lunes, 14 de abril de 2014

CHAHO Y LA CONSPIRACIÓN ZUMALACÁRREGUI



CHAHO Y LA CONSPIRACIÓN ZUMALACÁRREGUI


Sin duda alguna en la memoria popular, sobre todo en la Navarra y en la vasca, el Carlismo ha estado unido de forma indisoluble a la figura de Zumalacárregui, hombre providencial en el empuje inicial de la causa del Pretendiente al trono de España. Hoy en día continúa teniendo una presencia importante en ese mismo imaginario carlista, e incluso en ciertos sectores nacionalistas, que se han apropiado de su biografía, y es que la distorsión que se hace sobre la proyección del Carlismo mediante la desnaturalizada pretensión de determinadas tendencias políticas de presentar a Zumalacárregui, entre otros combatientes carlistas, colocándolos en el pedestal de héroes de la patria vasca y precursores del movimiento independentista, haya sido el alma máter de la paranoia desnaturalizada de un ideal sin rumbo, posiblemente haciendo falsa patria de los postulados del percusor del independentismo vasco y a la vez, inventor del mito de Aitor, Joseph Agustín Chaho, odiador a ultranza tanto de España como de Francia, quien acudió a Navarra para sembrar el separatismo, y a quien don Tomás Zumalacárregui, español y vasco, vasco y español a ultranza, ignoró de la forma y manera más simple que cabe ignorar, despidiéndolo como quien dice, y así lo ha dicho algún otro autor, con cajas destempladas, ¿Qué significa esta expresión?, pues que en el pasado, cuando un militar incurría en delito de infamia y los superiores disponían separarlo del Cuerpo, se procedía a destemplar el parche de las cajas o tambores y, redoblando así sobre ellos, se realizaba la degradación pública del acusado, asimismo, de esta manera, con el acompañamiento de cajas destempladas o desafinadas, eran conducidos los reos condenados a muerte al cadalso donde iban a ser ajusticiados, no fue el fin de Chaho, aunque bien pudiera podido pensarse que lo hubiera merecido. En la actualidad, la expresión “echar con cajas destempladas” se aplica para despedir a alguien (sin necesidad de que sea exclusivamente militar) de determinado lugar, pero acompañado de acritud y malos modos, cuando no con gritos e insultos.


La razón del nacionalismo vasco se alimenta de una deformación de su inexistente historia, una distorsión de la que se alimenta a su vez una tendencia que busca encontrar dentro de la historia del Carlismo datos, hechos, comentarios o referencias que, por minúsculas que puedan ser y aún plagados de inexactitudes y errores de interpretación apoyados en el aliento de la fecunda imaginación de atrevidos falsarios que sin rubor alguno, pretenden dar veracidad a una inducida interpretación de textos equivocada y falsa e ideas y vidas de forma ingenua y fraudulenta, dan rienda suelta al capricho de sus ideas, apropiándose de una esencia que por naturaleza, no les pertenece, y además, justifican así una historia revolucionaria de tendencia casi siempre socialista. Nos referimos, como no, a esa pretendida revisión de la doctrina Carlista que empezó allá por los años sesenta del pasado siglo XX y que acabó por cristalizar en 1970, con un programa que incluía la defensa a ultranza de los viejos derechos liberales del hombre, el federalismo, el pluripartidismo, la revolución social por medio de la lucha de clases y el socialismo autogestionario. 


Baste decir que en sus relaciones con las instituciones forales Zumalacárregui se opuso y sometió a un control férreo a las instituciones forales, convirtiéndolas en meras oficinas de suministros de las tropas. Sus exigencias resultaban taxativas y en muchos casos contravenían las normas forales. Este hecho suele ser obviado por los escritores nacionalistas actuales, y en lo referente a la tesis independentista, durante la primera mitad del año 1834, ante el vacío de poder existente en el territorio vasco surgió el rumor de la posibilidad de que se declarase la independencia del País Vasco, poniendo a la cabeza del mismo al general guipuzcoano. Los primeros datos los encontramos en una carta del general Harispe a su Ministro de la Guerra fechada el 6 de mayo de 1834, en la que advertía que don Carlos abandonaba el partido, que resultó ser una falsa información, desmentida por el libro de Actas de la Junta Gubernativa de Navarra, en su Volumen 1, en la Sesión de 23 de mayo de 1834. Las proclamas de las fechas inmediatas mencionan al Monarca. Proclama de 20.04.1834 (A.R.A.H. legajo 9/6798 carpetas 7 y 20); y Ejército del Rey N.S. don Carlos V en Navarra boletines de 18 de marzo, 1 de abril y 5 de mayo de 1834, con lo cual, queda todo dicho. En la imagen, Tomás Zumalacárregi Imaz.




Gran parte de la culpa de esta pretendida Conspiración, es atribuible al que se podría considerar el precursor a conciencia del nacionalismo vasco, y no es otro que el ya mencionado Chaho, Joseph Agustín Chaho, ¿quién fue Chaho?


Joseph Agustín Chaho, (1811-1858), Xaho, para el mundo eúskaro, inspirador por excelencia de una parte importante de las tesis nacionalistas sobre la Primera Guerra Carlista, hijo de un pequeño funcionario de Tardets (Soule) marchó siendo aún muy joven a París, donde estudió lenguas orientales. Durante la Primera Guerra Carlista, se trasladó a Toulose, y, más tarde, a Bayona, desde donde hizo una activa propaganda a favor de don Carlos, obra absolutamente contradictoria con su trayectoria política, socialista revolucionario y anticlerical. Republicano exaltado, participó en numerosas conspiraciones contra Luis Felipe en connivencia con los nobles legitimistas vasco-franceses. Tras el golpe de estado de Luis Napoleón se exilio en Vitoria, donde residió algún tiempo antes de regresar a Francia. Murió en Bayona, y el suyo fue el primer entierro civil en el País Vasco. Su oración fúnebre fue pronunciada por el geógrafo anarquista Elisée Reclus. En la imagen Chaho.




Chaho fundó y dirigió a lo largo de su vida varios periódicos y fue una de las figuras más prominentes del llamado movimiento órfico (Orfismo), que es una corriente religiosa de la antigua Grecia, relacionada con Orfeo, maestro de los encantamientos, que posee elementos propios de los cultos histéricos, de las tendencias teosóficas más importantes del alucinado romanticismo por lo que también se suele denominar como misterios órficos, y que a la postre, resulta en términos vulgares, como una especie de secta, y que resulta ser una de las tendencias teosóficas más importantes del alucinado romanticismo francés de la época.


Escribió además varios tratados de filosofía de las religiones y numerosos opúsculos de carácter político y novelas históricas entre las que se encuentra la que constituye su máxima aportación a la mitografía vasca como es el “Voyage en Navarre pendant L´insurrectión des Basques”, y de la que Navarro Villoslada, pudo haberse inspirado en algún punto en su novela Amaya, o los vascos en el siglo VIII, sobre todo, en cuanto a su mitología se refiere, no al contexto de la obra, desde luego. Hablaremos ahora de esto.

La actitud de los carlistas vascos y navarros hacia Chaho está perfectamente ilustrada por el tratamiento literario de que le hizo objeto el novelista Francisco Navarro Villoslada (1818-1895), autor de la más famosa novela del renacimiento cultural regionalista, Amaya o los vascos en el siglo VIII (1879).Digamos, asimismo, que durante la primera guerra civil, Navarro Villoslada se distinguió como miliciano liberal en Viana, su pueblo natal. Espartero le encargó inspeccionar los telégrafos ópticos de Navarra y él agradeció la confianza del general escribiendo un poema de timbre épico, Lucharía (1841), sobre la batalla en que este obligó a los carlistas a levantar el cerco de Bilbao, en la Navidad de 1836. Pero su esparterismo juvenil fue cediendo bajo el reinado de Isabel II, y ya a comienzos de la década de 1860 se unió al grupo neocatólico dentro de las filas del partido moderado. De ahí pasará al carlismo tras la revolución de 1868 y recorrerá Europa con el Pretendiente, don Carlos de Borbón y Austria-Este, en busca de apoyos políticos para su causa. Sin embargo, abandonaría toda actividad política en 1872 por hallarse disconforme con el belicismo de don Carlos. Llamado de nuevo por este en 1885, asumió la jefatura del partido carlista, para dimitir al cabo de un mes y retirarse a su casa familiar de Viana.


