miembros les permitieron colocarse entre la élites gobernantes de los reinos taifas, como ejemplo sirvan los de Samuel ben Nagrela o su propio hijo Yosef, y además, los judíos fueron embajadores ante los monarcas cristianos, y otro dato que tampoco debemos olvidar es que esa actitud de insistente rechazo antijudío induce a los musulmanes, incluso una vez perdido el poder, a querer salvaguardarse de cualquier preeminencia de hebreos sobre ellos, por lo cual se cuidan de incluir una cláusula en las Capitulaciones de Santa Fe entre Boabdil y los Reyes Católicos que les ponga a cubierto de tal eventualidad “Que no permitirán sus altezas que los judíos tengan facultad ni mando sobre los moros ni sean recaudadores de ninguna renta”. 






No quisiéramos pasar de largo en este capítulo uno de los principios fundamentales del procedimiento inquisitorial, el secreto. La prevalencia de la eficacia en la defensa de la fe, la salvaguarda de la integridad de sus colaboradores, la protección de la honra de acusados y testigos, así como la preservación de la imagen institucional del Santo Oficio, determinan la consolidación del secreto, por encima de los inconvenientes aparejados para el derecho de defensa. Las exigencias de discreción que distinguen entre las causas de fe y las que no lo son, pasando por las informaciones de limpieza o la custodia de los papeles, hasta llegar a la conducta pública y la vida privada de ministros y oficiales del Santo Oficio, hacen del secreto el arma y el alma de la Inquisición española de un modo absoluto y radical como norma de decisión del Santo Oficio constituyéndose como pauta de poder, un sigilo total y absoluto en las actuaciones que sin duda, ha actuado como ingrediente principal de su leyenda negra, un mutismo crudo y cruel que solivianta el ánimo hasta la desesperación más absoluta en un sin vivir a veces como si de una novela kafkiana se tratara, más allá de los límites que la misericordia humana raya en la frontera entre la coherencia y la irreflexión.


LOS INICIOS DEL ODIO

Cabría explicar un poco en consecuencia el odio y la animadversión hacia el pueblo judío recordando que en un principio la invasión musulmana en España fue recibida por los judíos como una fuerza liberadora ya que generaron condiciones favorables para los judíos con una total libertad para practicar su religión y ganar posiciones altas en la sociedad, con un notable desarrollo de las comunidades judías plasmadas en las aljamas que se administran de forma autónoma.


Con la implantación del estudio del Talmud en la Península se llega a la culminación del momento de grandeza del judaísmo en la España musulmana en el siglo X, e incluso en el Corán se muestran posturas favorables hacia las gentes del Pueblo del Libro, como se les conocía, al igual que pasaba con los cristianos, aunque en menor medida, pero los judíos, vistos en un principio como correligionarios por los musulmanes, rechazan la religión musulmana y a Mahoma como profeta y son desechados como infieles aunque en un ambiente moderado que únicamente les obligaba a pagar impuestos, pero el ambiente empieza a enrarecerse pronto y se plasma con el aumento de la salida de al-Andalus durante los siglos X y XI debido a la presión que sufren los reinos taifas por los cristianos sumándose a todo esto la política de tolerancia abierta por Alfonso VI que tuvo como consecuencia la participación de numerosos judíos en la administración del reino concluyendo que la historia de los judíos en la península esta aliada estrechamente con el poder político sobre todo por los vínculos económicos y profesionales ya que únicamente trabajaban en la agricultura en casos excepcionales al igual que en el ganado, pero era muy raro, ya que en su ocupación predominaba la artesanía unida con el textil, manufactura de cuero y metal, y una gran parte de ellos se dedicaba al comercio de dinero y ejercieron de administradores, algunos de ellos aun funcionaron como intermediarios de los intereses reales, sin olvidar que un importante grupo de judíos que se establecieron en profesiones libres, ante todo en medicina. De este grupo provinieron médicos judíos que cuidaban de los cristianos y también del rey, a pesar de prohibiciones legislativas.


La aristocracia y monarquía prefería a los judíos o los conversos dándose la circunstancia de que reyes, nobles y jerarcas de la Iglesia recibían de los judíos acomodados el dinero que necesitaban para campañas militares y otros fines y a cambio de ese dinero adelantado aquellos poderosos hebreos compraban el derecho a cobrar sus tributos (usuras) y con su producto se satisficieron. Pero esa ventaja económica llevaba consigo su parte negativa ya que para la mayor parte del pueblo era el judío el quien le cobraba los impuestos, quien le causaba la mengua económica y quien representaba el desagradable oficio del que tanto los reyes como los nobles se habían librado, pero la situación empieza a cambiar de forma drástica cuyo inicio fue la expulsión de judíos de los países europeos como Inglaterra en 1290 y Francia en 1306 que se fue oscureciendo llegando incluso a culparles de la epidemia de Peste Negra en una especie de conspiración judía de la cual se decía que envenenaban los pozos, pese a que a causa del contagio murieron judíos también en masa.

Todo eso creo una atmosfera de animadversión hacia la comunidad hebrea, atmosfera en la que ya eran discriminados todos sin diferencia, por el simple hecho de formar parte de la aljama, con los recelos evidentes hacia los conversos que desde 1391 provocara una conversión masiva debido a toda una serie de ataques hacia las juderías hispánicas aunque en muchos casos siguieron practicando secretamente su antigua religión en un fenómeno conocido como criptojudaismo, y llegados a este punto, es menester recordar estos datos para poder comprender no ya los medios, si no más bien los fines.


NACE Y SE HACE EL INQUISIDOR


Tomás de Torquemada Valdespino nació el año 1420, no se sabe a ciencia cierta si en Valladolid o en la villa de Torquemada (comprendida actualmente en la provincia de Palencia), en el mismo seno de una influyente familia de ascendencia judía establecida en Castilla desde hacía siglos y que había decidido convertirse al cristianismo dos generaciones atrás, debido a la creciente presión social de la comunidad hebrea, sobre todo, en el siglo XV del que tratamos, que desembocó en la conversión al Cristianismo de casi la mitad de los 400.000 judíos que habitaban España por aquel entonces, y los hijos de muchos de ellos, acabaron ingresando en el clero, para, de alguna manera más real, demostrar su compromiso con la nueva religión. Sus padres fueron don Pedro Fernández de Torquemada y doña Mencía Ortega. Uno de estos nuevos conversos, fue su tío, el cardenal y teólogo dominico Juan de Torquemada, el cual, había sido confesor de Juan II de Castilla, y se hizo cargo personalmente de la educación de su sobrino, quien profesó en el convento de San Pablo de Valladolid, por lo que nos inclinamos a pensar que posiblemente naciera en esta ciudad.


La ascendencia judía de Torquemada, se desprende del libro “Claros Varones de Castilla”, publicado en 1484, de Fernando o Hernando del Pulgar, quien sirvió como embajador a Enrique IV y a los Reyes Católicos y que la reina doña Isabel lo elevó a la condición de secretario y cronista real, con esta afirmación, cerramos de un plumazo las tesis de determinados librepensadores historiográficos que plantean la duda, pero cabe añadir que no fue el único miembro del Santo Oficio con antecedentes judíos, ya que sobresalen dos de los más importantes colaboradores de la Inquisición que también tuvieron orígenes hebreos, nos referimos a Alonso de Espina, principal autor antijudío de la Península Ibérica en el siglo XV con su libro “Fortalitium Fidei”, y más concretamente el “Liber III” del título en el que se dedica a atacar a los judíos de una forma sistemática y rotunda, y otro eclesiástico, Alonso de Cartagena, una de las personalidades más relevantes de la vida política y cultural castellana del siglo XV, nacido en el seno de uno de los más importantes linajes de conversos, con una sólida formación jurídica que se pone al servicio de la institución monárquica, dentro de los altos cuadros de la Administración, lo cual, nos lleva a plantearnos la duda de que de alguna manera quisieran camuflar sus orígenes dando muestras de un rigor extremo ante los conversos, o que ciertamente lo hicieran acorde con su conciencia, en una época histórica cuyo contexto y desarrollo no podemos juzgar a día de hoy sin situarnos en las vicisitudes de aquel ayer.


Del Convento de San Pablo de Valladolid, pasó al Monasterio de la Santa Cruz de Segovia, llegando a ser prior, y donde llegó a imponer el estricto criterio de la regla dominica, con una severa austeridad que caracterizaría su vida y formaba parte esencial de su carácter, con una marcada austeridad alimenticia propia de un hombre entregado a la vida que había elegido, ya que nunca comía carne, y la severidad a la hora de vestirse, ya que no permitía que el fino lino tocase jamás su cuerpo, ni en la ropa de su cama, pues dormía sobre una sencilla tabla, completamente desnudo. 


Nada sabemos de sus padres ni de sus abuelos, pero si llegamos a conocer que la austeridad que marcaba su vida alcanzó a su familia en una hermana pobre a la que no consintió dotar para el matrimonio, limitándose únicamente a concederle una ayuda para que viviera bajo la regla de las beatas de Santo Domingo.


Sobre el Monasterio de la Santa Cruz, digamos que fue el primer convento dominico en España y cuyo origen es la Cueva de Santo Domingo de Guzmán donde se instaló a orillas del río Eresma, el que fuera fundador de la orden de los dominicos creada en el contexto de la denominada Cruzada Albigense para combatir la conocida como herejía de los Cátaros. El citado Convento fue ampliado y embellecido durante la época de Torquemada merced a la fortuna embargada a un mercader judío condenado a la hoguera, pero tiene una larga historia de misterios amén de la cueva que permanece tapiada y de la visita famosa de Santa Teresa de Jesús. Digamos también que el Monasterio contó con el favor de los reyes Católicos. Imagen antigua del Monasterio de la Santa Cruz.






Por mediación de su tío, del que ya hemos hablado antes, estableció contactos con la Corte, y se postuló a favor de la princesa Isabel en las guerras por la sucesión de Enrique IV de Castilla, llamado de forma despectiva como “el impotente”, hermano de padre de la princesa Isabel, la cual disputaría el trono en el conocido como conflicto por la sucesión de Enrique IV de Castilla. En este estado de acontecimientos, y al tomar parte por la Princesa Isabel, Torquemada gozó del favor real, gracias al cual se ocupó de la fundación del Monasterio de Santo Tomás de Ávila en 1479.


Torquemada gozó de numerosas oportunidades y situaciones favorables para obtener beneficios eclesiásticos relevantes, pero no quiso disfrutar de ninguno, y optó por no aceptar ningún tipo de prebenda ni aportación económica optando por hacer llegar las concesiones a sus más allegados colaboradores y las aportaciones económicas a diversos monasterios con los que había tenido relación, aunque sí aceptó, como ya hemos comentado antes, el cargo de confesor real, y posteriormente el de Inquisidor General, por lo que nos permite dilucidar que Torquemada pudo ser un hombre místico, despegado posiblemente de las contingencias de este mundo, muy estricto tanto consigo como con los demás, e incorruptible, pero culpable a la vez de una tentación contra la que no sabía resistirse, la del poder, el mismo poder total y absoluto que le permitiera llevar a cabo un ideal convertido en fanatismo religioso, casi inhumano, terrible, desasosegador. En la imagen el óleo Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán del pintor Pedro Berruguete.






Sobre el primero de los cargos, el de confesor real, ya hemos avanzado antes que gozó del favor de la reina Isabel, la cual le escogió como confesor por su prudencia marcada, rectitud y un halo de santidad de la que gozaba a vista de la época y que se había ganado en fama de sus actos como dogma de rectitud, austeridad, y falta de ambición, aunque esta última podría ser debatible. La reina, a su vez, influyó en el rey para que rindiera su alma y sus pecados en la figura cabizbaja y silenciosa del confesor Torquemada, e incluso tal fue el influjo que despertó con los reyes, que ciertamente hubo celos por el afecto del confesor, y su influencia fue tal, que llegó hasta límites incluso de razón extrema para posponer asuntos de justicia como es el caso de alumbramiento de la reina en el que Torquemada insistió en que se acatará su consejo de no aplazar el despacho porque era cuestión divina, u otros asuntos como el permiso real para determinados actos en días festivos a los que la estricta severidad del confesor hacían mella en la conciencia real, tal era esta, que los reyes se mantenían en un silencio total ante las cada vez más desatadas libertades a la hora de actuar en actos de conciencia de una forma tan aferrada a las buenas intenciones que casi se podría decir que rozaba el fanatismo, siendo una de las pocas personas que se atrevió a amonestar a los reyes, quienes le presentaban un respeto casi convertido en temor. En la imagen siguiente, ilustración de Torquemada y los Reyes Católicos de Stefano Bianchetti.





