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viernes, 31 de octubre de 2014

CATALINA DE ERAUSO. LA MONJA ALFÉREZ.

CATALINA DE ERAUSO. LA  MONJA ALFÉREZ.




Ésta es la historia de una de las mujeres más controvertidas que llegaron al Nuevo Mundo, en un tiempo de conquistadores y pendencieros a los que no importaba dejar sus  vidas en el fútil empeño de aumentar riquezas y hacienda. Disfrazada de hombre, transgredió las rígidas normas establecidas y consiguió para sí una merecida leyenda que la convirtió en una de las primeras aventureras europeas que llegaron a los vírgenes territorios americanos.  En la imagen, retrato de Catalina de Erauso hecho en 1630, en Sevilla, por el célebre Francisco Pacheco.







Nacida en 1592 en San Sebastián (Guipúzcoa), era hija del capitán don Miguel de erauso y de doña María Pérez de Galláraga y Arce, un matrimonio acomodado que no hubiese pasado a la crónica de lo insólito de no ser por su díscola descendiente.

La pequeña no tuvo excesivas oportunidades en cuanto a su educación, dado que con cuatro años fue internada en un convento dominico de san Sebastián cuya priora era tía carnal suya, al igual que lo hicieron sus tres hermanas : María Juana, Isabel y Jacinta, quienes permanecieron en él hasta su muerte.  De este modo, nuestra protagonista fue creciendo entre oraciones y hábitos hasta que, a la edad de quince años, su corazón libre la empujó a escapar de aquel recinto sagrado, tras haberse peleado con una novicia. Parece ser que su carácter, inquieto y rebelde, no iba en consonancia con la tranquila forma de vida de intramuros, y  una discusión en el claustro con una robusta novicia, cuyo nombre era  Catalina de Aliri, una mujer casada y con tres hijos antes de coger los hábitos en la que nuestra protagonista recibió varios golpes, motivó que se decidiera a marchar del convento, en definitiva, una mujer curtida en los avatares de un matrimonio del siglo XVI , frente a una niña de apenas quince años que no conocía otra vida que la del propio convento.  Por entonces, el aspecto físico de la forzosa monja no daba a entender que tras sus ropajes pudiera esconderse mujer alguna. Era poco agraciada, de gran altura para la época y sin formas femeninas; incluso ella misma presumía de haber utilizado una receta secreta para secar sus pechos. También se dice que nunca se bañaba, y que debió adoptar comportamientos masculinos para así poder ocultar su verdadera identidad. 

Durante meses deambuló por el país, concretamente  estuvo en las poblaciones de Vitoria, Valladolid, Bilbao y Estella, ciudad esta última de donde volvió a San Sebastián, su patria, a los tres años cumplidos de su fuga,  vestida como un labriego y desempeñando oficios exclusivos del género masculino, o incluso vivir en los bosques y alimentarse de hierba, cuando no había otro remedio al que acudir, y lo hacía bajo el nombre de Francisco de Loyola. Poco después, según cuenta en sus memorias con el título de “Historia de la Monja alférez”, que se publicó mucho más tarde, en el año 1829, salió para Sanlúcar de Barrameda,  donde se pertrechaban buques con destino a las Indias. Catalina consiguió un empleo de grumete en uno de esos barcos; para ello, utilizo uno de tantos nombres falsos de los que aparecen en su biografía: Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán, Pedro de Orive, Francisco del Loyola o Antonio de Erauso. Según su historia, cuenta que se embarcó en un barco que partía para América, del que era capitán Esteban Eguiño, “tio mio, primo hermano de mi madre, que vive hoy en San Sebastián, y embarquéme, y partimos de Sanlúcar lunes santo, año de 1603.”  

Hay que decir que Sanlúcar es una ciudad y un municipio español situado en la provincia de Cádiz, asentada en la margen izquierda del río Guadalquivir, y que tuvo en la época una gran relevancia en relación con la exploración del Nuevo Mundo. Desde su puerto zarparon expediciones marítimas de gran importancia, como el Tercer Viaje de Cristóbal Colón en 1498. A su vez, fue el punto de partida y llegada de la primera circunnavegación marítima de la Tierra, es decir, la primera vez que se daba la vuelta al mundo, cuya expedición fue comenzada por Fernando de Magallanes en 1519 y finalizada por Juan Sebastián Elcano en 1522. En el siglo XVI, la Corona dio un privilegio de reserva un tercio de la carga de los barcos que comerciaban con las Indias para el transporte de vino, cuyo monopolio comercial tenía hasta entonces el puerto de Sevilla. Asimismo, al ser uno de los lugares de espera naturales de los misioneros que iban al Nuevo Mundo, y gracias al patronato de la Casa de Medina Sidonia, muchas órdenes religiosas se establecieron en Sanlúcar, llegando a ser una auténtica ciudad sacralizada, conocida como la Ciudad Convento de Sanlúcar de Barrameda.