En 1852, siendo Navarro Villoslada secretario del gobierno civil de Álava, conoció a Chaho, exiliado en Vitoria tras el golpe de Estado de Luis Napoleón. Debió de mantener con él una relación bastante cordial. Chaho escribía a la sazón una novela histórica sobre los orígenes del reino de Navarra —Safer ou les Houris espagnoles— que publicaría a su regreso a Francia, un año después. El ejemplar que se conserva en la Biblioteca Nacional lleva una dedicatoria de puño y letra del autor a Serafín Estébanez Calderón, conocido como “El Solitario” y máximo representante del movimiento literario conocido como Costumbrismo en Andalucía, con el que probablemente trabó amistad gracias a Navarro Villoslada, que frecuentaba la tertulia del costumbrista andaluz.


En una carta de 1852 dirigida por Chaho a Navarro Villoslada confiaba a este ciertas dificultades que encontraba en su vida cotidiana y en su labor creativa. Con toda seguridad, Navarro Villoslada procuró ayuda material a Joseph Agustín Chaho en Vitoria durante su breve exilio, y pudo seguir de cerca las primeras fases de la redacción de su novela, embaucada, como todo lo suyo, de fantásticos desatinos y desvaríos. Es muy posible que Amaya, escrita veinte años después, fuese concebida por su autor como una réplica católica y española a Safer. En aquella se describe la situación de Vasconia en los tiempos de la invasión de España por los árabes, y el relato está basado en que buena parte de los vascos ya se ha convertido al cristianismo, pero persiste un grupo refractario, pagano, encabezado por la sacerdotisa Amagoya, que practica aún la antigua religión natural del patriarca Aitor, tal como Chaho la había imaginado en el Voyage en Navarre. En la Imagen, Navarro Villoslada.




El Voyage se publicó en París en 1836 y en él relata Chaho su visita al campo carlista en la montaña de Navarra durante la primavera del año anterior, concretamente en abril de 1835, y parece ser, que tuvo contacto con destacadas personalidades de la corte de don Carlos, como Juan Bautista de Erro, pero es dudoso, cuando no imposible, que llegara a entrevistarse con Zumalacárregui, como pretende el mundo independentista vasco, y la razón, la veremos después, pero es que además, la interpretación es errónea, ya que para quien preste un mínimo de atención a la lectura, se dará cuenta de que la entrevista es ficticia, pero la ignorancia es muy atrevida.

Según Chaho, la insurrección Carlista debe ser entendida como un levantamiento nacional de los vascos en defensa de su independencia y de su constitución ancestral, como son los fueros. Nada es tan simple como aparece a los ojos de los sofistas liberales de París, ya que en la Guerra dinástica los vascos ocultan sus verdaderas intenciones, que le son reveladas a él personalmente por el propio Zumalacárregui en una misteriosa conversación nocturna, en la que le revela que los vascos no pelean por un rey extranjero, si no por su libertad nacional, y que ni siquiera son cristianos, ya que, bajo los símbolos del cristianismo, este pueblo, emparentado con los antiguos Vedas, es decir, a los adoradores de los cuatro textos de la literatura india, base de la desaparecida religión Védica, que fuera previa a la religión hinduista, y que conserva, como pueblo en sí, el culto a la antigua religión indoeuropea, que por cierto queda convertida por Chaho en una abstrusa teosofía.


El Voyage, es, además, una fantástica enciclopedia de canciones, leyendas y mitos de los vascos, muchos de estos directamente inventados o, cuando menos, manipulados por el propio Chaho. Digamos que la más lograda de sus mixtificaciones la constituye la figura de Aitor, el patriarca antediluviano de los vascos (por esos el nacionalismo vasco habla de los hijos de Aitor) y que relega definitivamente al olvido a la figura de Tubal, además de ser una traducción lingüística de “Padre Universal” en Euskera.


Digamos que Chaho no duda en maquillar los hechos para convertir a Zumalacárregui en el brazo ejecutor de las Juntas provinciales, cuando en realidad, como hemos visto antes, fue el militar que conculcando los fueros las sometió a un férreo control, y amén a todo esto, Chahó volviendo al presunto encuentro de Chaho con Zumalacárregui, lo data en la noche del 7 al 8 de abril de 1835, lo que resulta imposible porque el caudillo carlista había salido un día antes. A través de sus biografías se constata que no se pudo producir en las fechas en que se menciona: el 4 de abril se encontraba en Zúñiga; el 5 en Echarri-Aranaz; el 6 en Lecumberri, en donde había citado a Miguel Gómez y Joaquín Elío; el día 7, se interrumpió la reunión y salió a enfrentarse con los liberales hacia Ezcurra, Altos de Berrueta, Saldías y finalmente llegó hasta Santesteban. Resulta pues imposible la entrevista en la noche del 7 al 8; como resulta imposible creer que Zumalacárregui consultase estrategias militares con la Junta de Navarra. En los libros de actas no consta ninguna actividad de este tipo.

Chaho es el primero que habla de «Euskal Herria como nacionalidad oprimida por España: toda la historia del País Vasco será la historia de la defensa de la nacionalidad vasca y la propia guerra carlista no es sino la continuación de un largo proceso en defensa del ser nacional vasco, pero además, los nacionalistas vascos se olvidan de un pequeño detalle, y es que don Tomás Zumalacárregui, expulsó literalmente y de muy malas maneras al ilustre Chaho del territorio que controlaba el ilustre General, y lo hizo precisamente por eso, por ser nacionalista, pero el mundo nacionalista, y más concretamente el entorno de la organización terrorista ETA, se han dedicado a ensuciar tanto el significado de la Primera de las Guerras Carlistas, como obviado el contexto político y la figura del eminente General en cuanto a sus fines se refiere, aunque si bien es cierto, Sabino Arana no menciona su nombre en ninguna de sus publicaciones.


En cuanto a Zumalacárregui se refiere, hay que decir que los años inmediatos a su muerte se publicaron diversos libros que ensalzaban su figura. El primero en aparecer fue el del barón de los Valles, Auguet de Saint-Sylvain, Un capítulo de la historia de Carlos V, obra aparecida en 1835. La obra es un panegírico carlista centrado más en la persona de Carlos V que de Zumalacárregui, de quien habla en términos elogiosos en diversas ocasiones. Pero los elogios se centran fundamentalmente en las cuestiones militares, ya que apenas se aborda su faceta política, especialmente tras la llegada de don Carlos a territorio español. La única información con un contenido más político es la petición dirigida a don Carlos para que se dirigiese cuanto antes a territorio dominado por sus partidarios y evitar de esa forma su sensación de desamparo. En la imagen, el pretendiente carlista Carlos V.




Además, se puede consultar la obra de C.F. Henningsen, Campaña de doce meses en Navarra y las Provincias Vascongadas con el general Zumalacárregui, San Sebastián, Editorial Española, 1937. La primera edición en inglés data de 1836, tras los que fue traducido a varios idiomas: francés (1836), alemán (1837), italiano (1838) y castellano (1839). escrita con las notas que había tomado durante la campaña, tiene un gran interés por los datos que aporta, tanto sobre las motivaciones de la guerra como del desarrollo de los acontecimientos en el bando carlista.

Lo mismo se puede decir de la publicación de Zaratiegui, secretario de Zumalacárregui, y que Boussagol ha demostrado que fue la principal fuente de inspiración de episodio de Pérez Galdós. Al igual que la obra de Henningsen el libro concluye con la muerte del general carlista.

Uno de los principales panegíricos de Zumalacárregui es el publicado por Arízaga, auditor del Ejército carlista, nos referimos a J.M. Arízaga, Memoria militar y política sobre la Guerra de Navarra, los fusilamientos de Estella y principales acontecimientos que determinaron el fin de la causa de D. Carlos Isidro de Borbón, Madrid, Imprenta de D. Vicente de Lalama, 1840. En el libro se nos presenta el nombramiento de Zumalacárregui como un hecho deseado por todos los sublevados, «la subordinación y general aclamación con que reconocieron por jefe de sus operaciones…». Decisión que estaba basada en su fama como organizador en los distintos destinos que había desempeñado.


Arízaga da cuenta, aunque de forma un tanto idealizada, de la relación que mantenía con las juntas provinciales, y menciona también las diferencias con los cortesanos de don Carlos que le llevaron a presentar su dimisión; enfrentamiento que se encuentra en la base de la decisión de sitiar Bilbao.


Al relatar su fallecimiento Arízaga realiza una valoración muy elogiosa del personaje, tanto desde el punto de vista militar como personal:

a) aptitud militar: Tras su muerte deja un ejército bien organizado, y trató de forma adecuada a las instituciones civiles.

b) personalidad: Generoso con los contrarios, no persiguió a nadie. No se dejó adular.