EL INQUISIDOR GENERAL


Sixto IV fue el Pontífice que instituyó la Inquisición en 1478, aunque más bien se puede decir de alguna manera, que toleró sus actividades hasta un cierto grado, ya que se enfrentó a la misma desaprobando sus abusos, que ciertamente los hubo, pero también vendió indulgencias. Es curiosa la manera y formas de este Papa franciscano de nombre Francesco Della Rovere, de una formación intelectual envidiable, maquinador maquiavélico, con un cinismo más que marcado que casi se podría tildar de despótico y amante de jóvenes muchachos, y muchachas, quien compró por mediación de uno de sus allegados la voluntad del Colegio cardenalicio para que le nombraran Papa.

 La enemistad manifiesta con Lorenzo de Médicis le condujo a llevar a cabo un golpe de Estado en Florencia denominada la Conspiración de los Pazzi, pero fracasó en sus intenciones, con lo cual, pidió ayuda a Fernando el Católico y este se la dio, pero con la condición de que emitiera la bula de 1478 bajo la amenaza de retirarle su apoyo, y no tuvo otro remedio que aceptar que el rey católico nombrara a Torquemada como Inquisidor prescindiendo de la autoridad del Pontífice, así pues, el 1 de noviembre de 1478 el Pontífice, mediante la bula Exigit sincerae devotionis affectus, concedía a los Reyes Católicos el poder de nombrar obispos o sacerdotes seculares o regulares para desempeñar el oficio de inquisidores en las ciudades o diócesis de sus reinos, y así dio comienzo en Castilla un nuevo Santo Oficio con matices muy diferentes y determinantes de carácter moderno alejados de la inquisición medieval, es decir, dio comienzo la inquisición moderna, y en un periodo muy corto de tiempo, los Reyes Católicos hicieron de ésta, uno de los poderes del Estado, aunque a través de las bulas, el Papa se aseguraba al mismo tiempo su posición como depositario de la legitimidad del Santo Oficio como base espiritual de su poder.

 A su vez las bulas también fueron empleadas con el fin de expresar los nombramientos de los inquisidores generales, una de las pocas preeminencias que en teoría consiguió reservarse el pontífice, aunque en la práctica, su designación estaba en manos de los monarcas, y ya en 1482 se concedió otra bula para el territorio comprendido en la Corona de Aragón.


Con el aumento de inquisidores que actuaban en el territorio hispano debido a la creación de un mayor número de tribunales, se hizo necesario el nombramiento o la designación de un Inquisidor General para coordinar las actuaciones del organismo, y en 1483 nombraron para este cargo a fray Tomás de Torquemada, delegando la corona su autoridad en él, un cargo en el que se vio ratificado en 1486 por el papa Sixto IV, y lo cierto, es que se aplicó de forma muy estricta a la tarea de organizar y hacer eficaz la nueva Inquisición.


LAS RAZONES Y EL CELO DE TORQUEMADA


Se nubla la luz de los ojos mientras el desdentado Cerbero, maldito sea su nombre, susurra a la espalda con su apestoso aliento la insolencia que acompaña a un suspiro sepulcral, y da un golpe más a la rueda de la agonía apagando el silencio con los gritos de angustia que la fútil misericordia ha dejado de escuchar. Rememoro los huesos desenterrados del viejo judío, quemados a la luz del día en un vano intento por ejecutar la justicia, y siento la envidia por no sentir el dolor y la zozobra que inunda mi alma mortal mientras el celoso guardián de las puertas del infierno espera su turno, impaciente por dar una vuelta más a la insaciable desesperación. Pregunta de nuevo el enlutado de las dos jorobas, y sus palabras se pierden cada vez más en los ecos del sepulcro fatal, de forma tal, que el terror a seguir sufriendo la vida en martirio, me hacen gritar el confieso mea culpa de haberle pagado las treinta monedas a Judas en la sagrada noche del rito final. El potro, me observa callado enfrente, vacío, desnudo, insensible a la desdicha, ávido a la espera de carne que alimente su noble final, la confesión, y el perdón del fuego en la hoguera letal.


Torquemada daba a conocer su preocupación por el peligro que causaba a la creencia cristiana el ya mencionado criptojudaismo por sus creencias vacilantes, pues, fuera de toda duda, es del todo incomprensible que los descendientes de los forzados conversos resultaran ahora cristianos sin fisura de espíritu, y no eran pocos los que conservaran el recuerdo de su antigua fe volviendo a ella de una manera irregular y contaminada por la cruz de Cristo. Y no es menos cierto, a la vez, que el rigor de Torquemada y sus hombres no se frenó ante ninguna instancia, ni siquiera la real. 

En la imagen, pintura con el título de “Ceremonia secreta en España en la época de la Inquisición”, del artista ruso-judío Moshe Maimon, 1893.





En lo concerniente a la expulsión de los judíos de España en 1.492, hay que decir que fue Torquemada quien siempre y en todo momento dio muestras de su rigor para con los conversos, y fue el que implantó el estatuto de limpieza de sangre en su propio monasterio, el de Santo Tomás de Ávila, persiguiendo la herejía criptojudía con obsesión, es decir, la Inquisición no actuaba sobre los judíos, y esto, es muy importante recordarlo, ya que tan solo actuaba sobre los judeoconversos que mantenían ritos propios del judaísmo.

 El objeto de la Inquisición era corregir los errores de fe en los católicos, es decir combatir la herejía. A pesar de que Fernando e Isabel intervinieron repetidas veces para proteger a los judíos de los abusos, los monarcas fueron convencidos por el inquisidor general Tomás de Torquemada de la necesidad de aislarlos. Después de más de diez años, en los que se comprobó que las expulsiones locales habían fracasado en detener las herejías atribuidas a los conversos, la corona tomó la decisión más radical de todas las aplicadas hasta ese momento: la total expulsión de los judíos. Los reyes, vacilaron algún tiempo acerca de la idea de la total expulsión. La corona perdería las rentas que recibía de una comunidad que le pagaba directamente sus impuestos y que por añadidura había contribuido a financiar la guerra de Granada, pero la expulsión había sido decidida, al parecer por razones puramente religiosas.

 Cuando se conoció la noticia, una delegación de judíos encabezada por Isaac Abravanel (teólogo, comentarista bíblico y empresario judío que estuvo al servicio de los reyes de Portugal, Castilla y Nápoles, así como de la República de Venecia) fue a ver al rey para solicitar la derogación de tal medida. La respuesta fue negativa. En un segundo encuentro le ofrecieron una considerable suma de dinero si reconsideraba la decisión. Se cuenta que cuando Torquemada se enteró de la contraoferta realizada por los judíos, irrumpió en la cámara real, una imagen plasmada en un óleo sobre lienzo del pintor Emilio Sala Francés en 1889.







Torquemada, una vez en la sala de Palacio donde los reyes daban audiencia al comisionado judío, y sacando un Crucifijo de debajo de los hábitos, le presentó exclamando: «Judas Iscariote vendió a su maestro por treinta dineros de plata; Vuestras Altezas le van a vender por treinta mil; aquí está, tomadle y vendedle». Y dicho esto, aquel frenético sacerdote arrojó el Crucifijo sobre la mesa, y se salió. Los reyes, en vez de castigar semejante atrevimiento, o de despreciarle como simple arrebato de un loco, se quedaron aterrados, tal y como se puede observar en el óleo, la cara de la reina es de terror mudo petrificado, y la del rey, todo un semblante de circunstancias, incapaz de salir de su asombro. Torquemada, figura de personalidad aplastante, ni mira a la legación judía, se limita a señalar a los judíos, inclinarse levemente mientras pronuncia sus palabras, y salir tal como ha entrado, ante el pasmo general y el silencio más absoluto de la concurrencia.


Aunque no da lugar en este artículo, no me gustaría pasar de largo, sin dar a conocer un detalle muy importante sobre el cuadro, a modo de anécdota, y es que don José María de Francisco Olmos, académico de número de la Real Academia matritense de Heráldica y Genealogía, apreció en su momento un error de heráldica en el cuadro. Como es bien sabido el Decreto de Expulsión de los Judíos fue firmado en la Alhambra de Granada el 31 de marzo de 1492, dándoles de plazo para salir del territorio hasta el 31 de julio de ese mismo año, aunque al final hubo una prórroga hasta las doce de la noche del 2 de agosto.

Dado que los hechos que aparecen en el cuadro se suceden después de la toma de Granada, la Heráldica presente en el acto es la tradicional del cuartelado que se pueden ver en otros cuadros anteriores, salvo el añadido de la Granada en punta, que de forma inmediata empezó a aparecer en los sellos, reposteros, etc… Ahora bien, si nos fijamos en las figuras de los heraldos que aparecen a los lados del Trono, su tabardo heráldico no tiene el diseño “correcto”, ya que en ellos se aprecia claramente que el segundo cuartel no lleva las armas de Aragón junto a las de Aragón-Sicilia, sino que se aprecia claramente como el lugar correspondiente a Aragón-Sicilia lo ocupan la Cruz de Jerusalén y las Fajas de Hungría, que representan al reino de Nápoles (del que se ha suprimido la referencia a Anjou).

Por tanto este modelo heráldico nos indicaría que los Reyes Católicos serían en este momento (1492) soberanos de Nápoles, lo cual no ocurrió hasta 1503, un año antes de la muerte de la Reina y fecha en que el Rey Fernando empezó a utilizar este nuevo diseño para sus armas. Dicho esto, pido mil disculpas por alargar en demasía el artículo, pero he creído que merece la pena, por lo que volvemos al tema principal diciendo como colofón que la expulsión fue una experiencia traumática, que dejó su huella durante siglos en la mentalidad occidental, aunque no todos se fueron, de echo, sirva como ejemplo el de Abraham Seneor, una de las figuras más destacadas de la comunidad judía castellana durante la Edad Media y, sin duda, la más relevante en toda la historia de la aljama hebrea de Segovia, y uno de los grandes cargos de la hacienda del Reino de Castilla (Almojarife). Además de rabino, fue representante de la Comunidad Judía y banquero, ya que la familia Senior, Senneor o Seneor formaban parte de un importante grupo financiero que hasta fue prestamista de la Corona de Castilla. En la imagen, última página del Edicto de Granada.






FINAL Y MUERTE DE UN INQUISIDOR.


Debido a su personalidad, Torquemada se granjeó la enemistad manifiesta y no manifestada de mucha gente, y temió por su vida, sobre todo, a raíz de ir perdiendo el favor real, cosa que se hizo palpable tras la bula del papa Alejandro VI en 1494 la cual marcó la retirada de Torquemada que justificaba el papa debido a la edad, pero la medida había obedecido a la voluntad papal de poner coto al poder del dominico y de la institución inquisitorial. En la corte, se hablaba sobre aquel fraile severo, rígido y autoritario que quería controlar todo tipo de decisiones, llegando incluso a que la propia reina Isabel se saturara y llegara incluso a manifestar que los reyes querían apartarle de si.


El miedo por su vida, mientras fuera Inquisidor, había llevado a los reyes a proporcionarle un fuerte contingente de agentes del Santo Oficio para acompañarle, se dice que cincuenta a caballos, y un número de hasta doscientos a pie, e incluso por temor a un posible envenenamiento, le llevó a guardar en su mesa el asta de un unicornio (posiblemente un cuerno de rinoceronte) que se suponía que su polvo neutralizaba las ponzoñas venenosas.

Tras perder el favor real, Torquemada se retiró al monasterio de Santo Tomás de Ávila en 1496, aunque todavía seguía ejerciendo sus funciones inquisitoriales pero ya en menor grado, pues su salud también se había resentido, y allí falleció sin saber las causas de su muerte el 20 de septiembre de 1498, posiblemente le sucediera el mismo final que argumentaba Larra para la Inquisición, como al principio hemos argumentado, murió de vejez, aunque no estuviera solo, posiblemente, acompañado por la propia miseria que suele caminar al lado en el tramo final de la vida, a aquellos que suelen enfermar de mal de conciencia. Su labor consistió en convertir lo que era un proyecto político para la religión en un proyecto religioso para la política, pasando los últimos años de su vida intentando recaudar fondos para la que fuera su tumba, una tumba profanada dicen, por la tropas de Napoleón, pero podemos constatar que enemigos, no le faltaron, aún después de su muerte.  En la imagen, escudo del Santo Oficio de la Inquisición.




LA ÚLTIMA VÍCTIMA DE LA SANTA INQUISICIÓN

La beata Dolores, que  arrastra su ceguera desde el San Benito de su juventud, instigada por el dogma quietista de Miguel de Molinos,  espera la muerte que acecha tras las puertas de una celda del Castillo de Triana, silenciosa como siempre, negra como nunca…más de cinco millares de personas sedientas del olor de la carne que arde esperan pacientes en su impaciencia desde las horas que el sol todavía duerme y la luna comienza a bostezar.