En la imagen, vista de Sanlúcar de Barrameda en 1567, dibujada por Antonio de las Viñas.




Una vez su nave arribó a las costas de América, cuyo primer destino es Araya, en Venezuela, y de  allí, se dirige a Cartagena de Indias donde permanece alrededor de ocho días, al servicio del Capitán Eguiño, del que ya hemos hablado, y de aquí pasa a Nombre de Dios, en Panamá. Cuando la Armada está lista para partir con la mercancía en su viaje de regreso a la España peninsular, no se le ocurre otra cosa a nuestra protagonista que robarle 500 pesos a Eguiño y bajar a tierra, permaneciendo en Panamá algún tiempo mientras gasta el dinero sustraído, y posteriormente se emplea con un mercader de la ciudad de Trujillo, en el Perú, donde mata en duelo a un hombre, por lo que se ve obligada a afincarse en Lima.

En todo caso, estas aburridas tareas no suplían la necesidad de emociones fuertes que tenía la vasca, se enroló como soldado en las unidades reales que combatían a los indios araucanos por el norte de Chile. Gracias a una una circunstancia extraordinaria fue separada del resto de los hombres apenas al llegar al país austral: fue ella que su hermano Miguel, quien se había embarcado para América en 1587, se encontraba de secretario del Gobernador Alonso de Ribera; al enterarse del lugar de procedencia de Catalina -la cual, conveniente es advertirlo, jamás reveló ni su sexo ni su verdadera identidad al hermano-, intercedió para que fuera asignada a su propia compañía, en la que estuvo durante casi tres años. Se dice que, en palabras textuales: “Luego que oí su nombre (el de su propio hermano) me alegré, y vi que era mi hermano, porque aún no le conocía, ni había visto, porque partió de San Sebastián para estas partes siendo yo de dos años, tenía noticia de él, y no de su residencia. Tomó la lista de la mente, fue pasando y preguntando a cada uno su nombre y Patria, llegando a mí y oyendo mi nombre y Patria soltó la ,pluma y me abrazó, me fue haciendo preguntas…”  parece ser que estuvo como soldado en la casa de su propio hermano durante tres años, y que debido a un lío con una dama, amante de su propio hermano, quien la sorprendió en una incómoda situación por así decirlo, y tuvieron una pelea en la que nuestra protagonista se defendió, pero tuvo que acogerse a sagrado para que la cosa no fuera a más. El acogerse a sagrado, tenía como finalidad que cualquier perseguido por la justicia podía acogerse a la protección de iglesias y monasterios. Se basaba en el concepto jurídico de que cualquier oprimido por las leyes de su país podía ser protegido por otra autoridad, fuese civil o religiosa, y derivaba de la antigua costumbre de la hospitalidad.

Tras este acontecimiento, aconteció que fue desterrada durante tres años, partiendo a Paicabí. En sucesivos encuentros con los indios araucanos dió muestras de su valor temerario, al punto de alcanzar con honores el grado de Alférez, por el que es más conocida; pero en una pendencia de juego -al que fue muy aficionada, y que le ocasionó innumerables conflictos- mató a otros dos hombres; como en varias ocasiones similares pasadas y futuras, también pudo evadir la acción de la justicia en tal oportunidad al acogerse al resguardo sagrado de un templo (el de San Francisco en este caso).
Catalina, como hemos visto,  tenía algunos defectos que la comprometieron en diversas ocasiones. Su adicción al juego y su inclinación a la violencia le hicieron formar parte de broncas, algarabías y duelos a muerte de los que siempre salió indemne, quitando en cambio la vida a varios oponentes. Lo más trágico para ella aconteció cuando en 1615 en la ciudad de Concepción,  un amigo la pidió ser padrino suyo en un lance que se iba a celebrar para salvar su honor. Comoquiera que los dos oponentes quedaron heridos tras el primer intercambio de mandobles, los padrinos, cumpliendo con el protocolo, se vieron obligados a continuar con el desafío. Catalina desenvainó y con fiereza arremetió contra su rival, hiriéndolo de muerte. Éste, viéndose moribundo, dijo su nombre en voz alta: era su hermano, Miguel de Erauso. Sin apenas remordimientos, volvió a huir, dando tumbos por buena parte de la geografía americana, como por ejemplo Tucumán, Potosí, la Plata, Charcas, Piscobamba, nuevamente la Plata, Cochabamba, la Paz, el Cuzco, Lima, el Callao, Guamanga y Huancavélica, en algunas ocasiones víctima de bribonadas y trapisondas, pero las más de las veces como ejecutora o propiciatoria de las mismas, lo que le ocasiona el cerco de las autoridades.