Tales son las líneas fundamentales sobre las que traza su breve descripción, y por ello «murió dejando grabado en el país, en el ejército y en cuantos le trataron, un sello de noble reconocimiento a su memoria, que adquirió por un título honroso, engendrado en su conducta política y militar, y contra el cual es difícil pueda alzarse ninguno, sea de la opinión o partido a que pertenezca, como esté revestido de imparcialidad y desnudo de pasiones humanas».Todas estas obras ayudaron a mantener la fama del general guipuzcoano, nombre que estaba asentado fundamentalmente sobre las informaciones que publicó la prensa de toda Europa narrando el desarrollo de los acontecimientos bélicos de la Península.


En 1884 salió a la luz una breve biografía del general guipuzcoano, Historia militar y política de don Tomás Zumalacárregui y de los sucesos de la guerra de las provincias del Norte enlazados a su época y a su nombre, Madrid, s.e., 1884. El texto es un resumen de la biografía publicada por Madrazo en 1844.folleto en el que se idealiza su vida, en término repacidos a los vidas de santos: predicciones durante su infancia («será algún día un gran capitán »), presentación como voluntario en la Guerra de la Independencia («corrió al peligro llena su fantasía de ilusiones y de ensueños, ardiendo en deseos de celebridad y de gloria»).



Zumalacárregui fue, a juicio de muchos historiadores, el genio militar más importante del siglo XIX. Todavía no se explican como un general supo sacar de la nada, sin medios, ni dinero, ni municiones, un ejército profesional eficaz y disciplinado, que trajo en jaque al ejército gubernamental, mucho más numeroso y mejor dotado. Zumalacárregui fue un militar absolutista, español a la vieja usanza y enemigo de todo lo que oliera a libertades públicas y soberanía nacional. El Zumalacárregui liberal de la época no fue el general, sino su hermano Miguel, cuya existencia ignoran o fingen ignorar los nacionalistas vascos.


Durante un par de años, los carlistas, desconcertaron a las tropas liberales, derrotándolas repetidamente en todas las latitudes de Navarra y Vascongadas. La muerte del “caudillo de las Amescoas” supuso el comienzo de la derrota carlista. Don Tomás Zumalacárregui, pudo ser muchas cosas, pero lo que nunca fue es traidor ni a su rey, ni a la causa que lo llevó a la muerte. El Tío Tomás, era si duda merecedor de mejor tradición que la que Chaho pretendió atribuirle, y de la que otros idealistas de álter ego hacen copia sumisa sin razón, ni fundamento.











domingo, 13 de abril de 2014

ALEJANDRO MALASPINA

ALEJANDRO MALASPINA.


LOS COMIENZOS DE UNA PASIÓN

Alejandro Malaspina, "El Viajero del Mundo", marino nacido en Mulazzo  en 1754,  un pequeño pueblo de la Toscana, hijo de una familia noble venida a menos, tercer hijo de Cario Morello, marqués de Mulazzo, y de Caterina Melilupi, sobrina de Fogliani, ministro de Carlos III en el reino de Napóles y virrey de Sicilia por aquel entonces y de donde partió a la edad de siete años a Palermo, a la residencia de su tío Giovanni Fogliani Sforza,  para partir de nuevo tres años después a Roma a estudiar en el prestigioso colegio para nobles Pío Clementino donde permaneció más de un lustro (realmente casi dos) interesándose, sobre todo, por la ciencia y la geografía, de hecho, su tésis, se decanta por el lado científico, que fue su verdadera pasión (Theses ex Physica Generali). De aquí, regresó de nuevo a Palermo, desde cuyo puerto aprendió a ver el mar, con otros ojos. Su ilusión era sentir el olor del mar, ver sus colores, tocar las latitudes, acariciar los vientos, inspirarse en las hazañas del pasado, descubrir nuevos puertos, nuevas tierras, nuevas aventuras llenas de sueños, naufragios, barcos imponentes, nuevas ciencias en nombre de la humanidad, pasiones que llenaban su corazón intrépido y aventurero en busca del conocimiento.....en aquel siglo que prometía empezar con fuerza, un grandioso barco de la Armada Real, prometía todo eso y mucho más, así pues, cuando en 1773 terminó sus estudios, Malaspina decidió seguir la carrera militar en la Real Armada de Su Majestad Católica Carlos III de España, donde los nobles nacidos en el ducado de Parma o en los reinos de Sicilia y Nápoles servían en virtud de una fidelidad caballeresca o feudal.



EL HALCÓN MALTÉS

Su primera escuela náutica fue el Mediterráneo, concretamente el mediterráneo occidental, cuyo bautismo duró un par de meses durante el otoño de 1773,  embarcado en un navío de la Orden de San Juan de Jerusalén, concretamente a bordo del navío maltés "San Zacarías",  para completar las enseñanzas de matemática y astronomía y comprender que el mar no es un criterio exacto para definir fronteras ni en lo geográfico, ni en lo humano, comprendió que el mar es a la vez foro y templo, libertad y tiranía, ciencia y religión, comercio y rapiña, archivo y documento, en resumidas cuentas,  vida y tumba.
Gracias a su investidura como Caballero de la Orden de Malta ingresó en la Armada española como Guardia Marina en 1774, debido en gran parte a las estrechas relaciones que unían a la Marina maltesa y española. Llegó por fin a la España que recorre el camino de la Ilustración con paso firme pero con escollos peligrosos, donde los deseos de unos ilustrados con formación y motivación consciente, chocaban  contra viejas instituciones como la Mesta, la Inquisición y los señoríos. Una España abocada a enfrentarse con sus contradicciones internas que el proceso revolucionario francés pondría de manifiesto poco tiempo después.


Aquí es interesante hacer una reseña del significado de los vínculos de unión entre la Orden de Malta y la Corona de España, ya que conviene saber que fueron muchos los Grandes Maestres de procedencia española durante el siglo XVIII, y que desde que Carlos V concediera la Isla de Malta a la Orden de San Juan, ésos Grandes Maestres eran investidos por el mismo rey de España, y en el momento de su investidura, el Gran Maestre le entregaba a su vez al rey como gesto del símbolo de su soberanía un halcón, el conocido como HALCÓN MALTÉS, aunque no se lo daba al monarca en persona, si no que lo hacía al Virrey de Sicilia, por lo que no es descabezado el decir que un monarca que protege a una Orden Militar a la que concede una Isla, delegando en su máxima autoridad parte de su gran e inmenso poder, siendo correspondido con la entrega periódica de un tributo simbólico, como es el caso de un halcón a través del virrey de Sicilia representando el reconocimiento y disposición de vasallage manifestando la voluntad de servicio debida, como decimos, no es descabezado ni fuera de orden y lugar pensar en Malaspina en estos términos, el halcón maltés entregado como tributo a la corona de España, como símbolo perfecto de agradecimiento tributario. Para concretar, digamos que su llegada a España coincide con el Maestrazgo del navarro Francisco Jiménez de Tejada (1773-1775), nacido en Funes, Navarra,  y que marcaría el comienzo de la decadencia de la Orden, siendo también Malaspina uno de los últimos halcones entregados al gobierno de Su Católica Majestad, de hecho Jiménez de Tejada fue el último Gran Maestre español de la Orden de San Juan de Jerusalén y antepenúltimo en ejercer una soberanía independiente.

LLEGADA A ESPAÑA EN UN CÁDIZ ILUSTRADO

 En Cádiz, una ciudad abierta al Atlántico, al comercio y a las ideas, le llegaron al futuro aventurero la oportunidad de relacionarse con inquietos hombres de ciencia y completar su afán por el saber. Allí se vivía una época de esplendor y progreso que unía la monarquía española con América y las islas Filipinas.  Fue en Cádiz donde conocería también a jóvenes marinos de espíritu ilustrado, como Dionisio Alcalá Galiano, con quien más tarde compartirá travesías y horizontes. Allí, en Cádiz, se encontraba la Academia de Guardias Marinas donde un ministro de Felipe V había querido proporcionar a la Armada oficiales capaces de estar a la altura de los tiempos, solo que, poco después y más concretamente al final del reinado de Carlos III y sobre todo, en el de Carlos IV, los tiempos no estaban a la altura de esos oficiales, como después veremos. En Cádiz se perdía la vista ante los impresionantes barcos de guerra y los navíos que arribaban triunfales a su puerto cargados con exóticas y valiosas mercancías procedentes de América, Cuba y Filipinas, llegaban también noticias de ataques ingleses y el eco de grandes desastres navales. Inglaterra, la vieja potencia que anhelaba abrirse paso al mercado de las Indias, poseía ahora la armada más poderosa de todos los mares, dando al marino la importancia que en ese tiempo en España no se le supo dar, considerando al marino como un oficio de segunda, en un negocio de primera. Opiniones encontradas que darían su razón con el paso de los años venideros, donde en las batallas navales y aventuras de descomunal envergadura e importancia, marinos como Malaspina encontraron su fin en el fondo marino, o flotando en el olvido de la memoria. Alejandro Malaspina, Gravina, Churruca, Alcalá Galiano..... Cádiz traería eso.... y algo más. Poco después de su llegada a Cádiz, es destinado al departamento de Cartagena. Imagen de Cádiz en la época.