El Guadalquivir, se hunde ante el peso del gentío que pugna con los codos para ver el paso de la procesión de la negra Cruz y de blanca figura vestida con sombrero de llamas, subida en el asno que la conduce a la jaula que encierra el vacío de la esperanza, al tiempo que el que predica en nombre del Oratorio de San Felipe Neri, se esfuerza en vano al levantar la voz que dice culminar en la piedad de la Inquisición…el gentío brama en el silencio que el murmullo deja al paso de la procesión enlutada, hasta que la Dolores beata, es metida en su prisión andante hasta el Convento de San Pablo que mañana cambiará su nombre por el de la Parroquia de aquella mujer que con sus manos aferró de rodillas el madero del Salvador y difundió su mensaje, con el inmerecido apellido de la primera cárcel de la Inquisición.

Más de treinta lustros de pergamino dan color a su sentencia mientras su boca es cerrada por la mordaza muda para que la última locura que se traba al espíritu rebelde del condenado sea apagada y evite erizar más la piel del gentío que observa en silencio la condena a la misericordia del fuego…y en el último instante, las lágrimas brotan abrasando a su paso el hielo del Inquisidor, solicitando la confesión para evitar el dolor de la llama en vida, y ser quemada en muerte puesto que ya, apenas todo a dejado de importar.

Después de un largo pertrecho de tiempo donde el tiempo no existe y se convierte en instante de sueño pesado, es conducida Dolores al quemadero del Prado cuyo nombre lleva el de aquel jefe de la Guardia Pretoriana azotado hasta morir, enterrado en la célebre catacumba que conmemora a San Sebastián, donde es entregada al garrote vil, y su cuerpo, quemado durante un tiempo en el que el gentío protesta en silencio desilusionado por no haber visto el encendido espectáculo de la llama en vida, y el atronador grito del dolor de la inocencia muda…la religiosa ciega, se convierte en cenizas por fin, recordada en un instante por un pueblo hostil, y una imagen negra, repugnante y más horrenda que la Vieja Cañizares del “Coloquio de los Perros”, con el indeseado mérito de la última víctima de la Santa Inquisición.







CONCLUSIONES.

Su figura ha quedado asociada a la de un fanático que disfrutaba torturando y quemando a la gente. No obstante, Torquemada estaba considerado por sus contemporáneos como un eficiente administrador, un trabajador pulcro y un hombre imposible de sobornar, como ya se ha manifestado, paradigma de la virtud personificada para su época, una época que debemos tener en cuenta a la hora de juzgar, para no caer en el error de emitir un veredicto de culpabilidad sin haber tenido en cuenta ni los tiempos que corrían, ni las formas de aquella sociedad que pugnaba por escapar del Islam tras casi ocho siglos, e intentaba reconstruir lo que la especial política goda había permitido destruir en muy poco tiempo.

Pero tampoco podemos pasar de largo ante la visión de que las practicas de la Inquisición en tiempos de Torquemada hubieran sido sumamente crueles a vista de hoy, como también lo fue a la vista de ayer, desde luego, pero permítaseme revolver una vez más en lo que en tiempo atrás ya quedó patente de forma escrita en testimonios coetáneos acerca de la existencia del criptojudaismo, “marranos”, como que se les llama de forma vulgar, pero esta definición de “marranos”, es más válida para aquellos judíos expulsados de España, que fueron a Portugal o incluso para los propios judíos portugueses, ya que en hebreo prefieren llamar anusím, literalmente “forzados”, o “bnei anusím” (hijos o descendientes de conversos forzados), un término legal rabínico que se aplica a los obligados a dejar el judaísmo contra su voluntad de forma general, sin identificar el origen geográfico, y la documentación inquisitorial que se conserva de la época que está fuera de toda duda en cuanto a su veracidad, e incluso, la documentación más confidencial, como la correspondencia de la Suprema con los tribunales de distrito, dan la idea de que se tomaban muy en serio su papel de averiguar la verdad de las denuncias que pesaban sobre los reos, como ya lo argumentó en su momento el insigne historiador don Antonio Dominguez Ortiz, puesto que resulta raro que los reyes se tomaran tanto trabajo para organizar una red inquisitorial complicada, costosa, dotada de instrucciones detalladas, ya que para hacer un trabajo sucio no se necesitaban tantas precauciones por parte de los inquisidores, fiscales, secretarios, y un largo etcétera de funcionarios puestos al servicio de la maquinaria inquisitorial, pero es que, además, durante los quince años de gobierno del inquisidor general Tomás de Torquemada se promulgaron cuatro instrucciones generales.


Insisto, y lo hago de forma reiterada para que el presente artículo no sea tildado de defensor ni de Torquemada ni de la Inquisición, de que es necesario aferrarse al contexto histórico de la época, y no es menos cierto el echo de que la Inquisición no atacó a la minoría conversa en bloque sino un sector minoritario y muy variable según las regiones, y que acogiéndonos a los datos conocidos, puede estimarse que la Inquisición abrió unos treinta y cinco mil procesos entre 1482 y 1532, que fue el medio siglo de máxima actividad, y teniendo en cuenta el número de la población judía de la época (unos 400.000 como hemos comentado antes), como argumenta también el profesor Antonio Domínguez Ortiz, la discordancia entre conversos y procesos es tan grande que se impone la evidencia de que sólo una minoría fue directamente afectada. 


Además de todo esto, hay un dato no menos relevante, y es que de esos treinta y cinco mil penitenciados seis o siete mil lo fueron a la pena capital, la mitad en persona y la otra mitad en efigie (se denomina así cuando el condenado había fallecido, y se ponía una especie de muñeco representativo en su lugar) los restantes, en no pocos casos, consiguieron rehabilitarse. Juan Sánchez de Toledo, abuelo de santa Teresa, llevó varios años el infamante sambenito, y una vez terminada la condena cambió de apellido y de residencia, prosperó en Ávila, sus nietos consiguieron hidalguía, varios hicieron fortuna en Indias y una nieta se carteó con Felipe II y subió a los altares, y desde luego, no se trata de un caso único ni excepcional.

Hablamos al principio de un tema recurrente, la conocida como Leyenda Negra, de la que ya se habló en un artículo del que suscribe el presente autor, uno de esos numerosos mitos silenciados por el opaco color que la cubre con su halo de misterio y resentimiento, apartada pero visible a todas horas en el rincón de la conciencia característica de la esencia latina, el auto inculparse y el flagelo constante hacia uno mismo, fundamento y arma arrojadiza bien utilizada por los intereses de aquellos que esconden su propia suciedad y barren presurosos hacia fuera, y no hace falta ser demasiado inteligente e investigar un poco para llegar a la conclusión de que muchos de los ataques contra la Inquisición fueron alentados por la propaganda protestante en el marco de la lucha contra España por la hegemonía en el Atlántico. Es decir, lo que se esconde en esos ataques es una motivación geopolítica de una época. Y esos ataques y exageraciones repetidos a lo largo de los siglos han creado lo que finalmente estudian en las Universidades.






Hubo algunos inquisidores después de Torquemada, mucho más sanguinarios que el propio Torquemada, si se me permite la expresión, como es el caso deFernando Valdés y Salas, poderoso político y eclesiástico español Inquisidor General muy influyente durante el siglo XVI, que se cobró muchas vidas en nombre de la Iglesia, pese a que realmente no era la Iglesia la que intervenía de forma directa, ya que en una especie de ironía se utilizaba lo que hemos venido en llamar durante los procesos como la Relajación del Brazo Secular, en el que el reo era entregado a las autoridades civiles. Fernando Valdés promovió además por pura envidia un proceso contra el mismo arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, el cual acabó siendo condenado...en la imagen el Inquisidor Valdés.





Si, es cierto que el celo de Torquemada y de la Inquisición provocaran imágenes sobrecogedoras, pero tribunales europeos de similar finalidad no lo hicieron menos, sirvan como ejemplo la conocida noche de San Bartolomé en la que los católicos franceses mataron a más protestantes que la Inquisición en tres siglos, y que los alemanes, dieron justicia de hoguera a más brujas en un solo año que la propia Inquisición española en toda su historia, de echo, la Inquisición en España quemó por supuesta brujería a 59 mujeres, 36 en Italia y 4 en Portugal, mientras que en Europa los tribunales civiles juzgaron por el mismo delito a cerca de 100 mil mujeres, de ellas alrededor de 50 mil fueron condenadas, unas 25 mil aproximadamente sólo en Alemania, la patria seguidora de Martín Lutero, pero para no hacer sangre del protestantismo luterano, podemos nombrar los acontecimientos provocados por Felipe IV contra los templarios en Francia, también Teodosio I o incluso el propio Carlomagno son testigos de la indigna crueldad, pero Torquemada perdurará para siempre en la historia como el sinónimo de la barbarie brutal.

 Torquemada, su propio nombre empuja al sentimiento de escalofrío, una imagen de rostro severo, rasgos de una dureza inusitada cuyo más señalado ejemplo es la tonsura que resalta sobre unos rasgos de dureza extrema y fanática en busca de la herejía, esa misma que se esconde en la oscura esquina donde agazapado,  espera al acecho el maligno judaizante…Según palabras del historiador e hispanista francés Joseph Pérez, en su libro Crónica de la Inquisición en España, argumenta que  hasta por lo menos finales del s. XVIII no hubo tolerancia religiosa en ningún país de Europa, fuera católico o protestante.

 En la Edad Media, lo mismo que en la Moderna, nunca existió lo que llamamos tolerancia, libertad de conciencia, respeto del otro. Pero, digo yo que  sabiendo esto, es curioso que sea precisamente la inquisición española la señalada por el dedo de la intolerancia, mientras los hugonotes por ejemplo, en Francia, o los propios católicos ingleses tras la Reforma anglicana, han dado muestras y números mucho mayores que los que cargan a las espaldas de la Inquisición española. La visión de Torquemada, no creo que deba ser más que la de un funcionario eficaz y celoso que se manifestó y actuó en consecuencia y con precisión sobre la tarea que los gobernantes de la época le encomendaron.




Uno de los padrinos de esa parte de la Leyenda Negra, es, precisamente, de casa, y además, de ideología liberal y afrancesado por interés, después de haber sido fiel servidor de la Inquisición. Nos referimos a Juan Antonio Llorente, que estuvo a punto de ser Inquisidor, pero si fue Secretario de la Inquisición durante unos cuantos años, y aprovechó el filón para enriquecerse personalmente con su publicación en Francia de la Historia de la Inquisición Española, llena de contradicciones, pero con un espíritu afrancesado y jansenista, una obra que tuvo muchos compradores, pero, según palabras de Menéndez Pelayo, muy pocos la llegaron a leer o tuvieron el valor de llegar hasta el final, uno de los principales historiadores de la Inquisición que, sin embargo, pese a exagerar los datos sobre la misma, él mismo reconoció y confesó que quemó todos los datos oficiales de los que se sirvió para su obra. En la imagen siguiente, Juan Antonio Llorente.





Nos dice Llorente, con datos que asombran por sus registros tan acercados, que durante el mando de Torquemada (1483-98) 8800 personas fueron quemadas y 9654 fueron castigados de diferentes formas, datos que no están sujetos a ningún tipo de documentación que los apoye, y que han sido contrarrestados por opiniones más contrastadas, como pueden serlo la de los periodistas en artículos de investigación y opinión como Marina Jacinto o Victor Messori, o profundizando más, de autores como el hispanista Henry Kamen, Karl Joseph von Hefele, Pius Bonifatius Gams, o el propio autor de origen judío Heinrich Graetz, el más importante historiador judío del siglo XIX, quien escribió una obra monumental sobre la historia de los judíos en 11 volúmenes además de escribir ensayos y contribuir notablemente en la cultura judía en la Alemania del siglo XIX, pero, además, y como dato fundamental, es el que se desprende de las actas publicadas de los estudios de más de 30 historiadores que investigaron en los archivos vaticanos tras el simposio internacional que convocó Juan Pablo II en la preparación para el Jubileo del año 2.000, contenidas en un volumen de casi 800 páginas, que constatan que las torturas y autos de fe (muerte en la hoguera) y otros castigos para los condenados por los tribunales no fueron tantos como se suponen, y la literatura anti-inqusitorial publicada en los países protestantes se encargó en su momento de abultar las cifras, al igual que el método de la tortura, que afirman que fue en un 10 por ciento de los casos. 


En España, concretamente, la cifra ronda entre unas 2000 y 3000 personas sentenciadas a la hoguera y un número mucho mayor de procesados, y hay que saber diferenciar en que una cosa es ser procesado, y otra, ser condenado a la hoguera, pero repito, esto no quiere decir que no se cometieran abusos, que ciertamente, si los hubo ahí está Torquemada para recordarlo, ya que sigue siendo imposible justificar los métodos de interrogatorio y castigo a los falsos conversos que aplicó el inquisidor general, quien consideraba a cualquier niño mayor de 12 años susceptible de ser juzgado por la de todos modos, sangrienta institución que vertebró, como si la pena de mal recuerdo perenne a través de los tiempos que recorren la historia, no fuera con él.