En 1624, estando en la ciudad peruana de Huamanga,   participó en una de sus habituales pendencias por el amor de una mujer o por deudas contraídas en el juego de naipes, cuando recibió una terrible herida que la hizo pensar en su inminente óbito. Fue entonces cuando quiso confesarse ante un obispo, concretamente Agustín de Carvajal, desvelando su verdadera condición femenina y explicando que en origen había sido monja. Nunca sabremos si reveló su más íntimo secreto para ponerse a bien con Dios o posiblemente para escapar de la más segura pena capital por sus crímenes. Pero lo cierto es que el clérigo se compadeció y la amparó bajo su protección, aunque pasando, eso sí, por un riguroso examen médico, a cargo de unas matronas de confianza. Éstas no sólo confirmaron que era mujer,  sino que también era virgen, y la noticia se extendió como la pólvora. En seguida, la historia de la antigua novicia reconvertida a militar bravucón recorrió las latitudes americanas y europeas. Procede entonces el Obispo a instalarla en el Convento de Santa Clara de Guamanga, con el hábito correspondiente; entre tanto, la noticia se propagó por la ciudad, cuyos habitantes no tardaron en llenar las calles adyacentes al convento, con la esperanza de conocer a tan extraordinario personaje. Cinco meses después, luego de haber socorrido y aconsejado de muchas maneras a Catalina, murió el Obispo Carvajal. Conocido el suceso en Lima, el Arzobispo de la ciudad, Bartolomé Lobo Guerrero, ordenó el traslado hacia allí de la Monja Alférez, donde fue recibida y agasajada también por el Virrey Francisco de Borja; durante casi los dos años y medio siguientes vivió en el Convento de la Santísima Trinidad de la capital peruana, hasta cuando llegó prohibición de España para continuar en él, por no ser Catalina monja profesa. Decidido su retorno a la Península, se embarca -otra vez en traje de civil- en la armada del General Tomás de Larraspuru, que llega a Cádiz el 1 de noviembre de 1624; durante el trayecto participó en otro lance de cuchillo, por rivalidades originadas en el juego.  esta forma, precedida por su fama, Catalina de Eraso llegó a España. El propio Felipe IV la recibió en audiencia personal, ratificándola en el grado de alférez y concediéndole una pensión anual, a petición de élla misma,  de ochocientos escudos por los servicios prestados a la Corona española. Esta fue la primera vez que la llamó con el nombre de monja alférez, autorizándola además a utilizar nombre masculino. Posteriormente, viajó a Roma para entrevistarse con el papa Urbano VIII, quien la autorizó para seguir usando atuendos masculinos. Príncipes y cardenales italianos la agasajaron durante el mes y medio que permaneció allí. La autobiografía de Catalina termina con el dato de que el 5 de julio de 1626 se dirigió hacia Nápoles; las informaciones posteriores sobre su vida son apenas fragmentarias: durante unos años vivió en Madrid, pero la necesidad imperiosa de nuevos avatares la impulsó a regresar a América, donde había experimentado sus más intensas pasiones, en julio de 1630 se encuentra en Sevilla; el 21 del mismo mes y año se embarca con destino a Méjico, en donde transcurren el resto de los años de su increíble vida.

 Y es precisamente aquí, donde la bruma de lo épico confunde la realidad. Se dice que murió ahogada al desembarcar en el mexicano puerto de Veracruz en 1635; otros afirman que se transformó en arriera regentando un negocio entre la capital mexicana y Veracruz  y que de esa guisa vivió hasta su fallecimiento en Cuitlatxla, localidad cercana a Puebla, en 1650, donde dicen que murió ahogada o asesinada, otros dicen que se la llevó el propio diablo. Como vulgarmente se suele decir, una mujer de armas tomar. Sea como fuere, sabemos que existió gracias a un manuscrito supuestamente dictado por ella y que se encuentra en el Archivo de Indias con el título “El memorial de los méritos y servicios del alférez Erauso”. Además, contamos con un cuadro pintado por Pacheco en 1630 en el que podemos contemplar a la monja alférez en todo su esplendor masculino, que aparece al principio de este artículo.