ACCIONES DE GUERRA

Alejandro Malaspina navegó por todos los mares; atravesó el Atlántico, surcó el Índico, llegó al mar de la China, y participó en arriesgadas acciones militares,entre éllas  lo encontramos embarcado en la fragata Santa Teresa defendiendo la ciudad de Melilla, sitiada por la hueste marroquí en 1775,  o las  desencadenadas con motivo de la guerra contra Inglaterra por la emancipación de sus trece colonias norteamericanas que se llevaron a cabo en el entorno de Gibraltar, permitiendo el bautizo de guerra naval a mar abierto de Malaspina en los cabos de Santa María contra la flota del Almirante Rodney, en 1779,  en la que después de caer en manos enemigas logró librarse y tomar el mando del navío apresado, conduciéndolo con habilidad al puerto de Cádiz, siendo ascendido a Teniente un año después,  o el combate de Espartel, al mando del Teniente General don Luis de Córdoba contra los ingleses del Almirante Howe, y también fracasos como el mal organizado asalto a Gibraltar de 1782 y la lucha contra el propio almirante Howe, donde Malaspina se distinguió salvando a muchos soldados que corrían el riesgo de ahogarse siendo arrastrados por las olas que barrían las barcazas destruidas por los cañones ingleses, hombres mutilados y agonizantes que caían al mar sin remedio alguno, conocido como el desastre de las baterías flotantes, tristemente el recuerdo de este día, fue la falta de entendimiento entre los mandos, que pagó cara la historia de los hombres que lucharon allí, como lo harían después en otros sitios mal dirigidos a una muerte segura por la incertidumbre de la irresponsabilidad. Pero estas acciones de guerra fueron la verdadera escuela de Alejandro Malaspina, navegar mucho y tener la inmensa fortuna de asistir al mayor número de combates y naufragios posible, y vivir para contarlo. No eran pocas las voces que desde las más elevadas instancias de la Marina española, tanto a nivel de enseñanza como de preparación militar, clamaban por una reforma estructural en un oficial piloto ilustrado científicamente, ya que así lo aconsejaban los serios reveses que las escuadras españolas sufrieron en la mar, haciendo posible el tener en cuenta la importancia de la preparación científica puesto que la que había hasta el momento era insuficiente, cosa importante ya que sin ciencia, nada es posible.

INDICIOS DE UNA DESGRACIA

Merece la pena, y es apropiado, hacer aquí un pequeño inciso en la historia de este ilustre marino, para aclarar determinados aspectos de lo que a la postre, sería el germen que daría fin a su carrera, su proyecto, y que empezó dejarle morir.
Entre 1783 y su llegada a Cádiz en 1788, Malaspina fue investigado por el Santo Oficio, debido a una delación de Agustín Alcaraz, maestro de víveres de la Real Armada. Concretamente el expediente se abrió en octubre de 1783 por el Tribunal del Santo Oficio de Cartagena, y  las acusaciones consistían en que estando embarcado el año anterior en la fragata Santa Clara "hablaba y leía en francés" y que se mostraba poco respetuoso durante la ceremonia del rezo del Rosario que se celebraba a bordo, pues "se paseaba con el sombrero puesto" y "ostentosamente, se retiraba a su cabina" antes de que finalizara, así como que "discutía acaloradamente con el capellán de la nave acerca de la transmigración de las almas".  La encuesta inquisitorial,  parecía cerrada definitivamente en 1788, después de innumerables testimonios a su favor, teniendo en cuanta también que Alejandro ni fue llamado a declarar entonces, ni sufrió condena alguna hasta que la causa fue reabierta en 1794 -1795 donde se rescató dicho expediente con motivo de otras acusaciones más graves, aunque de naturaleza diferente, y ya no se cerró hasta su encarcelamiento en 1796. Darío Manfredi, el mayor experto en el expedicionario científico hasta la fecha,  afirma que Godoy, advertido del peligro que representaba la popularidad de Malaspina, se había procurado los instrumentos necesarios para desembarazarse de un peligroso rival político. Conocemos estas actuaciones gracias al profesor Eric Beerman quien halló en el Archivo Histórico Nacional de Madrid la denuncia del Fiscal del Santo Oficio contra Alejandro Malaspina, pero la caída en desgracia del insigne marino, vendrá después, sólo cabe decir que el mar es un coleccionista apasionado de las batallas, aventuras y epopeyas de los hombres que las han iniciado y morían en ellas o eran simplemente olvidados en la historia o relegados a un segundo plano creyendo en un principio que iban a resolver destinos entre fronteras y religiones y no conflictos entre reyes y estados, o envidias y desazones entre los validos y mandatarios que tristemente no fueron dignos de la importancia de una nación, o el olvido menospreciado y recurrido meramente por el interés  sin importar para nada el sacrificio de una profesión. Pero de esto, como se ha comentado antes, hablaremos después, ya que ahora sólo sirve como referencia.

LA PREPARACIÓN DE UN PROYECTO

  En 1782, siendo ya capitán de fragata, mandó la Asunción con la que viajó a Filipinas, regresando a España en 1784. Desde julio del 84 a septiembre del 86 estuvo inmerso en dos proyectos de preparación científica para completar sus estudios superiores, el Curso de Estudios Mayores y el Atlas Marítimo, completando una eficaz preparación en Astronomía Náutica, entre otras muchas materias,  pasando a formar parte de una élite de marinos españoles que fueron sin duda la flor y nata  de la Armada, lista que incluía los nombres de Espinosa, Belmonti, Canelas, Alcalá Galiano, Vernaci, todos ellos pasaron a formar parte, poco después, de la Expedición Malaspina.
  A continuación realizó un viaje de circunnavegación alrededor del globo, que duró dos años, a bordo de la fragata Astuca que le convirtió en el decimotercer marino que conseguía dar la vuelta al mundo. 



En el transcurso del viaje proyectó el que más tarde habría de efectuar con las corbetas "Descubierta" y "Atrevida", expedición de objetivos científicos que le dieron renombre universal.
Las potencias europeas del siglo XVIII no luchaban en el Pacífico por la gloria nacional y el desarrollo científico. El trasfondo de las expediciones científicas era claramente político, así quedó demostrado  con las llevadas a cabo por James Cook, Jean François Galaup, conde de La Pérouse, Louis Antoline de Bouganville....la frontera a batir era esa gran extensión desconocida de agua entre Asia y América con sus archipiélagos y la promesa de un continente todavía por descubrir, convirtiendo aquel océano en un inmenso laboratorio y una vasta escuela para Europa cuyos objetivos no eran ni mucho menos inocentes, digamos que el proyecto nació como una combinación de intereses. No es despreciable el factor de emulación a los franceses y, sobre todo, de los ingleses, los grandes rivales en todo el orbe y especialmente en el Mar del Sur, el antiguo “lago español”. Es preciso recordar que los viajes de Cook pesaron mucho, pues habían lanzado a Gran Bretaña a unas cotas de prestigio inusitadas en una época en que la ciencia y los descubrimientos geográficos servían  al doble propósito de engrandecer, real y simbólicamente, la fortaleza de una nación. Sin embargo, también hay que subrayar que España aún poseía el mayor dominio colonial del planeta; es decir, la Monarquía tenía sobrados motivos para fletar una expedición destinada a investigar e inventariar los recursos naturales y sociales de sus posesiones.