Aingeru Daóiz Velarde.-







BIBLIOGRAFÍA:

Claros Varones de Castilla.    Fernando o Hernando del Pulgar. 1484.

Los judíos en la España moderna y contemporánea. Julio Caro Baroja.

El secreto de la Inquisición española. Eduardo Galván Rodriguez.

La diáspora judía en España durante el reinado
de los Reyes Católicos.  Lenka Galovska

HISTORIA Y DOCUMENTACIÓN DEL SANTO OFICIO ESPAÑOL: EL PERIODO FUNDACIONAL
 Juan Carlos Galende Díaz
Susana Cabezas Fontanilla


Los Dominicos y la Inquisición. Antonio Larios Ramos.


Joseph Pérez.  Crónica de la Inquisición en España.















domingo, 15 de marzo de 2015

LARRA, FÍGARO O LA HISTORIA DE UN DESENGAÑO



Se han escrito muchos libros y artículos sobre Larra y casi todos con reconocimiento de su obra y comprensión de su forma romántica de afrontar la vida. En este artículo, no se pretende escribir una biografía clásica del escritor, ni pormenorizar el contenido de sus artículos, es simplemente un recorrido por la historia de una vida que le tocó vivir, relacionada con la historia de una España dividida en dos frentes. Mariano José de Larra, Fígaro, o la historia de un fracaso personal, sería el perfecto epitafio de este genial escritor, víctima de una contradicción interna tan pasional como apasionada, y de la frustración de una España que le angustiaba y le desesperaba, visionario precoz, posiblemente, de una tragedia nacional, que se debatía entre la crisis resultante de un Antiguo Régimen que al diluirse trajo las consecuencias inesperadas de una Revolución Liberal en favor de la Constitución de 1812, la violenta y desmesurada reacción del Absolutismo, con ayuda exterior, el cambio de una modalidad de la Monarquía, y una guerra civil cainita como resultado de ese cambio. 


Todo esto, sin olvidar una desamortización eclesiástica con más carácter de desacierto que de consecuencia positiva en un periodo de tiempo que comprende desde 1823 a 1837, catorce años tan importantes como decisivos en la Historia de España, y de los que Larra, no sólo fue testigo presencial, si no más bien, cronista y partícipe ilustrador de la época.



La crispación convulsa de la historia de España del siglo XIX que comienza con la derrota de Trafalgar en 1805 y la Guerra de la Independencia, además de la emancipación de las provincias hispanoamericanas, termina con el desastre del 98 dejando atrás episodios sangrantes como las guerras carlistas, aparte de pronunciamientos militares, golpes de estado, revueltas, revoluciones, restauraciones monárquicas y un sin fin de conspiraciones en las que la masonería, tuvo quizás, demasiado que ver. Apellidan a este tiempo los mismos males que postreramente se mantienen en el siglo XX, dando razón y consecuencia de los mismos al que sin duda, puede ser considerado el peor monarca de la Historia de España, Fernando VII, y la razón, es que fue un rey que no supo reinar, y contagió su mal hacer después de su muerte trayendo a su vez el germen maligno de los futuros problemas de una España a la que de haber sobrevivido, posiblemente el mismo Larra le habría pegado un tiro.




La existencia de Larra, podemos dibujarla en dos imágenes. Una, ligada a la fatal anécdota sentimental de sus amores con Dolores Armijo, su amante frustración, que nos presenta a nuestro protagonista en este recuerdo de la historia como el arquetipo de un romanticismo convencional, manifestado de forma literaria tiempo atrás del trágico desenlace que dio final a su vida en su novela “El doncel don Enrique el Doliente” y en el drama “Macías”. 


La otra imagen repercutiendo a su vez en su caso personal, enlaza con la tragedia nacional del momento político de la época y la desesperación de un Larra como angustiado remedio de una tragedia nacional y una insoluble problemática humana que el escritor vive de una forma intensa plasmada de forma exquisita en sus artículos, por lo que no es atrevimiento concluir que lo que armó la mano de Larra contra sí mismo, el cúmulo de circunstancias en los que deciden la historia de su hogar deshecho y sus amores contrariados no fueron más que la gota que colmó el vaso de su impaciencia, aunque si bien, no debemos minimizar a Larra como escritor ni a su mensaje simplemente por el echo de aquel arrebato sentimental que le llevó a tomar la decisión de fatal desenlace, ya que esto se agotaría como anécdota en sí misma pero, como ya hemos comentado al principio, no se pretende analizar aquí su vida y su obra, si no más bien dar unas pinceladas particulares de forma generalizada, para dar un cierto sentido al cuadro del momento político y social de la España que le tocó vivir. En la imagen, Larra y Dolores Armijo.





LOS PRIMEROS AÑOS Y EL EXILIO


Mariano José de Larra y Sánchez de Castro nace en Madrid el 24 de marzo de 1809, a las ocho y media de una mañana sin llanto ni dolor, como escribiría en su primera biografía su querido tío Eugenio, sólo quince años mayor que él, y como especifica la partida de bautismo de la Parroquia de Santa María la Real de la Almudena, donde fue bautizado el mismo día de su nacimiento. Hijo único de mariano de Larra y Langelot, y de María de las Dolores Sánchez Castro y Delgado, aunque tuvo un hermano que murió antes de que naciera Mariano José, de nombre Mariano Vicente Tadeo, que nació en Corella (Navarra) el 27 de octubre de 1806. Su padre era médico militar del Ejército de Napoleón en una España ocupada y en guerra contra éste, y cuyo servicio fue mucho más que la mera simpatía de un "afrancesado". Nació y vivió en un principio en la casa de la Cuesta de Ramón de la calle Segovia, cerca del viaducto, en unas circunstancias nada tranquilizadoras de aquel Madrid en guerra, hambre, enfermedad y miseria, en la residencia para empleados de la Real Casa de la Moneda, antes utilizada como Hospital de San Lázaro, de donde su abuelo, Antonio Crispín de Larra y Morán de Navia, era Director de la Administración.


El Madrid de Larra era la capital metropolitana de un imperio en decadencia que empezaba a agonizar, con su población, cuya mayor parte vivía en casas insalubres, en calles apenas urbanizadas y llenas de basuras, canales de líquidos putrefactos, donde la necesidad y la enfermedad debida al hambre se llevó en aquel entonces la vida de más del 10 por ciento de la misma, cuyos cadáveres, recogidos por las calles, eran conducidos por carros hasta las fosas comunes, punto final y de partida de la miseria de una nación, donde una guerrilla popular se debatía en una lucha nacional en defensa de la monarquía y de la religión que de forma paradójica no supieron defender ni los reyes, ni la nobleza, ni el poder eclesiástico de la propia religión. Son unos años en los que Mariano José de Larra escribe su obra literaria y periodística (1827-1837) en los que España está inmersa en una situación política, económica, social y cultural algo más que complicada. Un Madrid, también en abundancia de tertulias y cafés donde Mariano José, se integra en una vida cultural muy joven, a mediados de los años veinte del siglo XIX, y lo hizo con un inusitado entusiasmo, en una época de proliferación de periódicos, estigma o signo también del momento bullicioso en el que Larra hizo sus primeras armas literarias, tratando con gente como Espronceda, Ventura de la Vega, Mesonero Romanos o Bretón de los Herreros, un Madrid, donde los autores literarios se descomponían en las buardillas descosidos por el hambre y la miseria en viviendas más para pájaros, que para hombres, un Madrid donde el teatro, puerta de entrada a la miseria o a la gloria, gustaba por igual a nobles y a villanos, de suerte que los estrenos se convertían en auténticas fiestas populares a las que asistían todas las capas de la sociedad desde condes hasta simples menestrales, siendo estos últimos, curiosamente, los que llevaban la voz cantante, pues dirigían al grupo de artesanos y comerciantes que, bien provistos de carracas, pitos y otros objetos sonoros, decidían si una comedia se convertía en un éxito, o en un fracaso. Eran los llamados “Los mosqueteros” y su actitud, fue el terror de los autores, y el éxito o fracaso de una obra dependía de su comportamiento, de ahí que muchos de ellos estuvieran pagados para evitar los escándalos.


Grabado de Madrid en la época de Larra.



Al contrario que su padre, que representa la España aperturista hacia una Europa revolucionaria en todos sus sentidos, posiblemente inducido por sus estudios de medicina en París, su abuelo, don Antonio Crispín de Larra, representa la España tradicionalista, y en este ambiente, de las dos Españas enfrentadas como costumbre nacional, pasó sus primeros años Larra encerrado a cal y canto en esa residencia de la Casa de la Moneda, en un ambiente de perpetua o casi enfermiza protección de sus abuelos, sobre todo su abuela Eulalia quien le enseñó a leer y a empezar a escribir sus primeras letras, y su tío Eugenio, quienes le dieron todo un cariño fuera de toda mesura que ni su madre, ni su padre, le supieron dar. Parece ser, y no es de extrañar dada la manifiesta precocidad de su vida, que su inteligencia y su interés por conocerlo todo se manifestaron desde muy temprana edad y que, con gran admiración de la familia y de las amistades que solían ir de visita a casa de sus abuelos, participaba en las reuniones con preguntas y comentarios atinados. 


Las relaciones de la familia, más que posiblemente enturbiadas por el patriotismo de los abuelos de Larra y sus tíos, debido a la muerte del hermano mayor del padre de Mariano José, Antonio Cesáreo en junio de 1808 luchando contra las tropas del ejército invasor en la batalla de Cabezón, y el ideal del padre de Larra y su relación con el ejército francés, conocedor como era de las ventajas y desarrollo del país vecino, su cultura afrancesada y progresista, le llevaron a abandonar la casa familiar en 1811, tras una disputa entre ambos por la solicitud del padre de Mariano José de una plaza en las filas del ejército francés como médico, abandonando la casa familiar a instancias del abuelo Antonio Crispín, y con las reticencias y ruegos de la abuela Eulalia, dejando a su mujer y a su hijo, quien fue internado en un colegio que podría ser el de San Ildefonso, en calidad de interno, debiendo ser terrible para el niño alejarse de sus abuelos, dado el cariño y el trato especial que le dispensaban.


Tras este episodio, el padre de Mariano José regresó a por ellos en 1813 para llevárselos finalmente al exilio francés, tras el desgarrón producido por la derrota del ejército galo en Vitoria, que obliga a las tropas a un repliegue que más parece una retirada, pero no fue la primera retirada, aunque sí fue esta la que afectó de lleno a la familia Larra. 


Digamos que ya anteriormente, después de la derrota de las tropas borbónicas en los Arapiles en el mes de julio de 1812, el monarca intruso francés, José I Bonaparte, se vio con pocas posibilidades de seguir reinando en España con cierta garantía, y en agosto de ese mismo año se replegó junto a su ejército del centro a Valencia, donde le siguió el doctor Larra y su familia.


Sobre la primavera del año 1813 se evacuó Madrid, bajo el mando del General Joseph Léopold Sigisbert Hugo, padre de Víctor Hugo, quien viajaba con él, y dio comienzo la retirada con más de trescientos carros en los que viajaba el Gobierno y las familias de los «afrancesados», unas doce mil en total.

Larra niño viajó al exilio con sus padres en la segunda y definitiva retirada, como ya hemos comentado, la de la derrota de Vitoria. El viaje fue difícil, incómodo y no exento de riesgos. La primera acampada tuvo lugar entre Galapagar y Guadarrama, pasando posteriormente por Segovia y Cuéllar, donde el general Treilhard, con su división de Dragones, esperaba para reforzar la protección del convoy. Tudela y Valladolid fueron otras ciudades de la ruta. El convoy atravesó el río Ebro a mediados de junio y bordeó la ciudad de Burgos, camino del norte, el 14 de ese mes. La derrota definitiva del ejército invasor en Vitoria, pocos días más tarde, permitió recuperar el botín de obras de arte y riquezas usurpado por los franceses. Es imaginable la alegría del doctor Larra, y de todos los exiliados, por este hecho que posibilitó la permanencia en suelo español de los tesoros de cientos de iglesias, conventos, museos y residencias privadas.


La batalla de los Arapiles (conocida por la historiografía inglesa como Batalla de Salamanca), uno de los enfrentamientos más importantes de la Guerra de la Independencia española, se libró en los alrededores de las colinas del Arapil Chico y el Arapil Grande, en el municipio de Arapiles, al sur de la ciudad de Salamanca el 22 de julio de 1812. Tuvo como resultado una gran victoria del ejército anglo-hispano-portugués al mando del general Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, sobre las tropas francesas al mando del mariscal Auguste Marmont. En la imagen, Sir Arthur Wellesley, Duque de Wellington.