Existen diversos estudios y teorías sobre la vida de este personaje, y que me permito la licencia de copiar en este artículo la versión de alguno de los estudios que sobre esta mujer se han hecho, siendo Joaquín María de Ferrer el verdadero difusor de las aventuras de Catalina de Erauso, pues no sólo editó en 1829 y por primera vez (París, en la imprenta de Julio Didot) un antiguo manuscrito que perteneció a Cándido María Trigueros, sino, además, lo adicionó con importantes documentos originales e inéditos que no dejan dudas sobre la existencia de la misma. Sin embargo, Ferrer hace notar en el prólogo de la obra, decisivas e irrefutables inconsistencias y contradicciones (que le llevan a suponer que la Monja Alférez usurpó el nombre de la verdadera Catalina de Erauso, a quien habría conocido de cerca y a quien le llevaría al menos siete años de edad. Estos pormenores pueden parecer secundarios, pero son necesarios para aclarar otra de las incongruencias notables, precisamente relacionada con el paso del alférez por territorio peninsular en 1624, y única referencia a Santafé de Bogotá (p. 104-105): “...Proseguí mi viaje á la ciudad de Santa Fe de Bogotá, en el Nuevo reino de Granada: vide al señor obispo D. Julián de Cortázar, el cual me instó mucho á que me quedase allí en convento de mi orden: yo le dije que no tenía yo orden ni religión, y que trataba de volverme á mi patria, donde haría lo que pareciese más conveniente para mi salvación: y con esto y con un buen regalo que me hizo, me despedí. Pasé á Zaragoza por el rio de la Magdalena arriba: caí allí enferma, y me pareció mala tierra para Españoles, y llegué a punto de muerte: y después de unos días convaleciendo algo, antes de poderme tener, me hizo un médico partir, y salí por el rio, y fuíme á Tenerife, donde en breve me recobré...”. Pues bien: aunque no hay duda de que el regreso de la Monja Alférez a España se efectuó en 1624, Julián de Cortázar sólo fue nombrado como Arzobispo de Santafé el 7 de abril de 1625 y su arribo a la ciudad -procedente de Tucumán- apenas se produjo el 4 de julio de 1627; desde enero de 1618 hasta el 30 de julio de 1625 el Arzobispo de la ciudad fue el santafereño Hernando Arias de Ugarte. Por errores como el aludido, no extraña que el bibliógrafo chileno José Toribio Medina se muestre incrédulo acerca de esta historia “por su estilo, por lo inverosímil del asunto, i por los muchos anacronismos que encierra”, aunque, como se conoce la partida de bautismo de Catalina, se conservan documentos de la época sobre ella, además de los testimonios de quienes la trataron, a renglón seguido afirma que “Sobre lo que no cabe duda es que en Chile vivió en cierta época una mujer de su nombre i apellido, de honestidad averiguada i de un comportamiento militar distinguido...” (Literatura Colonial de Chile, II, p. 289-291). Parece no ser aventurado extender igual afirmación a favor de Cartagena de Indias.

Lo que resulta evidente, habida cuenta, es que existió como tal, y que no es menos cierto que los documentos y fechas de la época, debido a la falta de medios en la mayoría de las ocasiones, pudiera llevar a errores como los que se han aludido, por lo que resultaría una falta de rigor tratar de la veracidad o no de determinados aspectos que no podemos demostrar, por lo que caeríamos en el pecado de la especulación.

Durante 176 años estuvo prácticamente olvidada la historia de tan singular mujer, hasta que el romanticismo descubrió un filón temático en la publicación de Joaquín María de Ferrer (Historia de la Monja Alferez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma, é ilustrada con notas y documentos, por D. Joaquin Maria de Ferrer, Paris, en la imprenta de Julio Didot, 1829); se reimprimió en Barcelona, Tauló, 1838; la sacó nuevamente a luz José María de Heredia, en Madrid, Tipográfica Renovación, 1918; hay también dos ediciones recientes: una, debida a Virgilio Ortega, apareció en Barcelona, Orbis, 1984; la otra, bajo la responsabilidad de Jesús Munárriz, es de Madrid, Hiperión, 1986; todas estas reimpresiones castellanas llevan el título de Historia de la Monja Alférez; otra más, con nueva documentación, sacó José Berruezo en San Sebastián, Caja de Ahorros Municipal, 1975, con el título Catalina de Erauso, La Monja Alférez. 