PREPARATIVOS PREVIOS,  PROPÓSITOS Y CAMBIOS

La expedición Malaspina, sin duda la expedición con más riqueza de medios de todas las financiadas por la corona española del siglo XVIII, de índole distinta a las del siglo pasado, en las que la mayoría de los grandes y costosos viajes estaban subvencionados por compañías comerciales, no fue ajena a la situación comentada al final del apartado anterior. El viaje, además de contribuir a la gloria de la monarquía con investigaciones científicas y geográficas, tuvo claro trasfondo político, como el propio Malaspina lo reconocía de forma tajante en el plan que presentó al Ministro de Marina y secretario de Indias Antonio Valdés, nombrando a Cook y La Pérose como seguimiento digamos de la parte científica así como el trasfondo político mediante el estudio del estado del comercio recíproco.
Alejandro Malaspina contó con el entusiasta apoyo de Valdés y Floridablanca,y con el beneplácito de muchos científicos notables y acreditados jefes de la Armada que avalaron su proyecto.
Malaspina consigue el permiso para acceder al Archivo de Indias y así explorar la memoria del continente americano con la incierta esperanza de volver de allí repleto de palabras y ciencia como otros lo están de oro y engañosa soberbia, más enfrascados en el embriagador trabajo de acaparar riquezas que en comprender la ciencia y solucionar los problemas de un  vasto imperio todavía por descubrir. Consulta los relatos de Jean François Galaup, conde de La Pérouse, del matemático Jhon Wallis, de otro explorador como el Conde de Bouganville, James Cook,  o los investigadores Spallanzani, Rangone, Pearson y a otras tantas personalidades ilustradas de la época a quienes pidió consejo y ayuda.
Sus pretensiones eran el estudio de las coordenadas geográficas, observaciones de carácter astronómico, trazar cartas hidrográficas, analizar la dieta de las personas embarcadas para luchar contra el escorbuto, la denominada "peste de las naves" e incrementar el conocimiento de las ciencias naturales mediante la identificación de especies desconocidas de fauna y flora, que se incorporarían al conocimiento de los tiempos. Asimismo, también se comprometía a comunicar a la Corte el estado económico y social de las posesiones españolas en América, estudiando el estado de la legislación y su índice de aplicación, y, en virtud de todo ello, proponer las reformas que se considerase oportunas.
Cabe decir que la expedición no tenía una misión fija, aunque tuviese unos objetivos generales definidos claramente, y que era necesario supeditar estos objetivos a unas circunstancias y prioridades políticas que justificaban una inversión de tal magnitud por parte de la Corona española, que eran la cada vez más amenazante presencia inglesa en el Pacífico y la penetración rusa por la Costa Noroeste, a las que hay que añadir la hipotética existencia de un paso navegable que une por el norte el Pacífico y el Atlántico, cuestión esta última muy importante para los intereses de España, nos referimos desde luego a la noticia que acababa de estallar en Europa, concretamente en la Academia de Ciencias de París que había hecho pública la existencia del paso de Ferrer Maldonado a través del geógrafo francés Buanche,  basándose en la legitimidad del viaje realizado por el español Ferrer Maldonado en 1588 desde Nueva Inglaterra al Pacífico desembocando hacia el paralelo 60 de latitud Norte, las órdenes, claras y precisas, que si bien no eran de su agrado ya que había abandonado la idea de viajar hacia esa latitud por no retrasar más a la expedición, tuvo que acatar con celo: tomar posesión de la zona de forma inmediata, en nombre de la Corona de España. En el diario de viaje el propio Malaspina no deja lugar a dudas de la importancia de este hallazgo, de confirmarse el mismo. La orden de cambiar los planes de la expedición la recibió una vez puesta en marcha la expedición en 1791, como veremos más adelante.
 De hecho, la expedición Malaspina se constituyó con el nombre de "Viaje científico y político alrededor del mundo" y aunque Alejandro Malaspina fue el "alma máter" de la expedición, es preciso recordar que contó con la inconmensurable ayuda del otro grande promotor de la expedición, José Joaquín de Bustamante y Guerra, y no podríamos pecar de pretenciosos si la expedición se le conociera con el nombre de "Malaspina-Bustamante". En la imagen, José Bustamante y Guerra.



EXPEDICIÓN MALASPINA

Como se ha dicho anteriormente,  el proyecto recibió la aprobación de Carlos III, dos meses exactos antes de su muerte. La expedición, que contaba con las fragatas Atrevida y Descubierta, zarpó de Cádiz el 30 de julio de 1789, llevando a bordo a la flor y nata de los astrónomos e hidrógrafos de la Marina española, como Juan Gutiérrez de la Concha, acompañados también por grandes naturalistas y dibujantes, como el profesor de pintura José del Pozo, los pintores José Guío y Fernando Brambila, especialista en perspectiva, el dibujante y cronista Tomás de Suria, el botánico Luis Née, los naturalistas Antonio Pineda y Tadeo Haenke (la calidad de la tripulación no se reducía a su dotación científica: asimismo participó en la expedición Alcalá Galiano, que moriría heroicamente en Trafalgar), Bustamante y Guerra como segundo Comandante, Dionisio Alcalá Galiano, José Espinosa y Tello, Cayetano Valdés, Ciriaco Cevallos, Bauzá y Cañas y un largo etcétera que pecamos de injustos por no nombrar, y nombramos a los ya dichos, como referencia ni más ni menos importante, para no hacer sobradamente extenso el documento, solamente decir que se seleccionan 204 marinos que acompañaran a 2 médicos, 2 capellanes, un cartógrafo, cuatro pilotos, seis dibujantes y tres naturalistas, y que aparte de algunas deserciones, sólo hubo 20 muertos en los cinco años que duró la expedición.   Los navíos fueron diseñados y construidos especialmente para el viaje y fueron bautizados por Malaspina en honor de los navíos de James Cook Resolution y Discovery (Atrevida y Descubierta), dos nuevas corbetas de 350 toneladas, con un armamento de 22 cañones y capaces para una dotación de 100 hombres cada una de ellas, construidas en La Carraca (Cádiz). En la imagen, corbetas Atrevida y Descubierta.




Con José de Bustamante al mando de la "Atrevida" y Alejandro Malaspina en la "Descubierta" las corbetas se hicieron a la mar, como hemos comentado,  desde Cádiz, el 30 de julio de 1789, pasando por la Islas Canarias y el archipiélago de Cabo Verde, y cruzando el Océano visitaron el puerto de Montevideo, levantando después la carta del Río de la Plata. Recorrieron las costas de la Patagonia, recalando el el puerto Deseado, para más tarde alcanzar las Malvinas. Tras avistar la Tierra del Fuego, y doblar el Cabo de Hornos, nos detenemos en él para visualizar el grado de dificultad que tuvieron que abordar los valientes marinos. Marca el límite norte del Paso Drake, el mar que separa Sudamérica de la Antártida. A la vez,  el meridiano que marca la división geodésica entre los océanos Pacífico y Atlántico parte desde el cabo de Hornos hacia el océano Glacial Antártico.  Durante muchos años, el cabo de Hornos fue uno de los hitos principales de las rutas de navegación de embarcaciones a vela, las que comerciaban alrededor del mundo aun cuando las aguas en torno al Cabo son particularmente peligrosas, debido a sus fuertes vientos y oleaje y la presencia de icebergs. Frecuentes tempestades, icebergs inadvertidos y corrientes capaces de levantar las olas más temibles y gigantescas son las condiciones perfectas para que doblar el Cabo de Hornos sea considerada una proeza de magnitud extraordinaria, incluso hasta hoy en día. Las olas pueden llegar a ser tremendas. Cuando los vientos soplan en sentido contrario al de la corriente marina que da la vuelta al polo se puede asistir a un espectáculo dantesco. Los huecos entre ola y ola son verdaderos agujeros a los cuales se suman y contraponen olas gigantes que alcanzan hasta los 30 metros, y son descritas por los marinos como verdaderos muros de agua que aparecen repentinamente para machacar el barco. En la imagen, el Cabo de Hornos, "donde termina el mundo".



Con estas palabras, definiría el propio Alejandro Malaspina la navegación por el cono austral:
" Por estos desangelados parajes no convienen los rumores de ultratumba. La costa del Fuego se muestra alta y nevada, ocultando valles y llanuras coloreadas por una vegetación multicolor elevada sobre una capa de nieve que anuncia el ocaso estival. Alcanzarán los 52 grados de latitud, y en esa región soplan vientos temibles apodados «los cincuenta furiosos»; luego, llegados al paso Drake, rugen «los sesenta aulladores», con olas cortas y empinadas arrastrando incontrolados icebergs que amenazan destruir las frágiles embarcaciones solo con pensarlo. Son contornos inciertos, donde la nada lo envuelve todo resquebrajando el ánimo del navegante, que sospecha el peligro de una naturaleza indómita. Acechan el frío, el hambre, la soledad, el naufragio. Y cuando la mirada busca el polo, un campo de hielo inunda el pensamiento, la desconfianza aumenta y cualquier esperanza se diluye imaginando un mar sólido insuflado de vida por el viento. Aventurarse por el océano austral es temerario, pero no hay marcha atrás. Ni es la primera vez ni será la última. Así se planificó y se ejecutará tal cual. No se construyeron estos barcos para sucumbir a los elementos, al menos en esta ocasión".


