jueves, 1 de abril de 2021

EL PRIMER DUELO

EL PRIMER DUELO

El Primer Duelo, obra de William-Adolphe Bouguereau, un óleo sobre tela de 203 por 252 centímetros realizado en 1888, que se encuentra en el Museo Nacional de Buenos Aires, nos refleja el despertar de la tristeza.





Es realmente un cuadro que es imposible admirar, sin sentir el profundo impacto emocional del sentimiento de la desolación y la tristeza, en la observancia del lamento y el desconsuelo ante la muerte del hijo. El drama que describe el Génesis, se adosa a la Humanidad desde que el hombre es hombre, y mata y asesina a veces por el placer de hacerlo, y a veces, como ocurre en este caso, por la irreprimible y violenta ira de los celos.

Las luces y las sombras que llenan la pintura, casi se mezclan con el devastador descubrimiento de la frivolidad de la criatura humana, que ha aprendido a no soportar la admiración por la entrega sin límite de lo mejor que puede dar un hermano, un amigo, un coexistente de esa especie que crea y destruye a la vez la naturaleza de la que se alimenta, el amor, un amor ya olvidado desde los primeros tiempos de la creación.

Al atardecer, el cuerpo de Abel, yace inerte en el regazo de Adán. Pálido, pero irradiando la belleza enaltecida por esa misma lívida palidez alba de la muerte, da cara a un cielo gris, poblado de densas nubes en la que se entremezclan al fondo de la imagen los humos de la hoguera en el altar de la ofrenda elevada por Abel en honor de Dios, ese mismo Dios que desterró a su fratricida hermano. El contorno claro rosáceo de Eva, casi de marfil, contrasta con la cobriza piel de Adán, cobijando con su brazo diestro a Eva, mientras que con el izquierdo se aferra, casi que aprisiona su propio corazón, en la más trágica impresión que descubre por primera vez el verdadero sentimiento de la aflicción y el sufrimiento.

La conmiseración y el desconsuelo de Eva, postrada de rodillas, le hacen rememorar a Adán aquel pecado original que los condenó para siempre a conocer el sabor de la angustia que carga la muerte. No hay dolor más intenso, se trasluce en el pensamiento de Adán ante los lamentos y el llanto de Eva, que oculta su rostro como queriendo esconder la cruda realidad de ver a un hijo muerto, en manos de otro. La mirada perdida de Adán, rememora que de la costilla que Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dios dijo entonces a Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada, y le dio primero estos dos hijos, el innombrable, y el yaciente, y su recuerdo se amarga en aquella primera mujer que Dios creó con Adán, Lilith, pues a Eva la creo de su costilla. Lilith, que abandonó el paraíso para convertirse en un demonio, quizás, fue la que tentó a Caín, en venganza de su antiguo compañero.


El bello cuerpo de Abel, del que parece emanar un brillo propio y principal, esconde cualquier signo de la violencia de su muerte, excepto un pequeño charco de sangre derramada en el suelo. Los tonos ocre de tierra y gris del entorno dramatizan la escena con más crudeza si cabe, un paisaje en el que no aparece el drama del arma asesina, una quijada. La representación del conjunto obliga de nuevo a fijar la mirada en el plano horizontal del cuerpo de Abel, dentro de un paisaje desolador y triste, un cuerpo que, a no ser porque mantiene los ojos abiertos, parece profundamente dormido en el sueño eterno de los justos, en un escenario en el que la línea lúcida del horizonte al fondo, en perspectiva, casi marca la separación entre el bello cuerpo de Abel, y sus padres, pero al mismo tiempo, también marca la unión en la manera más armónica que la belleza de la imagen permite, representando un drama tranquilo, y lleno de silencios.


Más allá de esa línea del horizonte, la imaginación nos permite ver a Caín, condenado a vagar por la tierra, apartado de su origen, para buscar el asiento en la ciudad de Enoc, a la que pondrá el nombre de su primogénito, y donde llevará para siempre la carga de la conciencia como marca de su maldición. Las lágrimas de Eva, riegan un suelo del que ya jamás, volverá a brotar el fruto. El borrascoso cielo es el anuncio del aciago desenlace, que condena para siempre al más horrible de los pecados de la Humanidad.


Aingeru Daóiz Velarde.-

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