Existen también, como es de suponer, varias versiones novelescas, que se basan en algunos datos históricos, pero en las que predomina la libre y arbitraria imaginación del autor; entre ellas están la del periodista chileno Raul Morales Álvarez (La Monja Alférez, Santiago de Chile, Ed. Ercilla, 1938); la de Joaquín Rodríguez Durán (Mujeres de todos los tiempos, Buenos Aires, 1940); la de Blanca Ruiz de Dampierre (La Monja Alférez, Madrid, Ed. Hesperia, s.a., 1943); la de Luis de Castresana (Catalina de Erauso, la Monja Alférez, Madrid, Afrodisio Aguado, 1968); la de María del Carmen Ochoa (La Monja Alférez, Madrid, García del Toro, 1970) y la de Armonía Rodríguez (De monja a militar, Barcelona, La Gaya Ciencia, 1975).

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sábado, 4 de octubre de 2014

BOLÍVAR Y EL MARQUÉS DE UZTÁRIZ



BOLÍVAR Y EL MARQUÉS DE UZTÁRIZ

Posiblemente, llame la atención del lector el amplio espacio que ocupamos en este artículo sobre el libertador al Marqués de Uztariz,  pero creemos que es importante ya que estamos en condiciones de asegurar que Uztáriz sí fue el más importante maestro de Simón Bolívar, superando el tópico de Simón Rodríguez y Andrés Bello, de los que antes se ha hablado, aunque los historiadores más arraigados a la figura de Bolívar, parecen obviar este hecho.

Jerónimo Enrique de Uztáriz y Tovar,  el segundo marqués de Uztáriz,  era hijo de Luis Gerónimo de Ustáriz y de Melchora de Tovar y Mijares de Solórzano (1735-1809), estudió Filosofía, Cánones y Leyes en la Universidad de Caracas, alcanzando en 1756 el grado de Bachiller y más tarde el de Licenciado.

Posteriormente, una vez que formó parte, por poco tiempo, del Batallón de Tropa Veterana de la Provincia de Venezuela, marchó en 1759 a España, dada la muerte sin descendencia de su tío don Casimiro de Uztáriz Azuara, primer marqués de Uztáriz, familia natal de la villa navarra de Santesteban (Doneztebe), le correspondía al sobrino el título y el mayorazgo. La carrera de don Gerónimo de Uztáriz fue vertiginosa y siempre en ascenso, desde Intendente de Toro de 1765 a 1770; Intendente en Extremadura (veintitrés años); asistente del Rey en Sevilla de 1793 a 1795 en funciones de Justicia, Hacienda, Guerra y Policía; Ministro del Consejo de Guerra en Madrid de 1795 a 1801 y Ministro en Comisión en Teruel, de 1801 a 1809. Al final de sus días ejercía como Asistente en Comisión de nuevo en Sevilla, donde muere a los 74 años de edad, en 1809, en plena actividad administrativa.


El marqués de Uztáriz,  el aliado afectivo de Bolívar, el denominado caraqueño ilustrado, encontró en Bolívar una suerte de discípulo continuador de su “filosofía dieciochesca” y liberal. Fue Uztáriz y Tovar seguramente en este momento, la arquetípica horma del Bolívar joven. La larga pasantía del futuro Libertador venezolano en casa de su protector en Madrid fue una especie de preámbulo a lo que vendría poco más tarde en Bilbao, en compañía de los Rodríguez del Toro, destacan sus relaciones con el ilustrado y afrancesado político bilbaíno Antonio Adán de Yarza, con el coronel peruano Mariano de Tristán, los hermanos Alexandre y Pedro José Dehollain, el primero, compañero de Bolívar de los estudios del francés; un viaje ciertamente revelador para un Bolívar joven: Bayona, Burdeos, París y Amiens durante las festividades de la Paz de Amiens.


El ejemplo de vida del Marqués tuvo que impresionar a su joven discípulo, caraqueño. Si se compara la primera epístola de Bolívar con las siguientes, una vez bajo la tutela de Uztáriz, hay un cambio radical. Ya se notan avances en el francés y propiedad al escribir: claridad, ironía, elegancia. Controla cifras que tienen que ver con sus gastos, negocios, letras de crédito, lenguaje jurídico y mercantil. Los avances intelectuales de Bolívar durante 1800-1801, bajo el influjo del marqués de Uztáriz, son notables en su epistolario de la época. En la imagen, fotografía antigua del Palacio del marqués de Uztáriz en Madrid.




