domingo, 18 de abril de 2021

CRISTO DE LA BUENA MUERTE

 CRISTO DE LA BUENA MUERTE


Este es el Cristo de Mena, el antiguo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas.




La leyenda del Cristo de Pedro de Mena es más bella porque tuvo un final, en Málaga, el día 12 de mayo de 1931, cuando la incomparable talla del artista granadino sucumbió, ante la violencia de los golpes de una maza y ante el fuego. En ese momento se iniciaba su leyenda, en el instante en el que cayó sobre la talla el último golpe de la estaca o en el que el fuego lamía por última vez su primorosa efigie. En el 93 aniversario de su desaparición, sigue viva su imagen en el corazón de aquellos que has sufrido el recuerdo de la Historia, y hoy desde aquí, la reviven con la conmovedora confianza en la creencia de la fe, la convicción de lo que no se ve, pero se siente, como el amor en la distancia.


El visible desconsuelo ante la magnitud de la catástrofe y, sobre todo, al serle presentada la talla del Cristo de Mena, joya artística y de inapreciable valor que aparecía mutilada, y carbonizada.


Tallada en 1680, desde el mismo momento de su desaparición circuló la noticia de su posible salvación y de su ocultamiento en algún lugar nunca especificado.

La noche del 11 al 12 de mayo, envuelta en un improvisado sudario de ropajes procesionales, la imagen quedó sepultada y sola en una iglesia semi-derruida, hasta que sus restos fueron lanzados a la hoguera definitiva en la madrugada del día 12, por las turbas asesinas enloquecidas de odio... es conocido que se salvó una de sus piernas, gracias a la intervención del escultor imaginero antequerano Francisco Palma García, y dos de sus dedos de una parte del pié, donde todavía se pudo adivinar el orificio del clavo. Antes, queda en el recuerdo cuando al Cristo de Mena le daban bofetadas diciendo ¡ahora que vengan los legionarios a darle guardia! ...No se daban cuenta de que daba igual, porque Él, ya soportó un Calvario, pero sigue vivo y real en el corazón de aquellos que lo rememoran en la soledad.


El Concejal Andrés Rodríguez fue el que capitaneó los grupos que asaltaron, saquearon e incendiaron la Iglesia de Santo Domingo, y al decirle un individuo que aún no se ha podido averiguar quien sea, que respetaran y no quemaran la Imagen del Santo Cristo de Mena, contestó que allí se quemaba todo. Esta afirmación quedaría sin valor efectivo ya que a petición del juez instructor la causa fue finalmente sobreseída...pero la causa esperará hasta el día que sea el crucificado, testigo y parte, quien levante su dedo acusador, y la sentencia a otro fuego, el fuego de la Eternidad, y la carga de la conciencia en el momento de la muerte.


Tras la proclamación de la República, cuando en los episodios ya relatados los días 11 y de mayo, la Congregación solo logró salvar la imagen de la Soledad. Los años de la II República y los de nuestra Guerra Civil supusieron un grave revés. La pérdida del Cristo de Mena, de la capilla y de los enseres procesionales obligarán a un forzoso exilio en la Catedral, montándose, a partir de 1932 los tradicionales cultos internos en su honor. Durante la Guerra Civil, los congregantes de Mena son perseguidos y asesinados.


La verdad no puede ser nunca transmitida, es una sensación interior que al intentar expresarla nos hace alejamos de ella, es como la bruma de la niebla, que se disipa a nuestro paso o la fina línea del horizonte que nunca se alcanza. Sólo podemos ofrecer la imagen y contemplarla, sin intentar describir nada porque entonces la perderíamos.


El artista quiso mostrar la serena paz con la que la muerte cierra hasta el sufrimiento más bárbaro, ofreciendo ante nuestros ojos la plasmación física de la inscripción RIP (descansar en paz), en absoluta y desmayada relajación. La delicadeza del trazo, casi sin detectarse las herramientas del artista refuerza esa sensación de quietud y reposo. El suave desprendimiento del cuerpo, del que han desaparecido los rastros de la tensión o del dolor, ofrece la imagen del eterno descanso con una intensidad y tranquilidad pasmosa. No hay expresión ni gesto de dolor (pese a ser una imagen barroca), ni ningún recurso dramático con el que Pedro de Mena quisiera alterar nuestra percepción o condicionar nuestra actitud hacia la imagen.


La imagen muestra, no dice sino que transmite una fuerza inmensa que sólo puede introducirse dentro de nosotros por los ojos, sin ningún otro sentido que la deforme o altere, en silencio absoluto y una vez dentro no sale, y se queda para siempre en el recuerdo.


Es más bella porque desapareció, porque nada ni nadie pudo transformarla en algo distinto de aquello para la que fue concebida y plasmada, para lo que fue creada. Al contemplarla en el pasado se nos muestra, al intentar explicarla se aleja, en una bruma más allá del recuerdo de su triste final. Ante esta fotografía, eco inapagable del pasado, se comprende lo que realmente fue esta talla, la intención del artista, ya fuese impregnada por la inspiración de la fe. El mejor homenaje es ofrecerla, mostrarla, desnuda de toda añadidura, ante toda palabra, menos el recuerdo de su nombre, y permanecer.


José María Pemán, cantaba así en su verso:


“Que vaya, en fin, por la vida

como tú estás en la cruz.

De sangre los pies cubiertos

llagadas de amor las manos

los ojos al mundo muertos

y los dos brazos abiertos

para todos mis hermanos.


A ofrecerte, Señor, vengo

mi ser, mi vida, mi amor,

mi alegría, mi dolor

cuanto puedo y cuanto tengo.

Cuanto me has dado, Señor.


Y a cambio de esta alma llena

de amor, que vengo a ofrecerte

dame una vida serena.


Y una muerte santa y buena

¡Cristo de la Buena Muerte!”.



 

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