Desde luego, la que tiene una significación especial, por lo que tiene que ver en relación con nuestro protagonista, Mariano José de Larra y su familia, fue la batalla de Vitoria, librada el 21 de junio de 1813 entre las tropas francesas que escoltaban a José Bonaparte en su huida y un conglomerado de tropas españolas, británicas y portuguesas al mando de Arthur Wellesley, Duque de Wellington.


La victoria aliada sancionó la retirada definitiva de las tropas francesas de España (con la excepción de Cataluña) y forzó a Napoleón a devolver la corona del país a Fernando VII por el tratado de Valençay de 1813. Sin embargo, tras la victoria española en San Marcial en 1813 las operaciones militares proseguirían, así en 1814 un Cuerpo de Ejército español acompañó a las tropas británicas de Wellington en su invasión del Sur de Francia. El acuerdo definitivo de paz entre la España del ya rey Fernando VII y el nuevo rey de Francia Luis XVIII se firmó el 20 de julio de 1814. Previamente el 30 de mayo se firmaba un primer acuerdo en París, aunque el embajador español no lo pudo firmar a no tener poderes plenipotenciarios, pero esto forma parte de otra historia, lo que si podemos decir es que finalizaba así la Guerra de la Independencia Española.

Una hora dramática para los afrancesados, y para la familia Larra, por el exilio que les ocasionó, es por lo que nos limitaremos a hacer reseñar aquí este acontecimiento bélico, junto al de los Arapiles, por la importancia que tuvo en la vida de nuestro protagonista, y no los demás acontecimientos bélicos, que fueron muchos en esta guerra, e importantes, pero no de igual trascendencia en la vida privada de Mariano José.


Ilustración del Archivo Municipal de Vitoria sobre la huída de las tropas francesas, y Batalla de Vitoria (1813). El General Álava, con el 15º de Húsares del Ejército británico, junto al puente de Trespuentes, artista Augusto Ferrer Dalmau.








Una vez en Francia, Larra fue internado en un colegio de de Burdeos, mientras que sus padres se instalan en París, donde regresaría con ellos cuatro años después. Solo en un principio, con sus padres alejados a muchos kilómetros, fue una de las circunstancias que favorecieron una incipiente introversión, difícil raíz para seguir creciendo.


En 1815 muere su abuelo Antonio Crispín de Larra, y la marcha de su nieto, primero de la casa, y después del país, tuvieron mucho que ver en su muerte. Casi 11 años permaneció el pequeño Mariano José, internado entre Madrid y Francia. Un periodo de tiempo en el que le fue robada no sólo su niñez, si no su idioma, pese a los sólo cinco años que estuvo internado en Francia, desde los 4, a los 9 años de edad. El español, como le llamaban en Francia, el afrancesado, como le llamaban en España, como veremos después.

LOS PRIMEROS AÑOS Y EL REGRESO

El Doctor Larra, su esposa y su hijo pudieron regresar a España en la primavera de 1818, teniendo Mariano José 9 años, gracias a que aquél había entrado al servicio del Infante Don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII, en un viaje que hizo a Francia entre 1817-1818, y una amnistía decretada por este, pero nunca olvidará el entorno europeo y cosmopolita sobre el que las circunstancias le han arrojado casi sin piedad. Para Larra niño, esta experiencia europea hará mella de forma tan importante, que nunca olvidará, y quedará para siempre en el recuerdo aperturista y renovador de sus artículos, europeo convencido, adelantado generador de ideas, maestro del periodismo y un excelso prosista, su obra es un llamamiento angustiado que busca con una pluma satírica y burlona en ocasiones, pero de forma y manera inteligente, la mejora de un pueblo español pobre e inculto, que realmente nunca le acabó de gustar, pero que a la postre, era el suyo, su pueblo, y nunca obvió el amor a su patria.


Así lo decía al final de un interesante artículo del pobrecito hablador titulado “Carta a Andrés escrita desde la Batuecas”, y ese fue su compromiso en la vida, en una España afligida por la injusticia y el atraso total, un compromiso, como decimos, que le supuso un conflicto interior, un dolor por su España que le supuso el mismo final que tuvo Ganivet y el mismo pensamiento que tuvo Ortega y Gasset, el primero, en su obra “Idearium” lo interpreta a la perfección, y el segundo en toda su obra, pero más concretamente en su discurso “Rectificación de la República”, donde hace gala de un pensamiento pródigo y el ideal de un cambio de postura para prevenir un mal que a la postre apareció sin avisar, pero a sí mismo, también sufrieron este mismo pensamiento y el mismo dolor Valle-Inclán y Unamuno, un pensamiento que ya estaba tiempo atrás en el alma de otros desarraigados como Larra, que eran Quevedo, o el propio Goya, un Quevedo, por cierto, sobre el que Larra tenía un proyecto de escribir un drama con el mismo Quevedo como protagonista.

En este sentido, la obra de Larra hace que tenga un interés especial en los tiempos que hoy nos tocan vivir, como lo tuvo en los tiempos que le tocaron vivir a él mismo, utilizando el periodismo como el mejor medio para hacer llegar las ideas en las que creía firmemente, al mayor número de personas posible, pero, continuemos con los avatares de su infancia.


De regreso a su Madrid natal, es un niño sin niñez, metido dentro de sí, que apenas habla el castellano. Es, ahora, un afrancesado en Madrid, donde comienza su camino como estudiante en los colegios de la época marcado por el estigma de ser el hijo de un traidor, en una sociedad fernandina montada sobre la derrota de los hombres como su padre, en mitad de una clase alta cuyos hijos acudían al colegio de San Antonio Abad, escolapios. Un traidor, un exiliado francés, unos estigmas que hicieron reaccionar a Mariano José de Larra, que se adentra en un camino del conocimiento por la vía de un idioma que no es el de cuna, y que acabará escribiendo el castellano más recio y clásico de su época, mediante la vía de la concentración, el silencio y el estudio excluyendo el juego de las emociones para crear la propia supervivencia de un niño que ha jugado poco, y aún menos, con otros, encerrándose más en la precocidad de una infancia intelectual fuera de toda razón, y que tampoco tuvo nunca una sensación confortante de un hogar fijo, ni de una estable residencia.


Su trabajo intelectual, fue, en resumen, toda una suerte de cobijo para el. Rara era la vez que dejaba de derramar lágrimas al desprenderse de sus amigos, los libros, para tener que ir a descansar. Más adelante, en el internado de los padres Maristas, sólo el ajedrez, al que jugaba con su amigo el hijo del conde de Robles, que simpatizaba con él en gustos e inclinaciones, le servía de ocio y era la afición que después del estudio, más acostumbraba a practicar. Era en este internado donde Mariano José empezaba a fraguar su identidad española dentro de la personalidad de un adulto prematuro en medio del aprendizaje de los textos clásicos que tan bien llegara a conocer.


Durante estos primeros años del niño y después del joven Larra, cabe destacar la primera etapa del reinado de Fernando VII, y su relación con otro acontecimiento importante en la historia de España, y su relación con el sentimiento liberal, tendencia que posteriormente también recibiría las críticas irónicas del escritor. Nos referimos a la Constitución de 1812, la Pepa, y que tras la llegada al trono del que en un principio fuera el Deseado, de los años bélicos, pasara a ser "El Narizotas" frustrando las esperanzas de modernización que las mentes más abiertas de la nación tenían sobre un siglo que acababa de comenzar, con un régimen absolutista y absoluto implantado nada más acceder al trono, recalando nuevamente el cuadro de las dos Españas o la conspiración de una logia masónica frente al conspirador, esas dos Españas que como más tarde diría el propio Larra, se espían mutuamente, sin descanso. De esa Constitución, la de 1812, no hablaremos aquí, en particular, pues merece capítulo aparte. En la imagen, Fernando VII




Fernando VII, al que el pueblo llamaba "El Deseado", suprimió la Constitución y los escasos pasos hacia el progreso que se habían dado y encarceló lo mismo a los constitucionalistas que a los antiguos enemigos de aquellos, los afrancesados, sin faltar héroes de la guerrilla o del Ejercito que habían luchado por devolverle a él un Trono que no merecía. 

En una España con poca libertad de expresión, que coincidió con la etapa de Fernando VII, "el rey más siniestro de la historia de España", acarreó a Larra dificultades en su trabajo después y tuvo muchos problemas como columnista, que ya comentaremos en su momento, pero cabe destacar una especie de apego de nuestro protagonista con el rey felón, en la década absolutista que también, más adelante, nos dedicaremos a explicar, sirva ahora este apunte como referencia.




En la imagen la detención de un afrancesado, aunque igual podría ser un liberal o alguien que leía libros o periódicos traídos de Gibraltar sin el visado y censura de la Inquisición. Y en un país donde la cultura resultaba peligrosa, America había comenzado a independizarse y la economía estancada entraba en ruina total, la ruptura de la sociedad española en dos bandos irreconciliables es total, a muerte.


Pero, el malestar producido por la política del rey y de su camarilla originó varias sublevaciones que fracasaron, pero triunfó la de 1820, y con once años, en Madrid, Mariano José de Larra vive la apoteosis callejera del frustrado meteoro liberal que va desde 1820 a 1823, conocido como el Trienio Constitucional. Esta sublevación se conoció como la sublevación de Riego, o el Pronunciamiento de Riego. El ejército acantonado en las cercanías de Cádiz, destinado para marchar a América con el fin de intentar aplastar el movimiento separatista o de independencia de nuestras provincias, se sublevó el día 1 de enero a las órdenes del comandante don Rafael Riego, en Cabezas de San Juan, proclamando la Constitución de 1812. Riego estuvo encarcelado en Francia durante la Guerra de la Independencia cuando le hacen prisionero en la batalla de Espinosa de los Monteros, y allí tuvo contacto con la masonería, así como con las corrientes liberales de la época que le llevaron a asumir los principios de la propia revolución francesa, los cuales tanto habrían de influir en su conducta posterior. En un acto solemne y brillante de parada militar, en la plaza de Cabezas de San Juan, Riego emite un bando que promulga la hasta entonces derogada Constitución Liberal española de 1812:

“Las órdenes de un rey ingrato que asfixiaba a su pueblo con onerosos impuestos, intentaba además llevar a miles de jóvenes a una guerra estéril, sumiendo en la miseria y en el luto a sus familias. Ante esta situación he resuelto negar obediencia a esa inicua orden y declarar la constitución de 1812 como válida para salvar la Patria y para apaciguar a nuestros hermanos de América y hacer felices a nuestros compatriotas. ¡Viva la Constitución!"


Con este golpe de estado, termina el gobierno absolutista desarrollado por Fernando VII durante la primera etapa de su reinado, y se establece un gobierno liberal, es el denominado Trienio Liberal: 1820-1823, o Trienio Constitucional, como hemos dicho antes.


En la imagen, Rafael de Riego.



Imagen de la marcha tras el pronunciamiento de Riego



En el mes de marzo, el rey juró la Constitución de 1812 que había despreciado cuando regresó de Francia. La familia liberal, se divide en dos facciones, los moderados y los exaltados, o doceañistas y veinteañistas, con el tiempo, estas dos facciones representarían al partido moderado, los primeros, y al partido progresista, los exaltados. Los moderados fueron los que asumieron el poder, también eran llamados gaditanos, o facción templada, intentando un cambio con la corona, pero los exaltados o veinteañistas pretendían una ruptura con el Antiguo Régimen. Así empezaron los partidos políticos.

Aparecieron nuevas sociedades secretas, los Comuneros, a cuyo frente se hallaba Riego, y era una sociedad secreta cuyo nombre, Comuneros, lo toman de la sublevación del siglo XVI. La sociedad trataba de ser una alternativa radical a los masones, y entre sus ideales estaban los de tratar de rescatar las luchas por las libertades. Su pensamiento puede catalogarse de democrático radical y republicano. Contaron con un periódico con el significativo nombre de El eco de Padilla, y tenían su propio himno, el himno de Riego, que era el himno que cantaba la columna volante del entonces Teniente Coronel Rafael de Riego tras la insurrección de éste contra Fernando VII el 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San Juan, aunque también había quien cantaba El Trágala, que fue la canción que los liberales españoles utilizaban para humillar a los absolutistas tras el pronunciamiento militar, a principios del Trienio Liberal.


También apareció la sociedad de los carbonarios, que aspiraban sobre todo a la libertad política y a un gobierno constitucional. Pertenecientes en gran parte a la burguesía y a las clases sociales más elevadas, se habían dividido en dos sectores o logias: la civil, destinada a la protesta pacífica o a la propaganda, y la militar, destinada a las acciones armadas, también hubo nobles entre sus miembros, y también aparecieron ciertas sociedades patrióticas modeladas al estilo de los clubs de la Revolución francesa, como la del Café de Lorenzini (Puerta del Sol), o La Fontana de Oro, aunque posteriormente fueron suprimidas para evitar algaradas como ocurrió con la aparición de Riego en Madrid, con el argumento de no ser necesarias para el ejercicio de la libertad.