Desde los dieciséis hasta los diecinueve años de edad Bolívar estará en Madrid, y es de suponer que ya será el marqués, durante los primeros meses, un personaje cercano a él, dadas las características del círculo de Bolívar en Madrid: personajes de alto perfil, venezolanos, además, con intereses en adquirir posiciones y privilegios en la corte o con alguna de esas prerrogativas ya cumplida., recordemos además que el número de venezolanos en la corte era importante, en aquel entonces. En la imagen, pintura de autor desconocido realizada en Madrid entre 1799 y 1802, en un medallón del tamaño de una mano pintada al óleo sobre marfil, que puede verse en el Museo de la Fundación “John Boulton” ubicado al lado del Panteón Nacional de Caracas. En la imagen, Bolívar a los 17 años de edad.




 La relación con el marqués de Uztáriz tendrá un valor histórico agregado a todo lo demás, mucho más allá de tratarse de una gran referencia episódica en la vida de Bolívar, es un elemento central en el desarrollo de sus vivencias futuras, de su viaje a Bilbao, de su relación con Teresa Rodríguez del Toro, su futura esposa, quien llegó a la vida de Simón a través del marqués de Uztáriz. Este es un momento trascendental para Bolívar. El hombre que se descubre así mismo, antes del héroe. Los tíos de Bolívar, Esteban y Pedro Palacios, así como otros venezolanos en la corte, incluido Uztáriz, salen del circuito social y político madrileño, en buena medida por el nuevo ascenso (o dicho mejor, la reaparición) de Godoy, y el descenso vertiginoso de Manuel Mallo, amigo íntimo (de infancia y adolescencia) de los Palacios y Blanco, payanés criado en Caracas, que a la sazón del viaje de Bolívar estaba llegando a los más altos niveles en el círculo de los reyes. Los Palacios y Manuel Mallo estaban, ciertamente, amparados por Francisco Saavedra, antiguo intendente de Caracas y Secretario de Estado en Madrid a finales del siglo XVIII. Es muy importante recordar a estas alturas del presente artículo, que Esteban Palacios y Blanco intentó encabezar un “movimiento” de venezolanos cortesanos de la mano protectora del guardia de corps Manuel Mallo y del sevillano y segundo intendente de Caracas, Francisco de Saavedra. Su tío Esteban  solamente se encargó de un pequeñísimo momento de la vida de Simón Bolívar en España para intentar que hiciera el peregrinaje criollo a la metrópoli, a la corte y con suerte, lograr una modesta carrera diplomática.



A tenor de lo mencionado antes, a Esteban lo recluyen en el castillo de Montjuich, aunque con la prebenda de poder cobrar su sueldo.
La suerte de Pedro es menos odiosa, pues queda confinado en Cádiz. Por ende, se mudó Bolívar a la calle del Príncipe y de Atocha, casa del Señor Marqués de Ustáriz. La maldición que le impedía tener una vida familiar se cernió de nuevo sobre Bolívar.  En poco tiempo forjan Simón y el marqués una relación de maestro-protector y discípulo-huésped, con indudable grado de grata y formal confidencialidad.


En las Memorias del general Mosquera, quien en la Guerra de Independencia suramericana fuera uno de sus edecanes, se lee este pasaje en relación a la amistad discípula de Bolívar con el marqués de Uztáriz:
…vivió [Bolívar] con su tío Esteban Palacios que gozaba de la gracia de los reyes de España por las relaciones de amistad que tenía con el favorito Mallo, que era natural de Popayán y criado en Caracas. El estudio de las matemáticas, lengua y literatura hacían su ocupación. Palacios fue desterrado de Madrid por intrigas de la Corte y Bolívar entonces quedó al cuidado del marqués de Ustáriz, por quien tenía un gran respeto que pasaba a veneración. Hasta los últimos tiempos de su vida creía Bolívar, que nunca había tenido un mejor maestro que su amigo, cuyas virtudes comparaba a las de los virtuosos griegos que se presentan como modelos: tales eran sus expresiones. Imagen del Palacio Real de Madrid a principios del siglo XIX.