 Este dibujo de Fernando Brambila refleja la navegación de la corbeta Atrevida el día 28 de febrero de 1794 por este mar plagado de bloques de hielo.


A comienzos de 1790 alcanzaron las aguas del Pacífico y, ascendiendo hacia el Norte, llegaron a las Chiloe, Valparaíso, Conquimbo, la isla de Juan Fernández, que es en realidad un archipiélago  mítico de piratas y tesoros, cuenta como principal relato la leyenda de Robinson Crusoe, personaje que lo hizo mundialmente conocido y que cuenta la verdadera historia del marinero escocés Alexander Selkirk, el que abandonado por el capitán de su barco, permaneció aislado por 4 años y cuatro meses en la isla. Declarado uno de los diez lugares más aislados del mundo, y a sólo 674 kms del continente, este territorio insular chileno siempre ha fascinado a quienes lo han conocido. Hoy en día este archipiélago es mucho más que leyendas, es un territorio privilegiado por la naturaleza, con una espléndida flora y fauna endémicas, y de allí llegaron también a el Callao, donde permanecieron desde el 28 de mayo, fecha de su arribo, hasta mediados de septiembre de 1790.

Isla Robinson Crusoe, en el archipiélago de Juan Fernández (Chile)

De acuerdo con los proyectos científicos de la expedición, todas sus visitas fueron acompañadas de viajes de estudio al interior para recoger información. A principios de octubre de 1790 alcanzaron Guayaquil donde permanecieron poco más de un mes y donde recibieron las noticias atrasadas de una Europa revolucionaria convertida en polvorín y del frustrado atentado contra el Conde de Floridablanca,  para partir posteriormente hacia Panamá donde observaron y estudiaron los niveles de ambos océanos para albergar la posibilidad de construir un canal que comunicara el Atlántico y el Pacífico, pasión esta de los europeos desde que Núñez de Balboa descubriera el mar del sur en 1513. En diciembre de 1790, las corbetas partieron de Panamá y surge un problema de espacio y tiempo que Malaspina soluciona separando la trayectoria de las dos corbetas (enero 1791); la "Atrevida" viajaría directamente hacia Acapulco y San Blas, donde se prepararían las futuras etapas de la expedición, y la "Descubierta" inspeccionase las costas de Guatemala y Nueva España para encontrarse finalmente las dos corbetas en Acapulco, donde permanecerán veinte días, tiempo suficiente para recoger las órdenes remitidas desde Madrid, embarcar a los oficiales cartógrafos Espinosa y Cevallos y aprovisionarse de leña y agua.

Atrevida y Descubierta en el puerto de Acapulco.


Con las órdenes expresas, el 1 de mayo de 1791 parten hacia su destino, la campaña del noroeste, y en pocas jornadas rebasan los 27º de latitud, para a mediados de mes superar los 50º, donde el frío se hace más intenso pensando en la inquietante presencia de los rusos en Alaska, y con mayor precisión que cook en su momento, el 27 de junio alcanzan los 59º de latitud Norte y el puerto de Mulgrave. Casi dos meses después de salir de Acapulco.


En las cercanías de Mulgrave, cerca de la costa, los expedicionarios descubren una culebreante entrada similar al terreno descrito por Ferrer Maldonado. Examinada, comprueban que el canal desemboca en una inhóspita bahía conformada por una enorme masa pétrea cubierta de hielo que nada tiene que ver con la imaginada puerta hacia el Atántico. La bahía recibe el nombre de Bahía del Desengaño. La comitiva toma posesión del lugar. La tradicional botella enterrada en la playa junto a una moneda que identifica a la nación propietaria para que el afortunado testigo que la encuentre tenga precisas noticias del reconocimiento.
Durante su estancia en la zona descubrieron dos islas, Haenke y Pineda, además de estudios etnológicos sobre la población indígena y midiendo la altura del monte San Elías y las  peculiaridades de su glaciar, al que dieron el nombre de Malaspina, y que hoy todavía se conserva. Se adentraron hasta el paralelo 60, encontrando más de lo mismo, es decir, rocas y hielo rumbo del Polo Norte en las inmediaciones de un Ártico desesperanzador en la idea de encontrar un canal interoceánico. Desde aquí, regresaron al Sur camino de la Bahía del Príncipe Guillermo hacia su destino, el archipiélago de Nutka, donde atracan el 13 de agosto de 1791 encontrando una fortificación compuesta por la tripulación de la fragata Concepción y una compañía de voluntarios de Cataluña, en unas condiciones humanitarias y sanitarias bastante desfavorables, aunque se conservaban un orden y disciplina muy adecuados, pese a que se encontraban algo abandonados a su suerte por una corona que dejaba bastante que desear, sabiendo que era una colonia reciente disputada agriamente a los ingleses que frecuentaban esas aguas, y asediaban constantemente a las tropas allí establecidas.
 Cabe decir que, poco tiempo después, tras la tercera Convención de Nutka en 1794, firmada por el entonces Duque de Alcudia , Manuel Godoy y Álvarez de Faria y el Barón de Saint Helens por parte del Reino Unido, permitieron que en 1795  Las fuerzas españolas evacuaron Nutka el 2 de abril , en presencia de un representante de cada país, se izó la bandera británica y se declararon devueltos a este país los "Edificios y Distritos de terreno", sin precisarlos. En las siguientes imágenes, Fuerte de San Miguel y asentamiento español en Nutka. aunque estos hechos, corresponden a otra historia, sólo se deja constancia aquí para evaluar el compromiso real de la corona española, para con sus posesiones en ultramar, cosa que ya dejó patente Malaspina en su informe al regresar a España, y es de vital importancia a tener en cuenta, como se verá después. En las imágenes, Fuerte San Miguel en Nutka y asentamiento español.







Después de quince días de estancia en Nutka, emprendieron viaje hacia Monterrey y Acapulco, para salir de nuevo el 2 de diciembre de 1791 con destino al archipiélago de la Filipinas, siguiendo la ruta del Galeón de Manila (era el nombre que se les daba a las naves españolas que cruzaban el pacífico entre los puertos de Manila y Nueva España) llegando a Manila el 25 de marzo de 1792. En la imagen, las corbetas descubierta y Atrevida en una isla Filipina.




 Tras pasar por las islas Marshall y las Marianas, isla de Guam,  y visitar varios puertos, la "Atrevida" llegó hasta Macao y a su regreso continuaron hasta la Tierra Austral del Espíritu Santo, Nueva Zelanda y las islas Vavao en el archipiélago de Los Amigos, hoy conocido como Tonga, donde arribaron a finales de mayo de 1793.   Posteriormente, retornaron a las costas del continente americano, tocando los puertos del Callao en el Perú y Talcahuano en Chile. Doblaron por segunda vez el Cabo de Hornos, esta vez de Oeste a Esta, reconocieron el archipiélago de las islas de Diego Ramírez en Chile, a  56º32,2'  de latitud sur y a uno 100 kilómetros al suroeste del Cabo de Hornos, y que son consideradas el punto más austral del continente americano, siendo también la tierra más cercana al territorio antártico del mundo. En la foto, una de las islas del archipiélago de Diego Ramírez.




También recorrieron las costas orientales de las Malvinas, llegando a Montevideo donde se reunieron las dos fragatas, ya que se habían separado antes de cruzar el Cabo de Hornos. De Montevideo, emprendieron el regreso a España rumbo de la Azores y arribando al puerto de Cádiz el 21 de septiembre de 1793.


Ruta expedición Malaspina.