Más influyentes que las sociedades patrióticas fueron las sociedades secretas entre las que destacó la masonería que, como reconoció en su tiempo el marqués de Miraflores, perdió su objetivo filantrópico para sustituirlo exclusivamente por el político.

En 1822, la situación del país se deteriora y la guerra civil, buscada por los absolutistas estalla como un previsible incendio, sus comienzos fueron cuando el 7 de julio se sublevaron los cuatro batallones de la Guardia Real que estaban en el Pardo y entraron en Madrid vitoreando al rey absoluto, pero fue rápidamente aplastada por la Milicia Nacional, que era una guardia cívica creada por el nuevo régimen. Los padres de Mariano José, que residen en Valladolid, y como el caos se extiende como si de una mancha de aceite se tratara, llaman a su hijo, y juntos parten hacia Corella, un pueblo de Navarra donde su padre encuentra una plaza de médico, encontrando la familia un nuevo contexto de guerra y frustración del que huyen, y donde Mariano José vive por primera vez una prolongada experiencia familiar.


Allí, recibiría los cuidados de una madre que hasta ese tiempo no le había dado, siempre dentro de los límites de la personalidad de la madre, y de la capacidad del hijo para aceptarlos. Allí se afana, como siempre, en su trabajo, aunque deja rienda suelta a sus más subjetivas inquietudes. Con catorce años traduce del francés al castellano la Ilíada de Homero y empieza los trabajos de una gramática castellana, comenzando en Larra su pasión por ser escritor, una vocación ya irrefrenable. Atrás quedó Madrid, con su ebullición política en busca de libertades. Luego llegarían el escepticismo y la misantropía, y más tarde la desilusión y la desesperanza.


A la postre, Larra heredaría parte de esa tradición que representó su abuelo, y parte de esa otra España aperturista más propia de un liberalismo esperanzador, siendo el germen posiblemente, de un conservadurismo liberal, o un liberalismo conservador del que de forma discutible podríamos definir nuestra pretensión. Así se define, según sus palabras, la visión que deseaba de su España, una visión que, por cierto, se parece bastante, por no decir de forma gemela, a la que tuvo Cadalso en su momento, y que bien puede apreciarse en sus “Cartas Marruecas”:


"Una sólida educación que se limite a tomar del extranjero lo bueno, no lo malo, lo que está al alcance de nuestras fuerzas y costumbres, y no lo que es superior todavía, y más concretamente religión verdadera, bien entendidas virtudes, energía, amor al orden, aplicación a lo útil y menos desprecio de muchas cualidades buenas que nos distinguen de otras naciones". 

Finalizada la guerra civil, Mariano José regresa a Madrid, mientras sus padres lo hacen a Valladolid. Del Colegio San Antonio, pasa al Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, para estudiar matemáticas. Agoniza el Trienio Liberal. Se reúnen en Verona los monarcas y ministros que formaban la Santa Alianza, que en principio fue un tratado de carácter personal firmado por los monarcas de Austria, Rusia y Prusia el 26 de septiembre de 1815 en París tras las guerras napoleónicas. Los tres monarcas, invocando los principios cristianos, prometen mantener en sus relaciones políticas los «preceptos de justicia, de caridad y de paz», y al que más tarde se adhirió Francia.

En la imagen, Luis Antonio de Artois, duque de Angulema, delfín de Francia y pretendiente al trono. También conocido como Luis Antonio de Borbón.




La Santa Alianza decide prestar el auxilio que anteriormente había reclamado Fernando VII, a pesar de la oposición de Inglaterra, que se separó de la misma. Se pedía la abolición de la Constitución de 1812, lo que fue rechazado por el gobierno, que se preparó para iniciar la guerra. Luis XVIII de Francia envió a su sobrino, el duque de Angulema con los Cien Mil Hijos de San Luis, de los cuales 35.000 eran voluntarios españoles, que atravesaron la frontera en los primeros días del mes de abril y encontraron por todas partes la ayuda del clero y de los realistas. Las tropas recibieron este nombre a causa de un discurso que el rey galo Luis XVIII había pronunciado en enero, en el cual había dicho que "cien mil franceses están dispuestos a marchar invocando al Dios de San Luis para conservar en el trono de España a un nieto de Enrique IV'".


La invasión se convirtió en un paseo militar debido a que, realmente, el régimen constitucional no tenía arraigo en las masas populares, acostumbradas a una tiranía secular. Sería un error sostener que aquellos liberales eran malos políticos porque no supieron ni fueron capaces de afianzar el constitucionalismo, ya que, desde un principio, se encontraron con una grave dificultad, que era la resistencia del rey, y los absolutistas, el propio Fernando VII derramó gran cantidad de oro en conjuras anticonstitucionales, levantando partidas que promovían la anarquía en el país. Luego, los veinteañistas o exaltados se impusieron a los doceañistas o moderados, lo que hizo más impopular al régimen, se legisló aboliendo la Inquisición, y se acordó la disolución de las órdenes religiosas. Medidas anticlericales que perjudicaron mucho al gobierno, en una nación de tradición católica como lo era. Lo cierto es que nada pudo detener la victoria de la reacción absolutista, y Fernando VII es liberado en octubre de 1823.

En la imagen, los 100.000 hijos de San Luis.







Larra ve con sus propios ojos el regreso triunfal de Fernando VII a la capital, como antes había visto la figura de Riego que ahora, es pateada en la madrileña plaza de La Cebada. Sus ojos de adolescente miran con horror el espectáculo. El juicio a Riego no tuvo las garantías procesales, fue una farsa legal. No le admitieron pruebas, testimonios ni documentos. La verdad es que Riego está condenado a muerte de antemano.

Para humillar a la España liberal, se le hicieron concebir falsas esperanzas de salvarse si escribía una carta en la prensa retractándose de sus ideas constitucionalistas. En este último acto de su vida, Riego no estuvo a la altura de su fama de héroe. Cuando se le notificó la sentencia, escribió una vergonzosa carta pidiendo perdón a Dios y al Rey por su comportamiento y reconociendo los crímenes que se le habían imputado.

Riego fue condenado por Lesa Majestad arrastrado por la calles de Madrid dentro de un serón arrastrado por un mulo, y luego ahorcado y descuartizado en la plaza de La Cebada, ante una muchedumbre que le había acompañado con insultos, entre vivas al rey absoluto.


Tampoco su juicio, tuvo las garantías procesales adecuadas, y digamos que Riego, estuvo condenado a muerte desde el principio, pero en este sentido, y llegados a tal punto culminante en la historia de España, que Larra ve pasar ante sus ojos captando la honesta sinceridad de la misma, es importante reseñar una de las curiosidades que a la sazón, se han convertido en lo que podríamos considerar uno de los mitos que la historia escrita se ha empeñado en hacer transmitir, refiriéndonos a el carácter de Riego como protagonista máximo del episodio que llevó a fin al gobierno absolutista, el levantamiento de Riego, y es que en realidad, en un principio, Riego no figuraba en los preparativos de la Revolución, ya que quien asumía la responsabilidad era el Coronel Quiroga, pero , asumió un papel protagonista de primer orden al arengar, el 1 de enero de 1820, a sus soldados del Regimiento Asturias con las palabras que la historia le atribuye, y que a partir de ese momento, Riego se sintió cómodo en ese papel principal de líder revolucionario y, tal vez, esa exaltación le supuso una muerte prematura, y la evidencia total de la ayuda de la masonería americana y más concretamente, la argentina, en el suceso, una trama

Ciento doce personas fueron fusiladas o ahorcadas en los dieciocho primeros días, y en total, Las Comisiones Militares y las Juntas de Fe iniciaron una ola de crímenes, asesinatos y proscripciones que rondaron las 100.000 personas, entre ellas, muchos que habían sido verdaderos héroes en la guerra de la independencia. Era el tiempo de la España profunda, aquella que desgarra las gargantas del enemigo invasor, lo hace igual con el hermano proscrito, acatando la sentencia firme que dicta el Juez profano en justicia, en el silencio más triste de la cognición.


En las imágenes, la Plaza de La Cebada, y ahorcamiento de Riego en la misma.






Larra escribió en contra de la pena de muerte varias veces, pero sobre todo, en uno de sus artículos plasmaría su repulsa, de una forma más directa, recordando precisamente aquel espectáculo que le tocó vivir en el Madrid de 1823. 

Entre las vicisitudes de su vida de adolescente, en Valladolid, donde se encontraba estudiando, dejó de asistir a los exámenes durante el periodo de un año, y la causa de esta conducta fue al parecer el primer desengaño amoroso de su vida, una más de sus infortunadas tragedias, y es que Larra se enamoró de una mujer, bastante mayor que él, y de una manera simple, este amor juvenil no hubiera tenido mayor importancia que el pasajero idilio de un corazón joven, inexperto y apasionado, propios de la edad y las circunstancias personales, de no ser que la frustración fuera tan incisiva como lo fue, ya que resulta que esa mujer, era la amante secreta de su propio padre. Este acontecimiento trastocó el sentimiento del joven Larra, hasta el punto de hundirlo en una profunda depresión que le condujo a no asistir a los exámenes, los cuales, acabó aprobando más tarde. 


APARECE EL LARRA LITERARIO

Digamos que la vida académica de Mariano José estuvo marcada de un carácter impreciso y ambiguo, ya que su padre, en un principio, quiso que dirigiera sus estudios para convertirse en cirujano como el, por lo que comenzó sus estudios en medicina durante una año, pero no pudo soportar algo que en realidad no le gustaba, y abandonó, para posteriormente, intentar ser abogado, pero le ocurrió lo mismo, así que decidió abandonar sus estudios en la Universidad, desalentado, y en este momento, tomó la decisión de trabajar y dedicarse a lo que consideraba su verdadera vocación, el periodismo, un periodismo que venía acompañado de la parodia, la sátira y un especial humor en lo que él concebía como el verdadero razonamiento de un pueblo español del que hacía gala en sus artículos a los que aludía desde la forma que adoptó con el pseudónimo de “El Duende”, primero, y de “Fígaro”, después, con el intermedio entre ambos de “El pobrecito hablador”.

Como “El Duende” empezó Larra su vida periodística, el primer proyecto de una de las más destacadas figuras del romanticismo y el costumbrismo español, que a los diecinueve años, publica a lo largo de 1828, en un momento de liviana apertura de la dura censura del final del decenio ultrarrealista calomardino, y que dará paso a una prensa de carácter literario. A lo largo de ese año, Larra dará a la estampa un total de cinco cuadernos bajo esta cabecera, utilizando para ello hasta cuatro imprentas (las de José del Collado, Norberto Llorenci, Repullés y L. Amarita), y entre 36 y 72 páginas cada uno, y que contiene una serie de artículos de costumbres y de crítica literaria y teatral, entre los que destacan “Diálogo: el duende y el librero”, “Corridas de toros”, “El café” o “Donde las dan las toman”, escritos en un estilo sarcástico, crítico y mordaz, aunque no político, ya que cabe recordar que en esos momentos, no era opositor al régimen absolutista, y pertenecía a los llamados Voluntarios Realistas, un cuerpo paramilitar formado por fervientes absolutistas, y en el que había ingresado en 1827.


Con El Duende satírico, Larra se muestra asimismo favorable al neoclasicismo y polemizará con el Correo literario y mercantil, de José María Carnerero, quien obligó a cerrar El Duende Satírico del día. Sobre este hecho, cabe explicar que por aquel entonces, Larra forma parte de un grupo de jóvenes inquietos y disconformes que se reúnen en el Café del Príncipe, en Madrid. La tertulia, denominada El Parnasillo es frecuentada por Ventura de la Vega, Juan Gonález de la Pezuela, Miguel Ortiz , Bretón de los Herreros, José de Espronceda, Ramón Mesonero Romanos, entre otros. En diciembre de 1828 tiene un enfrentamiento en el café con José María de Carnerero, director de El Correo Literario y Mercantil, al que había criticado en sus últimos números. Carnerero logra que las autoridades cierren la publicación, aunque Larra ya se había ganado cierta popularidad como agudo observador de las costumbres y de la realidad cultural, social y política del momento.

Don Eugenio, el tío de Larra, atribuía la supresión de la revista a una decisión del Gobierno. Según él, Carnerero había presionado con sus influencias para hacer callar al Duende Satírico del Día. Los artículos de “El Duende” tuvieron tan escaso mérito, que él mismo no quiso reconocerlos posteriormente por suyos. Sin embargo, hay estudiosos sobre la vida de Larra que se inclinan a pensar que fueron las dificultades económicas lo que impidió a Larra continuar la serie de cuadernos. 