 Está claro el hecho de que Bolívar entendió en algún punto de su primera experiencia en la metrópoli, en la villa y corte, la importancia de tener una base real en su formación, y el marqués de Uztáriz en ese sentido fue el mejor de los aliados. Le permitió asistirle en su instrucción al tiempo que lo disciplinaba con el propio consentimiento del mismo discípulo, que entre los encantos fatuos de una corte y la posibilidad de educarse con la dirección de un hombre como Uztáriz, se decantó por el aprendizaje y el esfuerzo. No obstante, es necesario poner también en la balanza la escena del maestro y el discípulo, para no dejar ese aspecto en un recuadro idealizado por los biógrafos de Bolívar, y que fue un recurso salvador la tutela de Uztáriz, ya que significó un apoyo no sólo formativo, didáctico, letrado, por así decirlo, también hizo un papel importante como único tutor de Simón Bolívar en unas circunstancias muy específicas y difíciles para el caraqueño, pues su pequeño entorno y referencia familiar, atravesaba por la crisis producto de la dinámica de poder, estrafalaria por lo demás, de la corte. Fue Uztáriz un referente de amistad, formación y de vinculación con la elite y los círculos importantes de un grupo social muy determinado de venezolanos encumbrados: “En casa del marqués de Ustáriz, que como ya queda dicho representaba el polo grave de las amistades de Bolívar…”, tal y como el mismo marqués,
o los aspirantes a encumbrar, como el recién desmoronado Esteban.


El marqués de Uztáriz llegó incluso a figurar, en buena medida, como esa imagen paternal que Bolívar buscó entre un selecto grupo
de grandes referentes a lo largo de su vida, dada la temprana muerte de su padre. Esa desaparición prematura, posiblemente originó psicológicamente la búsqueda de diferentes formas de imagen paterna: como hemos apuntado, el propio Uztáriz, más tarde Simón Rodríguez (en Roma en 1803, no en su infancia), sus tíos Esteban Palacios y Pedro Palacios, Fernando Peñalver y, según el mismo Libertador, la negra Hipólita, su aya y su nodriza.


Y fue en Madrid, en casa de Uztáriz, donde Bolívar conoció precisamente a la nombrada anteriormente a la joven Maria Teresa Rodríguez del Toro, de quien se enamoró perdidamente y con la que, pese a la oposición del padre de ella, se casó en 1802, Bolívar nombra al marqués de Uztáriz único tutor, pues no tiene a nadie más en la villa y corte que le represente en su matrimonio, al igual dice que el marqués será quien le avise a él —al tío Pedro— y a Manuel Mallo, persona que Bolívar debía tener dentro de sus atenciones y planes de vida, pues su influencia había facilitado, hasta ahora, sus papeles, trámites de pasaportes y permisos de viajes. Finalmente Bolívar abandona la villa y corte una noche del
20 de marzo de 1801 para irse a Bilbao.

El marqués de Uztáriz se vio forzado a trasladarse a Teruel, y Bolívar a su vez debió encontrarse en una disyuntiva que le obligó a
marcharse a Bilbao. Razones le sobraban, se quedaba sin referentes en Madrid, y Teresa Rodríguez del Toro marchaba a Bilbao en graves circunstancias familiares (agonizaba una prima de ella, tan cercana como una hermana, María del Pilar Alayza) que Bolívar se veía así mismo como un elemento de apoyo para ella.
Durante la vivencia de Bolívar en casa de Uztáriz, por un año, tuvo
que informarse de la hoja de servicios y del desempeño de su anfitrión durante cerca de seis años como Ministro del Supremo Consejo de Guerra, y que estaba a punto de ser nombrado para otro cargo. La causa del traslado del marqués pudo ser una cuestión normal, como también la enemistad de Manuel Godoy a quien debía resultarle incómodo un personaje como Uztáriz en la corte (caraqueño, formado, con experiencia, ajeno a su facción de poder). Godoy estaba interesado en alejarlo de la corte para rearmar su tablero de poder e influencia propio. Recuérdese que a finales de este mismo año, el 13 de diciembre, es removido el vasco Mariano Luis de Urquijo como Secretario de Estado (quien a su vez había reemplazado -se dijo oficialmente que por enfermedad- a Francisco de Saavedra, el celebérrimo Intendente de Caracas y protector de los caraqueños en corte) reemplazado por Pedro Cevallos, quien está casado con una prima de Godoy.


Igualmente, no hay que olvidar las desafortunadas circunstancias de los dos tíos de Bolívar en España. En relación a Esteban, como hemos apuntado, estaba recluido en Barcelona, y sólo se tienen noticias de él hasta 1803, por una amarga carta.


Lo referente a si el destierro de Uztáriz se debió a una rotación normal de funcionarios o a la enemistad con Godoy, hay mayor seguridad en la tesis de la agresión de Godoy contra varios personajes con peso específico en la corte, como el marqués de Uztáriz. Aunque en la guerra con Francia y en concreto, en la insurrección de Granada (la conspiración del Miércoles Santo de 1795) se relaciona en ambas circunstancias a Uztáriz como asistente de Sevilla (con potestades y funciones de Intendente, de Hacienda y Guerra, más de Justicia y Policía) con Godoy como Primer Ministro ante la amenaza revolucionaria: “Preocupa a Uztáriz, y así lo informa al primer ministro Godoy, el contingente de presos galos; a los que suma la inquietud de los vecinos por temor de los sorteos para el reclutamiento…”.