INFORME DE LA EXPEDICIÓN

Se habían empleado cinco años en lo que resultó ser un modelo de organización y eficacia sin parangón, con un coste estimado en dos millones de reales.
En numerosos ensayos se ha expresado la opinión de que pese a los espectaculares logros de la expedición se perdió gran parte por la nefasta gestión administrativa española, ignorante con la ciencia, lo que sin duda condujo en el futuro a la dependencia científica de España respecto a otros países, pero, a pesar de Godoy, el informe no se destruyó.
Aquel informe enciclopédico que Malaspina entregó al gobierno español como conclusión a su viaje científico y político alrededor del mundo fue publicado por primera vez en 1885 por el marino Pedro de Novo y Colson con el nombre de Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794. En él, se detallan 70 cartas hidrográficas y náuticas, más de ciento cuarenta mapas,  trabajos sobre el magnetismo terrestre y la gravedad, habían inspeccionado las más ricas minas de Méjico y Perú y examinado sus recursos productivos y  sus métodos de extracción, habían recogido innumerables pliegues de herbario de unas 14.000 plantas, estudios fisiológicos de más de 500 especies botánicas y minerales, gran cantidad de minerales y animales, cerca de un millar de imágenes de tipos étnicos, paisajes, flora y tradiciones representadas en dibujos, croquis, bocetos y pinturas. De la gran parte de todo ese material que acumularon en esos cinco años, no se ha conservado más que lo que hemos expuesto aquí, ya que desgraciadamente, algunos materiales, como ciertas observaciones astronómicas y de historia natural, se habían perdido para siempre.  Durante el proceso de Malaspina en 1795 se habían pretendido eliminar los materiales de la expedición, que, sin embargo, fueron preservados en la Dirección de Hidrografía del Ministerio de Marina.




La ambición del proyecto y la calidad del material estudiado supusieron una obra cumbre en el desarrollo de la Ilustración española, 20.000 documentos en aproximadamente un millón de páginas de información manuscrita, reducidas a siete volúmenes.
A través de sus diarios y escritos, tuvieron cabida los distintos aspectos de la realidad del imperio, desde la minería y las virtudes medicinales de las plantas hasta la cultura, y desde la población de la Patagonia hasta el comercio filipino. De esta forma culminaba, siguiendo los principios de la Ilustración, la experiencia descubridora y científica de tres siglos de conocimiento del Nuevo Mundo y la tradición hispana de relaciones geográficas y cuestionarios de Indias. Y lo hicieron bajo una fórmula característica del período ya que, influenciado en el carácter científico y naturalista de la Ilustración, lo que Malaspina hizo en realidad fue componer una auténtica "física de la Monarquía".
La importancia de aquella expedición colocaba a Alejandro Malaspina al mismo nivel que las realizadas por Cook, La Pérouse y Bougainville. El valor y méritos de los logros científicos españoles igualaba a de los ingleses y franceses, o incluso los superaba, aunque hasta tiempos más bien recientes, no se ha sabido dar la importancia de la inmensidad de aquella expedición, ni la historia, la ha sabido colocar en su sitio.

Malaspina consideraba fundamental eliminar los obstáculos al comercio establecidos por el monopolio aplicado por los españoles que se caracterizaba por la prohibición del comercio interregional, con medidas de liberalización insuficientes en este campo. Lo paradójico del caso es la inmensa fortuna gastada por la Corona española para el gasto de la expedición de la que se extrajeron conclusiones que chocaban frontalmente y de pleno con los intereses metropolitanos basados en la dominación política y el férreo control mercantil, que sólo enriquecía a unos pocos. Los informes emitidos en este tema, habrían podido proporcionar guías de conducta que hubieran podido ser estudiadas y aplicadas en la mejor manera, pero fueron desechadas de pleno. Malaspina no podía concebir la idea de gobernar tan vasto territorio en esas condiciones, sin tal siquiera conocerlo ni conocer a sus gentes, y así lo expresaba en su Diario de Viaje:
"...Es necesario conocer bien América para navegar con seguridad y aprovechamiento sobre sus dilatadísimas costas y para gobernarla con equidad, utilidad y métodos sencillos y uniformes (...) Es preciso fijarse en la naturaleza de las posesiones de la Corona de España, en las condiciones sociales que la unen entre sí, de los motivos de su formación, estado actual y métodos para conseguir su bienestar... es necesario conocer la población indígena y la población emigrante, respetar sus costumbres... Los impuestos deben ser suaves y las leyes menos intrincadas y quebradizas...".
Malaspina no proponía un cambio brusco en la política colonial de la Corona de España, proponía más bien el estudio sistemático de cuatro puntos que él consideraba esenciales para su buen gobierno, que eran el estado actual del comercio entre las colonias y España, la situación y adecuación de los puertos dirigida a una modernidad ilustrada, la capacidad militar de las colonias, ya que las tropas destinadas en esos territorios, en muchas ocasiones se encontraban desamparadas de forma esencial, véase como ejemplo Nutka, por no nombrar a otros, y sobre todo, analizar los sistemas de gobierno más adecuados para cada una de las colonias. En una de sus cartas escribía:
"...Espero poder servir al Ministerio si quiere tratar de un sistema general sobre principios sólidos y duraderos. El comercio, la defensa y la legislación de América jamás podrán entenderse a fondo mientras no se recorran, como acabo de hacer, sus principales establecimientos sin preocupaciones de imitaciones, intereses o reglas fijas...".
No proponía medidas específicas concretas, pero si dejaba traslucir con determinada insistencia las necesidades de romper con las medidas que impedían un libre desarrollo de los pueblos, dejando de considerar a las colonias como un mero depósito de riqueza para para uso exclusivo de la metrópoli, y administrar la producción de esa riqueza de una forma más equitativa en vistas a un desarrollo común.
Era pedir demasiado a una Corona desinteresada en el bien común, y a una clase dirigente  que la rodeaba demasiado interesada en su bien particular. Lo cierto es que Malaspina, al poco de su regreso, fue ascendido a Brigadier, pero su informe, jamás trascendería más allá de las fronteras que separan el ideal y la intención de la soberbia del poder. Nunca se le permitió que su informe llegara a manos del rey.
PREPARACIÓN DEL INFORME Y DIVERGENCIAS DE OPINIÓN
Después de su llegada a Cádiz, Alejandro Malaspina se vio agobiado por la inmensa tarea de elaborar y ordenar el extenso informe de la expedición, y aprovechando la amistad que tenía con el padre Gil, (Manuel Gil, no olvidemos que fue el autor del sermón del funeral de Carlos III, fue sacerdote de los clérigos menores de Sevilla, cuya provincia andaluza había dirigido, tuvo cierto relieve en Sevilla como académico de erudición y revisor de la Academia de Medicina y como Prefecto del Colegio de Abogados) a quien Malaspina había conocido en Cádiz, y se había vuelto a encontrar con él en el domicilio del Ministro Valdés antes de su expedición, así como en una reunión que tuvo con el Cónsul de Suecia. Pues bien,  como decíamos, Malaspina solicitó su colaboración, debido a la amistad que les unía. Godoy no era ajeno a esa amistad entre Malaspina y Gil,   ya que por la documentación conservada en el Archivo Histórico Nacional, sabemos que un amigo de Godoy, Bernabé Portillo, le había escrito recomendándole al padre Gil con fecha del 10 de abril de 1795. En el mismo documento existe una anotación de Godoy en la que pide que se le escriba, demandándole sus escritos. Este deseo del Duque de Alcudia se cumplió porque existe en el Archivo Histórico Nacional una carta, sin fecha, dirigida al padre Gil en la que un oficial de la secretaría de Estado le pide sus escritos literarios para ser examinados por el Duque de Alcudia, Manuel Godoy, en la imagen inferior.





Una vez que Malspina recibió la aprobación del Gobierno de Godoy para la edición y publicación del diario de viaje convertido en informe, y haber escrito a Manuel Gil exponiéndole su ideal sobre el orden de las noticias y sugerencias así como de la organización general de la obra, Gil aceptó el encargo, pese a que tenía ciertas dudas, después de haber solicitado el consejo de Manuel Godoy, quien le informó de que no le agradaban ni las formas ni el contenido global de la publicación temiendo por el interés general del Estado, debido a su propósito de denunciar públicamente los errores de la Administración española en su política colonial.