Sea como fuere, el caso es que El Duende feneció, pero no sin armar bulla, en una España miserable, oscura, gris, destartalada y en ruinas; un país arrumbado y sumido en el más profundo abatimiento en el que ni siquiera se atisbaba el consuelo de la dulzura que a veces provoca una cierta forma de melancolía, y Larra empezaba a cambiar su postura política, la misma postura con la que había sido perfectamente sincero al recomendar como una especie de talismán infalible para superar los defectos de una transición española en una sociedad que debe conducir sus pasos hacia una educación sólida que se limite a tomar del extranjero, como él decía, “lo bueno, no lo malo, lo que está al alcance de nuestras costumbres, y no lo que le es superior todavía, religión verdadera, bien entendidas virtudes, energía y amor al orden y un cúmulo de bien entendidas virtudes inherentes a la tradición española que nos distinguen de otras naciones”.





Podríamos decir que de una manera que puede parecer insólita, el equilibrio característico de la madurez que se percibe en aquel Larra juvenil de 1833 queda desplazado a un radicalismo creciente a medida que transcurren los años, más concretamente a partir de 1834 cuando da comienzo el llamado Estatuto Real promulgada en la regencia de María Cristina de Borbón tras la muerte una año antes de Fernando VII, en una apertura hacia el liberalismo en un equilibrio difícil en el que Martínez de la Rosa intenta, de una forma civilizada, evitar la guerra civil en un tiempo crucial para España poniendo en pie un régimen de monarquía limitada con el que se considera el primer parlamento bicameral de la historia de una España que se debatía entre la búsqueda de apoyo de la opinión liberal a la causa de Isabel II contra las pretensiones al trono del hermano de Fernando VII, don Carlos, decretando una amnistía para los liberales encarcelados durante el absolutismo y a la vez, desde una posición siempre centrista, humanizando de la mejor forma que pudo la guerra contra los carlistas, una moderación que pronto fue sobrepasada por un radicalismo progresista liderado después por Mendizábal, imponiendo sus propios modelos liberales sin ver ni respetar consecuencias, piedra angular de la filosofía radical más cerrada.

Las relaciones entre Larra y el poeta y político granadino son la quinta esencia necesaria para poder entender su propia evolución ideológica, y así lo demuestra cuando escribía sobre las andanzas de un Ministro honrándose con el cultivo de las letras que con la inspiración de las musas daba paso al Estatuto Real en unos tiempos en los que el autor de “La Conspiración de Venecia” daba paso a la visión de una España premonitoria del drama, en el que Larra no perdonaba a Martínez de la Rosa haber defraudado sus esperanzas con el ritmo cansino del gobierno cuestionando, además, la propia causa liberal. En la imagen, Martínez de la Rosa.




En aquellos tiempos, el escepticismo en el que Larra veía los intentos desesperados de Martínez de la Rosa, caminaban emparentados con una vida familiar rota por un amor y la sombra del desengaño, y así lo plasmo en uno de sus artículos titulado “El casarse pronto y mal”, ya que pronto fue cuando se casó, con tan sólo veinte años de edad.

Desde sus primeros textos (“El café” se llamó su primer artículo) Larra mostró el dolor por España que sería una marca de su estilo. Lamentó el atraso del país, criticó la exclusión de España del proceso romántico, defendió los derechos del pueblo y propugnó un mejor uso de la lengua castellana. Atacó constantemente los vicios nacionales, entre los que destacó la pereza. Criticó, además, a los políticos falsos, los malos actores y traductores y, en general, a los que no trabajaban por el progreso del país. Naturalmente, sufrió la censura, que le persiguió incansablemente, cerrando algunas publicaciones fundadas por él y prohibiéndole artículos o el estreno de algún drama. “Su obra es una llamada permanente y angustiada en busca de la mejora del pueblo español, una llamada en la que no sólo puso su pluma muchas veces satírica y burlona, desde luego, pero siempre inteligente y suspicaz, y además, también puso su vida… Una llamada comprometida que le causó un gran conflicto interior”, su dolor por España, el mismo que antes que él habían sentido Quevedo o Goya, anticipa el que sentirían luego Ortega, Unamuno, Valle-Inclán o Ganivet. 


Su incansable labor de escritor y fundador de publicaciones era fruto de la necesidad que sentía de “escribir para denunciar y de denunciar para corregir”. En esa labor, destaca la creación de numerosos personajes a través de los cuales se expresó. Fígaro, del que ya hemos hablado, es el que ha acabado por identificarse con su persona. La razón del nombre, según el propio Larra, está en que, como Fígaro, él era charlatán, enredador, curioso y dado a tirar de la manta sacando a la luz los defectos de los ignorantes y maliciosos, pero de Figaro hablaremos después.

EL DESAMOR Y EL AMOR

En estos saltos sobre la vida de Larra, en los que recorremos su camino adelante y atrás en una forma de visionar en perspectiva no sólo su obra y su vida, si no la historia de su época, rememoramos el tiempo en el que desaparece “El Duende”, en las circunstancias que ya hemos comentado antes, corriendo el año 1829 en el que Mariano José contrae matrimonio con la joven madrileña Pepita Wetoret , un amor del desamor cuando el amor no existe y se convierte en desdicha, puesto que más dicha hubiera sido no casarse sin amor. Larra fue desde luego un mujeriego que se equivocó al casarse, como él mismo plasmaría en uno de sus artículos titulado “El casarse pronto y mal”, del que ya hemos hablado En la imagen, Josefa Wetoret Velasco, esposa de Larra, con la que tuvo tres hijos, Luis Mariano, Adela y Baldomera.



Un matrimonio temprano en la triste soledad que la tentación disfraza en pasión desbordada, que al levantarse el telón de la afligida realidad representa el drama de un futuro incierto con un sinfín de argumentos en contra que contraponen la pervivencia de un matrimonio con una dama de corte tradicional, posiblemente incapaz de asumir la rebelión de Larra, y el fuego de la pasión desaparece de forma lenta y gradual en la simple monotonía de una vida vacía tanto de amor, como de estómago.

Mariano José, se dedica durante ese año a traducir obras francesas para adaptarlas al teatro y comienza también a escribir obras suyas dejando de momento a un lado la sátira, con el fin de sobrevivir a la dificultad de su economía, con el seudónimo de Ramón de Arriala, que utilizará de forma profusa para estos menesteres de comediante. Se ha definido a Larra con muchos adjetivos, inteligente, orgulloso, enamoradizo, inconstante, versátil, sarcástico, misántropo, escéptico, mordaz, generoso, hipocondríaco, pero el mejor adjetivo de Larra son sus artículos periodísticos, lo mejor y más característico de su producción, aunque Larra cultivó también la poesía, el teatro y la novela. No fue un destacado poeta, pero su poesía está dentro del estilo de la de su tiempo, que tampoco fue brillante, y algunas composiciones son algo más que aceptables. Aunque escribió algunas obras de teatro, como ya hemos comentado con anterioridad, su mayor contribución a este género la hizo como crítico.


En sus críticas, no sólo demostró su conocimiento del teatro, sino su propósito de reformar las malas condiciones en que se desenvolvía en su tiempo, pese a la abundancia de estrenos que se daba. Con todo, es el autor de uno de los primeros dramas históricos del teatro romántico español, El conde Fernán González y la exención de Castilla. En ese drama, en otro como Macías y en la novela El doncel de don Enrique el Doliente, Larra, junto con Espronceda, fue el escritor que mejor y de manera más completa asumió el Romanticismo. Larra fue un ilustrado con un corazón romántico, un corazón que más pronto que tarde, se fijaría en una mujer que marcaría su destino, Dolores Armijo.

El amor, que llena el alma a bocanadas constantes de dicha y deseo, ciega la vista del que no quiere ver, agradecido por la dulce música que hace danzar al alma. No importan los gritos que desde la voluntad serena de la cordura, quemen con arduo fuego los oídos del que no escucha, ya que amen de no oír, ni siente, ni vive más allá de lo que los latidos de su corazón le permiten soñar, pese a lo tenue del gozo del que cata la miel prohibida.

Como la Elvira de su novela “El doncel don Enrique el doliente”, Larra pierde la cabeza por Dolores Armijo, a quien conoce en un salón madrileño, poco tiempo después de casarse con Pepita Wetoret, concretamente en 1830, y estaba casada con el hijo de un conocido abogado afrancesado de nombre Manuel María Cambronero, quien ocupara cargos importantes durante la etapa de José I Bonaparte, y regresó del exilio también tras una amnistía, propiciando una relación de doloso adulterio.

Llegamos así a una época de esperanza y desesperanza para el liberalismo español que conspira en las logias alimentando el sueño del fin del absolutismo, que se atisba cercano, y que María Cristina de Borbón, la reciente esposa de Fernando VII, está embarazada, dando así al traste con las pretensiones del hermano del rey, Carlos, y su ideal continuador de monarquía absoluta, pero a la esperanza y la desesperanza las separa una fina línea que se confunde a la vez en ensueño y pesadilla , fantasía y congoja, que como un río turbulento arrasa con su corriente infernal llevándose consigo la dicha e inundándolo todo con la fatal desolación de los campos del anhelo inundados por el desengaño y la frustración con el fusilamiento del conocido General Torrijos en 1831 cuando una trampa lo atrapó en las costas de Málaga en el desembarco desde el exilio quedando inmortalizada para la historia la imagen de unos rasgos de nobleza y serenidad épicas propios de un héroe romántico eternizados para siempre en un cuadro de Gisbert.




Acompaña a este suceso la historia de la subida al patíbulo de Mariana Pineda, que podía incluso ser novelada como un suceso de amor y desamor, o de pasión desmesurada que la literatura liberal en un intento desmedido quizás por simbolizar su ideal de memoria histórica en obras, poemas y cine, pero quede a la postre la imagen de esta bella mujer que en un último intento de guardar su dignidad se negó a que en el momento de su ejecución le quitaran las ligas para no subir al patíbulo con las medias caídas, en un tiempo en el que Calomarde profesaba su oficio con la libertad prestada que ofrece la insensata mentalidad de un monarca fatal para la historia de un pueblo que no ha sabido más que luchar y saber morir por una serie de reyes a los que el destino de una nación, les ha importado lo mismo que el destino de una hoja seca caída de un árbol en tiempo otoñal.


A Calomarde ya le queda el semblante que retrata Galdós en sus Episodios Nacionales, con otro episodio propiciado por la hermana de la reina Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, amarrándole una bofetada en la dignidad fruto de los sucesos de 1832, conocidos como “Los Sucesos de la Granja”, cuando el entonces Ministro de Gracia y Justicia consiguiera que el agonizante Fernando VII en su lecho final, firmara la restauración de la Sálica Ley a favor de su hermano Carlos María Isidro de Borbón, en lugar de su hija Isabel, a lo que la infanta se empeñó en no dar aliento consiguiendo que su cuñado, el rey, firmase un decreto posterior que abolía la Ley Sálica de forma definitiva en un episodio cuya frase final fuera que manos blancas no ofenden pero que desencadenaron tres guerras civiles que sacudieron la España del siglo XIX, las guerras carlistas. En la imagen, Mariana Pineda en su camino al patíbulo.



Tras los sucesos de La Granja del 14 de septiembre de 1832, que acabamos de comentar, Céa Bermúdez fue llamado por María Cristina para que formase gobierno y neutralizara a los sectores absolutistas, colaborando con el moribundo Fernando VII en su pugna con el infante Don Carlos. Fue nombrado nuevamente Secretario de Estado el 1 de octubre de 1832, y promulgó la Pragmática Sanción que anulaba la Ley Sálica y abría el camino al trono a su hija, la futura Isabel II.

Mientras esto sucedía, la misma España, que retratada en blanco y negro en su cruenta realidad por Goya en “Los desastres de la guerra”, repartía ahora bofetadas más a siniestro que otra cosa, teniendo en consideración la ruptura total del ideal liberal, mientras que en la diestra, también quebrada en dos bandos, los postulados ultra-realistas herraban sus monturas y calaban bayonetas en los cauces de un río de odio, en una España sumida en la corriente de desconfianza y desgobierno, ante la atenta mirada de las tres damas oscuras hijas de la guerra: la miseria, la crueldad y la horca, en una desmesurada pasión, que no pudiera calmar más, que la mordedura fatal de una lanza. Los seguidores de don Carlos preparan su momento.