 De cara a la conjura del 1 de abril de 1795, Uztáriz vuelve a escribirle a Godoy diciéndole que no cree que la misma se esté tramando, sin embargo más tarde le reconoce al duque de Alcudia (Godoy) que dicha insurrección si se estaba fraguando: “Es más se descubrió que las ramificaciones de la conspiración alcanzaban a la ciudad de Talavera.”. A pesar de esta correspondencia obligatoria, Uztáriz es relevado del cargo, y aunque ascendido a Ministro del Supremo Consejo de la Guerra, se trataba realmente de un empleo de menos acción, y en la corte su sucesor será el cuñado de Godoy. En la imagen, Manuel Godoy.




Volviendo a los tiempos de la relación de Uztáriz con el joven paisano y discípulo, en las Dispensas de Amonestaciones del 19 de mayo de 1802, se menciona a Bolívar como feligrés de la misma parroquia correspondiente a la vivienda del marqués de Uztáriz; es decir, que a su regreso de Bilbao a Madrid, Simón se volvió a hospedar en casa del marqués, a pesar de que podía hacerlo en la residencia de los Rodríguez del Toro. Esto nos deja una pregunta ¿volvió Uztáriz a Madrid para asistir al matrimonio de sus amigos tan cercanos? Posiblemente, empero, si no lo hizo, es decir, si aún no había marchado a Teruel, quiere decir que Bolívar viajó a Bilbao aún teniendo residencia en Madrid, lo que fortalece la tesis del ímpetu de su relación con Teresa y los Rodríguez del Toro y se supera así el tópico sobre un presunto acorralamiento y estatus ilegal en la villa y corte, denominado por la historiografía bolivariana como el Incidente en la Puerta de Toledo.

 Asimismo existe la posibilidad que diera su antiguo domicilio como residencia actual para ahorrarse más trámites burocráticos, y, sencillamente, fuera un huésped transitorio en la residencia de los Rodríguez del Toro, mientras se realizaba la boda. En todo caso sería la casa del marqués su última residencia legal antes de partir a Venezuela por la vía de La Coruña. Sus últimos momentos en la villa y corte, inclusive los días previos al matrimonio, el 26 de mayo de 1802, Bolívar pasó, muy probablemente, sus horas con el marqués de Uztáriz.


Del comportamiento de Uztáriz durante la Guerra de Independencia de España, es posible ver ciertos rasgos dentro de las tesis políticas de Bolívar. Por ejemplo, cuando Uztáriz dice: “Nada hemos hecho si antes de acabar esta guerra no tenemos una Constitución que nos libre para siempre de tiranos y favoritos, que restituya al pueblo su dignidad.” No es difícil encontrar alguna semejanza en la obsesión de Bolívar por el Derecho Constitucional como la única forma de encontrar la virtud civil en los jóvenes pueblos que se emancipan.

 Para Bolívar era más satisfactoria la Constitución de Bolivia, obra prácticamente suya, que sus batallas ganadas. De hecho, fue justamente la guerra civil y política la que perdió. A pesar de ser un genio militar innato, había también una fuerte presencia de destacado y preocupado prócer civil que legislaba por el orden de los pueblos, una vez que alcanzan la libertad. Hay más de Uztáriz en Bolívar, que de muchos otros maestros que la mitología bolivariana ha querido endilgarle al Libertador venezolano, acaso en un empeño— a partir de 1842— de crear en el imaginario colectivo venezolano una especie de trinidad ideológica, intelectual y militar, que justifique el variopinto panorama político que se ha dibujado en Venezuela, cada vez de una forma diferente, desde mediados del siglo XIX. Para Bolívar esta época significó estar próximo al poder monárquico, y comprender con la guía de Uztáriz, los entresijos de una corte en el crepúsculo imperial, los reflujos ideológicos de la Revolución francesa y la Europa que Napoleón pretendía dibujar a la fuerza; a la vez que en el universo cortesano, sus tíos intentaban sobrevivir bajo los códigos antiguos de una España que, ciertamente, cambiaba para siempre.





En el siguiente título, BOLÍVAR Y EL AMOR QUE MARCÓ UN DESTINO.