DECADENCIA, CONSPIRACIÓN Y CAÍDA EN DESGRACIA

Un Real decreto, de fecha del 26 de julio de 1795, nombró a Gil colaborador de Malaspina. El padre Gil   se percató muy pronto de las divergencias políticas que existían entre él y Malaspina. Que ambos tuvieron graves discrepancias en lo referente al esquema general de la obra debe ser cierto, ya que por Real Decreto de 28 de septiembre de 1795, se alteró el plan inicialmente previsto: los argumentos políticos y económicos de Malaspina quedaban ahora resumidos en forma de memorias separadas y secretas para uso de los Ministerios. Previamente, y con fecha 20 de septiembre de 1795, Gil escribía a Valdés, ministro de Marina, explicándole cómo creía él que debía redactarse la obra y planteándole sus discrepancias con Malaspina, discrepancias que desde luego las había, y después del real decreto de 28 de septiembre, Malaspina empieza a perder su particular batalla en presentar sus argumentos directamente al rey, y su ideal de poder participar en el Gobierno, tal y como parece le habían dejado ver con anterioridad, Parece ser que gentes de la confianza de Godoy le habían sugerido la posibilidad de que sustituyera a Valdés en el ministerio de Marina, como muchos años después confesaría,  y empieza a sentirse decepcionado, como así se lo muestra en una carta a su amigo Paolo Greppi, decano del Cuerpo Consular en Cádiz, a quien le hace saber que Godoy, el Sultán, como llama Malaspina al Ministro de Carlos IV, era a su entender el culpable de que aquella monarquía a la que había servido durante tantos años, llevara ahora el lastre de la decadencia, nombrando que la culpabilidad de su ascenso (Godoy) debido a las oscuras intrigas, lo mismo que a centenares como él, ensombrecía el horizonte de una Nación digna y la prosperidad de todo un imperio.

En una carta escrita a su propio hermano le hace saber el estado de ánimo en que se encuentra y le hace saber que no sólo las pensiones y el dinero sino también los honores se prodigan de tal modo y a gente de tal calaña, que la abyección es el mejor modo de distinguirse, y la adulación, las bajezas y la ignorancia son los únicos objetos que rodean la Corte. Comenta que al mismo tiempo que se licencia al pequeño número de soldados que componen el ejército, se nombran cuarenta tenientes generales y otros tantos mariscales de campo; no se paga a la marina y mientras tanto, se devora el erario. Dice que habiendo un Príncipe de la Paz, se está a punto de entrar en guerra con los ingleses, y que no hay otra cosa que esperar sino la sangre de los pobres, capaz de producir las más extraordinarias convulsiones...Las previsiones de Malaspina fueron clarividentes.

Apenas un mes más tarde de la carta que hemos mencionado anteriormente, Malaspina opta por la que a la desesperada podía ser su última opción, la conspiración palaciega para derrocar al valido, pero se dió de frente con todo un consumado maestro de este arte que tiene toda la información de todo lo que ocurre en el reino, Godoy, quien es puntualmente informado el día 22 de noviembre de 1795 de las intenciones del marino para hacer llegar a los monarcas los documentos que denunciaban su política, y es finalmente detenido  acusado de complot contra el Estado. Con Malaspina también fueron presos el Padre Gil, la Marquesa de Matallana, dama de la reina, y los dos sirvientes de Malaspina, Juan Belengui y Francisco Merino, a los que pronto se puso en libertad "a condición de que no residan en Madrid ni en los sitios reales". El 27 de noviembre, con rapidez inusitada, Godoy consigue de Carlos IV la convocatoria urgente de una sesión del Consejo de Estado, para juzgar a Malaspina.

No sólo cometió el error de dejar innumerables rastros de su conspiración sino indicar  también, en una representación enviada a fray Juan de Moya, Arzobispo de Farsalia y confesor del Rey, las personas que, a su juicio, deberían formar parte del nuevo gobierno una vez que Godoy fuese desterrado por Carlos IV a la Alhambra: el gabinete propuesto por Malaspina estaría dirigido por el Duque de Alba que ostentaría, además, la secretaría de Gracia y Justicia; contaría también con Antonio Valdés, como secretario de Marina e Indias; con el conde de Revillagigedo (destituido del virreinato de Nueva España donde le sustituyó el cuñado de Godoy) como secretario de la Guerra y Hacienda; y, finalmente, con Gaspar de Jovellanos, quien ocuparía la presidencia del Consejo de Castilla.
 Valdés diría en un intento de disculpar a su amigo Malaspina:
 "Era muy lleno de moderación y muy amante de los Reyes; él era un buen marino y muy mal político, pero que con la advertencia quedaría corregido".

Antonio Valdés cesó en el ministerio de Marina el 11 de noviembre de 1795, dos semanas  antes del procesamiento de Alejandro Malaspina. En la imagen, Antonio Valdés y Bazán.



Malaspina fue condenado a diez años de prisión, en el castillo de San Antón, en La Coruña,  de los que cumplió poco más de la mitad. En estos seis años Malaspina no dejó de proclamar su inocencia y de pedir a sus amigos que intercedieran por él, pero fue en vano, incluso después de la destitución de Godoy y su sustitución por Saavedra, aunque luego retornaría a dirigir los entramados del Estado nuevamente, señal de que en realidad, nunca los había dejado. En la imagen el castillo de San Antón, en la Coruña.



FINAL

En 1802, fue puesto en libertad, gracias a la intermediación del propio Napoleón, condenándolo al destierro a su país, como si España no hubiera sido nunca su país, aquel por el que tantas veces se jugó la vida, aquel por el que tantos años se embarcó en busca de una ciencia desechada, un país del que no se olvidaría incluso en su destierro, Malaspina se propuso rehabilitar su nombre y se ofreció a Carlos IV, como última prueba de lealtad, para poder así regresar a España, ofrecimiento que obtuvo la negativa por respuesta. Mientras tanto, las noticias que recibía de España seguían siendo graves y tristes: su amigo Bustamante, compañero en la expedición, había sido acusado de conducta innoble; el valeroso almirante Gravina (con el que coincidiera Malaspina en su juventud en el Colegio Clementino de Palermo) había sufrido una fuerte derrota en el cabo Finisterre, presagio del desastre de Trafalgar; también recibió la noticia de la muerte de Fernando Brambila, pintor de las láminas de la expedición. El 9 de abril de 1810, después de un cáncer de Colon que se le había manifestado ya en su presidio de San Antón, falleció Alejandro Malaspina.

CONCLUSIONES

No, Malaspina no estuvo en Trafalgar, para entonces había empezado a dejarse morir, defraudado, enfermo y solo. Pero por mucho que Carlos IV, y sobre todo su valido Manuel Godoy lo catalogaran de traidor y revolucionario y tratasen de borrar su brillante paso por la Armada Real, Malaspina ya se batió en otras batallas.  Nada ni nadie puede negar que fue uno de los grandes marinos ilustrados de aquella época, a quien los libros de Historia de España no han recordado demasiado. Podríamos hablar aquí de las causas de su procesamiento, pero sería alargarnos demasiado, y lo que nos interesa de verdad es recordar no sólo su hazaña, si no su entrega y sacrificio de su vida al mar, la pasión que desde sus tiempos de juventud le hicieron ver el mar, con otros ojos. Formó parte de esos marinos sabios a los que la historia dió su oportunidad, pero que el destino no consintió traslucir más allá de la frontera que separa la dicha de sentirse plenamente reconocido, y quedarse a las puertas de la satisfacción sin llegar a saborear el triunfo del orgullo. Excelente marino, como dijo Valdés,  pero mal político. Pudo haberse visto envuelto en el enfrentamiento político que existía en la Corte entre los partidarios de Godoy y los de Aranda, otra teoría sería la que describe algún historiador analista y es que los protagonistas auténticos de la conjura, además de Malaspina, fueron el ministro Valdés, el obispo Despuig, la Marquesa de Matallana y la viuda de O'Reilly. Su finalidad era hacer salir del Gobierno al Príncipe de la Paz, cuya permanencia en él se presentaba como un auténtico peligro para la tranquilidad del país, capaz de comprometer, incluso, las vidas de los reyes debido a lo ineficaz de su gestión política y a lo tormentoso de su vida privada, pero al margen de todo esto, la realidad es que cinco años de una investigación histórica que costó una gran fortuna, con todo el material del que antes hemos hablado, se tiró literalmente, y nunca mejor dicho, por la borda. Sacar otro tipo de juicio, sería entrar en un debate vacío del que nunca terminaríamos de hablar, convirtiéndolo en tedioso. Podría hacerse buena la frase de Sánchez Dragó que da título a su libro "si habla mal de España, es español", y la verdad, no es fácil concebir la pretensión de hablar bien de la España que dio lugar a esta injusta realidad, el reinado de Carlos IV y las conjuras de una Corte, que más merecería la pena olvidar. Lo cierto es que sólo treinta años más tarde de la expedición de Malaspina y Bustamante, las naciones a las que refiere su informe, emergían a la independencia. Hoy en día, todavía se están recogiendo los frutos, científicamente hablando, de ésa expedición, sin olvidar lo que ha supuesto en cuanto a los avances para la navegación.




Aingeru Daóiz Velarde

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