La infelicidad conyugal, que Larra se ha labrado a pulso con su propia inmadurez, agudizan su ironía y su mordacidad, dentro de un contexto febril, crispado, repleto de tensiones y esperanzas donde nace el que sería “El pobrecito hablador”, el segundo episodio periodístico de Larra en el que el bachiller Don Juan Pérez de Munguía mantiene una correspondencia sutil con gracia e ironía entre Las Batuecas y Madrid con Andrés Niporesas, corresponsal de El Pobrecito Hablador, y notario de su muerte en marzo de 1833 en la que sale el último número, aquejado de la dolencia fatal del silencio pese al intento de robar la atención de un lector fugaz y mantenerle en vilo en un cuento, dentro de un artículo del que Azorín diría que este escritor, tenido por el más extranjerizado de su tiempo, es el único escritor que enlaza con la tradición clásica y castiza del momento, un momento en el que a la par, termina la vida de uno de los monarcas más ineptos que mal parió España, en un contexto en el que ya sería oficial heredera de la corona aquella que en el futuro la apodaron como “La de los tristes destinos” y en el que Don Carlos, hermano del monarca esgrime sus derechos a la corona aferrándose a la invalidez legal de la Pragmática sanción de marzo de 1830 que derogaba el auto acordado por Carlos IV en 1713 que impedía reinar a las mujeres, y sus partidarios llamados ahora carlistas, dejan de mover sus peones a favor del destino de un trono, y los cambian por el fuego de guerra y la bayoneta calada en una vorágine atroz de muerte y sangre, dando comienzo a la que sería conocida como Primera Guerra Carlista. En la imagen, ataque carlista a bayoneta calada.




FÍGARO NACE Y ASOMA EL DESTINO FATAL

Larra, que ya había colaborado antes con la “Revista Española” que dirige Carnerero, y con quien había tenido sus más y sus menos en su etapa de “El Duende”, como ya hemos visto, el mismo Carnerero se rinde ahora y se abre ante el indiscutible talento de Fígaro, mucho más que una promesa de escritor, y entre 1833 y 1835 aparecen en la citada revista un total de 111 artículos con su firma, a la vez que colabora con “El correo de las Damas” para posteriormente en 1834, iniciar su colaboración con “El Observador” hasta finales de diciembre del mismo año, encontrándonos a un Fígaro periodista por excelencia creador del periodismo moderno que destila vida que una noche se acostó autor de folletos y comedias ajenas y al despertar de una clara mañana se levantó periodista con un nuevo nombre de un personaje famoso de Beaumarchais que le sugirió su amigo Juan Grimaldi, el autor de “La pata de Cabra”, y Fígaro se vuelca en sus artículos contra el Carlismo, de una manera cada vez, más agresiva si cabe.

La figura de don Tomás Zumalacárregui, el héroe carlista por excelencia, brilla con todo el esplendor del momento mientras se apaga el brillo de Céa Bermúdez y los exaltados liberales para dar paso a los moderados de Martínez de la Rosa, del que ya hemos hablado, en un año, 1834, que se dibujará como decisivo en el cuadro de la vida de un personaje tan singular como Fígaro y la tragedia del amor prohibido, subterfugio y razón de vida de una relación innombrable con una mujer de elegancia cultivada en el más fino de los salones en los que luce el atrevimiento de la pasión sin cuartel, y el atrevimiento es el arma tras la que se refugia de un aburrimiento conyugal para después dar un tiro al aire negando el desafío del corazón perdido de Larra y presentarle la carta de un amor discreto y tranquilo.

Los acontecimientos se suceden con la rapidez que proporcionan las prisas, y con el mal consejo de la estúpida embriaguez engañosa de un corazón sin medida, cuya sed, acelera sus pasos hacia la insidiosa fuente de la desventura amarga, y es que Larra se separa de su mujer, y lo mismo sucede con Dolores Armijo y su marido, al ser ambos descubiertos después de que Pepita Wettoret, sospechosa de las infidelidades de su esposo, decidiera descubrir una carta en la que se citaban Larra y su amante, propiciando la venganza remitiendo la misiva al marido de Dolores Armijo con la dolorosa escena de la ruptura. El marido de Dolores Armijo, Cambronero, se marcha a Manila para ocupar un cargo de importancia, y Dolores se retira a Extremadura, y posteriormente a Ávila a casa de un familiar.

Es en este mismo año de 1834 donde Larra escribe lo más importante de su producción literaria, una novela, El Doncel de don Enrique el Doliente, historia del amor imposible de Elvira, casada con un hombre al que no quiere, por obediencia a su padre, y “Macías”, un drama que recupera al mismo personaje, y a la misma problemática.


Ya en 1835, Larra das signos de cansancio pero mantiene la esperanza de Dolores Armijo. La nación no da visos de cambio político y el gobierno de Martínez de la Rosa empieza a desmoronarse cuando los liberales exaltados ponen en serias dificultades su continuidad, al tiempo que prosigue la guerra carlista, hasta que en junio de ese año cae el gobierno de Martínez de la Rosa y los llamados exaltados, la facción más radical del liberalismo, asume el poder con José María Queipo de Llano, conde de Toreno en la presidencia, y con un hombre, Juan Álvarez de Mendizábal en el Ministerio de Hacienda, el protagonista de la famosa desamortización eclesiástica que no sirvió para nada, más que para enriquecer más a los poderosos.

Larra viaja en 1835 fuera de España, para finalmente decidirse a seguir a Dolores Armijo a Extremadura, en compañía de un hombre que será su mejor amigo, José de Negrete, Conde de Campo Alange, al encuentro de Dolores en una relación más de tormento que de otra cosa, de encuentros de amor y desencuentros de odio que conducirán a un desenlace fatal, mientras que en España fracasa el Estatuto Real a la vez que el liberalismo se divide cada vez más, y continúa la Guerra Carlista que va tiñendo de rojo la piel de toro y las esperanzas de nuestro protagonista escritor, visionando y sintiendo un pesimismo cada vez más marcado, y un escepticismo palpable consciente de una derrota tanto de ideal y esperanza política, como de conciencia de amor, donde confluyen los dos caminos fatales en la vida de Larra, de los que consigue salir del primero, a duras penas, pero sucumbe ante el dolor del segundo en un arrebato del alma, ciega en su desdicha fatal, y ahogada en su particular desengaño.

En 1836 Fígaro retorna al trabajo en un Madrid que lo espera con los brazos abiertos y brilla nuevamente con sus artículos, mientras que la vida política desciende peldaños a marchas forzadas en una Revolución Liberal propiciada por un nuevo Jefe de gabinete, José María Calatrava, en el que Mendizábal era el hombre fuerte, y Larra arremete con virulencia contra una política desastrosa en la que el Estatuto Real y la Constitución gaditana han pasado a ser papel mojado, convirtiéndose Larra en abogado defensor de una España contra un poder político monótono e incapaz de solucionar los problemas consumiéndose en rodeos sin sentido, y el fracaso de la desamortización de Mendizábal, hace que el pueblo salga a la calle contra la Iglesia, lo que sume a Larra en la tristeza, y nuevamente llegan los moderados al poder con Francisco Javier Istúriz, lo que supone una nueva esperanza para nuestro protagonista, pero durará tan poco, como lo poco que dura el gobierno, cayendo nuevamente en una nueva decepción.

Larra contempla su entorno y apenas encuentra nada memorable, sino una sociedad arcaica, anclada en costumbres y valores fosilizados, atenazada por la parálisis y la inacción, envuelta en estériles contiendas dinásticas que no sólo empobrecen el país, sino que frenan decisivamente su necesaria modernización, además de que los intentos de desamortización han sido un fracaso para la deuda pública y no han hecho más que consolidar a la aristocracia en perjuicio del conglomerado de clases medias por las que Larra clamaba. Comprende que su misión radica en mirar a su alrededor, en no perderse en disquisiciones sobre el pasado y en abrir los ojos a sus compatriotas acerca de la necesidad de una transformación social indispensable, tal y como lo viera Cadalso, el primer romántico europeo. 

Toma entonces la decisión de convertirse en Diputado tras la llamada de Istúriz para la entrada en el poder a hombres de su generación, y se presenta por Ávila, donde vive su amor imposible, Dolores Armijo, pero nuevamente la insoportable levedad de la esperanza larriana se desvanece con el simple suspiro del viento del viento de la contradicción, y un mes más tarde de tener el acta de diputado en la mano, cae el gobierno de Istúriz que acababa de celebrar y ganar las elecciones, en un ambiente hostil de tal manera que se ordena a los gobernadores civiles facilitar escoltas a los diputados electos ya que los conocidos como exaltados, los correligionarios de Mendizábal, no han sabido aceptar su derrota en el silencio que aconseja la prudencia y la libertad, y saltan a la calle cual lobos hambrientos a la caza de sus presas, cargados con el talante conspirador y la amenaza airada hacia el gobierno de Istúriz, característica innata de toda izquierda radical, de tal manera que incluso se aborta una intentona de rebelión en Madrid para proclamar la Constitución gaditana, y levantamientos y motines por gran parte de España. En la imagen, Juan Álvarez Mendizábal.



Aquéllos que son colocados en los mausoleos de la libertad, cuya parte superior es esculpida por el insigne cincel de Ponciano Ponzano dando triste nombre de lo que no representa si no a la memoria que la historia pretende atribuir a marchas forzadas, son recordados como héroes hoy de un pasado turbulento parecido a los presentes de la leyenda como si nunca hubiéramos terminado de aprender. El 12 de agosto de 1836, tiene lugar la rebelión de los sargentos de La Granja, que es de sobra conocida, y cuyos efectos condujeron a obligar a la reina a estampar su firma en un Real Decreto que restablecía la Constitución de 1812, y ante una reina perpleja, y maniatada, subía al poder José María Calatrava, instigador, junto a Mendizábal, de Los sucesos de La Granja, nuevas elecciones, nuevo gobierno, y con los exaltados al frente, y cuyo precio de traición forzada fue dos onzas por cabeza en nombre de una mentida libertad que arrastró a Larra a un diagnóstico final de pesimismo y desesperación frustrante al borde mismo de un desastre personal que ya plasma en su artículo “El día de Difuntos de 1836” en noviembre de aquel año, en que Larra ve a Madrid como un inmenso cementerio, en el que cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, y cada corazón, la urna cineraria de una esperanza o un deseo, y al finalizar casi el año, escribe lo que sería la perfección larriana como escritor y periodista en “La Nochebuena de 1836” en, como siempre, una artículo excepcional dentro de un cuento fantástico en un contexto romántico y puro hasta la más absoluta saciedad del espíritu dolido de Larra. 

Como estamos viendo, el mundo se derrumba ante Larra, que lo observa con una mirada inexpresiva desde lo más profundo de su ser, pero la angustia persigue al desgraciado hasta su total y absoluta miseria, y el 15 de enero de 1837, muere su amigo el Conde de Campo Alange, del que ya hemos hablado antes, y lo hace de una forma que sólo un héroe romántico puede hacer. Enrolado en las filas del ejército liberal a favor de Isabel II contra los carlistas, muere en Portugalete, en los enfrentamientos previos a la batalla de Luchana. Larra pierde al mejor de sus amigos, compañero de viaje en un camino de espinas, soporte en los traspiés del destino, palabra de aliento en el silencio de la amargura. Ante esta situación Larra es ahora un sentimiento desbordado en su total sinceridad de pasión, y así lo demuestra, como no podía ser de otra manera, en sus últimos escritos y críticas.


En los primeros días del mes de febrero de 1837, Larra escribe una carta a Dolores Armijo, anunciándole que va a ir a visitarla a su casa, a lo que ella le contesta que no fuese de ninguna manera a su casa, y que sería ella misma la que lo visitaría a el en la tarde noche del mismo 13 de febrero, y después de haber pasado la mañana con un amigo, después de la comida se dirige a su casa, en espera de la llegada de Dolores Armijo, que lo hace acompañada de una cuñada, y le hace saber que ha tomado la decisión, después de dos años de separación, de regresar con su marido a Filipinas, donde éste ocupa el cargo de Secretario de la Capitanía General, a la vez que le solicita rescatar sus cartas de fechas anteriores, y poner así fin a la aventura. Todo esto, con las palabras justas y sin ningún tipo de protocolo.


Lo que ocurre a continuación, lo hace en pocos instantes, casi sin dar tiempo a que el sirviente de Mariano José despidiera a las damas en la misma puerta, con la pragmática de que el amor prestado, dura menos de lo que un suspiro dura en el aliento final de un condenado, pese a que la siniestra mano haga esfuerzos supremos para detener el impulso suicida de su hermana diestra, obstinada y tenaz en su empeño postrero, sabedora y creyente en su magna tragedia, la fatal profecía de un destino roto ante la impasible mirada del color de un espejo. 

Aingeru Daóz Velarde.-







BIBLIOGRAFÍA

Vida de don Mariano José de Larra conocido vulgarmente bajo el pseudónimo de Fígaro . Cayetano Cortés


Larra. Biografía. Marcos Sanz Agüero. 


Larra. Biografía de un hombre desesperado. Jesús Miranda de Larra.